Hola, me llamo Irma

Hola, me llamo Irma y tengo 37 años. Hace tres semanas me despedí de mi empresa y compré un billete (solo ida) de avión a New York. Del aeropuerto tomé un coche hasta la estación de Harlem 125th st. y de allí un tren a una localidad llamada Hyde Park, al norte de la ciudad, en medio del valle del Hudson. Tenía ganas de ir lejos y no hay lugar que cumpla mejor con esa premisa. Aquí la naturaleza es magnífica y el otoño se expresa rotundo con tonos granate, amarillo, marrón, verde y hasta naranja, de una manera que es ya casi imposible ver en paisajes españoles. Cada mañana me levanto delante del río Hudson, que baja con un cauce abrumador hacia Manhattan. Leí hace poco que es la fuerza del río la que hace funcionar el sistema de calefacción de la ciudad de New York y por tanto el responsable de esas chimeneas de vapor que salen de las alcantarillas de la Gran Manzana. Vivo en el apartamento de una amiga que conocí en San Francisco hace años y que se ha venido aquí a estudiar al Culinary Institute of America, una prestigiosa escuela de cocina, que como todo aquí, tiene un tamaño descomunal.

Mi amiga se pasa el día en clase o estudiando, o cocinando lo que estudia. Este semestre está centrado en cocina asiática y cada día me regala algo diferente para cenar. En veintiún días he leído seis libros y escrito cerca de noventa páginas de algo que no se aun que es, pero que se parece a la historia de mi vida. Tres semanas  no es tiempo para sacar conclusiones, pero me siento bien. No tengo teléfono, escucho la NPR (National Public Radio) por internet, eligiendo las temáticas que más se alejen de lo que he dejado atrás. Me he enganchado a una serie de reportajes sobre la utilización de drogas en las guerras modernas. En el capítulo de ayer hablaban de como en la Segunda Guerra se sustituyó el vino por las drogas químicas, para mantener animada a la tropa, sobre todo por parte del ejercito alemán. Y es muy interesante conocer el papel protagonista que tuvo la farmacéutica Bayer, a la que yo solo relacionaba con la aspirina, en el desarrollo de esas drogas. También disfruté mucho otro reportaje sobre la fabricación de sirope de arce en el estado de Nueva York. Cuando sales de la ciudad y sus ritmos obligados, te das cuenta de que hay multitud de actividades interesantes que se pueden hacer para completar una vida y fabricar sirope de arce es una que me voy a plantear seriamente. Tiene una relación directa y muy honesta con la naturaleza, no se puede forzar su producción, ya que es absolutamente estacional. Si pasa el momento de recogerlo, olvídate hasta el año siguiente. Requiere además una dedicación mayúscula y como contrapartida tiene una producción muy limitada. Se aleja mucho del patrón de comportamiento que tengo interiorizado, ese que busca la generación de beneficio en cualquier actividad de la vida.

En todos estos días no he hablado con mi familia, ni con Fran, el hombre con el que me iba a casar. De hecho él no sabe que estoy aquí, piensa que me he ido a Santander a casa de mi hermana. Cree que es una de mis locuras, que se me han amontonado los temas y que el trabajo, la relación con mi madre y el estrés de la boda, han podido conmigo. Me escribe un correo cada dos días tratando de que vuelva de donde esté y entre en razón, por ese orden. Me dan ganas de decirle que estoy aquí porque quiero hacer lo segundo y que hasta que eso no pase, de lo primero ni hablar. Pero no le voy a contestar, no me apetece. Me escribe textos largos muy bien articulados y ya la forma de escribir, de expresarse, me echa para atrás. No quiero ser injusta con él, yo fui la que dijo si a su propuesta de matrimonio. Fue aquel fin de semana en el que me llevó a un hotel bodega de la ribera del Duero, cuando sabía que yo el tinto solo lo bebo con Casera y que el blanco, de tomarlo, solo albariño, que no puedo con el dolor de cabeza que me da el verdejo. Ese fin de semana de hace cuatro meses me pareció una persona muy sensata para pasar el resto de mi vida. Y cada vez que pienso en la palabra sensatez como disparador de mi matrimonio, me quiero clavar palillos en las uñas. Y lo peor es que aquella respuesta afirmativa fue muy meditada. Le dije que si convencida de que ese era mi destino, compartir mi vida con un hombre que me quiere. Y punto.

A los 37 he llegado más o menos entera. Lo que se puede decir de mi en el mundo exterior, creo que dejaría satisfechas a muchas personas. Tengo (o tenia) un trabajo, una vida social activa, una familia que no me exigía mucho y me daba casi todo, bienes materiales más que de sobra, he viajado a lugares bonitos, soy propietaria de un piso y cocino decentemente. El único pero que yo me pongo es que no he sido madre, pero eso ahora tampoco es un drama, porque somos muchas así y no apoyamos las unas a las otras cuando surge ese momento en el que tus amigas madres se ponen a hablar de sus vidas rodeadas de niños. Además, lo de ser madre, lo he vivido siempre como una consecuencia de tener una pareja y eso primero no me había pasado aún.

Poco más de un mes después de haber dicho que si a Fran, me encontré con un hombre al que había conocido tiempo atrás en una boda. En aquella boda nos reímos mucho, pero yo estuve ejerciendo mi versión de soltera frívola y divertida, tratando de seducir y poner distancia al mismo tiempo. Y él me siguió bien la performance, hasta el punto en que entrada la noche, el resto de invitados parecieron desaparecer y nos quedamos “solos” con la música electrónica de fondo, hablando de reconciliación con uno mismo y de perdonarnos nuestros errores. Disfruté ese momento como pocos en mi vida y algo se encendió dentro de mi. La boda acabó, él no me llamó y yo tampoco hice nada por localizarle. Y cuando hace tres meses le volví a ver en aquella fiesta, ya con Fran de cuerpo presente y comprometidos, me di cuenta de que lo que me había llevado a decir si, era un amor con minúscula. Era sensatez.

Después de aquello he visto a este hombre otras dos veces, la última por casualidad en un evento de trabajo. Ese día acabamos agarrados de la cintura y con las manos entrelazadas sin poder evitarlo y sin que la opinión pública fuera un obstáculo. Estuvimos a punto de besarnos, pero una llamada del que era mi jefe rompió el momento y no sucedió. Ese día por la tarde decidí que me iba, que necesitaba distancia de todo lo conocido. Solo le lo comenté a Yoli y a mi terapeuta. Yoli es la persona que me ayuda en casa, tiene cinco años mas que yo y un hijo de 28, que a su vez le ha dado dos nietos. Le dije que me iba a Nueva York a casa de una amiga y que no hacía falta que viniera, al menos hasta el mes de enero. Le conté lo de Fran y lo de este otro hombre del que estaba enamorada, y le pedí el favor de que le escribiera para decirle que necesitaba su ayuda. Desconozco si lo hizo.

