También esto pasará

Hoy acaba el estado de alarma y esa distopía que empezó el 14 de marzo. Tres meses y 7 días después, tenemos libertad para movernos exteriormente. Hoy podremos cruzar el túnel de Guadarrama y quedará atrás una época de sorpresa, de dolor, de incertidumbre, de silencio, pero también de reconocimiento, de reflexión, de calma, de cercanía, de conversaciones, de nuevos enfoques para viejos problemas, de libros leídos y de series compartidas. Y si yo pudiera pedir algo al cosmos, sería que sigamos moviéndonos interiormente como lo hemos hecho durante este encierro obligado. Si perseveramos, encontraremos el sentido sin asumir muchos disparates.

Esta es la historia de un disparate que tardé demasiado en resolver.

A finales de 2014 una amiga me regaló la novela de Milena Busquets “También esto pasará”. Fue muy oportuna, acababa de morir mi madre y el libro narra, en primera persona, la relación de una mujer con su madre, partiendo del entierro de ésta última y recordándola a partir de las memorias compartidas, en su casa familiar de Cadaqués. El libro es entretenido y disfruté su lectura, aunque a ratos me enfadaba con la protagonista por un exceso de postureo (siempre resuena más aquello que nos hace cojear). En aquel momento y en aquel estado, la palabra importante del título del libro para mi fué “pasará”, que simbolizaba lo que estaba por venir, lo que me iba a deparar el futuro. Entendí ese título como el de un libro para alguien que ha perdido a su madre y que espera encontrar una “guía” para encarar mejor el duelo. Porque coincidiremos que madre no hay más que una y que sólo muere una vez, por lo que es imposible tener experiencia en el tema y si alguien ya lo había pasado, pues mejor porque así nos lo cuenta. Así era yo, entregado a que una extraña con éxito editorial, me ayudara a cómo vivir mejor la muerte de mi madre.

Por aquel entonces no sabía que “también esto pasará” es además una expresión que el budismo utiliza como una de sus máximas, esa que dice que nada es permanente, que las grandes alegrías de nuestra biografía, al igual que los más oscuros momentos, terminan, pasan. Y que ambos son parte irrenunciable de la vida. Entendida la frase de esta manera y viniendo del budismo, la palabra importante del título pasaba a ser “esto”. Porque de esto, de lo que es y de lo que está pasando, en presente, es de lo que el budismo nos habla.

En 2014 aún ansiaba saber qué es lo que me depararía el futuro mirando afuera, en oposición frontal y deliberada a estar en el presente, en mi presente. Y bueno, alguno pensará que era razonable querer salir de un presente que por entonces arrastraba un mal cuidado de mi diabetes, mi divorcio, la muerte de mi madre, un dudoso momento profesional y lo más importante, la ruptura no consciente y casi definitiva conmigo mismo. O “tu esquizofrenia”, como lo llama mi terapeuta. Que no es otra cosa que tirar de ti hacia el lado que no es, hasta que se rompe la cuerda y te separas del mundo de los sanos. Y no sucede de un día para otro, nada de eso, yo me gané a conciencia aquella situación, a fuerza de tirar y tirar hacia el lugar equivocado, durante tres lustros.

Y así estaba yo en aquel momento, como si el joven Werther estuviera dentro de Resacón en las Vegas, o como si Dennis Rodman tratara de ser admitido en el seminario, Una mente colapsada dentro del cuerpo de un pollo sin cabeza. que sólo encontraba consuelo, discurso y aparente capacidad de convicción, en el muy manido lugar común de la crisis de los 40. Y salvo para los muy cercanos, contados con los dedos de una mano, para el resto del mundo, yo incluido, aquello no tenía demasiada importancia porque “ya sabes como es Gonzalo”.

