También esto pasará

Hoy acaba el estado de alarma y esa distopía que empezó el 14 de marzo. Tres meses y 7 días después, tenemos libertad para movernos exteriormente. Hoy podremos cruzar el túnel de Guadarrama y quedará atrás una época de sorpresa, de dolor, de incertidumbre, de silencio, pero también de reconocimiento, de reflexión, de calma, de cercanía, de conversaciones, de nuevos enfoques para viejos problemas, de libros leídos y de series compartidas. Y si yo pudiera pedir algo al cosmos, sería que sigamos moviéndonos interiormente como lo hemos hecho durante este encierro obligado. Si perseveramos, encontraremos el sentido sin asumir muchos disparates.

Esta es la historia de un disparate que tardé demasiado en resolver.

A finales de 2014 una amiga me regaló la novela de Milena Busquets “También esto pasará”. Fue muy oportuna, acababa de morir mi madre y el libro narra, en primera persona, la relación de una mujer con su madre, partiendo del entierro de ésta última y recordándola a partir de las memorias compartidas, en su casa familiar de Cadaqués. El libro es entretenido y disfruté su lectura, aunque a ratos me enfadaba con la protagonista por un exceso de postureo (siempre resuena más aquello que nos hace cojear). En aquel momento y en aquel estado, la palabra importante del título del libro para mi fué “pasará”, que simbolizaba lo que estaba por venir, lo que me iba a deparar el futuro. Entendí ese título como el de un libro para alguien que ha perdido a su madre y que espera encontrar una “guía” para encarar mejor el duelo. Porque coincidiremos que madre no hay más que una y que sólo muere una vez, por lo que es imposible tener experiencia en el tema y si alguien ya lo había pasado, pues mejor porque así nos lo cuenta. Así era yo, entregado a que una extraña con éxito editorial, me ayudara a cómo vivir mejor la muerte de mi madre.

Por aquel entonces no sabía que “también esto pasará” es además una expresión que el budismo utiliza como una de sus máximas, esa que dice que nada es permanente, que las grandes alegrías de nuestra biografía, al igual que los más oscuros momentos, terminan, pasan. Y que ambos son parte irrenunciable de la vida. Entendida la frase de esta manera y viniendo del budismo, la palabra importante del título pasaba a ser “esto”. Porque de esto, de lo que es y de lo que está pasando, en presente, es de lo que el budismo nos habla.

En 2014 aún ansiaba saber qué es lo que me depararía el futuro mirando afuera, en oposición frontal y deliberada a estar en el presente, en mi presente. Y bueno, alguno pensará que era razonable querer salir de un presente que por entonces arrastraba un mal cuidado de mi diabetes, mi divorcio, la muerte de mi madre, un dudoso momento profesional y lo más importante, la ruptura no consciente y casi definitiva conmigo mismo. O “tu esquizofrenia”, como lo llama mi terapeuta. Que no es otra cosa que tirar de ti hacia el lado que no es, hasta que se rompe la cuerda y te separas del mundo de los sanos. Y no sucede de un día para otro, nada de eso, yo me gané a conciencia aquella situación, a fuerza de tirar y tirar hacia el lugar equivocado, durante tres lustros.

Y así estaba yo en aquel momento, como si el joven Werther estuviera dentro de Resacón en las Vegas, o como si Dennis Rodman tratara de ser admitido en el seminario, Una mente colapsada dentro del cuerpo de un pollo sin cabeza. que sólo encontraba consuelo, discurso y aparente capacidad de convicción, en el muy manido lugar común de la crisis de los 40. Y salvo para los muy cercanos, contados con los dedos de una mano, para el resto del mundo, yo incluido, aquello no tenía demasiada importancia porque “ya sabes como es Gonzalo”.

Y no era precisamente un recién licenciado, había cumplido los 40, tenía dos hijas y varios tiros pegados. Pero aún funcionaba en ese modo absurdo, entre inocente e infantil, de pensar que “lo bueno” estaba aún por llegar y que sólo tenía que seguir aquellas informaciones relevantes, a los gurús adecuados, y a los (supuestos) éxitos de terceros, para conseguir los míos. Que lo bueno (esto) pasará (sucederá), eventualmente y por arte de magia.

En las postrimerías de ése 2014, la muerte y el reconocimiento de lo invisible, me sacaron de esa deriva disparatada y me mostraron que gran parte de aquello que yo encarnaba, no correspondía conmigo. Pero reconocer que no es el camino adecuado, no conduce de manera automática hacia el que sí lo es. Pasaron tres años más de búsqueda, de palos de ciego, de cabreos, de tropiezos, de caídas y de vuelta a levantarme, Tres años en los que el mundo exterior seguía en marcha y del que yo seguía siendo parte activa. Hasta que en 2017 sucedió algo, lo invisible tomó formato a través de una amiga que le dio mi número a su amigo y terapeuta, que hoy es el mío y que también es mi amigo, y que en aquel momento tardó aún meses en usar el número para llamarme. Al final lo hizo y un día quedamos a comer.

En 2020 la historia, mi historia, ha cambiado y durante este encierro he contado en el blog lo que soy. He tenido tiempo y ganas de escribir y la necesidad de hacerlo en un lugar que no fuera mi propia individualidad. He pasado de escribir las aventuras del Contrafantasma, a contar las mías en primera persona y he encontrado amor, conexión, comprensión y acompañamiento en aquellos que leen esto. Algunos muy cercanos y otros que no he visto nunca. He sentido que escribía para que mi madre supiera que aquel que vió por última vez en este lado, no era mi mejor versión, para compartir con mis hijas cosas sobre mi cuando sean algo mayores y sobre todo, para que mi padre me siga diciendo que le gusta lo que escribo y me anime a seguir haciéndolo. Él cumple 76 el próximo día 30 y éste va a ser su regalo de cumpleaños. No le he chafado la sorpresa porque es lo que me ha pedido. Me ha dicho que le imprima todos estos Artículos del Confinamiento y se los lleve, que le va a resultar mucho más sencillo leerlos en papel, que no a través del teléfono, que es como lo hace ahora.

Tras tres años de búsqueda interior, tres más de terapia y aprendizaje sobre lo invisible y tres meses de encierro, he entendido que también esto pasará es una enseñanza tan sencilla de captar como difícil de ejecutar y que se requiere de mucha práctica para dominarla. También esto pasará se refiere a que hay que estar en el presente y al mismo tiempo, tan despegado de ti, como unido a todos los demás y ambas acciones con tanta intencionalidad como te sea posible. También esto pasará es un mensaje para que que no nos acomodemos en el éxito exterior, ya sea personal, familiar, profesional, o social, ni en la prestancia que eso da a nuestros personajes, porque llega un momento en que también eso pasa. Más pronto que tarde llega el día en que nos confinan por un virus, o aquel en el que la sociedad te aparca en una residencia, te concede una pensión y te esquina para que no molestes a los productivos. Y ahora sabemos que, si hay pocas camas en la UCI, además no te admitirán en el hospital por ser mayor.

Seguimos viviendo en una sociedad que no favorece la práctica de nada que tenga que ver con el desarrollo del individuo, de una manera profunda. Todo hay que construirlo de forma y en plazos establecidos por no se sabe quién y basados siempre en una validación exterior, que han decidido, dicho o escrito otros. Como sociedad vivimos en un pedo líquido, abrumados por un exceso de información y atrapados en la promesa de que lo siguiente será mejor, que también esto (bueno) pasará (sucederá). Pero esa es la acepción menos adecuada de la frase.

