Taskent está lejos, en el cruce entre Rusia, China y el mundo musulmán que sube desde Turquía. En Taskent un café cuesta 50.000 soms. En Taskent los coches son chinos y eléctricos, los edificios o soviético brutalistas o moderno sosainas como los de Valdebebas. En Taskent los árboles son vetustos y frondosos, hay grandes avenidas y calles llenas de terrazas y de familias jóvenes. En Uzbekistán, donde está Taskent, el 65% de la población es menor de 30 años.
En Taskent hay metro y si vas a la parada de Chorsu llegas al bazar de cúpula azul del mismo nombre que la parada. Dentro del bazar puedes comprar carne poco refrigerada y buen aspecto, especias, té, fruta, hortalizas, pan, mucho pan, ropa, maletas e infinitos artículos de coña. Yo compré dos imanes iguales para la nevera; uno azul y otro rojo. Total 40.000 soms. El azul lo rompí sin querer al deshacer la maleta e Iris lo pegó ayer de vuelta.
En el bazar hay una fuente y los niños y no tan niños se remojan dentro de ella porque en Taskent hace 38 grados muy secos. Al lado de la fuente hay un niño con la camiseta de Lewandoski sentado sobre una caja, hablando con un señor que quizá es su abuelo o quizá su padre. Le comenta que viste esa camiseta porque era el último partido del polaco en el Camp Nou o eso imagino yo que le está diciendo. Ninguno de los dos parece tener prisa. En Taskent nadie parece tener prisa.
En Taskent los coches aparcan como en Madrid en los 90. Aprovechan aceras, esquinas, entradas de garaje siempre que haya espacio suficiente para pasar, accesos a edificios, la doble fila, la triple fila. Eso me gusta de las ciudades como Taskent.
En las calles de Taskent no hay (casi) anuncios de marcas conocidas, tampoco muchos de marcas desconocidas. En Taskent la calle tiene poco ruido visual, poco estímulo artificial.
Taskent no pide nada a cambio de pasearla y tampoco hay nadie que pida ni que venda ni que duerma bajo un escaparate ni que haga malabarismos en los semáforos.
En Taskent hay un edificio nuevo muy grande, sito en una plaza igual de nueva, mucho más grande y con menos sombras que la Puerta del Sol de Madrid, donde han ubicado el denominado Museo Islámico. Dentro se muestra la historia de esta zona Asia Central, desde el SIV AdC cuando Alejandro Magno conquistó el Imperio Aqueménida a golpe de espada, a la posterior inclusión en la Ruta de la seda y el Imperio Persa, hasta los SVII y SVIII cuando llegan los árabes e islamizan la región, estando tranquilos y todo bien hasta que acude Gengis Kan y su ejército y conquistan la Transoxiana en el SXIII, incluida la maravillosa Samarcanda, que se ve que le molaba bastante a Gengis.
Tras ello, en el SXIV, vino Tamerlán que se pasó por la piedra a los mongoles y reconquistó Samarcanda, convirtiéndola en la capital cultural y urbanística que hoy todavía parece. Tras su muerte la zona se vuelve a fragmentar sin perder su importancia en la Ruta de la Seda, hasta que en el SXVI se consolidan los llamados Kanatos turco musulmanes de Bujará, Jiva y Kokand, que controlan oasis y rutas caravaneras.
En el Museo no dicen nada del posterior avance del Imperio Ruso en el SXIX y del sometimiento de los Kanatos, incluida Taskent, que cae en en el 1865 y se integra en el Turkestán ruso. Al igual que no nombra a la Unión Soviética de después de la Revolución Bolchevique de 1917. Cada cual hace los museos como le da la gana, faltaría más.
La ultimísima sala del museo está dedicada a la actual República Presidencial de 1991 y también a la selección Uzbeka de fútbol, que ha calificado para el Mundial que empieza el mes que viene y cuyo mejor jugador en el defensa del Manchester City con cara de bueno; Khusanov.
En Taskent usan el teléfono como en todo el mundo: mucho.
Pasen una buena semana y eviten los estímulos externos en la medida de lo posible.

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