Fe a los 11 años

El cosmos es inabarcable, mayúsculo, abrumador y misterioso. Y al tiempo es cotidiano, cercano, transitable y experimentable de forma sencilla. Lo ves si miras al sol, lo pisas si vas al campo, lo bebes si abres el grifo, lo hueles si descarga tormenta.

El Contrafantasma hablaba del cosmos con sus hijos y dos amigos de estos, vecinos de del ático, que compartían con ellos la tarde del viernes. Les decía que el cosmos posee cuatro niveles: los minerales, las plantas, los animales y los humanos. Que cada uno de los niveles tiene unas propiedades concretas y que éstas están al alcance de todos por simple observación. Y les decía que conocer cómo funciona el cosmos es muy importante si se quiere conocer bien al ser humano. Y bueno, también les dijo que el origen del cosmos es un misterio, pero que no era necesario saberlo para describir su esencia y su funcionamiento.

Les contó que un profesor de EGB les decía que el cosmos era lo grande, los planetas, los astros, las galaxias, todo eso que ahora vemos en documentales y que desde siempre hemos leído en libros científicos. Y les decía también que la respuesta completa acerca de él no la tendríamos, si no es a través de la fe. Sobre todo si nos acercamos a la explicación de su origen. Decía que el origen del cosmos es cosa de Fe en Dios para unos, de fe en dios para otros y de fe en el Big Bang para los terceros. Y que tras el Bing Bang, parece que también está Dios.

El Contrafantasma no tenía demasiado interés por la Fe cuando era niño. De esa Fe no le hablaban en casa y solo sabía de ella por lo que se decía en las clases de religión, que eran en realidad clases sobre la confesión cristiana, no sobre la religión, que es la experiencia con lo espiritual, con lo invisible.

Uno de los vecinos amigos era Jaime, un muchacho de 11 años habitualmente muy callado, con unos ojos azules muy abiertos y el pelo del color del de la actriz Jessica Chastain. Parecía que el tema del cosmos le entusiasmaba y se arrancó a contarles lo que en el colegio había aprendido sobre él y que junto a sus compañeros, acababa de presentar a los padres el día anterior.  Sin dudar les propuso que si querían les haría la presentaciòn allí mismo, que solo necesitaba una conexiòn a internet y una pantalla para visionar la pieza que habían creado en el grupo y que él mismo había editado.

Porque el cosmos se sigue estudiando en la asignatura de ciencias naturales, las ciencias que dominan en librerías y escuelas. En ellas se describe hasta donde los astrofísicos alcanzan con sus fórmulas y los instrumentos que poseen. Pero al final (o al principio, para ser correcto), éstos siempre se encuentran con cosas que no entran en sus fórmulas y que no se pueden medir ni pesar. Esos aspectos “inexplicados”, dicen que son resultado de la escasez de recursos, que hace que no se tenga aún tecnología para describirlos “científicamente” . Así que se confía en que el progreso, equivalente en nuestra sociedad a tiempo más dinero, traerá como consecuencia esa nueva tecnología para explicar lo inexplicable hasta la fecha. Y todos nos quedamos aparentemente contentos con esa nueva fe en la ciencia y la tecnología, que ha ganado mucho terreno a otras fes en la conciencia colectiva de nuestros días.

Así que Jaime les contó lo que había aprendido en su colegio y que tenía que ver también con los cuatro niveles. Expuso que el primer nivel es el mineral, el mundo de la materia, cuya imagen primordial es el átomo. Que los minerales no poseen vida, que se modifican desde el exterior, que tienen estructura y en función de la unión de sus moléculas conforman los cuatro elementos: la unión estable forma la tierra, la unión débil forma el agua, la unión dinámica forma el fuego y la unión libre forma el aire.

El Contrafantasma, fascinado por la claridad de las explicaciones de Jaime, apuntó en ese instante que cada uno de los cuatro elementos posee también propiedades específicas y que conocerlas, permite conocer también el temperamento de los seres humanos, siendo más flemáticos (esos en quien se puede confiar y que no van a cambiar fácilmente de opinión) si somos de tierra, más melancólicos (esos que se adaptan muy bien, que fluyen), si somos de agua, más coléricos (que se activan con facilidad si les das motivos, si los enciendes), si somos de fuego y más sanguíneos (invisibles, despreocupados, creativos), si somos de aire.