Mi terapeuta me dijo que hacía bien en marcharme, si eso era lo que me salía, pero también me dijo que informara a Fran y a mi madre, que si no, se me volvería en contra antes o después. Me dijo también que podíamos hacer las sesiones por Skype, que le llamara cuando yo quisiera. Por el momento no lo he hecho.

Hoy voy a seguir leyendo y esperaré a mi amiga a ver qué trae de cena. El amanecer sobre el río y los colores del otoño son más que suficiente para ir tirando. Y la verdad es que no tengo ninguna prisa.

Uy qué cagada

EL Contrafantasma volvía a casa con la cabeza pegada al cristal de la ventanilla del coche, mirando las luces de las farolas. El conductor le había ofrecido agua, le había preguntado si la temperatura era la correcta, si la música estaba bien de volumen, si quería escuchar algo diferente, o si no quería escuchar nada. El conductor se llamaba Nestor y tras esas preguntas iniciales se calló y mostró respeto por el momento que parecía disfrutar el pasajero.

Irma se quedó sentada en la silla de su cocina, con la puerta del patio abierta de par en par y la copa de vino medio llena. Parte de su conciencia se había ido hacia el viaje del día siguiente, a pensar en aquello que se tenia que llevar, a concretar la hora de salida de la oficina y a anticipar como sería el encuentro con Fran y su familia. Otra parte de esa conciencia pensaba en lo que acababa de pasar. La dificultad para equilibrar ambos pensamientos la levantó de la silla y comenzó a recoger, tratando de que la actividad disolviera ese conflicto en su interior.

El Contrafantasma miraba su teléfono mientras Nestor y él recorrían Principe de Vergara hacia el norte. Nestor era muy educado, pero aún no conocía Madrid. En quince minutos se habían alejado apenas  cuatrocientos metros lineales del punto de partida y sin embargo, habían recorrido ya tres kilómetros y medio. No pasa nada, pensó el Contrafantasma, no hay prisa por llegar.

Al recoger la casa Irma encontró también su móvil, que lo había dejado en la encimera cuatro horas antes. Estaba sin batería y, al conectarlo, comenzaron a saltar los avisos que le recordaban lo que se había perdido del mundo exterior. Tres llamadas de Fran y cincuenta y siete mensajes cortos de nueve chats diferentes. Tampoco me he perdido tanto, pensó. Y pensó también en qué hacer con las llamadas de Fran, ya que era tarde y estaba segura de que él se habría acostado hacía un rato.

Nestor ya se había encontrado y conducía pedal firme hacia la plaza del Perú, habiendo dejado atrás la del Ecuador y la de la República Dominicana. A Nestor le resultaba divertido atravesar su continente sin cambiar de calle. Se le había pasado ya el marrón de haberse perdido al salir por la avenida de América y se sentía cómodo con su pasajero, con lo que le preguntó al Contrafantasma si ya se iba a casa, o si era un cambio de escenario en una noche con más recorrido aún. Nestor tenía acento argentino, o uruguayo, que a los españoles nos cuesta distinguir ambos tonos.

Irma envió un mensaje corto a Fran dándole las buenas noches, diciéndole que le llamaría al día siguiente y que había tenido una cena muy agradable con ese amigo que se encontraron hace unos días en casa de Petra. No le mintió, pero tampoco le dijo toda la verdad. La verdad era que a quien tenía ganas de escribir era a su invitado de esa noche, para darle las gracias por el vino y decirle que se le había hecho corto el encuentro.  Y para decirle también, que reconocía que se le hacía muy cuesta arriba ir a Ponferrada al día siguiente.

El Contrafantasma le dijo a Nestor que agarrara Pio XII hasta el final y doblara a la izquierda hacia la plaza del Duque de Pastrana. Allí le dijo que le dejara en El Capitán, donde siempre solía encontrar una cara conocida para tomar una copa. Mientras salía del coche le llegó un mensaje de Irma agradeciéndole el vino, la charla y diciendo que se le había hecho corta la velada. El había tenido la misma sensación al salir de su casa, pero le había parecido prudente marcharse.

Irma se sentó de nuevo en su cocina a esperar la respuesta y ésta tardó segundos en llegar. -¿Te vas al final a Ponferrada mañana?-, decía el mensaje, seguido de un icono de guiño, – !vente a tomar una copa!-, finalizaba. Ahora el extrovertido era el Contrafantasma, que había decidido no regresar a su casa, que para eso era jueves y hacía una noche fantástica.

Mientras esto sucedía, Nestor aparcaba el coche y entraba en el garito. El Contrafantasma sonrió al verle y le hizo un gesto con su cerveza para que se acercara. Nestor le dijo que había decidido acabar el turno con él y que si no le importaba, le acompañaba.

Un nuevo mensaje llegó al teléfono de Irma, era de Fran, que parece que no estaba aún dormido y que le enviaba un icono de corazón grande, dos de beso y le deseaba dulces sueños. Decía también que tenía muchas ganas de que llegara a Ponferrada y que su familia estaba muy contenta por conocerla al fin.

Irma contestó el mensaje del Contrafantasma diciendo que gracias, pero que tenía que madrugar al día siguiente, y le añadió dos iconos de carita con ojos de corazones, seguido de un – nos veremos pronto -. Luego dejó sin abrir los mensajes de Fran y se metió en la cama con una molesta contradicción interna.

Al Contrafantasma le extrañó no recibir respuesta de Irma, habían pasado dos cervezas desde su mensaje y decidió volver a escribir. Le preguntó si le había molestado la propuesta de tomar una copa y le pedía disculpas por si había sido demasiado directo. No hubo respuesta.

Al despertar Irma a la mañana siguiente tenía ganas de vomitar, algo de dolor de cabeza y una sensación de haber soñado cosas feas. Chequeó su teléfono y se dio cuenta que el último mensaje dirigido al Contrafantasma, en realidad se lo había enviado a Fran.

Que cagada, pensó.