Y no era precisamente un recién licenciado, había cumplido los 40, tenía dos hijas y varios tiros pegados. Pero aún funcionaba en ese modo absurdo, entre inocente e infantil, de pensar que “lo bueno” estaba aún por llegar y que sólo tenía que seguir aquellas informaciones relevantes, a los gurús adecuados, y a los (supuestos) éxitos de terceros, para conseguir los míos. Que lo bueno (esto) pasará (sucederá), eventualmente y por arte de magia.

En las postrimerías de ése 2014, la muerte y el reconocimiento de lo invisible, me sacaron de esa deriva disparatada y me mostraron que gran parte de aquello que yo encarnaba, no correspondía conmigo. Pero reconocer que no es el camino adecuado, no conduce de manera automática hacia el que sí lo es. Pasaron tres años más de búsqueda, de palos de ciego, de cabreos, de tropiezos, de caídas y de vuelta a levantarme, Tres años en los que el mundo exterior seguía en marcha y del que yo seguía siendo parte activa. Hasta que en 2017 sucedió algo, lo invisible tomó formato a través de una amiga que le dio mi número a su amigo y terapeuta, que hoy es el mío y que también es mi amigo, y que en aquel momento tardó aún meses en usar el número para llamarme. Al final lo hizo y un día quedamos a comer.

En 2020 la historia, mi historia, ha cambiado y durante este encierro he contado en el blog lo que soy. He tenido tiempo y ganas de escribir y la necesidad de hacerlo en un lugar que no fuera mi propia individualidad. He pasado de escribir las aventuras del Contrafantasma, a contar las mías en primera persona y he encontrado amor, conexión, comprensión y acompañamiento en aquellos que leen esto. Algunos muy cercanos y otros que no he visto nunca. He sentido que escribía para que mi madre supiera que aquel que vió por última vez en este lado, no era mi mejor versión, para compartir con mis hijas cosas sobre mi cuando sean algo mayores y sobre todo, para que mi padre me siga diciendo que le gusta lo que escribo y me anime a seguir haciéndolo. Él cumple 76 el próximo día 30 y éste va a ser su regalo de cumpleaños. No le he chafado la sorpresa porque es lo que me ha pedido. Me ha dicho que le imprima todos estos Artículos del Confinamiento y se los lleve, que le va a resultar mucho más sencillo leerlos en papel, que no a través del teléfono, que es como lo hace ahora.

Tras tres años de búsqueda interior, tres más de terapia y aprendizaje sobre lo invisible y tres meses de encierro, he entendido que también esto pasará es una enseñanza tan sencilla de captar como difícil de ejecutar y que se requiere de mucha práctica para dominarla. También esto pasará se refiere a que hay que estar en el presente y al mismo tiempo, tan despegado de ti, como unido a todos los demás y ambas acciones con tanta intencionalidad como te sea posible. También esto pasará es un mensaje para que que no nos acomodemos en el éxito exterior, ya sea personal, familiar, profesional, o social, ni en la prestancia que eso da a nuestros personajes, porque llega un momento en que también eso pasa. Más pronto que tarde llega el día en que nos confinan por un virus, o aquel en el que la sociedad te aparca en una residencia, te concede una pensión y te esquina para que no molestes a los productivos. Y ahora sabemos que, si hay pocas camas en la UCI, además no te admitirán en el hospital por ser mayor.

Seguimos viviendo en una sociedad que no favorece la práctica de nada que tenga que ver con el desarrollo del individuo, de una manera profunda. Todo hay que construirlo de forma y en plazos establecidos por no se sabe quién y basados siempre en una validación exterior, que han decidido, dicho o escrito otros. Como sociedad vivimos en un pedo líquido, abrumados por un exceso de información y atrapados en la promesa de que lo siguiente será mejor, que también esto (bueno) pasará (sucederá). Pero esa es la acepción menos adecuada de la frase.

Me quedo con la idea de que todo, también esto, bueno y malo, según cada cual en el momento que esté, pasará. La idea feliz de que sólo merecemos lo bueno es ficción. Lo terrible existe. Pero confiemos, porque también esto pasará y construiremos una sociedad mejor que al menos, convierta a los mayores en viejos sabios y no en chatarra vieja.

