Un tirón de pelo

De rodillas tú y yo bañábamos a las niñas, era el mes de agosto de 2014. Berta se vuelve buscando un juguete que flota hacia el final de la bañera. Con un gesto reflejo y seco tiras de su coleta y la traes hacia tu lado. Berta se asusta, en parte por el dolor, en parte por el inesperado agarrón y porque venga de ti. Yo trato de quitar importancia, pero hacia dentro estoy igual que Berta, asustado por tu reacción.

Este pasaje cobró sentido el 13 de octubre de aquel año, cuando recogiste los resultados del TAC de tórax, donde se describía tu diagnóstico. Aquella primera vez que lo leí, sentado en el que siempre fue tu sitio en el cuarto de estar, te miré y te pregunté -¿y tú, cómo te encuentras?-. Porque lo que decía era tan demoledor, tan brutal, que no entendía cómo eras capaz de estar ahí sentada, a mi izquierda y que el día hubiera sido como cualquier otro.

El informe explicaba el tirón de pelo a Berta. No podías más con en ese fémur izquierdo necrosado, esos ataques de tos del verano en los que creías asfixiarte, la hinchazón del cuello de septiembre, e imagino que con tantos otros síntomas de los que sólo tú sabías y callabas. Todo producto del adenocarcinoma de 4,5 cm y grado 4, presionando tu pulmón derecho y la metástasis que ocupaba buena parte de tu organismo.

En aquellos 10 días de agosto no pisaste la playa, apenas saliste de casa y estuviste de mal humor, incluso con las niñas. No supe preguntarte qué te pasaba, pero aquella era una versión muy extraña de ti.

Al volver a Madrid comenzó el final, con un mes de septiembre de pruebas inicialmente desconectadas. Pero nada era independiente, el tumor había aprendido a vivir y a alimentarse en tu cuerpo y ganaba terreno. El mes de octubre dividido entre hospitales y casa. Los 9 días de noviembre rodeada por nosotros, en una recta final demasiado acelerada. Aun recuerdo ese trayecto desde la consulta de Raquel el viernes 7 de noviembre, cuando sonriente me decías que querías llegar a Navidad. Yo me puse como plazo que llegaras a mi cumpleaños, era menos ambicioso y me hacía más ilusión. Y solamente estuviste dos días más. Siento que sólo tú esperabas ese desenlace tan rápido. Sólo tú sabías que aquello era así de grave. Tengo la creencia de que aquel diagnóstico liberó tu interior y le dio sentido a tanto dolor exterior.

El 8 de noviembre era sábado, empiezo el día en la universidad, tengo que dar cuatro horas de clase. Kiko en Estepona, tú y Papá en casa y yo esa noche la he pasado en la mía. En el descanso de la clase, a las 11,30, miro el movil y veo un par de llamadas perdidas de Papá. 

Cuando moriste cambiamos Kiko y yo el nombre de Papá en el móvil. Lo tenemos registrado como POTUS (President of the United States), porque le tratamos como si fuera tal cosa, siempre “controlado” para saber que está bien y que ha llegado al destino (the eagle has landed). Por cierto, tu viudo está bien. Este ha sido su año más duro en lo que a la salud se refiere, pero ahí sigue al pie del cañón, que normalmente lo tiene apuntando a Tanteo.

Aquel otro sábado de noviembre del 2014 le llamé y me dijo que estabas muy apagada, que no te querías levantar, que no podías con tu cuerpo. Hasta ese día habías tenido ganas, valor, fuerza mental y espíritu para llevar una vida “normal”: levantarte, hacer cosas, recibir tratamiento, comer, beber, conversar con los que llegaban a verte. Esa mañana no. Hablo con Raquel y me dice que es por la morfina que te suministraron en la mañana del viernes. La morfina desconectó el fino cable que te agarraba a esta dimensión.