 

Amor de Washington Sq a Guindalera

Estaba sentada en la silla de madera que cogió de casa de su abuela cuando ésta murió hacía 4 años. Solo conservaba ese recuerdo de ella, el resto de sus muebles, ropa y enseres, sobre todo las joyas, habían sido repartidos entre sus tías a las 12 horas horas del fallecimiento, como si fueran perecederos. Y las joyas no caducan, ni pasan de moda, sobre todo si son de oro, brillantes u otras piedras preciosas. Cuando Irma fue a casa de su abuela, a los tres días de morir ésta, con la intención de pedir un colgante de plata y ónix que adoraba desde muy pequeña, solo encontró la silla en la que estaba sentada esta noche. Hay una manía grande de eliminar las cosas personales de los muertos de las casas de los que quedan vivos. En general hay una gestión de la muerte extraña en nuestras sociedades, tan sofisticadas para otras cosas. La muerte pertenece a esa parte del mundo invisible, que no se puede tocar, ni medir, ni pesar y por eso cuando la muerte está rondando, tratamos de que pase en seguida, sobre todo si se trata de la muerte de otros. La muerte de uno mismo es otra historia, la tratamos con mucho más cariño y normalidad, lo que sucede es que no es sencillo comunicarlo luego al mundo exterior, donde sólo unos pocos tienen capacidad de percibir a los invisibles.

El Contrafantasma estaba sentado frente a ella al otro lado de la mesa de la cocina, en una silla de tijera de Ikea, de esas que tienen asiento y respaldo de plástico, y que están en todas las casas de personas nacidas después de 1970. Ella le contaba un sueño que, de manera recurrente, tenía desde hacía unos meses. En él aparecía ella maniatada a su cama, de manera tan fuerte que era imposible soltarse y con la sensación de que algo o alguien estaba de camino a su dormitorio para hacerle daño. Ella luchaba por desatarse sin ningún éxito y esa lucha era además la lucha por despertarse, para poder reconocer que aquello no iba a suceder en el mundo exterior. Decía que siempre conseguía despertarse antes de que lo malo llegara, pero que nunca conseguía desatarse dentro del sueño y que una espesa capa de desasosiego quedaba siempre al despertar.

Tres horas antes de ese momento el Contrafantasma había llegado a casa de Irma, con dos botellas de vino y unas flores. Le había citado en su casa porque si, porque quería. Las cosas que se hacen sin aportar argumento externo alguno, son las que son de verdad. Y cuando el Contrafantasma, por mensaje de texto, le había propuesto quedar en el lugar cool del momento, a ella le había parecido una horterada y le salió citarle en su casa. Su casa era un bajo en el barrio de la Guindalera y tenía entrada directa desde la calle. El barrio es feo en cuanto a la arquitectura, pero está renaciendo a base de gente joven y normal. Normal es el adjetivo más raro que se se puede decir hoy en día al describir a alguien. Nadie es normal, nadie quiere ser normal, normal es extraordinario. Tras pasar la puerta se accedía a un salón que acababa en un patio, que a su vez conectaba con la cocina y el dormitorio. La casa transitaba en círculo y estaba volcada hacia dentro, como Irma. Cuando él llegó, aún estaba recogiendo cosas para el viaje a Ponferrada del día siguiente, e Irma le invitó a sentarse en  la mesa de la cocina. Eligió la silla de Ikea porque él también las tenia en su cocina. Se puso de espaldas al patio para poder disfrutar de las idas y venidas de Irma, mientras se bebía un vino. Visto desde fuera, pensaba el Contrafantasma, la escena la podía haber pintado Edward Hopper en una sus obras sobre cotidianidad y costumbrismo. Le recordaba a “Habitación en Nueva York”, con la salvedad de que la Guindalera no es Washington Square. “Pareja preparando un viaje”, podía haberse llamado. Pero ni era su pareja, ni se iban de viaje, al menos él. Irma vestía una blusa blanca, holgada y bastante transparente, unos vaqueros y unas Converse blancas. Llevaba el pelo recogido en una coleta y la cara sin pintar, olía a recién duchada y a crema. El olor a crema era una de las debilidades del Contrafantasma, así que los primeros minutos sentado en esa cocina, viendo a Irma moverse por la casa, bebiendo vino e imaginando que Hopper les estaba pintando desde el patio, fueron un estallido de felicidad.

Sonó el telefonillo, era un Glovo con la cena. Irma se había adelantado también en eso y había pedido algo que le encantaba, sin pensar mucho en qué le parecería a su invitado. El motero sacó dos recipientes que contenían la mejor ensaladilla rusa de Madrid y unos callos con garbanzos con un pintón impresionante. Se disculpó porque quizá no era una comida muy elegante y seguro que era algo pesada para la noche, pero le aseguró que no se arrepentiría, porque su madre era una cocinera excelente y le había pedido a ella que cocinara sus platos favoritos.

Habían comido, bebido, charlado, reído. Se habían contado aspectos relevantes de sus biografías y habían coincidido, al hilo de un articulo publicado en Medium, que 2004 fue el año bisagra y gatillo para que el mundo se volviera definitivamente idiota. Ese fue el año de la última temporada de la serie Friends, máximo exponente de que la estupidez es lo que mola en las sociedades occidentales. Fue el año en que se eligió a George W. Bush por segunda vez y a Rodriguez Zapatero por primera, fue el año en el que el disco de Green Day, American idiot, fue galardonado con el Grammy a mejor álbum de rock y fue el año en el que Paris Hilton lanzó su autobiografía. En lo particular, fue el año en el que se casó el Contrafantasma, y en el que Irma decidió trabajar en banca en París y enamorarse de un hombre 12 años mayor que ella.

Tres horas y botella y media de vino después, allí estaban el uno frente al otro, con el sueño de Irma atada a su cama sobrevolando y a punto de besarse. Si Hopper volviera a mirar en ese momento, pintaría también el halo que cada vez que se veían les rodeaba, les conectaba y les aislaba del exterior. Y el cuadro se habría llamado “El beso de Irma”, pensó el Contrafantasma. O mejor, “El amor de Irma”, o aún mejor, “La entrega de Irma”. Pero Hopper no estaba allí, y no hubo beso. Eligieron no moverse, a ambos les parecía insuperable el momento. El Contrafantasma se había quedado pensando en qué sería lo que ataba a Irma a su cama, lugar en el que se descansa, se disfruta del amor y sobre todo, se duerme. Y que cuando uno duerme, es cuando más cerca está de la muerte en vida. Dormir es morir por un rato, al menos en cuanto a la desconexión con la conciencia. Y se preguntaba si había algo que tenia que ver con la muerte, con lo invisible, con el más allá, que tenia a Irma maniatada y sin poder soltarse.

No se lo preguntó. Pidió un coche y se despidió de Irma dándole las gracias y deseándole buen viaje. Ella no dijo nada, sonrió y abrazó fuerte al Contrafantasma.

En el coche, de regreso, el Contrafantasma se encontró en otro cuadro de Hopper. “El Cabify del anhelo”, se titulaba. Y suspiró.

1984

El Contrafantasma leyó por primera vez el libro de Orwell cuando aún no había cumplido veinte años. Ya le gustaría al autor que leer este escrito evocara un poco a aquel “1984”, pero ustedes le van a perdonar que no sea así.

