El divino corte de UCLA

Para los que no sepan nada de baloncesto, esto les sonará como a mi la seroprevalencia, las mascarillas N-95 o el ARN.

Antonio Díaz-Miguel (DEP) fué muchas cosas, pero sobre todas fué un pionero de la enseñanza del baloncesto y la persona que popularizó en España el corte de UCLA, entre otros muchos conceptos del juego. Conceptos que venían directamente de los EEUU, donde se inventó este deporte y destino al que Antonio comenzó a viajar allá por los años 60.

Cuando yo empecé a trabajar con él, teníamos 18 y 58 años respectivamente y me llamó para que le acompañara durante los veranos en sus campus con niños y jóvenes, cosa que hice feliz durante cinco temporadas. En 1996, recién acabada mi carrera, me dió además la oportunidad de tener mi primer trabajo, como su ayudante en el Pool Getafe, un equipo femenino.

El caso es Antonio tenía como amigo a John Wooden (DEP), entrenador de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA) y éste hacía jugar a sus equipos a una cosa que se llama pasar y cortar. Pasar y cortar es algo muy básico, semejante a la ahora popular distancia social entre ciudadanos. Con los cinco jugadores muy abiertos, se trata de pasar el balón a un lado y moverse hacia la canasta para crear espacio y encontrar eventualmente una buena posiciòn para anotar. Es lo mismo que hacemos cuando caminamos por la acera y de frente viene una familia de cinco más perro, ocupando toda la vía. Les ahorro la explicación del cambio de ritmo y de dirección a través de una finta, porque sería tan farragoso como los informes de Fernando Simón y las CCAA respecto de los contagiados y fallecidos por el COVID-19.

Una variante de esta forma de jugar es colocar a uno de los pivots (personas más altas que el resto, que antes jugaban cerca de la canasta) en la parte de arriba de la zona (poste alto), para poner un bloqueo al defensor del que corta (correr sin balón hacia la canasta) y así encontrar espacio para recibir la pelota cerca del aro. Un bloqueo sirve para lo mismo que la mascarilla, hace de pantalla para que no pasen los malos (en mi caso, los madridistas). Y a esa jugada de pasar, bloquear, recibir y anotar, se le llamó el corte de UCLA. Durante años quedó como la más popular del baloncesto y como lugar común de los chistes para con aquellos entrenadores cursis que sacaban la pizarra y se ponían coñazo hablando de táctica, cuando lo que molaba era simplemente jugar.

Pero lo cierto es que el movimiento funcionaba y lo hacía porque tenía mucho de los cuatro anhelos del ser humano aplicados al baloncesto. Era sencilla, bonita, honesta y sana. Todo lo contrario que la política de Sánchez, Iglesias, Casado, Abascal y compañía.

Sencilla porque consta de cinco movimientos, se involucra a tres jugadores y dónde sólo dos tocan la pelota. Pasar, cortar, bloquear, recibir y anotar. Hoy la política requiere de muchos más movimientos. Primero se habla con Iván Redondo, que debe ser que es como John Wooden de sabio, luego se lanza un globo sonda en redes sociales y se filtra la información que interesa al medio más afín. Al tiempo hay que distraer a Pablo Iglesias haciéndole calentar en la banda y diciéndole que es muy importante. Se le deja hacer declaraciones y pelearse con la oposición, que así estamos todos más tranquilos. Y a partir de ahí se negocia con el resto, a los cuales se les dice lo que quieren oir y se les firma lo que les interesa más, con tal de poder seguir sacando las votaciones cada quince días. Descojónate del partido a partido de Simeone.

El corte de UCLA además es bonito. El equipo ocupa todo la cancha de ataque, con cuatro jugadores abiertos y uno en el poste alto, y con dos pases igual te encuentras haciendo una bandeja sólo bajo canasta. Magnífico. En cambio, lo que vemos en política es de todo menos bonito. Escaso nivel, mensajes cortitos, chapas del coach Sánchez hablando en círculos cada sábado, entrevistas de los ministros que no se atreven a tirar a canasta y que cuando lo hacen no tocan ni el aro. La oposición perdiendo balones (y papeles) y haciendo faltas antideportivas sin más criterio que montar el pollo. Y el público, ay el público, que no olvidemos que somos nosotros y que además somos quienes pagamos la entrada con nuestros impuestos, participando de este espectáculo lamentable a través de nuestras redes sociales y nuestros chats de whatsapp. Apelo a este público, que hasta de los encuentros más infames es capaz de sacar algo positivo, aplaudir al contrario y construir a través de la caña de después del partido una realidad bella.

Y honesto es el corte de UCLA, en el sentido de no tener dobleces, de ser directo, Un pase, un bloqueo, otro pase, una canasta. Y bueno, qué decir de la honestidad y los políticos. Que sí, que seguro que soy injusto y que hay gente muy recta en política. Pues si es así, que empiecen a hablar alto y sin miedo, porque se nos acaba el tiempo. Y es que no se me ocurren cosas más antagónicas que la honestidad y los políticos que se escuchan en los medios. Y no me vale eso de que todo es muy difícil, que es así como está montado el sistema y que de lo que se trata es de ganar a cualquier precio (para luego empezar a hacer el bien, una vez tenga todo el poder). No, ya está bien, porque las mentiras de hoy, que mañana se habrán olvidado por la velocidad de la vida y de la comunicación, lamento informar de que empobrecen el mundo y nos hunden cada día un poco más. Cada mentira, cada omisión, cada media verdad, es un pedacito más de mierda que se lanza al cosmos y que al primero que perjudican es al emisor, pero cuyo efecto resuena en el colectivo.

Y sano, saludable y beneficioso es el corte de UCLA, porque permite conseguir el equilibrio en ataque jugando baloncesto. El equilibrio y el objetivo, que no es otro que anotar y cada canasta es buena para el organismo que es un equipo. Y esto, la salud, la tuya y la mía, es lo que más nos preocupa desde el mes de marzo. La salud de los mayores, de los enfermos crónicos, de los sanitarios, de la democracia de nuestro país, de la economía, de las empresas, de los trabajadores, de las familias divididas, de los individuos peleando en redes sociales, de los que han perdido el trabajo, de los que no les da para abrir de nuevo. La salud de todo el sistema es lo más importante y con este escenario político, mediático, social y familiar, es muy complicado que encontremos el equilibrio.