Acabé la clase antes de tiempo y salí hacia casa a toda prisa. Cuando llegué era la hora de comer. Raquel me dice que te levantemos, que te hagamos beber, que en tu situación, sin líquidos no aguantas ni esa tarde. Así que lo hacemos. Con esfuerzo te vistes y te vas al salón. Yo cocino un pollo que ni pruebas y a regañadientes bebes algo de zumo y agua. Pasan las horas y tu proceso de desconexión continúa. Llamo a Marta y le digo que venga con las niñas, que no importa que sea tarde. Tengo la sensación de que es la última oportunidad de que ellas te vean, te toquen, hablen contigo. Aparecen alegres como siempre, prudentes como nunca y se acercan a darte besos. En ese momento soy consciente del esfuerzo que supone mantenerse viva. Vienen con la cena puesta y están felices por verte en casa, por verte. Ellas te quieren tanto. Corren de un lado a otro de la casa, preguntan, te agarran. Tú haces un esfuerzo por sonreír, por coger sus manitas, por estar con ellas. Después se van contentas de haber estado contigo, de haber cenado en tu casa, como tantos otros días. Es la última vez que te vieron. 

Hoy tus nietas son dos adolescentes maravillosas. El otro día, en el aniversario de tu muerte, fuimos al cementerio y Mariana me acompañó a comprar unas flores. Me preguntó cuáles eran las que te gustaban y no supe qué responder. Eligió ella un ramo de pequeñas flores color lila y creo que acertó. Ahora están en la época de las fiestas en casa de amigos, de pintarse las uñas y de no quitar sus ojos del teléfono. Son buenas chicas, diferentes, Mariana muy peleona, Berta más conciliadora. Se quieren y se respetan, creo que se manejan bien en su mundo, en su momento vital, que sin duda es complejo.

Aquel sábado por la noche las niñas se marcharon al acabar de cenar y tú decidiste volver a la cama. No te damos la morfina, no la necesitas. Con un Nolotil aguantas tranquila. Yo paso la noche en mi cuarto, tumbado en la que era la cama de Kiko, en la época en que compartimos habitación. No duermo mucho.

El domingo 9 de noviembre al despertar, vomitaste un poco. La noche la pasaste más o menos tranquila, pero ya no te queda aliento. Yo hablo con Raquel cada media hora y le cuento cómo estás. Kiko sigue en Málaga con los niños, pero ya está buscando AVE para regresar por la tarde. Se había marchado el viernes cuando nada hacía presagiar que te morirías eo domingo. Se fue pensando que te vería en Núñez de Balboa, por la noche al regresar. Estás consciente, te tomas un Ibuprofeno, trato de darte agua. Te duermes, te despiertas, te quejas. En un momento de la mañana dices que estás “en quebranto”. Esa palabra sale de ti sin elaboración, es esencia pura de tu estado. Luego Raquel me cuenta que ese quebranto es el efecto de la morfina, el empuje de tu mente por no dormirse, contra la fuerza de la droga para que lo hagas. Ese quebrando eres tú contra la morfina. Y tú como siempre, te comportas de manera testaruda. Me sonríes cuando te pregunto qué quieres hacer, porque sabes que yo se, que no te da para hacer nada y que aún de eso podemos reírnos. Yo te devuelvo una sonrisa a ti. Tratas de levantarte, apuras el vaso de agua. Te agarras a mi cuello para alzar tu cuerpo de la cama, como si quisieras levantarte. No puedes, no te queda fuerza. Vuelves a la horizontal, te agarro la mano, te beso la mano, te fotografío la mano agarrada a la mía. En casa están la tía y los tíos, llegan después los Martínez. Papá y yo aprovechamos para salir a hacer algo de compra. Tardamos poco, no queremos estar mucho tiempo sin verte. Al llegar a casa con las cuatro cosas del súper suena el telefonillo, Es Gonzalo Martínez que viene a verte. Se sienta contigo en la cama, te da la mano, abres los ojos. Es la última persona que reconoces en tus 67 años con nosotros. Él es especial, lo ha sido siempre y en momentos como ese, tan difíciles para cualquiera, él sube a decirte adiós y tú le regalas tu última mirada. No había mejor destinatario.