Siguió Jaime con el el nivel vegetal, que se caracteriza por la vida y cuya unidad básica es la célula. Expuso que las plantas crecen sobre el eje vertical y que no se desplazan. Dijo que son capaces de reconocer, porque buscan el sol hacia arriba con las hojas y el agua hacia abajo con las raíces.

– ¡Eso se llama conciencia! -, gritó el Contrafantasma con la consecuente cara de susto de los demás. – Las plantas tienen conciencia, lo que pasa es que el centro de su conciencia es el subconsciente -, apuntilló. Los chicos no parecieron entender demasiado lo que decía, los conceptos abstractos aún se les atragantan.

Seguían escuchando a Jaime con atenciòn, asimilando las palabras certeras y claras que salían de su boca y que caían como piezas que encajan en un puzzle a la primera, sin pensar sobre su posición. Luego están los animales, continuó, que se caracterizan por el movimiento. Tienen materia como los minerales y vida como las plantas, pero además se mueven y a diferencia de las plantas lo hacen sobre el eje horizontal.

El Contrafantasma dudó si parar de nuevo a Jaime, pero no lo hizo. Le dieron ganas de introducir el concepto de alma, que es lo que distingue a los animales de las plantas y los minerales. Los animales tienen alma y actúan con la conciencia del yo, que orienta su movimiento. Y que la depresión es una enfermedad  del alma, que afecta al movimiento porque deja al ser humano sin objetivos hacia los que dirigirse. Y bueno, que tiene cura.

Y justo cuando Jaime iba a hablar del nivel de los humanos, puso el video que habían trabajado en su grupo. Se trataba de una sucesión de imágenes de la película Interstellar de Christopher Nolan, acompañadas por clips que se habían grabado ellos, vestidos de astronautas, durante el desarrollo del proyecto y envuelto todo en una canción llamada Glenfinnan . Todos miraron la pantalla con atención, como si lo que allí aparecía les hubiera agarrado por las solapas. Al acabar había lágrimas por varias de las mejillas de los presentes.

El video relataba que el nivel humano es lo más elevado del cosmos y que es inherente a nosotros la capacidad de mejorar la Naturaleza a través del espíritu (la cabeza) y de la conciencia del bien y del mal, que es lo que los humanos tenemos y el resto de niveles no. Pero el video también hablaba de que no lo estamos haciendo bien, que el planeta está empeorando y la desigualdad creciendo. Y así fue como Jaime acabó su exposición, reclamando más conciencia a los humanos.

– ¿Y Dios, dónde está Dios según vosotros?-, preguntó el Contrafantasma. Los chicos se miraron y sonrieron, Jaime se volvió a arrancar y llevando su mano derecha a la tripa dijo, – yo creo que aquí. Y también allí y allí -, señalando las tripas de sus amigos. – ¿Y cómo lo sabes? -, preguntó el Contrafantasma. – No lo se, pero me suena que anda por ahí porque noto cosas-, contestó.

Han vuelto a invitar a los amigos para este próximo viernes, toca hablar de Dios durante más rato.

 

1984

El Contrafantasma leyó por primera vez el libro de Orwell cuando aún no había cumplido veinte años. Ya le gustaría al autor que leer este escrito evocara un poco a aquel “1984”, pero ustedes le van a perdonar que no sea así.

Cuando tienes diez años y tus padres te envían a un campamento de verano en la comunidad autónoma de Murcia, significa una de tres: que no te quieren, que piensan que va a ser lo mejor para ti, o que algo va mal de verdad y mejor que los niños estén lejos. Eran los primeros días de agosto de 1984 y del campamento no recordaba casi nada, salvo que en la madrugada del día 10 algunos compañeros, monitores y él mismo, se levantaron de madrugada para ver por televisión la final de baloncesto de los JJOO de Los Angeles, aquella en la que España ganó la medalla de plata.