Y de todos estos niveles de actuación, el único que está en nuestra mano es el individual, el de cada uno, sin esperar a ver lo que dice el de al lado, sin contar los likes, sin contrastar con nada más que con nuestra conciencia. No dudemos ahí, no pesemos que eso es ser egoísta, individualista, porque somos seres divinos y eso nos da la dotaciòn necesaria para saber lo que está bien y lo que está mal y nos garantiza que esa orientación es además beneficiosa para el todo, porque ser divino es análogo a estar conectado con el resto de personas y seres vivos.

Eso sí, debemos tratar de quitar la mugre de nuestras conciencias, porque si no, nos quedaremos enganchados en el bloqueo y nunca seremos capaces de anotar.

Gracias Antonio y gracias John Wooden.

Feliz domingo.

Polarizados, o no

Mi madre nos solía decir que era mejor no llamar la atención, no significarse. Yo no estuve siempre de acuerdo con aquella posición, o no la entendía bien, o no me encajaba del todo. Aún así, casi nunca me alejé de los estándares y he sido un “buen chico”, sobre todo si te quedas en lo que se ve desde el exterior. Pero hoy me voy a separar consciente y deliberadamente de la media nacional. Y cuando escribo media, me refiero a los dos, a los media y al average.

He elegido no estar polarizado y para eso he tomado tres decisiones y me he agarrado fuerte a una filosofía básica. Las tres decisiones son apagar los medios, poner mi yo a un ladito y tener la voluntad de amar. El precepto filosófico no va a sorprender, se trata de no encarar la realidad desde el Materialismo mainstream (izquierda/derecha, comunismo/capitalismo), sino desde el Antropocentrismo. Enfoque que pone al ser humano en el centro de la realidad, pero no en el centro político, sino entre el mundo exterior material que experimentamos con los sentidos y los mundos invisibles, que son la conciencia (lo que pensamos), el más allá (lo que soñamos) y el mundo interior (lo divino, es decir, lo humano).

Apagar los medios.

Terminado The Last Dance, nos hemos quedado huérfanos de cosas molonas en la tele y a punto de acabar el encierro, tampoco han sobrevivido la radio ni los digitales. En Twitter, esa plataforma diabólica, me hallo en estricto plan de desescalada a través de la conocida defensa en zona 1-3-1 (máximo 1 like, 3 visitas y 1 retuit al día). Aguantan los podcasts, formato en el que cada cual puede encontrar información y entretenimiento sobre sus temas favoritos, ya sean éstos pesca con mosca, humor, meditación o energía nuclear. Los podcasts requieren de una voluntad activa de escuchar y además se hace individualmente. No es un ruido de fondo, sino una elección. Y dependiendo de tus gustos, en muchos casos no están condicionados por la parte material de la realidad, porque casi no tienen publicidad, ni contenido patrocinado. Creados por particulares ingeniosos, profesionales brillantes, o estudiosos de temas dispares con dotes de comunicación, siempre encuentras un podcast al que engancharte por una hora, un día, o una época.

Mi Yo, a un ladito.

El otro día escribía que el Yo es el centro del alma y que el alma es el principio básico del movimiento de los seres vivos. Cuando se dice que la depresión es una enfermedad del alma, se refiere a que afecta al movimiento del individuo. El que haya estado con depresión identificará la sensación de que nada te hace levantarte de la cama, no hay nada que te mueva. Los humanos debemos desarrollar un yo fuerte en los primeros 12 años, para luego poder manejarnos en la vida, pero se nos ha ido de las manos y la consecuencia es que nos damos demasiada importancia. Y cuando uno se da importancia, se indigna mucho por lo que hace o dice el otro. Cuanto más grande es el Yo, más existen los Otros, y da lo mismo que sean los de otro partido político, los de otro equipo de fútbol, o los que no te dan el paso en el portal de casa. Para relajar el yo, funciona muy bien el humor, sobre todo enfocado hacia uno mismo.

Tener la voluntad de amar.

Love people. Use things. The opposite never works“. Le tomo prestada esta frase a dos tipos que viven con el minimalismo como propósito y han montado un negocio para divulgar las enseñanzas de esta forma de vivir mejor, con menos. The Minimalists, que así se llaman, tienen varios libros, un site y un podcast magnífico, además de un documental en Netflix. Merece la pena curiosear en sus materiales.

Hoy más que nunca es momento de amar al prójimo, palabra que viene del latín _proximus, y que significa el más cercano. Y es que de verdad todo empieza por el de al lado, por tu pareja, que tras 70 días en casa no es un tema menor, por el vecino que le da a la cacerola, por el que no se pone la mascarilla, por la señora mayor que se cuela en el supermercado. Y sé que es difícil entender la marcha de coches del día de ayer, o el pacto con Bildu de Sánchez, pero el amor y la compasión, son la única garantía para salir mejor de todo lo que está pasando, con nuestros aciertos y nuestras limitaciones.

Y amar no significa ser equidistante, ojo. Las cosas que están mal, están mal. Pero eso no quiere decir que uno tenga que reaccionar ante ellas. Hay que tratar de responder, en lugar de reaccionar. Y a esto ayudan mucho los dos puntos anteriores, no estar intoxicado por los medios y darse menos importancia. Hagan la prueba.

Antropocentrismo.

No me cansaré de repetir que hay una carencia enorme ya de saque, y es el hecho de que no contemplamos la realidad completa, sino sólo la capa exterior, la material y así es complicado estar en equilibrio con uno mismo y con la vida. La división no es entre izquierda y derecha, o entre capitalismo y comunismo, la división es entre dentro y fuera, entre la superficie y la profundidad, entre lo visible y lo invisible. Porque no se ve, pero estamos todos conectados con el resto de humanos y de seres vivos, y todas nuestras acciones causan efecto en el cosmos (empezando por uno mismo). Si integramos eso, agitaremos menos banderas, o no nos molestará que otros la agiten, nos pondremos la mascarilla, o entenderemos que si alguien no la lleva es por algún motivo justificado, y seremos capaces tanto de cuestionar severamente al gobierno, como a los que se manifiestan con sus BMW´s por nuestras ciudades. Y el otro dejará de ser el otro, para ser uno de los nuestros.

Si nosotros jugábamos al mus en parejas mixtas con los del Madrid, la noche antes de jugar una final…

Feliz fase 1, esta vez sí. Nos vemos en los bares, que ya está bien de leer posts como éste.

