Hold on

Entramos en aquel Tower Records de Boston con pocas esperanzas de tener éxito. La tienda de discos era impresionante, ubicada en el 360 de Newbury Street, en la esquina con Massachussets Av., ocupaba las cinco primeras plantas de un edificio de ocho, recientemente renovado por Frank Gehry. Era el verano de 1989, la firma Bose había patrocinado al Estudiantes y un tal Winslow había sustituido con bastante éxito al mítico David Russell entrada la temporada. Nosotros habíamos llegado a la cúspide de nuestra carrera deportiva, ganando al Madrid la final del campeonato de España cadete. Desde entonces todo ha ido hacia abajo en ese aspecto, pero en aquel momento nos sentíamos muy arriba, quizá demasiado.

El baloncesto me ayudó a transitar por esa fase de la vida, porque tener quince años puede ser muy jodido. Es no pertenecer a los pequeños ni tampoco a los mayores, es querer pero irremediablemente no saber, es aguantar a tu arquetipo empujando hacia delante y tú sin herramientas aún para conducirlo, es reconocer que ya no te sirven las opiniones de los adultos que te rodean, pero no haber acabado de construir las tuyas. En definitiva es ser un equilibrista y si consigues caerte poco, o no dañarte mucho en las caídas, llegas a la siguiente fase mucho mejor preparado. Y el baloncesto, como lo son el teatro, la danza, el hockey o el clarinete en una orquesta, es una actividad donde puedes entrenar quién eres en un grupo de amigos, en un entorno acotado, con reglas iguales para todos, con necesidad de cooperar para conseguir los objetivos y con espacio suficiente para desarrollar tu propia individualidad. Un equipo, de lo que sea, es el mejor lugar posible para un adolescente en proceso de crecer.

Y allí estábamos nosotros, adolescentes en ebullición y con un nivel de inglés coincidente con la capacidad de enseñar del Pocasprisas, nuestro profesor del Ramiro. Él no nos enseñó mucho el idioma, pero sí lo relativo del tiempo, que también es importante en la vida. Según entramos a la tienda y ya con cierta soltura producto de la repetición, abordamos a uno de los dependientes y le preguntamos a quién pertenecía “esta” canción. Lo único que podíamos hacer era tararear la melodía, a ver si le resultaba familiar. Antes que él, todos los tenderos nos habían mirado entre condescendientes e irritados, como si dos adolescentes extranjeros les quisieran tomar el pelo y en el mejor de los casos nos habían sonreído y despachado amablemente con un “no, no me suena”. Pero de pronto, aquel tipo dijo “hold on” y se marchó escaleras arriba. Al volver traía en la mano el album “1985” de Katrina & The Waves y aseguraba que la canción que buscábamos era Walking on Sunshine. Al salir metimos la cinta en el Walkman y la escuchamos compartiendo un auricular cada uno. No era la que queríamos, si bien es cierto que el inicio se parecía algo a nuestro tarareo. Pero aquella decepción me sirvió para aprender dos cosas, la primera lo que significa el verbo “to hold on“, y la segunda que la vida te trae lo que necesitas, aunque en ese momento no te encaje, o no sea lo que esperas. Sé que suena mucho a frase de Forrest Gump o de Mr Wonderful, pero me explico.

Hold on significa contenlo, contente, espera, aguanta, no te vayas, no te rindas que lo que buscas está por llegar, no lo dejes. Es la redicha resiliencia de los cursis de recursos humanos, el maravilloso bancar de los argentinos, el mantente de una pieza, el “Luis, sé fuerte” de Rajoy a Bárcenas. Es la canción de Lou Reed si eres poeta y rockero, o la de Wilson Phillips si eres popero, que también vale. Y bueno, es también mi verbo favorito en inglés.

Hoy como sociedad estamos como si tuviéramos quince años, ante algo nuevo para lo que no nos vale la experiencia anterior, donde las opiniones y acciones de los de arriba (los que mandan) son ciertamente mejorables, cuando no despreciables, donde el futuro está aparentemente comprometido y los ciudadanos nos movemos entre la rebeldía de mandar a todos a la mierda y el miedo a que empeore la cosa tanto, que acabemos dañados de forma irremediable, incluso muertos.

Walking on Sunshine no era la canción que buscábamos aquella mañana, Tower Records dejó de existir en 1996, su negocio dejó de ser tal cosa, el Walkman es un objeto de museo, como lo son las cintas de audio, el edificio pasó a ser un Best Buy y hoy es un lujoso condominio de apartamentos, Lou Reed murió y de Wilson Phillips la verdad es que no se nada. Quiero decir con esto que las cosas cambian mucho y en muy poco tiempo, pero con todo, la esencia permanece intacta. Treinta años después la música es parte fundamental de nuestras vidas y esa canción me sigue recordando a mi amigo y a aquel maravilloso verano. Y aún reconociendo que el tema es ochentero y horterilla, cada vez que lo escucho me arranca una sonrisa y las ganas de bailar. Y me recuerda como se la clavamos al Madrid en una temporada en la que sólo perdieron ese partido. Una lástima para ellos.

Y si estar en un equipo a los quince años me ayudó, por qué no hacer equipo ahora y juntos aguantar lo que está pasando, con integridad, con respeto por las reglas del juego y por todos los supuestos rivales, ya sea en la política, en Twitter o en el patio de vecinos de la comunidad. Porque esto que está pasando, aunque no sea lo que esperábamos del 2020, es parte de la vida, esa que no hace más que subir y bajar, esa donde todo es cambio, esa donde existe lo malo y lo bueno en partes iguales. Esa que, si conseguimos bancarnos los unos a los otros, dentro de treinta años nos seguirá levantando la sonrisa, nos empujará a echar de nuevo un baile y nos permitirá responder (y no reaccionar) de manera sabia, a los envites que seguirán presentándose de forma inesperada.

Mientras reflexionamos, os deseo un feliz domingo, and keep walking on sunshine aunque esté nublado, que así podremos aguantar mejor a Isabel Díaz Ayuso y a Pedro Sánchez.

P.S. Y hablando de eventos inesperados y no deseados, la semana próxima prometo hablar de la perra, que ya dije que no se encontraba bien y se hacía pis por las esquinas (de casa). Según unos primeros análisis ha desarrollado diabetes. Si esto es así, es una confirmación extrema y dramática de que los perros acaban siendo iguales que sus dueños. En fin, resiliencia.

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