Cuando tienes diez años y tus padres te envían a un campamento de verano en la comunidad autónoma de Murcia, significa una de tres: que no te quieren, que piensan que va a ser lo mejor para ti, o que algo va mal de verdad y mejor que los niños estén lejos. Eran los primeros días de agosto de 1984 y del campamento no recordaba casi nada, salvo que en la madrugada del día 10 algunos compañeros, monitores y él mismo, se levantaron de madrugada para ver por televisión la final de baloncesto de los JJOO de Los Angeles, aquella en la que España ganó la medalla de plata.

Tener diez años significa estar aún en la primera fase de la vida, que llega hasta los 12 aproximadamente. Lo principal de esta fase es el movimiento y que ese movimiento se guíe por los sentidos. El niño descubre el mundo y se hace una primera representación del mismo. Descubre los olores, los sabores, el equilibrio y de esta forma reconoce objetivos para su movimiento. Las emociones ponen luego en marcha el movimiento y aprende a coordinar la percepción sensorial, a vivir correctamente las emociones y a coordinar el movimiento a través de una conducta ordenada. Y con ordenada quiero decir acorde con el arquetipo del niño y no sólo con el orden impuesto por los adultos. Ese orden adulto que nos absorbe y que reproducimos cuando llegamos a esa edad, es muy parecido a la ubicua policía del Pensamiento que aparece en el “1984” orwelliano, con la salvedad de que el impulso de control parte de nosotros y no del exterior.

Aquella calurosa noche había dos emociones activando el movimiento del Contrafantasma y ambas tenían que ver con el amor. Amor por el deporte de la canasta y amor por una compañera que tendría tres o cuatro años más qué él y que fue la promotora del madrugón para ver el baloncesto. En esa fase de la vida las emociones están cercanas a la pureza, con una muy escasa intervención de la opinión pública. Lo que activa a moverse a un niño de diez años responde a lo que el niño es y a lo que va a ser cuando sea adulto. Esto lo olvidamos a menudo cuando llegamos a ser padres y tratamos de imponer un camino a los hijos, bien por convicción (normalmente incorrecta), bien por comodidad (muy a menudo), o bien por no tener bien integrado el propio desarrollo como individuo (lo más habitual).

Pasadas más de tres décadas, en la noche del viernes el Contrafantasma trataba de identificar emociones que le ayudaran a activar su movimiento. Estaba tumbado en la cama y lo único que tenia conectado en su vida era el aparato de aire acondicionado. El calor en Madrid era insoportable y la dieta de tinto de verano con casera generaba momentos de irresistible somnolencia. Un pensamiento rondaba su cabeza mientras trataba de evitar el sueño. Pensaba que él siempre había sido bueno en el deber ser, cumpliendo bien con aquellas tareas que se le suponían según su edad y su tradición, pero llevaba años con la sensación de que eso le había ido separando de su eje, hasta haber convertido sus movimientos en una sucesión de actos sin sentido. Ser adulto había supuesto perder buena parte del sentido, en aras de un bien superior con el que no encajaba. La policía del Pensamiento de “1984” lo había conseguido, sin necesidad de que hubiera policía alguna.

Como no pintaba nada bien la noche y estaba empezando a tener dolor de garganta por el aire acondicionado, trató de volver a aquellas sensaciones de los 10 años cuando el baloncesto y una chica poco mayor que él eran suficientes motivos para dar sentido a su vida. Cerró los ojos y viajó hasta la noche de la final de Los Ángeles, disfrutó de los aspavientos del gran Antonio Diaz-Miguel y de las evoluciones de los jugadores que posteriormente marcarían su adolescencia. Y todo ello con su cabeza recostada sobre el regazo de aquella compañera, que le acogía con dulzura, como una hermana mayor.

Al rato, buscó entre las cajas de la mudanza la edición de bolsillo que tenía del libro de Orwell y se quedó buena parte de la noche leyendo. Lo disfrutó más que la primera vez, cuando la lectura la entendió sólo como una crítica política. Esta nueva visita al texto le había dejado pensando en el concepto de Orwell sobre ese Hermano Mayor que nos vigila, con un enfoque nuevo, en el que el hermano mayor lo llevamos incorporado en la tradición y en el peso de la opinión pública. Vaya, que no es necesario que nadie nos lo imponga desde fuera, que lo tenemos muy interiorizado. Y le asaltó el recuerdo de aquella noche, recostado sobre esa muchacha, su gran hermana de aquel verano. Se durmió pensando en cómo habría sido el mundo de “1984”, si en lugar de un Hermano Mayor, hubiera existido una Hermana Mayor, y en como habría sido su vida de adulto, si en lugar de volcarse en lo que debía ser, lo hubiera hecho en lo que de verdad era.

Hay esperanza, nuestros hijos aún están a tiempo de no ser movidos de su eje y dicen que los cuarenta de ahora son los antiguos treinta. Una década de vida extra.

La fiesta de la prima Vera

El Contrafantasma se había despertado empapado en sudor, la temperatura nocturna no había bajado de los 26º durante toda la semana y los sueños tampoco habían ayudado en la última noche. En su másallá estaba sentado en un aeropuerto con dos mujeres, una de ellas conocida en el mundo exterior. De pronto la que no era conocida se transformaba en la que si lo era y era como si estuviera sentado con dos gemelas, o con la misma persona por duplicado. Una mujer en el sueño de un hombre representa opiniones de ese hombre. Si la mujer es conocida, uno tiene que pensar en las asociaciones que tiene con ella, para saber sobre qué opiniones le está hablando su sueño. No tenía ganas de analizarlo en profundidad, así que lo escribió en su cuaderno mientras tomaba café y se metió en la ducha. Había vuelto a quedar con Curra, esta vez a desayunar. La conversación con los Bloody Mary´s de la noche del jueves había sido tremendamente reveladora, pero aún había cosas que necesitaba asentar, tanto en los hechos que le contó Curra, como en su repercusión interna.

Curra le contó que desde el día que se cruzaron en el portal de su casa algo pasó, algo que no era capaz de explicar y que a la vez no podía evitar. Así que ese día dio media vuelta al doblar la esquina y le siguió hasta su oficina, sintiendo mucho alivio cuando comprobó que trabajaba muy cerca de su casa. Que al día siguiente se presentó allí preguntando por él y que la persona que estaba en la recepción le entregó una tarjeta de visita suya. Que al llegar a casa googleo su nombre y encontró tres conexiones comunes y que una de ellas era Vera, amiga suya y prima de Petra. Vera y Curra estudiaron juntas en la universidad y muchas veces, durante aquella época de veinteañeras, habían ido a casa de Petra a las fiestas de los primos mayores. A Petra le encantaba presentar a su prima pequeña como la prima Vera y esto les concedía cierto protagonismo en aquella veladas, ya que todos los tíos acababan haciéndole el chistecito a Vera. De hecho, durante años, por hacer la gracia  y añorando aquellas famosas fiestas de la Autónoma de Madrid de fines de los 80, a las fiestas en casa de Petra se las llamó las “Fiestas de la prima Vera”.