Hoy acaba el estado de alarma. Aprovechemos para salir al sol, que para eso está. Para calentar y para iluminar nuestro camino interior, ese que de verdad nos mueve.

Feliz domingo, feliz verano y feliz cumpleaños Padre, con unos días de adelanto.

Empezar de cero (coma cinco)

Tercera noche que me despierto con hipoglucemia severa. Parece obvio que o bien tengo que cenar más. o bien tengo inyectarme menos insulina. Abro los ojos en mitad de la noche con una extraña sensación de descanso, como si fueran las 8. Miro el reloj y sólo pasan unos minutos de las 4. Estoy confundido, pienso en qué tengo que hacer cuando me levante. Pero es sábado, no tengo nada qué hacer. Además Madrid está aún en la fase 0,5 del mundo después del confinamiento, y salvo que vivas en Nuñez de Balboa como mi padre, lo correcto es seguir haciendo caso a las autoridades, aunque las autoridades no hayan sido nunca autores de la gestión de una pandemia de este pelo.

En seguida noto el sudor en mi camiseta, una sudoración intensa que se vuelve fría, muy fría (y mucho fría, que diría Mariano). Me levanto y me mido la glucosa, 42. Mal, lo saludable sería tener por encima de 80. Mi organismo hace esto para llamar mi atención, porque si siguiera durmiendo con la glucosa en esos niveles, habría peligro de que no me volviera a levantar, o de que el daño fuera grande. Ya en la cocina abro una lata de Coca-Cola de 200ml y me la bebo. Mientras, me siento y aguanto la sensación de hambre. Me comería un búfalo, pero después de 24 años he aprendido que hay que beber y esperar a que el azúcar haga efecto en el torrente sanguíneo. Y la Coca-Cola para eso es mano de santo, la mejora es casi instantánea. En cualquier otro contexto no bebo este veneno rojo.

Si has tenido una hipoglucemia (para lo que no es necesario ser diabético), sabes que es un momento perfecto para conectar con lo invisible. La paulatina pérdida de conciencia abre de manera amable la puerta del otro lado y durante un corto espacio de tiempo, la sensación es de ligereza y placer. Si convives con un diabético, sabes que si de pronto está o muy alegre o muy irritable, es síntoma de que los niveles de glucosa están bajando y es momento de chequear y beber algo con azúcar. Si es irritabilidad lo que surje, es que el diabético no quiere sentirse así y se rebela contra su estado, antes de reconocer que está perdiendo la conciencia. Si por el contrario se le ve despreocupado y alegre en exceso, es que está disfrutando de esa sensación, antes de igualmente perder la conciencia. Por tanto en ambos casos hay que darle de beber.

El hambre y el destemple quedan dentro durante un tiempo, pero lo peor ha pasado. Me quedo pensando en el significado de todo esto, si es que lo tiene. El más allá me está despertando las tres últimas noches y tiene que ser por algo. En el mundo exclusivamente materialista, la explicación sería la del principio, he ingerido pocas calorías o me he pinchado demasiada insulina. Pero ese análisis es estrecho, sólo contempla lo que se puede medir.

Lo que me viene, y por eso me he sentado en el ordenador en lugar de volver a la cama, es el impulso de escribir, de seguir escribiendo sobre lo invisible. Cuando te viene un mandato así es mejor no analizarlo, porque al hacerlo suele perder sentido. Tenemos mucha confianza en el neocórtex, en la parte analítica del cerebro. Y el neocórtex me dice ahora que me vaya a la cama, que mire la hora que es, que veré mañana lo cansado que voy a estar. Pero yo me suelo equivocar màs cuando le hago caso a mi análisis, que cuando hago (just do it) de manera directa. Cuando analizo las cosas, se juntan por un lado la opinión que tengo de mí mismo (qué aunque medito bastante últimamente, sigue siendo demasiado pesada), mi tradición y el efecto de la opinión pública. Y es una mezcla que raramente funciona.