Me quedo con la idea de que todo, también esto, bueno y malo, según cada cual en el momento que esté, pasará. La idea feliz de que sólo merecemos lo bueno es ficción. Lo terrible existe. Pero confiemos, porque también esto pasará y construiremos una sociedad mejor que al menos, convierta a los mayores en viejos sabios y no en chatarra vieja.

Hoy acaba el estado de alarma. Aprovechemos para salir al sol, que para eso está. Para calentar y para iluminar nuestro camino interior, ese que de verdad nos mueve.

Feliz domingo, feliz verano y feliz cumpleaños Padre, con unos días de adelanto.

El divino corte de UCLA

Para los que no sepan nada de baloncesto, esto les sonará como a mi la seroprevalencia, las mascarillas N-95 o el ARN.

Antonio Díaz-Miguel (DEP) fué muchas cosas, pero sobre todas fué un pionero de la enseñanza del baloncesto y la persona que popularizó en España el corte de UCLA, entre otros muchos conceptos del juego. Conceptos que venían directamente de los EEUU, donde se inventó este deporte y destino al que Antonio comenzó a viajar allá por los años 60.

Cuando yo empecé a trabajar con él, teníamos 18 y 58 años respectivamente y me llamó para que le acompañara durante los veranos en sus campus con niños y jóvenes, cosa que hice feliz durante cinco temporadas. En 1996, recién acabada mi carrera, me dió además la oportunidad de tener mi primer trabajo, como su ayudante en el Pool Getafe, un equipo femenino.

El caso es Antonio tenía como amigo a John Wooden (DEP), entrenador de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA) y éste hacía jugar a sus equipos a una cosa que se llama pasar y cortar. Pasar y cortar es algo muy básico, semejante a la ahora popular distancia social entre ciudadanos. Con los cinco jugadores muy abiertos, se trata de pasar el balón a un lado y moverse hacia la canasta para crear espacio y encontrar eventualmente una buena posiciòn para anotar. Es lo mismo que hacemos cuando caminamos por la acera y de frente viene una familia de cinco más perro, ocupando toda la vía. Les ahorro la explicación del cambio de ritmo y de dirección a través de una finta, porque sería tan farragoso como los informes de Fernando Simón y las CCAA respecto de los contagiados y fallecidos por el COVID-19.

Una variante de esta forma de jugar es colocar a uno de los pivots (personas más altas que el resto, que antes jugaban cerca de la canasta) en la parte de arriba de la zona (poste alto), para poner un bloqueo al defensor del que corta (correr sin balón hacia la canasta) y así encontrar espacio para recibir la pelota cerca del aro. Un bloqueo sirve para lo mismo que la mascarilla, hace de pantalla para que no pasen los malos (en mi caso, los madridistas). Y a esa jugada de pasar, bloquear, recibir y anotar, se le llamó el corte de UCLA. Durante años quedó como la más popular del baloncesto y como lugar común de los chistes para con aquellos entrenadores cursis que sacaban la pizarra y se ponían coñazo hablando de táctica, cuando lo que molaba era simplemente jugar.

Pero lo cierto es que el movimiento funcionaba y lo hacía porque tenía mucho de los cuatro anhelos del ser humano aplicados al baloncesto. Era sencilla, bonita, honesta y sana. Todo lo contrario que la política de Sánchez, Iglesias, Casado, Abascal y compañía.

Sencilla porque consta de cinco movimientos, se involucra a tres jugadores y dónde sólo dos tocan la pelota. Pasar, cortar, bloquear, recibir y anotar. Hoy la política requiere de muchos más movimientos. Primero se habla con Iván Redondo, que debe ser que es como John Wooden de sabio, luego se lanza un globo sonda en redes sociales y se filtra la información que interesa al medio más afín. Al tiempo hay que distraer a Pablo Iglesias haciéndole calentar en la banda y diciéndole que es muy importante. Se le deja hacer declaraciones y pelearse con la oposición, que así estamos todos más tranquilos. Y a partir de ahí se negocia con el resto, a los cuales se les dice lo que quieren oir y se les firma lo que les interesa más, con tal de poder seguir sacando las votaciones cada quince días. Descojónate del partido a partido de Simeone.

El corte de UCLA además es bonito. El equipo ocupa todo la cancha de ataque, con cuatro jugadores abiertos y uno en el poste alto, y con dos pases igual te encuentras haciendo una bandeja sólo bajo canasta. Magnífico. En cambio, lo que vemos en política es de todo menos bonito. Escaso nivel, mensajes cortitos, chapas del coach Sánchez hablando en círculos cada sábado, entrevistas de los ministros que no se atreven a tirar a canasta y que cuando lo hacen no tocan ni el aro. La oposición perdiendo balones (y papeles) y haciendo faltas antideportivas sin más criterio que montar el pollo. Y el público, ay el público, que no olvidemos que somos nosotros y que además somos quienes pagamos la entrada con nuestros impuestos, participando de este espectáculo lamentable a través de nuestras redes sociales y nuestros chats de whatsapp. Apelo a este público, que hasta de los encuentros más infames es capaz de sacar algo positivo, aplaudir al contrario y construir a través de la caña de después del partido una realidad bella.

Y honesto es el corte de UCLA, en el sentido de no tener dobleces, de ser directo, Un pase, un bloqueo, otro pase, una canasta. Y bueno, qué decir de la honestidad y los políticos. Que sí, que seguro que soy injusto y que hay gente muy recta en política. Pues si es así, que empiecen a hablar alto y sin miedo, porque se nos acaba el tiempo. Y es que no se me ocurren cosas más antagónicas que la honestidad y los políticos que se escuchan en los medios. Y no me vale eso de que todo es muy difícil, que es así como está montado el sistema y que de lo que se trata es de ganar a cualquier precio (para luego empezar a hacer el bien, una vez tenga todo el poder). No, ya está bien, porque las mentiras de hoy, que mañana se habrán olvidado por la velocidad de la vida y de la comunicación, lamento informar de que empobrecen el mundo y nos hunden cada día un poco más. Cada mentira, cada omisión, cada media verdad, es un pedacito más de mierda que se lanza al cosmos y que al primero que perjudican es al emisor, pero cuyo efecto resuena en el colectivo.

Y sano, saludable y beneficioso es el corte de UCLA, porque permite conseguir el equilibrio en ataque jugando baloncesto. El equilibrio y el objetivo, que no es otro que anotar y cada canasta es buena para el organismo que es un equipo. Y esto, la salud, la tuya y la mía, es lo que más nos preocupa desde el mes de marzo. La salud de los mayores, de los enfermos crónicos, de los sanitarios, de la democracia de nuestro país, de la economía, de las empresas, de los trabajadores, de las familias divididas, de los individuos peleando en redes sociales, de los que han perdido el trabajo, de los que no les da para abrir de nuevo. La salud de todo el sistema es lo más importante y con este escenario político, mediático, social y familiar, es muy complicado que encontremos el equilibrio.

Y de todos estos niveles de actuación, el único que está en nuestra mano es el individual, el de cada uno, sin esperar a ver lo que dice el de al lado, sin contar los likes, sin contrastar con nada más que con nuestra conciencia. No dudemos ahí, no pesemos que eso es ser egoísta, individualista, porque somos seres divinos y eso nos da la dotaciòn necesaria para saber lo que está bien y lo que está mal y nos garantiza que esa orientación es además beneficiosa para el todo, porque ser divino es análogo a estar conectado con el resto de personas y seres vivos.