Curra siguió con su relato de los hechos. Le dijo que había llamado a Vera y preguntado de qué conocía al Contrafantasma, que lo tenia en su LinkedIn. Vera había dudado, pero en seguida caído en de quien se trataba. Es amigo de mi prima y alguna vez nos hemos visto en su casa. Y también le dijo que creía que ellos se seguían viendo. Además le dio el dato de que Petra iba a celebrar su cumple y que tras años sin ir, se iba a pasar por allí a saludar y tomar un vino. Le dijo a Curra que fuera con ella y llamó a su prima para asegurarse de que ésta invitaba al Contrafantasma. Y todo aquello sucedió según el plan, salvo por el hecho de que Curra dijo en el último momento que no podía ir, pero que por favor le consiguiera el teléfono de ese hombre.

A partir de ahí los datos ya conocidos. La noche de jueves de agosto, la casa de Petra, la presencia de Irma, la conversación con ella, la aparición de Fran el prometido, su pinta de señor mayor aburrido, la decepción del Contrafantasma, la prima Vera consiguiendo introducir la nota en el bolsillo del Contrafantasma, la colada del domingo, la nota, el frutero, la llamada de Curra y la cita en Harvey´s. Y lo más importante, Curra le confesó después del segundo Bloody Mary, que al verle en el portal de su casa había sentido como si inclinaran la acera 45º grados en dirección a él y que aquello era la primera vez que le pasaba en sus 36 años de vida. Que sintió una ganas terribles de que él hubiera contestado que la estaba buscando a ella, porque la había visto desde la calle caminar semidesnuda por el salón y que acto seguido hubieran cogido juntos el primer avión posible a NYC.

Todo eso había sido la noche del jueves, regada por un necesario alcohol para desinhibirse. Ahora ya era domingo, era por la mañana y las cosas se habían reposado un tanto. El desayuno empezó raro porque el Contrafantasma lo primero que hizo fue preguntar por el novio de Curra. -¿qué hay de tu novio, ese que te tiró las llaves cuando nos cruzamos en tu portal?-. Sonó inoportuna y masculino corporativa la pregunta, pero era lo que de verdad le salía. Ella cambió el gesto, se puso pálida y como que de pronto regresó a su realidad. Le contó que fue por eso por lo que no acudió a casa de Petra, que no quería ir con su novio y que tampoco quería verle a él con nadie, que le dio miedo. -¿Miedo de qué?- insistió él. Miedo de comprobar en tiempo real que siente algo de baja intensidad por la persona con la que comparte su vida y de la que una vez estuvo enamorada. Evidenciar que son más compañeros de piso, que de vida. Chequear que ella no es ella cuando están juntos y que eso hace que él tampoco sea él, y viceversa. Que la cosa se va complicando con el tiempo y que cada uno hace la guerra cada vez más por su cuenta y con su smartphone. Que el amor inicial y la asociación fue simpática hace dos años y que ella pensó que la cosa solo mejoraría con la convivencia. Y todo esto a los 36 años, con la tradición y la opinión pública presionando con la maternidad.

El Contrafantasma recogió la declaración, le parecía honesta y sin adornos. Estaba siendo ella en un momento bajito y eso demostraba valentía y capacidad de reconocimiento. Además le contó que a él también le dio miedo decirle que era a ella a quien buscaba en su portal aquel día, que pensó que se le había ido la olla y que le hubiera llamado loco o tomado por uno de haberlo hecho así. Que ahora se daba cuenta de que tenía que habérselo dicho y quizá haber tomado este café con ella hace unas semanas. Le agradeció que hubiera hecho el esfuerzo por quedar con él y contarle esto y también le dijo que ahora se daba cuenta de que a él le había pasado lo mismo con Irma y que aun no se había atrevido a intervenir. Le dijo que hablara con su novio, que le expusiera todo lo que le pasa y que si eso desembocaba en ruptura, pues que sería lo mejor para los dos. Pero que no cerrara esa relación en falso, sin haber agotado hasta la última gota de saliva preguntando las dudas que tuvieran por parte de ambos. Y que igual sucedía que haciendo eso volvían a una senda de ilusión. Le dijo que el amor es cíclico, como lo es la naturaleza y que hay momentos valle, pero que luego vuelve a florecer, siempre que por el camino se haya cuidado el jardín.

Y el Contrafantasma seguía sin tener el teléfono de Irma.

Sólo, ni al baño

“¿Qué es el miedo?”, “¿es legítimo vivir la vida sin aparente esfuerzo?”, “¿nos han enseñado a ser felices?”. El Contrafantasma estaba sentado en el wáter de un restaurante mientras leía esas frases escritas en la puerta y paredes del habitáculo. Desde los años de facultad no había estado en un cuarto de baño con tanta literatura, y es que el móvil ha hecho mucho mal a estos momentos de soledad donde uno declaraba su amor por alguien, dejaba un chiste para la posteridad o reflexionaba sobre la vida con un altamente introspectivo pensamiento escrito. Los baños de las facultades son, o eran, lugares con mucha historia, literatura y sobre todo filosofía.

Salió de allí pensando en dos cosas; la felicidad de la que hablaba una de las frases del baño y la nula capacidad de estar con uno mismo que tenemos en el momento histórico actual, donde ni siquiera nos permitimos desconectar del exterior cuando hacemos de vientre. Siempre hay un tuit que leer, un meme que recibir, o un post que rankear, mientras uno está sentado en el trono. Y por algún motivo sentía que ambas ideas estaban conectadas.

De camino al coche recordó unos textos del matemático y físico Blaise Pascal, que había estado leyendo días atrás. Pascal fue un polímata, un erudito, un hombre del renacimiento, de los que le daban a todo lo que tenía que ver con ciencia, arte y humanidades. Habitó Francia en el SXVII y murió con tan sólo 39 años, pero dejó trabajos en numerosas disciplinas científicas vinculadas a sus áreas de conocimiento. Participó de la creación de objetos tales como las primeras calculadoras mecánicas, avanzó notablemente la ciencia relacionada con los fluidos, definiendo los conceptos de presión y de vacío, aportó a la teoría de la probabilidad y se introdujo también de forma profunda en el arte y  la filosofía. Y dentro de su inacabada obra Pensees, dejó escrito que la mayor incapacidad de los seres humanos es la de estar solos y que esta carencia se debe a que no soportamos el aburrimiento.