Tener diez años significa estar aún en la primera fase de la vida, que llega hasta los 12 aproximadamente. Lo principal de esta fase es el movimiento y que ese movimiento se guíe por los sentidos. El niño descubre el mundo y se hace una primera representación del mismo. Descubre los olores, los sabores, el equilibrio y de esta forma reconoce objetivos para su movimiento. Las emociones ponen luego en marcha el movimiento y aprende a coordinar la percepción sensorial, a vivir correctamente las emociones y a coordinar el movimiento a través de una conducta ordenada. Y con ordenada quiero decir acorde con el arquetipo del niño y no sólo con el orden impuesto por los adultos. Ese orden adulto que nos absorbe y que reproducimos cuando llegamos a esa edad, es muy parecido a la ubicua policía del Pensamiento que aparece en el “1984” orwelliano, con la salvedad de que el impulso de control parte de nosotros y no del exterior.

Aquella calurosa noche había dos emociones activando el movimiento del Contrafantasma y ambas tenían que ver con el amor. Amor por el deporte de la canasta y amor por una compañera que tendría tres o cuatro años más qué él y que fue la promotora del madrugón para ver el baloncesto. En esa fase de la vida las emociones están cercanas a la pureza, con una muy escasa intervención de la opinión pública. Lo que activa a moverse a un niño de diez años responde a lo que el niño es y a lo que va a ser cuando sea adulto. Esto lo olvidamos a menudo cuando llegamos a ser padres y tratamos de imponer un camino a los hijos, bien por convicción (normalmente incorrecta), bien por comodidad (muy a menudo), o bien por no tener bien integrado el propio desarrollo como individuo (lo más habitual).

Pasadas más de tres décadas, en la noche del viernes el Contrafantasma trataba de identificar emociones que le ayudaran a activar su movimiento. Estaba tumbado en la cama y lo único que tenia conectado en su vida era el aparato de aire acondicionado. El calor en Madrid era insoportable y la dieta de tinto de verano con casera generaba momentos de irresistible somnolencia. Un pensamiento rondaba su cabeza mientras trataba de evitar el sueño. Pensaba que él siempre había sido bueno en el deber ser, cumpliendo bien con aquellas tareas que se le suponían según su edad y su tradición, pero llevaba años con la sensación de que eso le había ido separando de su eje, hasta haber convertido sus movimientos en una sucesión de actos sin sentido. Ser adulto había supuesto perder buena parte del sentido, en aras de un bien superior con el que no encajaba. La policía del Pensamiento de “1984” lo había conseguido, sin necesidad de que hubiera policía alguna.

Como no pintaba nada bien la noche y estaba empezando a tener dolor de garganta por el aire acondicionado, trató de volver a aquellas sensaciones de los 10 años cuando el baloncesto y una chica poco mayor que él eran suficientes motivos para dar sentido a su vida. Cerró los ojos y viajó hasta la noche de la final de Los Ángeles, disfrutó de los aspavientos del gran Antonio Diaz-Miguel y de las evoluciones de los jugadores que posteriormente marcarían su adolescencia. Y todo ello con su cabeza recostada sobre el regazo de aquella compañera, que le acogía con dulzura, como una hermana mayor.

Al rato, buscó entre las cajas de la mudanza la edición de bolsillo que tenía del libro de Orwell y se quedó buena parte de la noche leyendo. Lo disfrutó más que la primera vez, cuando la lectura la entendió sólo como una crítica política. Esta nueva visita al texto le había dejado pensando en el concepto de Orwell sobre ese Hermano Mayor que nos vigila, con un enfoque nuevo, en el que el hermano mayor lo llevamos incorporado en la tradición y en el peso de la opinión pública. Vaya, que no es necesario que nadie nos lo imponga desde fuera, que lo tenemos muy interiorizado. Y le asaltó el recuerdo de aquella noche, recostado sobre esa muchacha, su gran hermana de aquel verano. Se durmió pensando en cómo habría sido el mundo de “1984”, si en lugar de un Hermano Mayor, hubiera existido una Hermana Mayor, y en como habría sido su vida de adulto, si en lugar de volcarse en lo que debía ser, lo hubiera hecho en lo que de verdad era.

Hay esperanza, nuestros hijos aún están a tiempo de no ser movidos de su eje y dicen que los cuarenta de ahora son los antiguos treinta. Una década de vida extra.