Eso sí, debemos tratar de quitar la mugre de nuestras conciencias, porque si no, nos quedaremos enganchados en el bloqueo y nunca seremos capaces de anotar.

Gracias Antonio y gracias John Wooden.

Feliz domingo.

Polarizados, o no

Mi madre nos solía decir que era mejor no llamar la atención, no significarse. Yo no estuve siempre de acuerdo con aquella posición, o no la entendía bien, o no me encajaba del todo. Aún así, casi nunca me alejé de los estándares y he sido un “buen chico”, sobre todo si te quedas en lo que se ve desde el exterior. Pero hoy me voy a separar consciente y deliberadamente de la media nacional. Y cuando escribo media, me refiero a los dos, a los media y al average.

He elegido no estar polarizado y para eso he tomado tres decisiones y me he agarrado fuerte a una filosofía básica. Las tres decisiones son apagar los medios, poner mi yo a un ladito y tener la voluntad de amar. El precepto filosófico no va a sorprender, se trata de no encarar la realidad desde el Materialismo mainstream (izquierda/derecha, comunismo/capitalismo), sino desde el Antropocentrismo. Enfoque que pone al ser humano en el centro de la realidad, pero no en el centro político, sino entre el mundo exterior material que experimentamos con los sentidos y los mundos invisibles, que son la conciencia (lo que pensamos), el más allá (lo que soñamos) y el mundo interior (lo divino, es decir, lo humano).

Apagar los medios.

Terminado The Last Dance, nos hemos quedado huérfanos de cosas molonas en la tele y a punto de acabar el encierro, tampoco han sobrevivido la radio ni los digitales. En Twitter, esa plataforma diabólica, me hallo en estricto plan de desescalada a través de la conocida defensa en zona 1-3-1 (máximo 1 like, 3 visitas y 1 retuit al día). Aguantan los podcasts, formato en el que cada cual puede encontrar información y entretenimiento sobre sus temas favoritos, ya sean éstos pesca con mosca, humor, meditación o energía nuclear. Los podcasts requieren de una voluntad activa de escuchar y además se hace individualmente. No es un ruido de fondo, sino una elección. Y dependiendo de tus gustos, en muchos casos no están condicionados por la parte material de la realidad, porque casi no tienen publicidad, ni contenido patrocinado. Creados por particulares ingeniosos, profesionales brillantes, o estudiosos de temas dispares con dotes de comunicación, siempre encuentras un podcast al que engancharte por una hora, un día, o una época.

Mi Yo, a un ladito.

El otro día escribía que el Yo es el centro del alma y que el alma es el principio básico del movimiento de los seres vivos. Cuando se dice que la depresión es una enfermedad del alma, se refiere a que afecta al movimiento del individuo. El que haya estado con depresión identificará la sensación de que nada te hace levantarte de la cama, no hay nada que te mueva. Los humanos debemos desarrollar un yo fuerte en los primeros 12 años, para luego poder manejarnos en la vida, pero se nos ha ido de las manos y la consecuencia es que nos damos demasiada importancia. Y cuando uno se da importancia, se indigna mucho por lo que hace o dice el otro. Cuanto más grande es el Yo, más existen los Otros, y da lo mismo que sean los de otro partido político, los de otro equipo de fútbol, o los que no te dan el paso en el portal de casa. Para relajar el yo, funciona muy bien el humor, sobre todo enfocado hacia uno mismo.

Tener la voluntad de amar.

Love people. Use things. The opposite never works“. Le tomo prestada esta frase a dos tipos que viven con el minimalismo como propósito y han montado un negocio para divulgar las enseñanzas de esta forma de vivir mejor, con menos. The Minimalists, que así se llaman, tienen varios libros, un site y un podcast magnífico, además de un documental en Netflix. Merece la pena curiosear en sus materiales.

Hoy más que nunca es momento de amar al prójimo, palabra que viene del latín _proximus, y que significa el más cercano. Y es que de verdad todo empieza por el de al lado, por tu pareja, que tras 70 días en casa no es un tema menor, por el vecino que le da a la cacerola, por el que no se pone la mascarilla, por la señora mayor que se cuela en el supermercado. Y sé que es difícil entender la marcha de coches del día de ayer, o el pacto con Bildu de Sánchez, pero el amor y la compasión, son la única garantía para salir mejor de todo lo que está pasando, con nuestros aciertos y nuestras limitaciones.

Y amar no significa ser equidistante, ojo. Las cosas que están mal, están mal. Pero eso no quiere decir que uno tenga que reaccionar ante ellas. Hay que tratar de responder, en lugar de reaccionar. Y a esto ayudan mucho los dos puntos anteriores, no estar intoxicado por los medios y darse menos importancia. Hagan la prueba.

Antropocentrismo.

No me cansaré de repetir que hay una carencia enorme ya de saque, y es el hecho de que no contemplamos la realidad completa, sino sólo la capa exterior, la material y así es complicado estar en equilibrio con uno mismo y con la vida. La división no es entre izquierda y derecha, o entre capitalismo y comunismo, la división es entre dentro y fuera, entre la superficie y la profundidad, entre lo visible y lo invisible. Porque no se ve, pero estamos todos conectados con el resto de humanos y de seres vivos, y todas nuestras acciones causan efecto en el cosmos (empezando por uno mismo). Si integramos eso, agitaremos menos banderas, o no nos molestará que otros la agiten, nos pondremos la mascarilla, o entenderemos que si alguien no la lleva es por algún motivo justificado, y seremos capaces tanto de cuestionar severamente al gobierno, como a los que se manifiestan con sus BMW´s por nuestras ciudades. Y el otro dejará de ser el otro, para ser uno de los nuestros.

Si nosotros jugábamos al mus en parejas mixtas con los del Madrid, la noche antes de jugar una final…

Feliz fase 1, esta vez sí. Nos vemos en los bares, que ya está bien de leer posts como éste.

Mi primera vez

Aviso al lector que lo que sigue no conduce al lugar que, en nuestro imaginario común, se evoca al hablar de la primera vez. A riesgo de defraudar, cuento estas dos primeras veces mías, que han sido fundamentales en mi vida.

Hablo de la primera vez que reconocí la existencia e importancia de dos realidades invisibles concretas. Y cuando digo invisible me refiero a aquello que no se puede experimentar con los sentidos externos (vista, oído, tacto, gusto y olfato). Son todas esas cosas que pasan dentro y que tienen notables efectos en nuestra vida. Los llamamos conciencia, pensamientos, emociones, intuiciones, sensaciones, sueños…. y que resulta que poseen una estructura observable y accionable en caso de necesidad que, me temo, es el de casi todos.

Dos cosas invisibles muy potentes, movilizadoras y numinosas. como lo son el amor y la muerte. Quien haya estado enamorado sabe de lo que hablo, quien haya estado delante de un muerto, también y ninguna de las dos es fácil de explicar con palabras. Mis primeras veces con cada una me marcaron y en orden secuencial, introdujeron y consolidaron, mi relación con lo invisible. Pero volvamos atrás un poco, para contar cuál es mi tradición.