Existen estudiosos de la Personalidad que defienden que hay individuos más tendentes que otros a la soledad, debido a un alto nivel de activación de su sistema nervioso central, el cuál solo son capaces de relajar a través de la ausencia de estímulos externos. Es por eso que hay seres que disfrutan mucho de un paseo por el campo, a diferencia de otros que prefieren un paseo por la Gran Vía. Pero más allá del nivel de introversión de cada uno, es un hecho que no hay tradición de estar solo en nuestra cultura occidental. Y sea porque no soportamos el aburrimiento o porque estamos condicionados biológicamente, lo que es seguro es que esa carencia genera una notable falta de autoconocimiento y una excesiva dependencia del exterior. Y la falta de conocimiento de uno mismo está muy vinculada con la felicidad.

Si ubicamos esa realidad en la era del internet móvil, es una tarea heroica y casi revolucionaria ser capaz de estar un ratito solo, sin conectar con nada ni con nadie, salvo cuando dormimos.  Mientras conducía camino de Madrid con la función de velocidad constante en el auto, el Contrafantasma realizó una imaginación activa con Pascal, viajó al 1660 y se imagino sentado con él en el campo, comentando estás inquietudes que habían surgido en su visita al baño filosofal del restaurante. La conversación fue muy agradable y sorprendente, y el alivio muy notable, producto de las respuestas que el erudito francés le proporcionó. Le dio incluso una herramienta que hoy esta muy de tendencia, un ejercicio concreto a realizar en el mundo exterior de cara a mejorar el autoconocimiento y poder hacer tangibles algunos resultados en el corto plazo.

Esto es lo que le dijo Pascal al Contrafantasma. Haz la prueba de ir al baño y sustituye el móvil por un cuaderno y un bolígrafo. Escribe lo que te venga a la cabeza. no lo pienses, no lo cuestiones, solo escribe lo que llegue, lo que sientas. Haz este ejercicio durante una semana primero y trata de hacer conexiones entre lo que has escrito. En un periodo de un mes empezarás a notar que necesitas de ese momento para ti, sin conectar con nada, aunque aún no haya resultados concretos. En tres meses identificarás donde te gustaría ir en las próximas vacaciones y habrás tomado la decisión de no acudir cada fin de semana a casa de los suegros a comer. En un año puede que tengas completo un primer tratamiento de guión para realizar un largo o que hayas decidido cambiar de profesión. Y lo que es seguro es que, por el camino y a través de este ejercicio, vas a ser capaz de reconocer como están tus anhelos vitales, qué le da sentido a tu vida, y cuál es el camino para encontrar tu integridad.

Al llegar a Madrid a la hora de comer compró un cuaderno azul de tapa dura, que ahora descansa en el cuarto de baño de su casa.

Por convicción o desesperación, cambia

Si entiendes el mundo como eso donde todo lo que existe se puede medir o pesar con instrumentos, o experimentar con los sentidos, es probable que una buena porción de tu día estés peleando contigo mismo o con los demás. Si eso es así, es posible que la acumulación de pequeñas peleas, la mayor parte de ellas internas, se vayan conectado unas a otras hasta proveerte una sensación de molestia crónica, como si tuvieras un zumbido interno que no para. Lo juntarás con lo que se conoce como estrés, porque al tener al sistema inmunológico siempre alerta, hay numerosos procesos que no completarán bien sus ciclos  y es muy probable que esto acabe generando dolor en tu cuerpo o en tu organismo. Del dolor vas a ir al analgésico, que aliviara el síntoma pero no el origen. Al aliviar el síntoma de manera repetida cada vez que te duela, dejarás de reconocer lo que te duele y como consecuencia “olvidarás” la causa, la desalojarás sin haberla resuelto. Pero desalojar no significa resolver y sacar de la conciencia no significa eliminar. Además, como la opinión pública tiene mucho empuje, te obligarás a gastar energía haciendo deporte con los del trabajo y yoga con tu pareja. Luego a ratos, de manera muy irregular y sin estar seguro de si sirve para algo, meditarás con esas sesiones que están en Youtube. El ejercicio va a acabar de agotarte y si bien el yoga y la meditación pueden ser momentos socorridos donde encontrarte, la acumulación de mugre es tan grande, que apenas van a tener un efecto positivo en tu salud. Conclusión, es normal que te encuentres cansado, que te duelan cosas, que te frustre tener que tomar medicinas y que además no veas retorno en todo ese esfuerzo físico y cognitivo que desarrollas. En el extremo esto acabará en enfermedad.

El Contrafantasma escuchaba hablar por teléfono a Macario, el que había sido su médico de cabecera de la Seguridad Social desde que con 22 años le diagnosticaron su enfermedad. Macario tiene 64 años, se licenció en medicina mientras estaba en el seminario y después fue cura durante 16. Ha viajado mucho y está muy bien formado por las mejores instituciones, pero como bien dice él, eso son sólo datos biográficos sin importancia. Macario es especial por lo que conoce de las realidades invisibles, esas que no mucha gente sabe captar y que no se pueden medir, ni pesar. Ahora es más filósofo que médico, pero sabe que su título le allana barreras en esta época cultural. El lugar de la reunión era su despacho, en la trastienda de un herbolario de Carabanchel, donde pasa consulta cada tarde.

Mira esto, Macario mostró una caja que podía contener unas 500 fichas de pacientes. La gran mayoría no pasa los 45 años, dijo, y salvo excepciones, son hombres y mujeres cuyas necesidades están razonablemente cubiertas y no tienen enfermedades catalogadas como graves. Tienen formación, trabajo, familia, amigos, se van de vacaciones y poseen vidas normales y satisfactorias. Pero a todos les duele algo. Hay migrañas crónicas, desarreglos hormonales, dolores musculares, articulares, contracturas de espalda, trastornos del sueño, problemas en la piel, alergias, intolerancias, problemas de estómago… Y también hay cuadros que tiene que ver con la ansiedad, la apatía, la depresión y con la culpa que se genera por encontrarse así, con las vidas supuestamente plácidas que manejan.

En todos estos años de tratar con personas, he identificado que sólo hay dos motivos que hagan posible un cambio radical en un individuo, la absoluta convicción de que es necesario, o la desesperación, y el 100% de estos viene por desesperación, porque no pueden más con su dolor o con ellos mismos, porque no aguantan a su pareja, a sus hijos o a sus padres, porque hay un doctor que les quiere operar y ellos no acaban de verlo, porque los medicamentos que toman ya no hacen efecto, porque aunque hacen deporte, comen sin gluten, sin lácteos, beben mucha agua y duermen 8 horas, siguen con su malestar.