Me vuelvo a medir, la glucosa ha subido a 127. Son las 6,20 y ya se escuchan autobuses de la EMT circular por la desierta calle. Recuerdo entonces mi conversación con Ernesto, buen amigo y directivo de una empresa farmacéutica. Ayer, tras una reunión por Zoom por uno de los proyectos en los que trabajamos juntos, me quedé charlando con él y salió un tema que me había contado en persona hace unos meses. Aquel día me dijo que desde niño escucha una voz que le pregunta qué hace él aquí, por qué está aquí. Dice que de pequeño se asustaba mucho y que sólo su madre sabía cómo calmarle. Y que ya de adulto ha aprendido una técnica que le funciona para que “desaparezca”, que bàsicamente se trata de realizar cualquier otra actividad, al tiempo que habla de manera compulsiva. Si hace esto, la voz acaba. Y él además puede anticipar cuando viene, porque lo primero que nota es como lo material parece diluirse, como si desapareciera del espacio tiempo de ese momento. Estoy aquí, pero sé que no estoy, narra. Y me dijo también que le sigue dando mucho miedo, que no quiere mirar porque piensa que si mira va a ver algo, o a alguien, conocido y que eso le acojona mucho. De hecho dice que lo relaciona con su abuelo, una persona que él siempre admiró enormemente.

Aquel día le dije que probara a mirar y ver qué pasaba, que normalmente cuando algo viene del más allá de una manera tan recurrente. suele ser bueno y necesario, pero que como todo lo desconocido, da miedo. Me dijo que lo haría y me pidió que tuviera el teléfono conectado, por si necesitaba llamarme durante el proceso. En plan Bill Murray en Los Cazafantasmas.

Aún no ha llamado con esa emergencia y ayer me contó que desde que lo hablamos, no le ha vuelto a venir la voz, pero que está preparado para encararla cuando aparezca.

Y es que la pregunta de qué hemos venido a hacer, es una pregunta que asusta, que nos asusta a todos, no vaya a ser que el circo que nos hemos montado, no sea lo que responde de manera correcta y tengamos que empezar de cero.

Bueno, si estás en Madrid sería de cero coma cinco

A ver qué pasa. Feliz sábado.

Mi primera vez

Aviso al lector que lo que sigue no conduce al lugar que, en nuestro imaginario común, se evoca al hablar de la primera vez. A riesgo de defraudar, cuento estas dos primeras veces mías, que han sido fundamentales en mi vida.

Hablo de la primera vez que reconocí la existencia e importancia de dos realidades invisibles concretas. Y cuando digo invisible me refiero a aquello que no se puede experimentar con los sentidos externos (vista, oído, tacto, gusto y olfato). Son todas esas cosas que pasan dentro y que tienen notables efectos en nuestra vida. Los llamamos conciencia, pensamientos, emociones, intuiciones, sensaciones, sueños…. y que resulta que poseen una estructura observable y accionable en caso de necesidad que, me temo, es el de casi todos.

Dos cosas invisibles muy potentes, movilizadoras y numinosas. como lo son el amor y la muerte. Quien haya estado enamorado sabe de lo que hablo, quien haya estado delante de un muerto, también y ninguna de las dos es fácil de explicar con palabras. Mis primeras veces con cada una me marcaron y en orden secuencial, introdujeron y consolidaron, mi relación con lo invisible. Pero volvamos atrás un poco, para contar cuál es mi tradición.