Llamo a Raquel y le cuento el parte, es casi la 1 de la tarde. Ella me había dicho que pasaría a verte por casa, pero está aún liada con unas monjas a las que cuida, como te ha cuidado a ti desde el 27 de octubre. Me dice que te llevemos al hospital. Así que ambulancia y a La Milagrosa. Papá va contigo, yo en su coche con la tía. Entras por urgencias, te asignan un box, te hacen una analítica, te suministran unos analgésicos. Estamos Papá y yo contigo. Te quejas, te mueves, peleas. Sufro más por Papá y porque él te vea así, que por ti. A ratos te calmas y descansas. En un momento repites varias veces la palabra abuela. ¿Estás con tu abuela, con mi abuela, o en tu escena eres tú la abuela y entonces estás con tus nietos?. 

Urgencias está medio vacío, es domingo y puente de la Almudena. Las dos horas que pasamos allí las reparto entre Raquel y el update de tu situación, los mensajes del teléfono y la observación de los otros huéspedes. Entre ellas dos monjas, que curiosamente luego sabremos que las ha enviado Raquel también. Llega Maricarmen, tu amiga y releva a Papá en el box. Traen tu analítica y es mala, como era de esperar. El médico de guardia es un chico joven, canario, con pinta de asambleario del 15M y con una interpretación buena del momento y de nuestra situación. Es el primer médico humano y sensato que nos hemos encontrado desde el 13 de octubre. Al menos yo pienso eso. Me dan tu alianza, ya que no puedes llevar nada de metal. Me la cuelgo al cuello, en mi cadena junto con mi chapa de diabético.

Hoy, siete años después, ya no llevo tu alianza en mi cuello. Una mañana apareció suelta sobre mi cama al despertar y entendí que era el momento de dejar de llevarla. La he guardado bien.

Pero déjame volver al box de urgencias de La Milagrosa. Estando sentado contigo recordé que yo ya había estado allí, en ese mismo box, diez años antes, cuando aquella cetoacidosis desembocó en un coma diabético, que me costó un par de días de UCI y una semana más de planta. Yo tenía 30 años y una gran capacidad para no cuidarme y que pareciera que lo hacía. Me atormentaba esa sensación de aquella época. Deseaba que pasara algo que me hiciera ingresar en un hospital y a partir de ahí poder empezar de cero. Yo solo no era capaz de enderezar el rumbo, de pedir ayuda, de reconocer mi debilidad. Eso era una constante en mí, no reconocer, o reconocer y actuar en contra de ese reconocimiento, en aras de no se qué imagen de mí mismo, que sentía que tenía que mantener frente al resto. Hacer que parezca lo contrario de lo que es y además ser convincente, fue una de mis cualidades. Impostura, en una palabra. Fuí muy poco íntegro durante muchos años. Mari, una mujer con superpoderes, otro ángel que conocí al poco de morirte, definió esa característica mía como que tengo “muy buenos argumentistas”. Estos argumentistas, para algunas cosas son muy oportunos, pero en otras ocasiones se convierten en armas cargadas apuntándome a la cabeza, armas que al mínimo movimiento se pueden disparar. 

Ahora estoy mucho mejor, pero este es un trabajo de fondo, no me relajo, descuida.