Núñez de Balboa, mucho pecho y poca cabeza

Quizá es sólo el síndrome del domingo por la tarde, pero no puedo más con el día de la marmota, con los paseos programados, con hacer la compra en el supermercado de El Cuento de la Criada (lleno de sospechas). No puedo más con cocinar, con recoger lo cocinado, con las videollamadas, con la lectura, con hacer deporte, con las cervezas en pantalla. No puedo más con HBO, con The Last Dance, no puedo más Sánchez, no puedo más con Twitter, ni con los medios, ni sobre todo con los miedos. No puedo más con las banderas con crespones, ni con las banderas en general, ni con la española en particular. No puedo más con las mascarillas y los guantes, con los geles hidroalcohólicos. no puedo con las caceroladas, ni con el doctor en gestión de pandemias que llevamos todos dentro. No puedo más con no poder concertar cita en el ambulatorio para ver a Maricarmen, la enfermera que me provee de material para la diabetes. No puedo más.

Pero todo va a ir bien, en serio, TO-DO-VA-A-IR-BIEN.

Porque cuando estaba a ésto (no se ve pero estoy haciendo un gesto con mi mano, como de coger una pizca de sal), de saltar por la ventana de mi bajo sin jardín, ha llegado la revolución de Núñez de Balboa para salvarnos, ¡fuck yeah!. Mi calle, la de mi cuna, es el epicentro de la España contestataria contra el poder político (que no económico, claro). O contra lo que sea que se manifiesten. Impossible is Nothing, ya lo dijo Mohamed Ali en 1974 y repitió Adidas sin descanso hasta 2013, con objetivos menos reivindicativos.

Y yo, que viví en el número 119 mis primeros 25 años de vida y donde aún vive mi padre, estoy legitimado para hablar. ¡Menudos somos en el barrio!. Aunque hay que reconocerle a Jabois que él también lo ha hecho con criterio y gracia en el periódico de hoy. Gracias Manuel.

Siempre había querido argumentar la idiotez de la coincidencia geográfica para explicar los fenómenos sociológicos o políticos, y esto me ha traído la oportunidad. Pero de milagro, que el número 119 está entre General Oráa y María de Molina, a escasos tres portales de Chamartín. Y si subes María de Molina hacia Avenida de América, enseguida estás en la Guindalera, que es distrito de Salamanca, pero menos, mucho menos. Así que seguro que los de la esquina con Don Ramón de la Cruz, donde está la zona 0 de la revolución, me consideran rojo (progre, que dicen ahora) por vivir tan arriba. Con lo cual me voy a callar lo del piso en alquiler y que mi colegio no era el Pilar, sino el Ramiro (si, si, al que Sánchez fue en BUP. y la reina Letizia, esa arribista, también, y bueno, el de Wyoming y Forges, y… todos comunistas). Es probable que si me acerco a compartir mi cacerola con ellos esta tarde, me echen a patadas por sospechoso, aunque lleve mi fachaleco.

Pero como soy de allí, repito, entiendo muy bien lo que está pasando. Que para eso nací en el hospital del Rosario y mis abuelos paternos vivieron toda su vida en Ayala 18, frente al Mercado de la Paz. Si no habré tomado yo aperitivos con mis padres en el antiguo Peláez de Lagasca, o en Jurucha (que aún existe), o en Gitanillos, que no sólo sale en la canción de Sabina, con esas cortinas de terciopelo oscuro en la entrada. Y bueno, ya de adolescente, como cómo olvidar Victory, en Lagasca esquina Juan Bravo, con Green a su espalda y con Floro a los mandos, Balbino en la barra, Baldomero lustrando zapatos y esos magníficos profesionales de sala, que durante años fueron la referencia de mi padre (y de todos nosotros, por extensión). Así que lecciones de pureza barrial, las justas. Somos pijos, viva el barrio de Salamanca (sin exclamaciones).

Y además soy muy partidario de que las personas se muevan, aunque sea por los motivos equivocados. Que uno se mueva quiere decir que hay un alma ahí dentro. Porque el alma es el principio básico del movimiento de los seres vivos y ese movimiento, que se activa con las emociones, es lo que está pasando en Nuñez de Balboa. Gente emocionada por el agotamiento, la indignación, el aburrimiento o la confusión, saliendo a la calle a gritar lo que le parece, contra quien le parece. Y gente emocionada de encontrar a otros en ese mismo lugar, gritando como ellos y también en movimiento, porque la ley del estado de alarma dice que no puedes estar parado en la calle. Y al llegar a casa, mucho más movimiento, en este caso en el smartphone, en forma de meme o de tuit. Por no hablar del movimiento interno, lleno de satisfacción por la repercusión en los medios de sus reuniones revolucionarias. Para estar orgulloso.

Pero es que además de alma, los seres humanos poseemos espíritu. Y la diferencia entre la una y el otro es fundamental. Se entiende muy bien con las regiones del cuerpo asociadas a ellos. La región que se asocia al alma es el pecho y ¿qué hace uno cuando dice yo?, se lleva la mano al pecho. La región corporal del espíritu es la cabeza, y ¿qué hace uno cuando le dice a otro que piense?, se lleva la mano a la cabeza.

Y además de la región corporal, las capas del hombre poseen cada una un centro. El del alma es el YO y el del espíritu es el SÍ MISMO. El YO sabemos lo que es, es el individuo, el egoísmo, la supervivencia a costa de cualquier cosa, como lo hacen los animales. Y el SÍ MISMO en cambio es lo colectivo, el todo, el Amor, Dios. En el barrio de Salamanca supongo que esto lo sabemos muy bien, porque tiene mucho que ver con la religión (no tanto con las confesiones, pero de esto ya hablamos otro día).

Propongo entonces que utilicemos más el centro del espíritu y menos el del alma, para continuar con nuestras vidas, porque todos somos igual de importantes para que el mundo siga rodando y para sacar adelante esta situación dramática y desconocida (y sí, mal gestionada también).

Y lo mejor de todo, hagámoslo por nosotros, colectiva y egoístamente. Porque los seres humanos encontramos la felicidad cuando dejamos de pensar tanto en el YO, en nuestro “alguien” con nombre, apellidos, barrio y bandera, y empezamos a pensar más en el SÍ MISMO, nuestro “nadie”, y en consecuencia, nuestro TODOS.

Así que menos golpes de mano en el pecho y más dedo índice a la cabeza, que ésto no ha acabado y aún hay mucha gente sufriendo. Más los que van a sufrir cuando se abra de nuevo el país y no haya salario que cobrar, ni cliente al que vender nuestros productos o servicios.

Y no dejemos de movernos, que eso es signo de estar vivos.

Feliz domingo ya casi lunes.