Soy una persona normal nacida en el Madrid de los 70. Estudié en el colegio público Ramiro de Maeztu y luego en el instituto público del mismo nombre. En ese colegio y en ese instituto había gente de todo tipo, con padres también de todo tipo. En mi caso eran funcionaria ella y trabajador por cuenta ajena él. Ninguno tenía estudios superiores. Tengo un hermano mayor y juntos crecimos en un piso de alquiler de renta antigua, que antes había sido la vivienda de mis abuelos maternos. Así que mi madre vivió allí toda su vida, salvo un par de años recién casada. El piso está en el rancio y aburrido barrio de Salamanca, en uno de esos edificios cuadrados y austeros, sin ninguna alegría visual, pero muy correcto y funcional.

Nuestra vida infantil fluyó de manera amable y despreocupada, disfrutando de todo aquello que necesitábamos. Un poco más de izquierdas que de derechas, mis padres nos hablaban de baloncesto, de las respectivas familias, de nuestros estudios, de sus trabajos, de los amigos, de política… Pero eran poco de hablar sobre los sentimientos de cada uno, sobre todo cuando éstos eran consecuencia de “problemas”, imagino que por protegernos. Y por tanto crecí sin muchas referencias sobre el interior del ser humano, que sobre todo es escrutado cuando la cosa no marcha del todo bien. Crecí pensando que lo espiritual (lo invisible), era análogo a lo confesional y por tanto supersticioso, no moderno, no científico y en definitiva producto de la tradición de la recién acabada España franquista.

Racionalista y positivista él, recuerdo una anécdota con mi padre de la época de mi primera comunión. Un buen día le pregunté por qué no iba a misa. Me explicó que de pequeño le habían obligado a asistir diariamente durante años y consideraba que había ido suficiente. A mi la explicación me generó mucho sentido, pero rezumaba un grado extremo de materialización de lo inmaterial. Contar las unidades de misa asistidas de niño, extrapolar el resultado al resto de tu vida y concluir que ya estaba cumplido el cupo vital “necesario”, era una síntesis seguramente concebida para que un niño no hiciera más preguntas, pero que demostraba una cierta desafección por lo invisible. Y no quiero decir con esto que asistir a misa fuera (o sea), una actividad adecuada para el correcto desarrollo espiritual, pero en aquella época el espíritu tenía muy pocas salidas más. Y es que lo espiritual, queramos o no, vayamos a misa, meditemos, caminemos, oremos, hagamos pan, o punto de cruz, está con nosotros 24 horas al día y se alarga hasta el último día de nuestra existencia (y quién sabe si más).

También crecí jugando mucho al baloncesto. Mucho.

Y ya en el instituto, con 16 años cumplidos, me enamoré y reconocí eso que llamo invisible, en relación al amor. Dentro de un autobús para volver del viaje de fin de curso de 3º de BUP, las leyes del magnetismo hicieron que me sentara junto a aquella chica, algo que no estaba previsto. Eramos amigos y coincidíamos mucho, pero yo había llegado a su vida de la mano de una de sus mejores amigas y bueno, existen códigos de amistad invisibles que hacían poco probable esa unión. Pero nuestra común amiga ya estaba saliendo con alguien y tras quedar en Madrid al día siguiente de volver, se creó entre nosotros un nexo invisible, que hizo que no nos separáramos hasta casi cinco años después. Todo aquel que se haya enamorado sabe de qué fuerza invisible hablo. Y en mi caso tuvo un doble premio, el obvio y maravilloso descubrimiento del amor y el menos obvio del acceso por vez primera a las realidades invisibles. Por vivir el amor en primera persona y porque aquella chica y su familia eran muy diferentes a mi y la mía, en lo que al trato con lo espiritual se refiere.

Esos años entre los 16 y los 20 fueron una época maravillosa, plena de energía, de claridad, de reconocimiento, de joder-de-esto-se-trataba-la-movida. Ella era inteligente, con unos marcados valores éticos, guapa, de negro pelo rizado, ojos verdes y las piernas más largas del instituto. Y además jugaba al baloncesto. Pero esto sólo era parte de su atractivo, para mí, lo más relevante era su, cómo diría, sólo me sale llamarlo madurez. Era capaz de transformar en palabras y hechos del mundo exterior, esos temas de los que yo nunca hablaba en mi casa. Y a mi me hizo crecer, comprender e integrar muchas cosas. El tiempo parecía no existir, las distancias no eran problema, me inicié en el sexo, y tuve una mejor amiga en quien confiaba más que en mi mismo. Los estudios me fueron bien, elegí mi carrera y continué con aquellas actividades con las que ya disfrutaba, como el baloncesto o la familia, pero de manera más consciente y deliberada. Y lo más importante, es con ella descubrí que también yo podía expresar mi interior, que lo podía compartir, e incluso corregir (su madre era psicoanalista). En su casa se hablaba de lo invisible de manera abierta, natural y cotidiana. Fue una etapa tremendamente liberadora.

Pero la vida es la vida y aquel amor acabó. Cada uno siguió su camino y eso me lleva al otro encuentro. Mi primera vez con la muerte.

Mi madre enfermó (oficialmente) en junio de 2014, de algo que parecía una intoxicación respiratoria por la inhalación de un insecticida. Pasó todo el verano con el ventolín en el bolsillo, ella que no tomaba ni una aspirina. Tras varias pruebas y diferentes pasos por urgencias debido a episodios de dificultad respiratoria, el 13 de octubre me llamó mi padre para que fuera a su casa. Me senté en el cuarto de estar y me dieron a leer el informe de un TAC de tórax con un muy mal diagnóstico. Tenía un tumor (adenocarcinoma, se llamaba) de 4,5cm en el pulmón derecho, en grado de desarrollo avanzado y metástasis en huesos y otros órganos vitales.

Con el paso de los años y ya de adulto, encontré la manera de hablar con mi madre de lo que me pasaba interiormente. Ella era buena escuchante y disfrutaba que le contáramos aspectos íntimos de nuestra vida. Entre sobremesas de domingo, visitas en verano a su casa en la sierra y algunos días de semana que venían a estar con mis hijas, encontramos una manera de avanzar en nuestra relación. Pero habitualmente yo era el emisor de la información y ella la receptora, y no conseguí que invirtiéramos esos roles. Su cara muchas veces reflejaba su estado, pero no lo transformó nunca en palabras, al menos conmigo. Todo lo contrario, se afanaba por ser dura, por no preocupar al resto, como cuando éramos pequeños, e imagino que internamente achacaba su malestar a la edad. Por otro lado, nunca había tenido nada grave y se solía sentir segura con su salud física, por lo que continuaba disfrutando de su vida como siempre lo había hecho. Pero no.

El viernes 7 de noviembre, tras la primera ronda de sesiones de radio, fuimos en el coche a ver a su médica. Estaba ya muy apagada y los resultados de la última análitica eran incompatibles con la vida. Sentada en el asiento del copiloto, con mi mano derecha agarrada a las suyas con fuerza y mientras circulábamos por la M30 hacia el sur, los dos estábamos pensando en lo mismo. Mis lentillas y mis gafas de sol a duras penas contenían las lágrimas y mi padre, que iba detrás en silencio, mostraba una cara de tremendo cabreo cada vez que le miraba por el retrovisor.

El camino de vuelta fue mucho más animado, como si de pronto hubiera salido el sol. Su médica es la mejor del mundo y el rato con ella le había dado de nuevo fuerzas suficientes para expresar en alto, – ¡qué bien lo que ha dicho Raquel, a la ida pensaba que no llegaba a las navidades! -.