A las 5 de la tarde de aquel domingo de hace siete años, te suben a la habitación. Habitación enorme con un saloncito previo y con dos ventanas a la calle García de Paredes, sobre una planta sexta. Comienzan a llegar tus hermanos, tus cuñadas, tus sobrinos, algunos amigos. Yo trato de no moverme mucho de tu lado, de mantener la paz en estos momentos. Tú pareces intranquila. Te enchufan al suero, te dan analgesia. Las miradas se enganchan a tu expresión, e imagino que ven sufrimiento y dolor. Noto que alguna presencia no te agrada demasiado. Cuento a los que me preguntan cómo ha sido todo y hay una constante en las conversaciones, la velocidad con la que ha pasado. Para todos tu enfermedad ha sido visto y no visto, incluso para aquellos que, cómo Kiko, te han visto el viernes, siendo hoy domingo.

A día de hoy tu hijo Kiko sigue siendo un hermano mayor de libro. Sigue siendo flemático, sólido, lo ves venir, es estable, responsable y manda mucho, como siempre hizo, que ya sabes que nació mandando. Está a puntito de creer en el lado invisible de la realidad. Antes de que cumpla cincuenta el año próximo, prometo que lo consigo.

Papá desaparece, no le veo entre la gente que se divide entre el descansillo y las dos estancias de la habitación. Le llamo y nada. Bajo a la calle y, según salgo por la puerta principal, me lo encuentro de frente en el patio de entrada. Viene descompuesto y por primera vez cubierto de lágrimas. Lágrimas de incredulidad, de sorpresa, de miedo, de amor. Yo le abrazo y sin decir nada, nos sentamos en un banco de ese patio de entrada. Justo en el momento en que me llama. por fin, Raquel y me dice que también está en el hospital. Voy a su encuentro y con su eterna sonrisa me acompaña a ver a Papá. Raquel es un ángel y aparece cuando se la necesita. Tendrías que haber escuchado lo que le dice a Papá sobre ti en ese momento: que no estás sufriendo, que estás regresando al mejor momento de tu vida, que estás con los que más quieres -¿tu abuela?- y que no nos preocupemos. Dice también que has elegido irte, pero que sólo lo harás cuando todos estemos contigo. 

Curiosamente Kiko ha llegado hace unos minutos y ha subido a la habitación, mientras nosotros estamos abajo. Le llamo y nos juntamos los tres y Raquel en la cafetería. Raquel nos ofrece una maravillosa explicación que enlatarla y ofrecería a cualquiera que se encontrara en un momento como ese. Subimos a verte y Raquel entra diciendo que estás fenomenal, que tu alma no cabe en un cuerpo tan pequeño y que eso es lo que le pasa a la gente buena. Dice además que sólo te vas a ir cuando todos estemos bien y en paz, porque no quieres vernos sufrir. Y que si sufrimos, vas a hacer un esfuerzo por quedarte. Al tiempo mira la medicación suministrada, se dirige al control de planta con seguridad y lanza un par de órdenes a los enfermeros, como si fuera ella la jefa de servicio del hospital. Los allí presentes miran incrédulos, ya que nadie conoce a Raquel y no alcanzan a entender cómo te trata con tanta familiaridad y amor, al tiempo que maneja la parte médica con esa solvencia. No saben si es tu médico, o una aparición divina. Yo sinceramente, creo que está más cerca de lo segundo.

Divinos somos todos si nos acercamos a nuestro arquetipo, a nuestro ideal. Raquel está en perfecta sintonía con el suyo y por eso transmite esa sensación de honestidad desprovista de artificios. Esa autoridad basada en el conocimiento, la experiencia y un mundo interior muy trabajado.

Se va Raquel, nos quedamos el resto. Papá lleva tiempo insistiendo en ir a casa a por ropa para el día siguiente, Yo me resisto a salir, a dejarte allí. Raquel me había contado que, tras una estancia larga en el hospital, su hijo murió justo en el momento en que ella se ausentó de la UCI. Tenía esa historia grabada y quizá por eso y porque te noto a punto de apagarte, me resisto a salir del hospital. Pero Papá me convence y me dispongo a ir. Me acerco a darte un beso y entre lágrimas contenidas por mis lentillas, te susurro que por nosotros no lo hagas, que has luchado lo suficiente, que estamos todos aquí y que puedes irte tranquila.