Mi primera vez

Aviso al lector que lo que sigue no conduce al lugar que, en nuestro imaginario común, se evoca al hablar de la primera vez. A riesgo de defraudar, cuento estas dos primeras veces mías, que han sido fundamentales en mi vida.

Hablo de la primera vez que reconocí la existencia e importancia de dos realidades invisibles concretas. Y cuando digo invisible me refiero a aquello que no se puede experimentar con los sentidos externos (vista, oído, tacto, gusto y olfato). Son todas esas cosas que pasan dentro y que tienen notables efectos en nuestra vida. Los llamamos conciencia, pensamientos, emociones, intuiciones, sensaciones, sueños…. y que resulta que poseen una estructura observable y accionable en caso de necesidad que, me temo, es el de casi todos.

Dos cosas invisibles muy potentes, movilizadoras y numinosas. como lo son el amor y la muerte. Quien haya estado enamorado sabe de lo que hablo, quien haya estado delante de un muerto, también y ninguna de las dos es fácil de explicar con palabras. Mis primeras veces con cada una me marcaron y en orden secuencial, introdujeron y consolidaron, mi relación con lo invisible. Pero volvamos atrás un poco, para contar cuál es mi tradición.

Soy una persona normal nacida en el Madrid de los 70. Estudié en el colegio público Ramiro de Maeztu y luego en el instituto público del mismo nombre. En ese colegio y en ese instituto había gente de todo tipo, con padres también de todo tipo. En mi caso eran funcionaria ella y trabajador por cuenta ajena él. Ninguno tenía estudios superiores. Tengo un hermano mayor y juntos crecimos en un piso de alquiler de renta antigua, que antes había sido la vivienda de mis abuelos maternos. Así que mi madre vivió allí toda su vida, salvo un par de años recién casada. El piso está en el rancio y aburrido barrio de Salamanca, en uno de esos edificios cuadrados y austeros, sin ninguna alegría visual, pero muy correcto y funcional.

Nuestra vida infantil fluyó de manera amable y despreocupada, disfrutando de todo aquello que necesitábamos. Un poco más de izquierdas que de derechas, mis padres nos hablaban de baloncesto, de las respectivas familias, de nuestros estudios, de sus trabajos, de los amigos, de política… Pero eran poco de hablar sobre los sentimientos de cada uno, sobre todo cuando éstos eran consecuencia de “problemas”, imagino que por protegernos. Y por tanto crecí sin muchas referencias sobre el interior del ser humano, que sobre todo es escrutado cuando la cosa no marcha del todo bien. Crecí pensando que lo espiritual (lo invisible), era análogo a lo confesional y por tanto supersticioso, no moderno, no científico y en definitiva producto de la tradición de la recién acabada España franquista.

Racionalista y positivista él, recuerdo una anécdota con mi padre de la época de mi primera comunión. Un buen día le pregunté por qué no iba a misa. Me explicó que de pequeño le habían obligado a asistir diariamente durante años y consideraba que había ido suficiente. A mi la explicación me generó mucho sentido, pero rezumaba un grado extremo de materialización de lo inmaterial. Contar las unidades de misa asistidas de niño, extrapolar el resultado al resto de tu vida y concluir que ya estaba cumplido el cupo vital “necesario”, era una síntesis seguramente concebida para que un niño no hiciera más preguntas, pero que demostraba una cierta desafección por lo invisible. Y no quiero decir con esto que asistir a misa fuera (o sea), una actividad adecuada para el correcto desarrollo espiritual, pero en aquella época el espíritu tenía muy pocas salidas más. Y es que lo espiritual, queramos o no, vayamos a misa, meditemos, caminemos, oremos, hagamos pan, o punto de cruz, está con nosotros 24 horas al día y se alarga hasta el último día de nuestra existencia (y quién sabe si más).

También crecí jugando mucho al baloncesto. Mucho.

Y ya en el instituto, con 16 años cumplidos, me enamoré y reconocí eso que llamo invisible, en relación al amor. Dentro de un autobús para volver del viaje de fin de curso de 3º de BUP, las leyes del magnetismo hicieron que me sentara junto a aquella chica, algo que no estaba previsto. Eramos amigos y coincidíamos mucho, pero yo había llegado a su vida de la mano de una de sus mejores amigas y bueno, existen códigos de amistad invisibles que hacían poco probable esa unión. Pero nuestra común amiga ya estaba saliendo con alguien y tras quedar en Madrid al día siguiente de volver, se creó entre nosotros un nexo invisible, que hizo que no nos separáramos hasta casi cinco años después. Todo aquel que se haya enamorado sabe de qué fuerza invisible hablo. Y en mi caso tuvo un doble premio, el obvio y maravilloso descubrimiento del amor y el menos obvio del acceso por vez primera a las realidades invisibles. Por vivir el amor en primera persona y porque aquella chica y su familia eran muy diferentes a mi y la mía, en lo que al trato con lo espiritual se refiere.

Esos años entre los 16 y los 20 fueron una época maravillosa, plena de energía, de claridad, de reconocimiento, de joder-de-esto-se-trataba-la-movida. Ella era inteligente, con unos marcados valores éticos, guapa, de negro pelo rizado, ojos verdes y las piernas más largas del instituto. Y además jugaba al baloncesto. Pero esto sólo era parte de su atractivo, para mí, lo más relevante era su, cómo diría, sólo me sale llamarlo madurez. Era capaz de transformar en palabras y hechos del mundo exterior, esos temas de los que yo nunca hablaba en mi casa. Y a mi me hizo crecer, comprender e integrar muchas cosas. El tiempo parecía no existir, las distancias no eran problema, me inicié en el sexo, y tuve una mejor amiga en quien confiaba más que en mi mismo. Los estudios me fueron bien, elegí mi carrera y continué con aquellas actividades con las que ya disfrutaba, como el baloncesto o la familia, pero de manera más consciente y deliberada. Y lo más importante, es con ella descubrí que también yo podía expresar mi interior, que lo podía compartir, e incluso corregir (su madre era psicoanalista). En su casa se hablaba de lo invisible de manera abierta, natural y cotidiana. Fue una etapa tremendamente liberadora.

Pero la vida es la vida y aquel amor acabó. Cada uno siguió su camino y eso me lleva al otro encuentro. Mi primera vez con la muerte.