Dos días después la llevamos al hospital La Milagrosa. Estuvo un rato en el box de urgencias y de ahí nos mandaron a una habitación en la quinta planta. Fue poco a poco llegando gente, como en una procesión de despedida. Estando todos allí, recién llegado mi hermano de ver a sus hijos, me acerqué a ella, ya inconsciente y le dije al oído que por nosotros podía dejar de sufrir en este lado, que podía ir tranquila, que estábamos todos bien. La besé y encaré la puerta de la habitación. Antes de llegar a salir escuché mi nombre y di media vuelta, cruzándome con mi padre que salía a buen paso. Miré a mi hermano y éste me hizo un gesto negando con la cabeza. No respiraba.

Murió el 9 de noviembre, 27 días después del diagnóstico y 2 después de ese trayecto en coche por la M30. Pero su muerte fue para mí una puerta abierta, magnífica y real al mundo de lo invisible y desde ese momento me he volcado en reconocerlo y contarlo a todo el que quiera estar, o leer, o escuchar. Cosa que hago muy a menudo. Mi padre sigue dando guerra en los bares del barrio y disfrutando de lo material y de lo exterior, que para eso está. Él siempre ha sido la persona más sensible de esta familia y desde que murió mi madre, conversamos mucho, siendo capaces contra todo pronóstico, de reconocer juntos aspectos esenciales invisibles, e incluso a veces, tratarlos abiertamente.

Y si mi padre puede, que dimitió de lo espiritual a los 14 años, cuando le echaron de aquel colegio donde le obligaban a ir a misa todos los días, no tengo ninguna duda de que todos podemos. Y que podemos sólo es consecuencia de que lo necesitamos, porque la realidad es completa cuando tenemos en cuenta lo invisible. Y los seres humanos estamos divinamente diseñados, con toda la dotación necesaria, para movernos por el mundo. Pero ese movimiento sólo cobra sentido cuando activamos la brújula interna, brújula que hay que reconocer, calibrar y escuchar. Y esto requiere parar y si es posible, cerrar los ojos cada día un rato, respirar y beber mucha agua.

Le estoy insistiendo a mi padre para que escriba sobre su vida, que los viejos sabios tienen muchas cosas que enseñarnos a los que venimos por detrás. Y más en tiempos de crisis. A ver si tenemos suerte y lo hace.

Feliz fin de la fase 0.

Experiencias

La experiencia es algo diferente del conocimiento, algo más que la representación de una idea, e incluso que la vivencia de la misma. Una experiencia va más profundo.

El saber de algo, acumular conocimiento, corre el riesgo de quedarse arriba, de ser solamente un conjunto de palabras bonitas ensambladas con ritmo. Leer mucho sobre el amor, no genera una experiencia sobre ello. Tampoco una bonita imagen de dos enamorados en Instagram, o ver El Paciente inglés en loop, durante un fin de semana de noviembre, lo consiguen. Ni siquiera una vivencia de esa idea la proporciona. Vivir la celebración de un matrimonio, asistir a la ceremonia, bailar en la fiesta y compartir el after a las 11am en la playa, tampoco proporcionan experimentar el amor.

Una experiencia es algo que no se había pensado antes, que no se había previsto, que no se suele percibir en lo cotidiano. Es algo que desengaña, desconcierta, o sorprende positivamente. Y que te hace cambiar tus vivencias, tus representaciones y tus pensamientos sobre algo o alguien. O que confirma una opinión que ya se tenía previamente.

El salón estaba completo, no cabían más personas en la casona gallega convertida en hotel rural, donde el Contrafantasma decidió pasar el fin de semana pasado. Antes, al llegar allí, la dueña del establecimiento les había pedido amablemente que dejarán el móvil en consigna, que fueran descalzos por la casa y que por favor, asistieran a la charla del filosofo residente, que en ese momento escuchaban atentamente hablar sobre las experiencias.

Le hubiera encantado que estuvieran allí todos esos que hablan de “crear experiencias” a través de la tecnología, de los algoritmos, de la innovación, de la personalización, del marketing digital…

El domingo recorrió los 600 km de vuelta a casa con una sensación inusual de ligereza, de bienestar y de descanso que ha permanecido, que ha calado.

Y ha recomendado la experiencia a todo el que se le ha cruzado en el camino.

Complejo de madre

Para mi madre y todas las madres en este día y todos los demás días.

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El Contrafantasma disfrutó ayer un artículo de Nuria Labari en El País, donde la autora habla de su experiencia como madre en los 2000 y la diferencia con respecto a madres y abuelas de generaciones atrás. Reía porque lo escribe con gracia y asentía interiormente, porque tiene mucha razón en las cosas que relata.

La lectura le trajo un recuerdo, cuatro reflexiones, un complejo y una conclusión.

El recuerdo es el de su madre y sus históricas demandas. La madre del Contrafantasma trabajó toda la vida fuera y dentro de casa, tuvo hijos, fue compañera, amiga y amante de su pareja, se ocupó de sus padres cuando estos lo necesitaron, ejerció el mando en aquella unidad familiar y, en su contexto, las cosas que reclamaba eran las mismas que demanda Nuria en 2019,  Su sociedad también había cambiado mucho respecto a la de sus padres. Podía votar, jugar al baloncesto, divorciarse, ver una película erótica en un reproductor Betamax, tomar la píldora, hacer yoga, tenía libertad de culto, podía viajar, hacer top less y mandar a tomar por culo a un conductor de la EMT en el caso de que éste golpeara su Renault 5, y que, no contento con eso, le recomendara además irse “a casa a fregar”, porque conducir no era para mujeres.

Y podía hacer eso y también quedarse con el filete más pequeño, llevar a los niños al entrenamiento y hablar con los profesores del colegio cuando había tutoría. Ah, y aún tenía tiempo para ver Falcon Crest, aunque no fuera en Netflix y a tomar un botellín de Mahou cada mediodía antes de comer.

Cuatro reflexiones respecto al único punto de desacuerdo con el artículo, que llega al final de la lectura, cuando dice, “...Sin embargo, el mito (o timo) que cae sobre la idea de maternidad se ha mantenido intacto y medieval. Nosotras, las madres, tenemos desde el momento en que parimos una capacidad de abnegación y sacrificio individual nunca vistas“.

Primera, la maternidad en los 2000 es mucho más un timo que un mito, y es así debido a la concepción del mundo incorrecta que manejamos. Los mitos son narraciones que nos cuentan el origen del mundo, la creación y el desarrollo de la historia de la humanidad y se suelen interpretar de manera simbólica. En este caso no podemos hablar de un mito, ya que esta capacidad de las madres de la que habla la autora es real, cotidiana, experimentable de forma directa por todos, por el simple hecho de que todos hemos tenido madre. La madre da vida, provee vida y eso es pura esencia humana y pura esencia de lo femenino, de la mujer. Esta vida está pegada al día a día, sin necesidad de ser interpretada para experimentarla. Lo que sucede es que esa cualidad maravillosa no está de moda. El colectivo (la sociedad) está mucho más pendiente de la obra exterior de ellas y ellos.

Segunda, situar la época medieval como benchmark originario de la maternidad actual se queda corto. Se puede llevar mucho más atrás en el tiempo, porque lo esencial de ser madre, lleva siendo así desde el nacimiento de la especie.

Tercera, esas capacidades de abnegación y sacrificio (de madre), cuya experiencia se acentúa exponencialmente si se tienen hijos, se deben desarrollar igual si no se tienen éstos. Así que por favor, desarrollemos las, que son fundamentales para la vida en armonía.