Soy una persona normal nacida en el Madrid de los 70. Estudié en el colegio público Ramiro de Maeztu y luego en el instituto público del mismo nombre. En ese colegio y en ese instituto había gente de todo tipo, con padres también de todo tipo. En mi caso eran funcionaria ella y trabajador por cuenta ajena él. Ninguno tenía estudios superiores. Tengo un hermano mayor y juntos crecimos en un piso de alquiler de renta antigua, que antes había sido la vivienda de mis abuelos maternos. Así que mi madre vivió allí toda su vida, salvo un par de años recién casada. El piso está en el rancio y aburrido barrio de Salamanca, en uno de esos edificios cuadrados y austeros, sin ninguna alegría visual, pero muy correcto y funcional.

Nuestra vida infantil fluyó de manera amable y despreocupada, disfrutando de todo aquello que necesitábamos. Un poco más de izquierdas que de derechas, mis padres nos hablaban de baloncesto, de las respectivas familias, de nuestros estudios, de sus trabajos, de los amigos, de política… Pero eran poco de hablar sobre los sentimientos de cada uno, sobre todo cuando éstos eran consecuencia de “problemas”, imagino que por protegernos. Y por tanto crecí sin muchas referencias sobre el interior del ser humano, que sobre todo es escrutado cuando la cosa no marcha del todo bien. Crecí pensando que lo espiritual (lo invisible), era análogo a lo confesional y por tanto supersticioso, no moderno, no científico y en definitiva producto de la tradición de la recién acabada España franquista.

Racionalista y positivista él, recuerdo una anécdota con mi padre de la época de mi primera comunión. Un buen día le pregunté por qué no iba a misa. Me explicó que de pequeño le habían obligado a asistir diariamente durante años y consideraba que había ido suficiente. A mi la explicación me generó mucho sentido, pero rezumaba un grado extremo de materialización de lo inmaterial. Contar las unidades de misa asistidas de niño, extrapolar el resultado al resto de tu vida y concluir que ya estaba cumplido el cupo vital “necesario”, era una síntesis seguramente concebida para que un niño no hiciera más preguntas, pero que demostraba una cierta desafección por lo invisible. Y no quiero decir con esto que asistir a misa fuera (o sea), una actividad adecuada para el correcto desarrollo espiritual, pero en aquella época el espíritu tenía muy pocas salidas más. Y es que lo espiritual, queramos o no, vayamos a misa, meditemos, caminemos, oremos, hagamos pan, o punto de cruz, está con nosotros 24 horas al día y se alarga hasta el último día de nuestra existencia (y quién sabe si más).

También crecí jugando mucho al baloncesto. Mucho.

Y ya en el instituto, con 16 años cumplidos, me enamoré y reconocí eso que llamo invisible, en relación al amor. Dentro de un autobús para volver del viaje de fin de curso de 3º de BUP, las leyes del magnetismo hicieron que me sentara junto a aquella chica, algo que no estaba previsto. Eramos amigos y coincidíamos mucho, pero yo había llegado a su vida de la mano de una de sus mejores amigas y bueno, existen códigos de amistad invisibles que hacían poco probable esa unión. Pero nuestra común amiga ya estaba saliendo con alguien y tras quedar en Madrid al día siguiente de volver, se creó entre nosotros un nexo invisible, que hizo que no nos separáramos hasta casi cinco años después. Todo aquel que se haya enamorado sabe de qué fuerza invisible hablo. Y en mi caso tuvo un doble premio, el obvio y maravilloso descubrimiento del amor y el menos obvio del acceso por vez primera a las realidades invisibles. Por vivir el amor en primera persona y porque aquella chica y su familia eran muy diferentes a mi y la mía, en lo que al trato con lo espiritual se refiere.