Este modelo está por agotarse. La época de la ciencia de los remedios exteriores no tiene mucho más recorrido. Bueno rectifico, si lo tiene porque se va a seguir avanzando en ese camino, y está bien que así sea. Pero no es en la dirección correcta, es un abordaje incompleto, al menos si lo que buscamos es la felicidad. Hemos alcanzado una gran capacidad de generar investigación que produce medicamentos para terapias paliativas de forma muy notable, igual que hemos generado recursos para que subsista una población mucho más grande que la que tenía el planeta hace no muchos años, cuando éramos 2.600 millones en 1950. Pero esto no genera felicidad en hombres y mujeres.

Y esto sucede porque la imagen del mundo que tenemos es incorrecta. La mayor parte de nuestros males no se originan sólo en el mundo exterior. El malestar sucede cuando la realidad no encaja con nuestra imagen del mundo. Si esta imagen del mundo es exclusivamente materialista, hay muchas cosas que no van a encajar. Al no encajar, las desalojamos y olvidamos, como le decía antes a la persona del teléfono, pero esto no significa que no estén, que no vuelvan a aparecer.

¿Y cuál es la imagen del mundo correcta?, preguntó el Contrafantasma. Macario se tomó unos segundos para contestar. Yo siempre les cuento lo mismo a mis pacientes y hace años, casi todos pensaban que este discurso venía de mi época de cura y que me había quedado enganchado en algún mecanismo de pensamiento meapilas, por tantos años de pensar en Dios. Pero lo divertido es que eso ya no sucede, hoy todos se alivian de que les hable de lo invisible, de cosas que ellos experimentan, pero que no se atreven ni a nombrar en sus espacios más íntimos  Les digo que la imagen correcta del mundo y por tanto del hombre, incluye los cuatro mundos; el Exterior, ese que conocemos todos y en el que fundamentamos toda nuestra actividad. Y los otros tres, los de las realidades invisibles, que son la Conciencia, el mundo de las informaciones que percibimos y conectamos. El del Más Allá, que se experimenta cuando nuestra conciencia se relaja, ya sea en el sueño o en la vigilia, y el mundo Interior, ese que tiene que ver con lo esencial en nosotros, con lo divino en nosotros, con lo que somos y con  nuestra misión en la vida. Es asombroso ver como todos conocemos y experimentamos estos mundos, pero al no ser mundos materiales, la mayoría decidimos tratarlos con condescendencia y en ocasiones, hasta obviándolos.

¿Y funciona?, preguntó el Contrafantasma. Vaya que si funciona, contestó Macario. Funciona porque igual que la población humana se ha multiplicado por tres en setenta años, la población de mi consulta se ha multiplicado por treinta en los últimos siete.

 

Martín está en crisis

Eran las 9,30am cuando se desplegó en la pantalla un aviso de mensaje. No se cómo unir los puntos de mi currículum para que tengan sentido, decía el texto que descansaba en el teléfono del Contrafantasma. El remitente era Martín, un buen amigo sumido en una notable crisis profesional. No respondió de manera inmediata, notaba el desasosiego en las palabras de su amigo y se tomó la mañana para poder volver al mensaje más tarde y verlo de otra manera. Antes de salir a comer lo leyó de nuevo, pensó para si que los puntos que tenía que unir son los que salen de dentro, no los de su CV. Cuando éstos se conecten, a los de fuera no habrá que darles sentido, se lo darán ellos solos. Pero claro, es difícil decir esto a alguien que está pasándolo mal, que lo que necesita es luz para iluminar su momento y recetas para aplicar de inmediato. Porque hasta pedir ayuda, él ya ha dado numerosas vueltas al tema sin haber llegado a ningún destino liberador. Al no encontrar las palabras precisas, le propuso tomar una cerveza esa misma noche. De primeras dijo que no, que tenia difícil salir a última hora porque había tareas que hacer en casa. Después accedió y quedaron a eso de las 9 en el bar de debajo de su casa.

El bar en cuestión está en la calle Argumosa y la camarera que atiende te abraza con su maravillosa sonrisa según te ve. El Contrafantasma llegó allí media hora antes de lo previsto y mientras esperaba leía acerca de los cuatro temperamentos del ser humano, esos que tienen que ver con los cuatro elementos y que nos dividen entre personas flemáticas (vinculadas con el elemento tierra), melancólicas (agua), coléricas (fuego) y sanguíneas (aire). Si bien todos poseemos las cualidades de los cuatro, tendemos a que uno domine nuestra personalidad. Martín es un tipo colérico y como tal posee las cualidades del fuego. La unión de moléculas de fuego es una unión dinámica y posee dos características fundamentales, hay que darle energía para encenderlo y cuando lo hace tiende a ir hacia arriba. Cuando el fuego arde puede arrasar allí por donde pasa, pero también tiene un poder transformador, purificador. Martín es un colérico de libro, siempre vinculado a la actividad comercial, cuando lo enciendes tiene una capacidad de trabajar asombrosa. Es muy dinámico, desprende una energía que contagia al resto y si le das gasolina, su actividad no tiene fin. Como buen colérico, tiene un pronto de genio que es fácil que aparezca, así que es mejor no provocarle, o no estar cerca cuando estalle.

Cuando apareció Martín, con cara de agotado y un color de piel tirando a gris -muy parecido al aspecto de Messi en los dos primeros partidos del mundial-, el Contrafantasma ya apuraba el segundo tinto de verano con Casera. A Martín le gustó la camisa de palmeras del Contrafantasma y se la jaleó con moderado entusiasmo, pero marcada honestidad. Cuando uno no está en su mejor momento, halagar al prójimo es un ejercicio de extrema y compleja generosidad. En el bar sonaba la canción “Te quiero” en una versión de Los Elefantes, Sidonie y Love of Lesbian, lo que hizo de ese instante algo magnifico. Saboreen esta imagen, un bar de Lavapies, un jueves de junio de esos en los que parece que no anochece nunca, dos amigos de más de cuarenta que se encuentran, se abrazan, se reconocen y se jalean camisas sospechosas. ¿No es eso Amor?