Y cuarta y última, en diferentes fases de la vida y de maneras distintas, tanto mujeres como hombres debemos desarrollar correctamente esas capacidades de madre, que el Contrafantasma ha aprendido que se llaman complejo de madre.

Un complejo es un hábito de comportamiento. Ese hábito de comportamiento es inconsciente, lo repetimos de manera automático sin darnos cuenta. Los complejos pueden estar bien desarrollados, si han sido elaborados correctamente y se reproducen en su justa medida, o mal desarrollados y suponer un incordio para el individuo y para los que le rodean, si han sido mal elaborados y/o se reproducen incorrectamente, ya sea por exceso o por defecto.

El complejo (recuerden, hábito de comportamiento automático e inconsciente) de madre, aplica tanto a mujeres como a hombres y tiene que ver con el cuidado de las necesidades básicas para la vida. Tiene que ver con cuidar a los demás (como lo hacen sobre todo las madres, desde el principio de los tiempos), pero de igual manera tiene que ver con cuidar de uno mismo y esto no lo hacen ni mujeres (menos aún cuando son madres), ni hombres, demasiado enfocados todos en la obra exterior de sus vidas. El complejo de madre bien desarrollado es el que posibilita que uno se cuide y que cuide a los demás. De nada sirve una madre abnegada con el resto, que no cuida de sí misma.

Volviendo al recuerdo de antes, la madre del Contrafantasma murió de cáncer en poco menos de un mes después del diagnóstico. Tenía 67 años de aparente salud. Hasta ese día no se había quejado de nada más que de un catarro muy cojido al pecho, que le impedía respirar bien en determinados momentos de aquel verano. El catarro resultó ser un adenocarcinoma de 5 cm en el pulmón derecho y metástasis en huesos, riñón e hígado. Su complejo de madre introvertido (con ella y sus necesidades) negativo (menos cuidado del necesario), hizo que, por no dar el coñazo, por no alarmar, por no ser un problema, ese día ya fuera demasiado tarde para corregir nada.

Y por último una conclusión. Nuria tiene razón en levantar la voz y en señalar que la sociedad ha cambiado mucho, respecto a la España en la vivieron nuestras madres y abuelas y que nadie nos ha dado el manual de instrucciones. Es cierto que ha cambiado mucho en lo exterior, y con ello en la manera exterior de ser madre (y padre) y donde los días siguen durando 24 horas. Como siempre, el mundo exterior domina el paradigma, imponiendo sus reglas. Pero conviene parar y recordar que en lo interior, en lo esencial, ser madre hoy es igual que en la época medieval, en la del imperio romano o en la del neolítico. Y conviene no descuidar eso interior, conviene comprobar si nuestros hábitos de comportamiento son los correctos, antes de que sea demasiado tarde, individual y colectivamente.

 

 

El radiocassete y la adversaria

Nacho había presionado el botón de play en un aparato que parece un antiguo radiocassette, pero que en realidad es un moderno altavoz y la música de Sting les acompañaba mientras conversaban. Nacho vive en Londres y el martes invitó a cenar al Contrafantasma, aprovechando un viaje de este a la ciudad. Había insistido en verle porque quería contarle algo importante y que esa noche estaba sólo. Nacho es un gran conversador y si hubiera que ponerle una etiqueta, se diría que es un filósofo. Es matemático y tiene una visión que conecta las matemáticas con lo divino y no tanto con las complicadas hojas de excel que constantemente manipula. Nacho trabaja en banca, como tantos otros que hacen cosas no coincidentes con sus potenciales. Una lástima, sobre todo para el cosmos, que se pierde lo que de verdad puede aportar.

(Sonaba “Seven Days“, como dando ambiente cinematográfico a lo que Nacho estaba a punto de contar).

El apartamento de Nacho es la planta baja y el sótano de una vieja vivienda unifamiliar del barrio de Chelsea. Minutos antes el Contrafantasma había llegado con una botella de vino español y un surtido de quesos franceses, sobre todo Compté, el favorito de su amigo. Al abrir la puerta la figura de Nacho evidenciaba una notable pérdida de peso y su barba mostraba infinitas más canas que antes. – Si, no me lo digas, lo se, estoy mucho más viejo -, fueron sus primeras palabras. El Contrafantasma no dijo nada, pero lo pensó y se preocupó por el aspecto de su amigo. Fueron a sentarse al bonito y pequeño patio de techo acristalado que tenía en la planta baja y abrieron el vino. Sin mediar más que un brindis “POR-LA-PU-TA-VI-DA”, enfatizó Nacho, le soltó la bomba. Le contó que tras quince años de relación, doce de matrimonio y una niña de cinco, la noche de un martes de hace tres meses, su mujer le dijo que no le quería y que se volvía a España. Y lo que era peor, que Claudia su hija, no era de él. – ¡NO-ME-JO-DAS! -, fue lo único que el Contrafantasma pudo expresar, con un énfasis similar al del brindis previo.

(“Love changes“, de Sting y Shaggy, que es una canción de esperanza, se colaba en la conversación en el momento más dramático).

Aquel día de hace tres meses había sido como tantos otros, continuó Nacho. Habían hablado varias veces por teléfono desde el trabajo, cenado juntos y acostado a la niña en su habitación de la planta sótano. Nada hacía pensar que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Contaba que el día anterior habían hecho el amor, que dos semanas antes había sentido que las cosas volvían a ser como corresponde, después de unos años difíciles debido a la crisis, al nacimiento de Claudia y sobre todo, a la mudanza desde Bilbao hasta Londres.

(Se oía “Just one lifetime“, también de Sting con Shaggy. A veces el algoritmo de Spotify se adapta al momento de manera sorprendente).

Los tres meses siguientes habían sido los peores de su vida. Ella interpretando el personaje de la incrédula que tuvo un desliz un día (“te lo juro, solo fue aquel día y me dio asco”) y que por el bien del equipo tiró para adelante con la mentira,  ya que creía que lo podría manejar. Pero que llegó un momento en que no pudo más y petó.

Y Nacho por su lado, en esos tres meses, tratando de salvar su matrimonio, de perdonar a su mujer y de encontrar la fórmula de encajar la nueva situación. Pero sobre todo desubicado con qué hacer con lo que siente por su hija, que ya no es su hija biológica, pero a la que quiere como a nada en el mundo. Por eso y por haber vivido en una ilusión durante no sabía cuánto tiempo.

Una ilusión es una representación errónea de la realidad, que uno encaja como verdadera y que cuando se desvela, te deja desnudo. Había recibido uno de esos golpes del destino, de los que además no hay “jurisprudencia”, No hay casos de amigos a los que les haya pasado lo mismo. Una separación vale, una o varias infidelidades también están en la cabeza de todos. Pero que tu hija no sea tu hija y que hayas vivido esa mentira durante cinco años, eso no lo hemos vivido.

(“Don´t make me wait” en el aparato. Ese disco de Sting con Shaggy es realmente bueno).