Esos años entre los 16 y los 20 fueron una época maravillosa, plena de energía, de claridad, de reconocimiento, de joder-de-esto-se-trataba-la-movida. Ella era inteligente, con unos marcados valores éticos, guapa, de negro pelo rizado, ojos verdes y las piernas más largas del instituto. Y además jugaba al baloncesto. Pero esto sólo era parte de su atractivo, para mí, lo más relevante era su, cómo diría, sólo me sale llamarlo madurez. Era capaz de transformar en palabras y hechos del mundo exterior, esos temas de los que yo nunca hablaba en mi casa. Y a mi me hizo crecer, comprender e integrar muchas cosas. El tiempo parecía no existir, las distancias no eran problema, me inicié en el sexo, y tuve una mejor amiga en quien confiaba más que en mi mismo. Los estudios me fueron bien, elegí mi carrera y continué con aquellas actividades con las que ya disfrutaba, como el baloncesto o la familia, pero de manera más consciente y deliberada. Y lo más importante, es con ella descubrí que también yo podía expresar mi interior, que lo podía compartir, e incluso corregir (su madre era psicoanalista). En su casa se hablaba de lo invisible de manera abierta, natural y cotidiana. Fue una etapa tremendamente liberadora.

Pero la vida es la vida y aquel amor acabó. Cada uno siguió su camino y eso me lleva al otro encuentro. Mi primera vez con la muerte.

Mi madre enfermó (oficialmente) en junio de 2014, de algo que parecía una intoxicación respiratoria por la inhalación de un insecticida. Pasó todo el verano con el ventolín en el bolsillo, ella que no tomaba ni una aspirina. Tras varias pruebas y diferentes pasos por urgencias debido a episodios de dificultad respiratoria, el 13 de octubre me llamó mi padre para que fuera a su casa. Me senté en el cuarto de estar y me dieron a leer el informe de un TAC de tórax con un muy mal diagnóstico. Tenía un tumor (adenocarcinoma, se llamaba) de 4,5cm en el pulmón derecho, en grado de desarrollo avanzado y metástasis en huesos y otros órganos vitales.

Con el paso de los años y ya de adulto, encontré la manera de hablar con mi madre de lo que me pasaba interiormente. Ella era buena escuchante y disfrutaba que le contáramos aspectos íntimos de nuestra vida. Entre sobremesas de domingo, visitas en verano a su casa en la sierra y algunos días de semana que venían a estar con mis hijas, encontramos una manera de avanzar en nuestra relación. Pero habitualmente yo era el emisor de la información y ella la receptora, y no conseguí que invirtiéramos esos roles. Su cara muchas veces reflejaba su estado, pero no lo transformó nunca en palabras, al menos conmigo. Todo lo contrario, se afanaba por ser dura, por no preocupar al resto, como cuando éramos pequeños, e imagino que internamente achacaba su malestar a la edad. Por otro lado, nunca había tenido nada grave y se solía sentir segura con su salud física, por lo que continuaba disfrutando de su vida como siempre lo había hecho. Pero no.

El viernes 7 de noviembre, tras la primera ronda de sesiones de radio, fuimos en el coche a ver a su médica. Estaba ya muy apagada y los resultados de la última análitica eran incompatibles con la vida. Sentada en el asiento del copiloto, con mi mano derecha agarrada a las suyas con fuerza y mientras circulábamos por la M30 hacia el sur, los dos estábamos pensando en lo mismo. Mis lentillas y mis gafas de sol a duras penas contenían las lágrimas y mi padre, que iba detrás en silencio, mostraba una cara de tremendo cabreo cada vez que le miraba por el retrovisor.

El camino de vuelta fue mucho más animado, como si de pronto hubiera salido el sol. Su médica es la mejor del mundo y el rato con ella le había dado de nuevo fuerzas suficientes para expresar en alto, – ¡qué bien lo que ha dicho Raquel, a la ida pensaba que no llegaba a las navidades! -.

Dos días después la llevamos al hospital La Milagrosa. Estuvo un rato en el box de urgencias y de ahí nos mandaron a una habitación en la quinta planta. Fue poco a poco llegando gente, como en una procesión de despedida. Estando todos allí, recién llegado mi hermano de ver a sus hijos, me acerqué a ella, ya inconsciente y le dije al oído que por nosotros podía dejar de sufrir en este lado, que podía ir tranquila, que estábamos todos bien. La besé y encaré la puerta de la habitación. Antes de llegar a salir escuché mi nombre y di media vuelta, cruzándome con mi padre que salía a buen paso. Miré a mi hermano y éste me hizo un gesto negando con la cabeza. No respiraba.