Martín tiene 45 años, está casado con Blanca, tienen tres hijos y una vida que para la opinión pública es un moderado éxito. Ambos son buenos profesionales y han montado una familia sana. Tienen una relación de pareja cómplice y verdadera, se entienden y se quieren. Martín es de esas personas que siempre está pensando en lo siguiente en su vida, como si lo que está sucediendo en el presente no fuera suficiente, o fuera sólo la transición a algo mejor por venir. Durante más de dos décadas, esa forma de actuar le ha servido para sobrevivir y no preocuparse por el error, ya que siempre ha sentido que había tiempo para rectificar y enderezar el rumbo en caso de que este se torciera del todo. Pero desde hace dos o tres años Martín está en crisis. Estoy en una gran crisis, le confirmó según se sentó. Y por favor, no me digas la frase esa de que la crisis es una oportunidad y toda esa mierda de los dealers de la autoayuda, porque no puedo más.. Le contó que el conflicto había llegado también a su cuerpo, que ya no era solamente algo psicológico y que tenia un hombro congelado, que no podía ponerse la camisa sin ayuda de alguien. No se encuentra cómodo con su profesión, le parece que está incumpliendo el mandato para el que estaba destinado y siente frustración, mucha frustración. Ha ido a terapia de distintos tipos y se ha hecho numerosas pruebas tratando de poner nombre a su diagnóstico. Y volviendo al mensaje de esa mañana, su mayor preocupación era que su estado estaba afectando a su profesión. Hacía seis años había montado su propia empresa y ahora estaba teniendo problemas para sacarla adelante, lo que añadía presión de la opinión pública y de las facturas y nóminas por pagar, producto estas de las épocas de las vacas gordas.

El Contrafantasma escuchó durante una hora y media a su amigo. Esta mañana no sabia que contestar a tu mensaje, dijo, pero lo que capté fue que los puntos que tienes que conectar no son los de tus hitos profesionales, sino los de tu vida. Debes reconocer e integrar los hitos que han salido de dentro en tu biografía y reconocer cuáles han sido “impuestos” desde el exterior. Los impuestos son tal cosa producto de la presión de la tradición o de la opinión pública, que son dos fieras muy presentes en nuestra época. No va a ser sencillo hacerlo, tenemos muchas resistencias y facilidad para huir. Tendemos a disolver en lugar de resolver y cuando hacemos esto, los conflictos vuelven a aparecer en formas diferentes, incluida la del hombro congelado. El hombro congelado no se sabe porqué surge, pero si se sabe que es producto de la inflamación de la cápsula donde se inserta el húmero, parte del cuerpo dónde se cruzan muchas terminaciones nerviosas que cortocircuitan progresivamente hasta inmovilizar el hombro. Yo lo tuve en los dos hombros y te garantizo que tarda un poco, pero se acaba marchando la inflamación. Tómate el tiempo de mejora de tu hombro para trabajar en lo que nos hace falta de verdad, un cambio radical en la forma de pensar. Lo que los alemanes llaman Umdenken.

A Martín le calmó escuchar que no es el único al que le duele un hombro, sin que nadie le haya explicado porqué, le gustó saber que su temperamento es colérico y sobre todo, apreció la camisa de su amigo. Al día siguiente le llegó a casa un envío con una camisa igual y un cuaderno por estrenar. En la primera página había una dedicatoria que decía; “Estás aún en mitad del partido, tienes toda la segunda parte para remontar”.

Desde dentro, femenino, humano y radical

El Contrafantasma recibió una carta de Ava, a quien había conocido dos semanas antes en una conferencia titulada “La persona en el centro”, donde habían participado mujeres y hombres en diferentes fases de la vida y donde se habían compartido reflexiones sobre el desarrollo de lo femenino en nuestras sociedades. Ava es mujer menuda con el pelo largo y gris, anudado con una gruesa trenza y de piel morena bien surcada por el paso del tiempo. Tiene 67 años, está casada desde hace 38, es madre y abuela, norteamericana de nacimiento y una “trayectoria vital guiada por el amor”, o al menos así lo decía el programa de las charlas, donde no daba ningún dato más sobre su currículum profesional. Ava eligió hablar fuera del escenario preparado para ello, pidió a todos los asistentes que salieran al jardín del palacete, apagaran los teléfonos, se descalzaran y se pusieran cómodos sobre el césped. Sugirió que cerraran los ojos, relajaran el cuerpo y lo recorrieran de la cabeza a los pies tratando de identificar partes del mismo que aún estuvieran en tensión. Luego pidió al colectivo que se permitieran estar así durante 10 minutos y trataran de relajar también la conciencia, Eran las 15,30 y acababan de comer, así que el ejercicio no fue difícil de aplicar. El Contrafantasma se quedó dormido tres o cuatro minutos, justo lo necesario para desconectar del mundo exterior y entrar, con todos los sentidos activados, en la conversación con la vieja sabia que guiaba el proceso.

Los siguientes 40 minutos fueron una experiencia y por definición una experiencia es algo sobre lo que no se había pensado antes, que no se prevé, que no se puede percibir en la vida cotidiana. Una experiencia cambia nuestras vivencias y nuestros pensamientos. El contenido de la experiencia es un misterio y experimentar misterios es la esencia de la experiencia. Esto separa a la experiencia del conocimiento, que es lo que normalmente valoramos en nosotros y en el prójimo. Ava propuso una conversación sobre la experiencia del amor y consiguió que más de 50 hombres y mujeres brillaran durante casi una hora. No usó tecnología, no citó a ningún gurú conocido, no se apoyó en imágenes, no mostró estadísticas. Posibilitó que los presentes se recogieran y encontraran allí la experiencia del amor. Consiguió que esa experiencia calara hasta dentro y que al terminar se miraran todos con sorpresa, como si acabaran de compartir un secreto íntimo con un grupo de desconocidos, que por ese mismo motivo ya no lo eran.

El Contrafantasma leía la carta de Ava en su casa, era de noche y ya por fin verano. En ella Ava se expresaba con diferente tono y energía de lo que lo había hecho en la sesión. Urgía a moverse, a no perder un día más, decía que hay multitud de señales de que lo anterior ya no sirve, que el modelo materialista está acabando y que el cambio va a suceder mucho más rápido de lo que pensamos. Insistía en que el movimiento para ese cambio viene de dentro y que es necesario parar cada día para identificarlo. Que hay tres ámbitos sobre los que actuar, la política, la economía y la ciencia, y que los tres están demasiado contaminados por esta era del rendimiento, en la que eres lo que tienes o lo que vales. Defendía a los que están en su misma fase de la vida, más allá de los sesenta, a los que se arrincona por no ser productivos y no generar rendimientos materiales, cuando es el momento de la vida en el que más pueden aportar a la sociedad. Defendía el resurgir de lo femenino en mujeres y en hombres, y la compenetración entre ambos en cada uno de nosotros. Y que ese alzamiento de lo femenino nos va a hacer más humanos, más pegados a la vida, más íntegros como sociedad. Y que sólo desde la humanización radical lo vamos a lograr.

Terminó de leer y anotó una frase en su cuaderno nuevo. Desde dentro, femenino, humano y radical.