Mi madre enfermó (oficialmente) en junio de 2014, de algo que parecía una intoxicación respiratoria por la inhalación de un insecticida. Pasó todo el verano con el ventolín en el bolsillo, ella que no tomaba ni una aspirina. Tras varias pruebas y diferentes pasos por urgencias debido a episodios de dificultad respiratoria, el 13 de octubre me llamó mi padre para que fuera a su casa. Me senté en el cuarto de estar y me dieron a leer el informe de un TAC de tórax con un muy mal diagnóstico. Tenía un tumor (adenocarcinoma, se llamaba) de 4,5cm en el pulmón derecho, en grado de desarrollo avanzado y metástasis en huesos y otros órganos vitales.

Con el paso de los años y ya de adulto, encontré la manera de hablar con mi madre de lo que me pasaba interiormente. Ella era buena escuchante y disfrutaba que le contáramos aspectos íntimos de nuestra vida. Entre sobremesas de domingo, visitas en verano a su casa en la sierra y algunos días de semana que venían a estar con mis hijas, encontramos una manera de avanzar en nuestra relación. Pero habitualmente yo era el emisor de la información y ella la receptora, y no conseguí que invirtiéramos esos roles. Su cara muchas veces reflejaba su estado, pero no lo transformó nunca en palabras, al menos conmigo. Todo lo contrario, se afanaba por ser dura, por no preocupar al resto, como cuando éramos pequeños, e imagino que internamente achacaba su malestar a la edad. Por otro lado, nunca había tenido nada grave y se solía sentir segura con su salud física, por lo que continuaba disfrutando de su vida como siempre lo había hecho. Pero no.

El viernes 7 de noviembre, tras la primera ronda de sesiones de radio, fuimos en el coche a ver a su médica. Estaba ya muy apagada y los resultados de la última análitica eran incompatibles con la vida. Sentada en el asiento del copiloto, con mi mano derecha agarrada a las suyas con fuerza y mientras circulábamos por la M30 hacia el sur, los dos estábamos pensando en lo mismo. Mis lentillas y mis gafas de sol a duras penas contenían las lágrimas y mi padre, que iba detrás en silencio, mostraba una cara de tremendo cabreo cada vez que le miraba por el retrovisor.

El camino de vuelta fue mucho más animado, como si de pronto hubiera salido el sol. Su médica es la mejor del mundo y el rato con ella le había dado de nuevo fuerzas suficientes para expresar en alto, – ¡qué bien lo que ha dicho Raquel, a la ida pensaba que no llegaba a las navidades! -.

Dos días después la llevamos al hospital La Milagrosa. Estuvo un rato en el box de urgencias y de ahí nos mandaron a una habitación en la quinta planta. Fue poco a poco llegando gente, como en una procesión de despedida. Estando todos allí, recién llegado mi hermano de ver a sus hijos, me acerqué a ella, ya inconsciente y le dije al oído que por nosotros podía dejar de sufrir en este lado, que podía ir tranquila, que estábamos todos bien. La besé y encaré la puerta de la habitación. Antes de llegar a salir escuché mi nombre y di media vuelta, cruzándome con mi padre que salía a buen paso. Miré a mi hermano y éste me hizo un gesto negando con la cabeza. No respiraba.

Murió el 9 de noviembre, 27 días después del diagnóstico y 2 después de ese trayecto en coche por la M30. Pero su muerte fue para mí una puerta abierta, magnífica y real al mundo de lo invisible y desde ese momento me he volcado en reconocerlo y contarlo a todo el que quiera estar, o leer, o escuchar. Cosa que hago muy a menudo. Mi padre sigue dando guerra en los bares del barrio y disfrutando de lo material y de lo exterior, que para eso está. Él siempre ha sido la persona más sensible de esta familia y desde que murió mi madre, conversamos mucho, siendo capaces contra todo pronóstico, de reconocer juntos aspectos esenciales invisibles, e incluso a veces, tratarlos abiertamente.

Y si mi padre puede, que dimitió de lo espiritual a los 14 años, cuando le echaron de aquel colegio donde le obligaban a ir a misa todos los días, no tengo ninguna duda de que todos podemos. Y que podemos sólo es consecuencia de que lo necesitamos, porque la realidad es completa cuando tenemos en cuenta lo invisible. Y los seres humanos estamos divinamente diseñados, con toda la dotación necesaria, para movernos por el mundo. Pero ese movimiento sólo cobra sentido cuando activamos la brújula interna, brújula que hay que reconocer, calibrar y escuchar. Y esto requiere parar y si es posible, cerrar los ojos cada día un rato, respirar y beber mucha agua.

Le estoy insistiendo a mi padre para que escriba sobre su vida, que los viejos sabios tienen muchas cosas que enseñarnos a los que venimos por detrás. Y más en tiempos de crisis. A ver si tenemos suerte y lo hace.

Feliz fin de la fase 0.

Pequeñas cosas

Día 43.

No se si el virus ha habitado mis células. Si lo ha hecho, no se si puede volver a pasar por ellas. La semana del 9 de marzo tuve una diarrea extraordinaria, como no recordaba haber tenido en mi vida, pero respiratoriamente estuve bien y fiebre tampoco tuve. No se si el virus pasó por mi con aquellos efectos. Si lo hizo, no se si tengo anticuerpos suficientes para ser inmune. No se si los anticuerpos se miden en número, porcentaje, o miligramos por litro. No sé cómo puedo ser contagiado, ni cómo puedo contagiar a otro. Repito, no sé cómo ser contagiado, ni cómo puedo contagiar a otro. No se donde comprar mascarillas, ni si las mascarillas sirven para algo. Y si sirven, no se si lo hacen para no contagiar o para no ser contagiado. Las veces que he ido al supermercado no he lavado los productos al llegar a casa, ni he tirado las bolsas. No dejo mis zapatos fuera de casa, como hace mi vecina. Esa misma vecina, el día 2 del confinamiento, me dijo que esto iba para 45 días. Igual debería seguir su ejemplo y dejar los zapatos en la puerta, porque mucho no se ha equivocado en ese dato. Me lavo las manos al llegar de sacar a la perra, pero esto ya lo hacía antes. El martes el ascensor paró en el segundo y otra vecina me miró detrás de su mascarilla. Yo le dije que por mi podía pasar. Y por ella también, porque bajamos juntos con cierta emoción de rebeldía heroica. No se si siendo inmune podría contagiar a un tercero. No se porqué se llama cuarentena si dura más de cuarenta días. Mis hijas me dicen que tenga cuidado porque soy grupo de riesgo por diabético y ayer me entró un poco de miedo después de estar con ellas. Hoy ya se me ha pasado. El miedo es malo porque genera ácido láctico y la acidez es negativa para el organismo. Eso sí lo sé.