Murió el 9 de noviembre, 27 días después del diagnóstico y 2 después de ese trayecto en coche por la M30. Pero su muerte fue para mí una puerta abierta, magnífica y real al mundo de lo invisible y desde ese momento me he volcado en reconocerlo y contarlo a todo el que quiera estar, o leer, o escuchar. Cosa que hago muy a menudo. Mi padre sigue dando guerra en los bares del barrio y disfrutando de lo material y de lo exterior, que para eso está. Él siempre ha sido la persona más sensible de esta familia y desde que murió mi madre, conversamos mucho, siendo capaces contra todo pronóstico, de reconocer juntos aspectos esenciales invisibles, e incluso a veces, tratarlos abiertamente.

Y si mi padre puede, que dimitió de lo espiritual a los 14 años, cuando le echaron de aquel colegio donde le obligaban a ir a misa todos los días, no tengo ninguna duda de que todos podemos. Y que podemos sólo es consecuencia de que lo necesitamos, porque la realidad es completa cuando tenemos en cuenta lo invisible. Y los seres humanos estamos divinamente diseñados, con toda la dotación necesaria, para movernos por el mundo. Pero ese movimiento sólo cobra sentido cuando activamos la brújula interna, brújula que hay que reconocer, calibrar y escuchar. Y esto requiere parar y si es posible, cerrar los ojos cada día un rato, respirar y beber mucha agua.

Le estoy insistiendo a mi padre para que escriba sobre su vida, que los viejos sabios tienen muchas cosas que enseñarnos a los que venimos por detrás. Y más en tiempos de crisis. A ver si tenemos suerte y lo hace.

Feliz fin de la fase 0.

La contrahistoria

Empecé este blog en 2014 con un amigo, con la idea de escribir un post cada uno, como en una relación epistolar. Se llamaba El Contrafantasma y Buscasosiego. La cosa no cuajó, mi amigo debió de encontrar sosiego en alguna otra parte y en 2017 lo recuperé sólo, eliminando los posts antiguos (salvo uno) y acortando el título a El Contrafantasma. Casi todo aquel que sabe que yo escribo esto, en algún momento me ha preguntado el motivo del nombre. Yo cuento la historia de mi amigo y nuestras cartas, pero nunca el porqué de aquel personaje y de este blog.

Y el otro día en sesión me lo preguntó mi terapeuta. Cuando te pregunta tu terapeuta es difícil hacerse el (más) loco. No puedes sacar el móvil y mirar tus mensajes, ni cambiar de tema y hablar de la conspiración para el control social que se han montado las élites con el virus éste, ni tampoco salir corriendo con la excusa de la siguiente reunión. Así que le expuse el cuentito de mi amigo y la relación epistolar, enriqueciendo algunos detalles, mientras él ponía cara de vale-estás-hablando-en-círculos-como-pedrosánchez-pero-no-te-voy-a-insistir. Acabó la sesión y cerré Skype con la pregunta botando en mi cabeza. Es cierto que yo mismo no estaba seguro del porqué de ese nombre, hasta ayer que algo pasó durante el paseo de la tarde.

Era sábado 2 de mayo, aniversario del levantamiento contra los franceses y el día de un nuevo levantamiento, éste dividido en franjas por el BOE. Por la mañana deportistas o gente que empezó ayer mismo a hacer deporte, después nadie porque en este barrio no hay mayores de 70, luego multitud de niños con sus padres, carritos, patinetes y pelotas. A continuación otra vez nadie y a partir de las 8, de nuevo multitudes preparándose para los JJOO y por qué no decirlo, un ambiente festivo en las calles del barrio.