Los ojos del Contrafantasma no parpadeaban, sentía indignación y perplejidad. Y se le vino a la mente “El Adversario”, el libro de Emmanuel Carrere en el que narra la historia real de un hombre que engañó a su entorno durante veinte años, haciendo creer a todo el mundo que era médico y que trabajaba en la central de la OMS en Ginebra. Entre los engañados su propia mujer, su mejor amigo de la facultad de medicina, sus hijos adolescentes, todos los conocidos de la pareja, familiares, etc… Nadie suponía que no era lo que decía ser y nadie se había preocupado de comprobarlo. El dinero lo conseguìa simulando que invertía en Suiza los ahorros que le confiaban sus allegados y que en realidad empleaba para vivir. La cosa se empezó a complicar cuando no le quedaron familiares que engañar. La ausencia de dinero provocó que asesinara a toda su familia a sangre fría, antes que blanquear la mentira que había estado representando durante tanto tiempo. Luego intentó suicidarse sin éxito, y Jean-Claude Romand, que así se llama el sujeto, lleva en prisión desde 1996.

En lugar de hablar del terrible caso del supuesto médico francés, el Contrafantasma agarró la copa de vino y la levantó para brindar “POR-LO-QUE-HAS-DE-JA-DO-A-TRAS”. Coincidía con Nacho en que era una situación muy jodida, pero que era mucho más terrible la situación previa, la de la mentira. Le dijo que será difícil, pero que sobre la base de la verdad, de lo correcto y de lo que uno es, se puede volver a construir.

(“To Love And Be Loved” sonaba al despedirse con un abrazo en el mismo lugar donde Nacho le había abierto la puerta tres horas y botella y media de vino antes).

Y es que al final de eso se trata, de amar y ser amado. Pero de verdad.

 

 

Lentejas

Era tarde y el Contrafantasma estaba sentado en el stand del país invitado en una feria muy aburrida. A lo lejos una mujer castaña se acercaba desde uno de los pasillos centrales. Estaba tan cansado que no enfocó la mirada hasta que tuvo delante de su nariz el cartel identificativo de Julia Cámara, colgando del cuello de la mujer y haciendo una bonita curva en la zona del pecho. El nombre le resultó familiar y el pecho quería que también. Alzó la mirada a través de la cinta que lo sostenía hasta llegar a la cara, momento en el que asoció el nombre, la fisonomía y un momento de su vida.

El Contrafantasma no veía a Julia desde la universidad. Fueron muy amigos durante los cuatro primeros años de facultad. Se conocieron en el autobús que les llevaba a Moncloa, donde había que tomar otro para llegar al campus. Ella se había quedado a vivir en Niza tras hacer el último año de carrera y después se había casado con un francés. Recordaba nítidamente la última vez que habían coincidido y no había sido en este siglo. La cara era la misma de entonces, el aspecto muy jovial y su sonrisa seguía formando hoyuelos en las mejillas. En la facultad era más rubia, pero sus ojos seguían igual de verdes ahora. Durante unos segundos se entretuvo viéndola manejarse por el espacio, hablando con unos y otros. Ella en cambio no reparó en su presencia y se movía con soltura y gracia entre la gente.

En mayo de 1999 Julia había invitado al Contrafantasma a comer lentejas. Los dos tenían novio en aquella época y aunque la atracción entre ellos era más que evidente, se tomaron la cita como una reunión de amigos, consecuencia de la insistencia de Julia en presumir de lo bien que le salían las lentejas. La madre de Julia, que era psicoanalista y había nacido en la parte zamorana de Tierra de Campos, decía que el secreto de unas buenas lentejas era la materia prima y que la lenteja pardina que se cultivaba en su pueblo era la mejor del mundo. Julia estuvo cuatro años diciendo que ella cocinaba las lentejas mejor que su madre y ese jueves de primavera era el momento de descubrirlo.

El Contrafantasma había fijado su mirada en Julia y la seguía sin disimulo con la vista. Ella había sacado su teléfono y se había sentado a mirar sus mensajes y hablar con alguien. Al estar separados por dos o tres mesas, no había contacto visual. Ella sonreía y gesticulaba mucho en su conversación, que ahora era una videollamada, o eso parecía. En seguida colgó y alzó la mirada oteando la estancia como con un periscopio, primero hacia su derecha, donde se encontraba la salida y luego hacia su izquierda. Y ya donde el cuello no giraba más, encontró al Contrafantasma sentado a 5 metros de distancia, mirándola de forma directa.

Aquel día de mayo de hace veinte años, Julia y el Contrafantasma se comieron las lentejas, conversaron horas mientras caminaban por Argüelles y acabaron en Malasaña de copas, sin mayor preocupación que pasarlo bien. Era jueves, finales de los 90 y los garitos no cerraban, uno no tenía que vivir experiencias, sino simplemente vivir, había móviles pero no tenían cámara, los SMS costaban pasta y compartir no era subir una foto a las redes sociales, o hacer un grupo de WhatsApp, sino quedar al día siguiente para comentar lo sucedido, o tener una conversación al teléfono fijo durante dos horas. Esa noche Julia y el Contrafantasma bebieron bastante, probaron otras sustancias que encontraron por el camino y vieron juntos el amanecer en el parque del Oeste, tumbados, descalzos y felices. La despedida en el portal de ella fue un intenso abrazo con un solo beso de mejilla que duró varios segundos. Lo último que se dijeron fue que tratarían de repetir antes de las vacaciones de verano. El olor de aquella noche y de ese abrazo quedó grabado en la memoria de ambos para siempre. Pero no solo no volvieron a quedar para comer lentejas antes del verano, sino que ella marchó a Francia antes de lo previsto y ya no se volvieron a ver más. Hasta hoy.

Julia también reconoció una cara familiar cuando vio al Contrafantasma ahí sentado. Se quedó parada, el calor le subió hasta las mejillas, se le aceleró el corazón y durante unos segundos sintió mucha emoción, aún sin encajar de quién era la cara que le producía todo eso. Sonrió tratando de ganar tiempo para recordar y de pronto, ¡zas!, se acordó de aquellas lentejas, el autobús, la facultad, aquella conversación, esa noche y el abrazo. Al tiempo que sonreía exclamaba, -no te puedo creer, ¿eres tu?-. Se levantaron y sorteando las mesas, se saludaron con dos atropellados besos y un intenso abrazo. Ella olía igual que veinte años atrás. Se preguntaron por sus vidas y por el motivo que le había traído a ella a la feria. El venía desde hace 12 años y nunca la había visto. Julia le dijo que es psicóloga, que después de varios años tratando de ser otra cosa, encontró su profesión y que desde hacía una década se dedicaba a cuidar personas. Que eso le llevó a escribir y que ahora uno de sus libros se había convertido en un pequeño éxito de ventas en Francia y había vendido los derechos para llevarlo al cine. Y que estaba allí por ese motivo.

El Contrafantasma se despidió de Julia aquella mañana de 1999, con una sensación de plenitud difícil de describir, pero que cualquiera que haya estado enamorado puede reconocer. Hay pocas señales de amor más evidentes que evocar el olor del otro y sentirlo como si aún estuviera allí. Y caminando desde Argüelles hasta la casa de sus padres, en Chamartín, él solamente tenía sentidos para recuperar esa sensación que había estado experimentando toda la noche. Eran las 9,45 de la mañana de un viernes soleado.