Y también sé que hoy está disponible el tercer episodio de The Last Dance. 

Vamos a por la semana.

 

Lo invisible

En todas las acepciones de la palabra espíritu encontramos una coincidencia, y es que ese término siempre alude a algo invisible. Espíritu viene del latín spirare, soplar y a su vez se asocia a la raíz indoeuropea (s)peis, también soplar, y que seguramente es onomatopeya del sonido que hacemos al respirar. Así que espíritu está muy relacionado con respirar y por tanto con el aire, que también es invisible, El aire no se ve pero tiene efectos, dicen que los muertos son como las aspas de un ventilador en movimiento, que son invisibles porque se mueven en otra frecuencia. Pero dejemos a los muertos y hagamos otra analogía, en este caso con el alcohol, que estamos en España, y en concreto con el de las bebidas llamadas espirituosas, cuyo alcohol no se ve, pero que tiene efectos muy notables si te pasas con las copas. A ver si nos abren los bares pronto.

El aire se respira y respirar tiene dos actos, inspirar y expirar. Inspirar (estar inspirado) tiene que ver con la creatividad y la creatividad relación con la creación, y el estado creativo con la ausencia de estrés por sobrevivir, que es lo que nos pasaba como sociedad antes del confinamiento, y un poco también ahora, pero por diferentes motivos (como escuchar a políticos). Estar en estado creativo es estar, sin importar el cuerpo, el tiempo y el espacio, y por eso pasa todo tan rápido cuando estamos inspirados con algo. Ese algo puede ser cocinar bizcochos, limpiar la casa, hacer tábata con tu pareja, leer a Alejandro Dumas, escribir un diario, hacer excel con los nuevos escenarios catastróficos, hablar con tu vecino del balcón de enfrente, hacer ganchillo, o jugar a la Brisca, o al Minecraft. Y crear es sin duda cosa de genios, de humanos acercándose a lo divino. Y lo divino (ay lo divino…), es lo que cada uno es en esencia y sobre todo, en ausencia. En ausencia de presión familiar, social, educativa, laboral, marital, fiscal y horaria. Lo que pasa es que esta divinidad que somos cada uno, solo se hace visible si tu genio tiene que ver con algo público, osea ser artista, futbolista, político o empresario… y además de éxito. Bueno, menos político, que puedes ser muy malo y de muy poco éxito y seguir pintando la mona. Cualquier otra dotación pasa desapercibida para muchos, para casi todos. Pero no debe de pasar desapercibida para ti. Y siento que estos meses están haciendo visibles a muchos genios, a mucho ser creativo, divino. Si además somos disciplinados y persistentes, esta genialidad va a cambiar las prioridades del sistema para hacerlo más espiritual. Vamos a cambiar para tener una imagen completa del mundo. Vamos a cambiar el mundo.

Y es que hoy es domingo y mucha culpa de la mala evolución de lo espiritual la tienen las confesiones religiosas. Las confesiones y el materialismo, para ser justo. Las confesiones y no la Religión, que significa re-ligar, volver a unir al individuo con lo divino en él. Las confesiones han tratado mal a lo invisible desde siempre, desde que se convirtieron en poderosas y luego en negocio. Las confesiones no han conseguido explicar ni transmitir la experiencia divina, y en esas llegó el materialismo y se las llevó por delante. Primero el capitalismo y luego el comunismo.

Y es que capitalismo y comunismo se basan en una imagen del mundo incompleta, exclusivamente materialista. No contemplan las realidades invisibles, las del espíritu, las del aire. No permiten que seamos imagen y semejanza de Dios, no dejan que uno sienta, piense, tenga conciencia, sueñe y en última instancia, sea divino. Porque Dios es Amor, ya lo dice la canción aquella de misa. Y el amor tampoco se ve, pero ¿quién dice que no existe, o que no es importante?. Y sí, el amor, además, mueve montañas.

La sombra existe porque hay luz. En el mundo exterior, el de la materia, es sencillo encontrar las sombras, solo hay que pararse y mirar. En nuestro interior es más difícil, porque lo que alumbra no es el sol, es el arquetipo, lo divino, el amor. Usemos ese foco para alumbrar lo que pasa por dentro y luego salgamos a la calle con nuestros hijos, por un kilómetro y una hora. O lo que el interior de cada uno diga.

Feliz domingo. Viva lo invisible.

Es tiempo de sabios

Si fuera ágil editando video haría una pieza con la canción de Lou Reed “There is no time”, subtitulando en grande la letra de la misma, sobre imágenes de nuestros políticos durante esta crisis. Sobre todo del presidente, que para eso es el número uno y que siempre tuvo muchas ganas de ser presidente, sin esperar que serlo supondría momentos como este. Pero también saldrían el vicepresidente y vicepresidentas, ministras y ministros. el llamado líder de la oposición y los que son la oposición de la oposición, que también complican el tema.

Las tres primeras estrofas de la letra de Lou dicen así.

This is no time for Celebration
this is no time for Shaking Heads
This is no time for Backslapping
this is no time for Marching Bands

Esta es la única parte en que parece que hay consenso. Estoy seguro de que los políticos están muy tocados, como lo estamos todos. No hay nada que celebrar, no se pueden dar apretones de manos porque se contagia el virus, ni palmaditas en la espalda porque hay que estar a un metro y medio, y mucho menos largar a las calles con bandas de música, salvo esa de la policía municipal que toca en IFEMA homenajeando a los sanitarios, y el recurrente Resistiré, que parece ya tan lejano como su versión original. Pero tengo serias dudas acerca de si dentro de cada partido, en sus reuniones de Teams, en sus chats de Whatsapp, en sus reportes semanales de su situación, no celebran cosas como ese tuit que le ha dado en los morros al oponente, ese trending topic del bulo que lanzamos, la repercusión de la cortina de humo, encarnada por la intervención de la segunda de abordo… Tengo serias dudas de eso, repito.

Y sigue la canción.

This is no time for Optimism
this is no time for Endless Thought
This is no time for my country Right or Wrong
remember what that brought

Optimistas están todos en la oposición porque ven una oportunidad única para rascar votos (si no es eso, no se entiende que no apoyen al gobierno). Pensamientos sin fin los del presidente, al menos por lo que transmite cuando sale a hablar a los ciudadanos, donde parece un guiñol locutando la nada misma, desde hace un mes y pico. Y luego en general, políticos, no es momento de apuntar si nuestro país (nuestro gobierno) está acertado o no, es el momento de arrimar el hombro y proponer soluciones allí donde se necesitan. ¿O no nos acordamos de lo que trajo esa división?.