Sonaba “20 de abril (del 90)” a volumen notable en uno de los jardines de vecinos y eran cerca de las 9pm, se veía más gente que en el famoso cruce de Shibuya de Tokio, parejas y tríos cruzándose con runners, ciclistas, skaters, rollerbladers y dogwalkers. La sensación era una mezcla de la entrada del Madcool, coincidiendo con la llegada de la media maratón. Hordas de gente de buen rollo, ciudadanos asfixiados embutidos en arriesgados modelitos de Decathlon, sonrisas intuidas detrás de las mascarillas, energía positiva y por qué no decirlo, un gran respeto y conciencia por el prójimo. Y además era un estar por el simple hecho de estar, Personas disfrutando del presente, sin la expectativa de que lo siguiente en sus vidas fuera mejor, sin prisa por llegar a ver el partido de la tele y sin agobios por hacer la cena a los niños. Seres humanos disfrutando del momento.

Y por si todo esto no fuera suficientemente diferente, tampoco había vehículos circulando, ni patrocinadores anunciando, ni foodtrucks humeando, ni terrazas sirviendo, ni tiendas de conveniencia ofertando. Anoche había cero expectativas, cero emisiones, cero consumismo inútil, cero de toda la basura que tragamos cada día en la antigua normalidad. Eso sí, se espera hoy un ataque masivo de ácido láctico en los músculos de los deportistas confinados durante cuarenta y tantos días. Lógico.

Y mientras caminaba por ese ambiente festivo pensaba en lo del nombre del blog. El fantasma me representa porque fui evolucionando como fantasma desde los 6 hasta los 36, de forma absurda y meteórica. Fantasma hasta el extremo de dejar de ver mi realidad, de no reconocerme al pasar, de obviar mi esencia para fomentar mi presencia, y siempre en función de lo exterior, de lo otro, de los otros, de lo que yo pensaba que se esperaba de mí. El fantasma en que me convertí era especialista en atajos fáciles, en desaparecer si había conflicto, en no pelear. Daba lo mismo que fuera un examen, una relación, o montar un mueble de Ikea. Yo me escaqueaba como si no fuera conmigo, convencido de que yo era así… Pero la realidad es que andaba agotado de caminar sin dirección, sumido en un constante conflicto y peleado con la vida, con mi vida.

De mi batalla por dejar de ser aquello surgió el prefijo contra del título de este blog y anoche, caminando por la ciudad en este extraño momento histórico y escuchando a Celtas Cortos, reconocí un segundo y más importante motivo. Los fantasmas pertenecen al mundo de lo invisible.

Reconocer, normalizar y comentar acerca de lo invisible y su importancia en nuestras vidas es el motivo por el que escribo este blog. Y cuando digo lo invisible, me refiero a todo aquello que no se experimenta con los sentidos exteriores, pero que sentimos, que no pertenece al mundo de la materia, que sucede detrás de nuestra pantalla interior, pero que nos acompaña, nos conmueve, nos empuja, nos descoloca, nos incomoda, nos emociona… Todo eso que nos callamos porque no estamos seguros, lo que sabemos con certeza (divina), pero no ejecutamos por no molestar, lo que intuimos, lo que soñamos… Invisible es la mayor parte de la vida, invisible es el amor, el talento, la felicidad, los valores o el efecto del alcohol de una botella de Vega-Sicilia.
Y lo invisible no nos enseñan a reconocerlo, no es cool, no es mainstream, no está presente en las sucesivas leyes educativas y cada vez menos en las tradiciones familiares y en esta cultura nuestra en general. Lo que manda en la antigua normalidad, la que tenemos aún vigente, es aquello que se puede medir y pesar, aquello que se puede contar. Pero, ¿y si resulta que la nueva normalidad es vivir siendo consciente de que lo invisible también cuenta?.
Feliz domingo. Ánimo que las agujetas se quitan con más ejercicio.