Agarro la mochila y salgo al descansillo. No he acabado de llegar al medio de la habitación, cuando escucho mi nombre y al mirar hacia atrás alguien me dice que me acerque de nuevo. Al tiempo Papá sale y Kiko al otro lado de tu cama está con gesto serio, negando con la cabeza. Pongo la mano en tu corazón y no tiene latido. Hace unos minutos había hecho lo mismo y te latía a toda velocidad. La bolsa de tu boca tampoco se mueve, no respiras. Levanto la mirada y le digo a Kiko que toque el timbre para avisar al médico. Al hacerlo suena un chasquido y ¡¡zas!!, se va la luz de la habitación. No son los plomos, porque al levantarlos nada pasa. Tampoco lo puedo demostrar, pero eres tú, tu energía apaga la luz, la luz se fue contigo. Tu penúltimo gesto de rebeldía. De pronto aquello se convierte en el camarote de los hermanos Marx. Tú en la cama, el Chispas del hospital entrando a arreglar la avería, una monja enfermera empujando un carrito con una máquina de electro para certificar tu muerte, el médico canario tratando de poner cordura en ese caos que has montado. Parece más una habitación con 15 niños jugando a las tinieblas, que tu lecho de muerte.

Vuelve la luz, me quedo ahí contigo un rato. Beso a todo el que me lo propone. Ahora llevamos todos mascarillas y no podemos hacerlo, pero besar es maravilloso, permite no decir nada en momentos donde nada se puede decir. Un beso es amor, contacto, cercanía, comprensión, comunicación. Hay besos desconfiados que se dan de lado, juntando la cara y besando el aire. Hay besos de compromiso, que se dan apretando los labios y golpeando al otro dos veces. Hay besos de amistad, que se dan con abrazo, en un solo lado y tardando unos segundos en soltar. Hay besos de fraternidad, que se dan entregándose de tal manera, que lo que no pone uno lo aporta el otro. Hay besos de amor, que es cuando los dos que besan, se encuentran a medio camino. Beso mucho esta noche.

Dos días después hemos dormido los tres muy poco. La mañana pasa rápido, comemos en el restaurante de unos amigos, después recogemos tus cenizas y las llevamos al cementerio. Somos cinco porque se han unido Los Tíos. El procedimiento es rápido, el día lluvioso, es 11 de noviembre. Te depositan dentro de la caja de granito donde se leen el nombre de tus suegros y tu cuñado. Hoy también están allí tu sobrina Gema y tu cuñada Flora. Justo al cerrar la tumba, una porción de cielo pasa al azul, pero la lluvia no cesa. Sale el sol y seguimos mojándonos con gotas de buen tamaño. Papá solicita mi atención y exclama -¡mira, date la vuelta!-. Detrás de mí se abre un arco iris como el que dibuja un niño, de los que nacen y mueren en el suelo, inmenso sobre los árboles del cementerio de la Almudena. La lluvia, el sol y tú, que apareces para despedirte. Hasta Papá, que no cree en nada que no venga sellado por su propia experiencia, transcurrida en oficinas, bares y restaurantes, no necesariamente por ese orden, reconoce que tú eres ese arco iris.

El pasado día 9, en el séptimo aniversario, no encontré el momento para escribir esto. Hoy he recuperado un texto antiguo para recordarte un poquito. No se, tenía ganas.

Pasen un bonito sábado, quieran a sus madres, paren un rato en silencio y reconozcan cómo se sienten, que el día está para hacerlo.

3 comentarios en “Un tirón de pelo

  1. Nunca me lo habías contado tan en detalle. No sabes como me ha impacatrado porque imagino y siento las palabras de Raquel, y la explosión de tu madre al irse, que hace que se vaya la luz,,, la que hace que salga luego en forma de arcoíris el dia de su entierro… Un beso enorme.
    PS: me da pena no ver mas a tu hijas…
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