Y más de Lou.

This is no time for Congratulations
this is no time to Turn Your Back
This is no time for Circumlocution
this is no time for Learned Speech

Sí creo que es tiempo de felicitaciones, pero para nosotros ciudadanos, por aguantar este espectáculo estando arrestados y asumiendo que esto es necesario para aliviar el problema. Felicitaciones por el aguante, por bancar como dice Nelson desde Buenos Aires, cuando hablamos los domingos. Porque en estos momentos nadie está volviendo la espalda a los que mueren y sufren, ni tampoco a los vecinos de los que ahora sabemos que tienen nombre. Tampoco a los que trabajan para cuidarnos, ni a los que lo hacen para continuar con sus negocios. Estar en casa hoy es una heroicidad, ya sea por exceso de compañía, o por la soledad más absoluta. Así que felicitémonos por el logro.

Y las dos últimas frases de esta estrofa hablan de Sánchez. Es un maestro de hablar en círculos y con un discurso aprendido. Y reconozco que es muy cansado y desalentador que sea así, porque esta situación requeriría de un líder sabio, pero no es el caso. El presidente ya era así antes, no nos debe sorprender y con todo, yo estoy con él en este momento y no espero nada diferente.

Y es que hoy más que nunca es tiempo de sabios y no tenemos sabios al mando.

Ser sabio tiene que ver con los años (edad), con un desarrollo personal limpio de mugre (equilibrio), con haber sido autor en el pasado de cosas que están sucediendo en el presente (autoridad), con los potenciales de cada uno (dotación). y con los conocimientos adquiridos (formación) a lo largo de una vida. Y díganme quién de los que salen en los medios estos días cumplen con esto. En España los tenemos, pero no se presentan a las elecciones.

Buen domingo.

El miedo y la Resistencia

Me siento cada día a meditar en la silla del cuarto de invitados, habitación que hace ahora de vestidor, con la cama llena de ropa limpia y que tras lavar y secar, vuelvo a utilizar obviando los pasos de la plancha y el armario. Enciendo la minicadena (perdón por usar términos del siglo pasado) que recuperé del trastero hace un mes, me coloco los auriculares (la calle está vacía, pero los vecinos de arriba son siete hermanos), y la voz del locutor me guía por este viaje hacia el interior.

La teoría dice que la reacción normal de los principiantes de la meditación es que te pique la cara, que quieras abrir los ojos, que te moleste la postura y sobre todo que la cabeza se te vaya todo el tiempo a otra cosa. Esa teoría explica que cuando paras el cuerpo y la mente, ellos, muy acostumbrados al movimiento, se rebelan y tratan de seguir funcionando en ondas beta (vinculadas al estado de superviviencia), que es lo que les hemos enseñado desde pequeños.

El método que sigo me pide elija una emoción que de siempre me haya generado malestar y que se traduzca en pensamientos, sensaciones y comportamientos reconocibles en lo cotidiano. Y yo he elegido el miedo. Si, tengo miedo a cosas, algunas muy prosaicas, como mirar la nota de un examen en tiempos de la facultad, o los resultados de un análisis de sangre, a ver (porque saber, lo se de sobra) el saldo de mi cuenta en un cajero, o a llegar tarde al colegio de las niñas… También a que no me sirvan los pantalones cortos del verano anterior, o a que mi nivel de glucosa de la mañana no esté en rango. Y esos miedos provocan patrones de comportamiento que no me agradan; escaqueo, impostura, silencio, presunción, mentira…

La última parte de la locución me pide que me familiarice con esos patrones para reconocerlos y que, cada vez que surjan, (me) haga una señal. Y por último me dice que los sustituya por otros positivos. Y la ciencia explica que el proceso de meditación facilita esa corrección directamente donde se fijan los comportamientos automáticos (cerebelo), saltándose el neocórtex y pudiendo entonces cambiar de una manera más efectiva.

Y no tengo aún perspectiva para saber si está resultando, pero ayer me vino una sensación nueva vinculada al miedo. Durante estos días de encierro he dejado de sentir miedo por mi, por mis pequeños dramas cotidianos, mi bienestar, mi salud y mi estado individual en general y he empezado a sentir una honda preocupación por la especie, por todos. Y no desde un punto de vista teórico, analítico, ideológico. No, es algo menos reconocible por mi, es una sensación de que en este envite nos estamos jugando algo de verdad. Y ese algo no es si este partido o el otro va a ganar las próximas elecciones, o si vamos a tener trabajo o no cuando acabe esto, o cuánto va a durar la recesión. Aquí nos estamos jugando algo más profundo, vinculado a un cambio de era, de sistema, de realidad.

Lo que estamos viviendo no tiene pasado, no tenemos manera de asociar una emoción adecuada a una experiencia como esta, por eso nuestras mentes andan perdidas. Nunca nadie había estado aquí, ni ciudadanos, ni mandatarios, ni periodistas, nadie. Confinamiento (arresto domiciliario) de 8 billones de personas, centenares de miles de muertos, desconcierto de las autoridades políticas y científicas, alarma por la crisis económica que viene, despelote mediático por la ausencia de certezas, la cantidad de opinadores con cuenta de Twitter que llevan un epidemiólogo dentro y la más crítica aún presencia de tecnologías dirigidas para tratar de desinformar. Que todo esto va a generar un cambio está claro, es un hecho, ya está pasando. Pero que ese cambio sea para bien, como muchos creemos que podría suceder, no es tan obvio. Y no por falta de voluntad, sino por el miedo.

El miedo a infectarnos de algo que no sabemos qué es ni cómo se contagia, nos hace acatar normas que ni los que las dictan saben si son efectivas. Ellos, los que las decretan, están más acojonados aún, por ser los responsables de (hasta hoy) 18.000 muertes, pero sobre todo por la posibilidad de perder las próximas elecciones, por perder su posición de poder (y ahí incluyo a todos los políticos, porque los que no gobiernan también salen mucho en la TV, y eso es poder en nuestras sociedades). Es posible que los políticos (perdón por la injusticia de generalizar) sean todos tan idiotas como aparentan, pero yo creo que no, que son sólo una muestra representativa de lo que somos. Vivimos desde hace décadas volcados en lo exterior y en la responsabilidad compartida y hemos perdido el pulso a nuestro interior, a creer en lo que nos dice nuestra brújula, la de cada uno y a responsabilizarnos de ello hasta las últimas consecuencias. Todo el mundo que se mueva en el mundo, sabe que son muy pocos los individuos que de verdad se guían por su interior y que además tienen autonomía suficiente para tomar decisiones. Para un presidente del Gobierno, la autoridad sanitaria es la OMS, para un presidente de una gran corporación son la OMS y McKnsey. El tema es que nadie sabe quién está detrás de la OMS y de Mckinsey (me pregunto si serán los mismos).