-Venga, vamos a tomar algo, tenemos muchas cosas que contarnos-, propuso Julia. Salieron hacia el paseo, caminaron hasta encontrar un lugar con una mesa libre y se sentaron en una esquina. Era pronto para cenar, así que pidieron dos cervezas y una tabla de quesos. Ella le contó que nunca se había casado, pero que le pareció gracioso que la gente en Madrid pensara que si y que por eso no lo desmintió. Que con aquel chico francés fue muy bien hasta que, tras seis años de relación, se lo encontró con su jefa (la de ella) en la cama. Que desde aquel momento dejó de confiar en la fraternité, abrazó la egalité acostándose con el hermano de su ex y sobre todo se enfocó en la liberté, para ser concretos, en la suya propia. Que se fue a Alemania a pensar en su vida y aprender el idioma y acabó estudiando filosofía y psicología, para después marchar a Suiza para completar su formación como psicoanalista jungiana. Le confesó que nunca había tenido un perfil en redes sociales, que no sabía quien era Elon Musk y que no tenía ni idea de que era la transformación digital, de la que todo el mundo le había estado hablado últimamente.

A mediados de julio, la madre de Julia recogió del buzón una carta que el Contrafantasma había enviado el día después de la noche de autos de 1999 y se la había reenviado a su hija, junto con los clásicos sobres de jamón de bellota envasado al vacío y las lentejas de Tierra de Campos. Ese paquete nunca llegó a destino y por tanto Julia nunca leyó la carta. En ella él declaraba amor incondicional, comunicaba que había dejado a su novia y expresaba su anhelo de volver a verla antes de que ella se marchase a Francia. Correos perdió esa carta en el primer viaje desde Chamartín hasta Argüelles y casi tres meses después, la madre de Julia la traspapeló luego entre sobres de jamón ibérico y lentejas de Castilla León. Aquel no era el momento para ese amor.

El Contrafantasma escuchaba el relato de Julia con los ojos brillantes, ya saboreando la segunda cerveza.

Un amor de media hora

Sebas se había marchado de vuelta al ártico para participar en los últimos preparativos del lanzamiento de su documental. Antes de irse le había dejado al Contrafantasma Filosofía Básica, el libro que ha escrito basado en su experiencia de vida y en las enseñanzas de Walter Odermatt.

Bajando las escaleras mecánicas del metro lo abrió de forma aleatoria y comenzó a leer. La página decía que los humanos somos el nivel más elevado del cosmos y que existe una conexión evidente con el resto de niveles, que son los minerales, las plantas y los animales. Seguía con que cada nivel del cosmos recoge y engloba las características de los anteriores y que los humanos, como nivel más elevado, atesoramos todas las cualidades de los tres primeros. Subrayaba además que cada individuo somos un microcosmos, un cosmos a escala y que tenemos cuatro capas análogas a los cuatro niveles del macrocosmos.

Eran las 7,56 de la mañana y lo que leía le enganchó automáticamente. Acababa de sentarse en el vagón (siempre elegía el último) para ir a su oficina y por primera vez era invierno en Madrid. Posó la mochila sobre sus rodillas y acomodó el libro de Sebas para seguir leyendo.

Continuó con las cuatro capas del hombre, que son el cuerpo, que tiene su coincidencia con los minerales. el organismo, vinculado a lo vegetal, el alma, que es lo específicamente animal y por último el espíritu, aquello exclusiva y específicamente humano. Y hacía hincapié en que no hay libertad personal sin una correcta integración de estas cuatro.

El vagón empezaba a llenarse aún parado en el andén, era principio de línea y siempre hay que esperar un poco para cumplir los horarios. La gente entraba muy abrigada, casi en exceso, como aprovechando a sacar del armario el equipamiento de frío, no sea que no haya más oportunidades en todo el invierno.

Y el texto continuaba su despliegue, ahora relacionando las cuatro capas con las regiones corporales del ser humano. Sebas escribe que la capa del espíritu se encuentra en la cabeza, lugar donde están las informaciones, los pensamientos y la conciencia del bien y del mal. La capa del alma está en la zona del pecho, donde nos llevamos la mano para decir que algo es nuestro o simplemente para decir “yo”. El alma es lo animal en nosotros y si no tuviéramos espíritu, actuariamos solamente guiados por los instintos. Después localizamos la capa del organismo en la zona del vientre y hasta las piernas, donde se encuentran la mayoría de órganos que cumplen funciones vegetativas vitales. Y por último está la capa del cuerpo, lo mineral en nosotros, localizada en los brazos y las piernas y únicas partes del ser humano donde no descansa ningún órgano y que sirven para sostenernos (piernas) y para ejercer fuerza (piernas y brazos).

Joder, pensaba el Contrafantasma, toda una vida conviviendo con mi cuerpo y ahora me entero de esto. Tenía una sensación como de estar leyendo sobre un gran descubrimiento, cuando la realidad era que los conceptos eran los que se aprenden en primaria. Tanto los del cosmos, como los de las partes del cuerpo humano. Lo que nadie le había contado nunca era que están relacionados.

Habían pasado 25 minutos cuando levantó la cabeza y se cercioró de que no se había pasado de parada. Comprobó también que una mujer bien arreglada y de unos cuarenta años sentada a su izquierda, estaba tan interesaba en el libro como él. Se cruzaron sus miradas y sonrieron, pero ninguno se animó a hablar. Continúo leyendo, pero menos centrado por la cercanía de su destino y por su reciente interacción con su atractiva compañera de viaje.

Se preparó para salir en Av de América, y al mismo tiempo se levantó ella y se puso a su lado. Al parar el tren ambos lanzaron su mano al botón de apertura, donde torpemente chocaron, lo que provocó una sonrisa y una disculpa. El Contrafantasma le preguntó de manera socarrona si le había gustado lo que había leído. Ella se sonrojó levemente y pidiendo disculpas por la invasión, contestó que le había parecido muy atractiva la idea de que somos un cosmos en pequeño y que estamos muy vinculados a la naturaleza. Le preguntó si podía hacer una foto de la portada del libro para quedarse con la referencia. El Contrafantasma lo sacó de la cartera y se lo mostró.

Tras darle las gracias se despidió y se alejó por el lado opuesto al suyo. Su andar era firme y el Contrafantasma comprobó lo sólidas que parecían sus piernas, su parte mineral. Volvió a su libro mientras caminaba por el intercambiador y subía las escaleras. Al llegar a la puerta de Hontanares, la cafetería de esquina a los pies del edificio con el cartel de Iberia, ese que recibe al viajero que llega desde el aeropuerto de Barajas, en una de las entradas más feas de Madrid, paró. Acabó el capítulo y se dispuso a cruzar Francisco Silvela. Al levantar la cabeza vió que en la acera de enfrente, al otro lado de los coches que iban y venían, estaba ella. Al verle encogió los hombros y alzó las palmas de sus manos, como diciendo que se había equivocado de salida. El semáforo se puso en verde y el Contrafantasma no se movió de su sitio, esperando que ella llegara. Se acercaba sonriendo y por un momento parecían una pareja que, con muchas ganas de verse, estaban a punto de fundirse en un abrazo.

Al pasar por su lado la mujer le hizo un gesto con las cejas y pasó de largo hasta abrazarse con otro hombre, que esperaba dos metros detrás de él.

Eran las 8,31 y no le quedó otra que reírse y agradecer el romance de media hora que acababa de vivir, gracias al libro de su amigo. Comprobó también que el amor depende de la correcta predisposición de uno mismo hacia él y no del azar. Siguió caminando por las calles frías y secas de Madrid con una sonrisa en su cara, hasta llegar a la oficina. Tras sentarse delante del ordenador envió un mensaje a Sebas. Decía así; “Sebas, tu libro me encanta, ha convertido un trayecto en metro en una verdadera historia de desamor”.