Y en este momento el exterior está como está y si nos basamos sólo en eso, van a pasar dos cosas: validación  de todo y como consecuencia cambio de paradigma (a peor). Vamos a “validar” cualquier cosa, encierro domiciliario, limitación del número de personas en una reunión y tiempo de las mismas, segmentación de ciudadanos según su estado “vírico”, vacunación obligatoria para este virus (y los que vengan), pasaporte biológico, control de fronteras, control tecnológico, cierre de bares, etc, etc, etc…. Y eso lleva a lo segundo, un cambio de paradigma del que no soy capaz de extraer conclusiones concretas, pero no parecen nada buenas.

Y solo se me ocurre que montemos la Resistencia. Pero no la exterior, que también es necesaria y debe de ir en paralelo, sino la resistencia de cada uno, la de nuestro cuarto, la barricada para evitar salir corriendo de esa meditación tan necesaria que nos conecte con nuestro interior y nos saque de este estado de supervivencia en el que ya vivíamos, sin necesidad de estar oficialmente en estado de alarma. Porque si nos conectamos con eso, nos conectamos con algo muy grande, donde estamos todos y donde desaparece el miedo.

Recuperamos la brújula para dirigirnos correctamente, hagámonos más caso a nosotros.

 

 

Esa voz

He perdido la cuenta de los días de encierro, he dejado de escuchar y leer las noticias, sólo los podcasts de la NPR y Twitter resisten, este último por si alguien ofrece algo gracioso. Por teléfono sólo llama mi padre a diario y hasta los paseos con la perra se han recortado, harto de esquivar coches patrulla. Acepto que el momento que nos ha tocado es el que Es, y con la rodilla hincada y en ausencia de ruido exterior, me recreo escuchando mucho más a esa voz.

La voz que me decía a los 10 años que con 5 dioptrías de hipermetropía, ir con gafas era un problema (estético y funcional), que era increíble que el entrenador no me sacara tres cuartos en cada partido de minibasket, que odiar a aquel otro por dejarme en el equipo B en juveniles estaba justificado, que no me esforzaba lo suficiente en el instituto, que estudiar Sociología no servía para nada, que tratara de seducir a aquella chica que acababa de conocer, que mejor si cambiaba de trabajo porque en el nuevo se ganaba más, que cuidado con engordar que uno se ve feo, que lo bueno estaba siempre por venir, que ni intentara hacer las pruebas para entrar en aquel master, que aunque lo consiguiera no lo podría pagar, que pasara de mi colega que era un imbécil, que aquella tía tan atractiva era inaccesible, que hiciera como si no tuviera que depender de un medidor de glucosa desde los 22 años, que claramente era de loser, que mi jefa no sabía hacer la “o” con un canuto, que ningún jefe en realidad sabía hacerla, que no fuera al médico que me iba a echar la bronca por no cuidarme, que lo malo me pasaba por ser un inconstante, que había que ser responsable porque me había comprometido con otros, que comprometerme conmigo era cero importante, que seguro que no me volvería a enamorar como la primera vez. Y que todo, absolutamente todo lo anterior, no era un problema porque yo (YO), lo sabría manejar. Y que estuviera tranquilo, me decía, que si nadie se daba cuenta de que sufría, era como si no existiera el sufrimiento…

Y no lo supe manejar, y sufrí, y tuve heridas, y esas heridas hoy son cicatrices, algunas muy profundas. algunas muy visibles. Pero, ¿quién no tiene unas cuantas cicatrices?, me dice esa voz. Y la jodida de ella, la voz, me insiste en que no las muestre, que yo (YO), de perder nada, que sólo empatar o ganar.

Pero como ahora tengo tiempo, debato mucho más con la voz y me atrevo a llevarle la contraria. No tengo la excusa de salir corriendo a la siguiente reunión, ni de ir a buscar a las niñas, ni de quedar a tomar unas cervezas, ni de hacer la siguiente propuesta, ni de ver esa serie que tengo pendiente. Ahora, la voz y yo nos sentamos cara a cara. Y eso me ayuda. ¿Autoayuda?.

Ayer escuchaba una entrevista con Joseph Goldstein, uno de los introductores del Budismo en el mundo occidental. Decía, hablando del gran desarrollo en nuestro mundo de la industria de la autoayuda (SELF-HELP), que no existe tal cosa y que esa construcción de palabras en realidad es un oximorón. Que la mayoría de nuestras tribulaciones precisamente vienen del self (YO), que nos empuja, siempre en relación con lo exterior, vinculado a un espacio y tiempo concretos, a vivir en una infinita carrera hacia lo próximo, con la gran decepción de que cuando llegas, no era para tanto y hay que empezar a correr de nuevo: la próxima venta, el próximo finde, el próximo proyecto super estratégico, el próximo quarter, las próximas vacaciones, la próxima relación, la próxima serie de moda.

Goldstein dice que la ayuda de verdad, la que te sirve a ti como individuo y al colectivo en general, llega cuando dejas de pensar en el yo personal, y pasas a pensar/sentir el yo colectivo. Que hay que dejar de ser “alguien” para ayudarse. Hay que tratar de ser más “nadie”.

Yo (YO) he hecho caso a esa voz mucho tiempo, aún a ratos le rindo pleitesía porque una de cada diez veces las cosas son como dice ella. No así en las otras nueve, pero ella siempre tiene una explicación. Ella es especialista en guión, lleva toda la vida argumentando, achuchando, juzgando, proponiendo, justificando y sobre todo aprovechándose de que vamos corriendo de un lado a otro, de un año a otro, de una vida a otra, ¿o no hay más vida que ésta?.

Hoy, encerrado aquí, esa voz está dando menos por culo, seguramente porque no puede argumentar nada en relación con el exterior, donde reconozco muy bien mi yo (YO), ese “alguien” que me he construido a base de heridas y cicatrices.

Y estoy aprovechando para ser más “nadie”, salvo en el Contrafantasma, que trato de ser muy yo, en minúsculas.

Feliz viernes santo.