Empezar de cero (coma cinco)

Tercera noche que me despierto con hipoglucemia severa. Parece obvio que o bien tengo que cenar más. o bien tengo inyectarme menos insulina. Abro los ojos en mitad de la noche con una extraña sensación de descanso, como si fueran las 8. Miro el reloj y sólo pasan unos minutos de las 4. Estoy confundido, pienso en qué tengo que hacer cuando me levante. Pero es sábado, no tengo nada qué hacer. Además Madrid está aún en la fase 0,5 del mundo después del confinamiento, y salvo que vivas en Nuñez de Balboa como mi padre, lo correcto es seguir haciendo caso a las autoridades, aunque las autoridades no hayan sido nunca autores de la gestión de una pandemia de este pelo.

En seguida noto el sudor en mi camiseta, una sudoración intensa que se vuelve fría, muy fría (y mucho fría, que diría Mariano). Me levanto y me mido la glucosa, 42. Mal, lo saludable sería tener por encima de 80. Mi organismo hace esto para llamar mi atención, porque si siguiera durmiendo con la glucosa en esos niveles, habría peligro de que no me volviera a levantar, o de que el daño fuera grande. Ya en la cocina abro una lata de Coca-Cola de 200ml y me la bebo. Mientras, me siento y aguanto la sensación de hambre. Me comería un búfalo, pero después de 24 años he aprendido que hay que beber y esperar a que el azúcar haga efecto en el torrente sanguíneo. Y la Coca-Cola para eso es mano de santo, la mejora es casi instantánea. En cualquier otro contexto no bebo este veneno rojo.

Si has tenido una hipoglucemia (para lo que no es necesario ser diabético), sabes que es un momento perfecto para conectar con lo invisible. La paulatina pérdida de conciencia abre de manera amable la puerta del otro lado y durante un corto espacio de tiempo, la sensación es de ligereza y placer. Si convives con un diabético, sabes que si de pronto está o muy alegre o muy irritable, es síntoma de que los niveles de glucosa están bajando y es momento de chequear y beber algo con azúcar. Si es irritabilidad lo que surje, es que el diabético no quiere sentirse así y se rebela contra su estado, antes de reconocer que está perdiendo la conciencia. Si por el contrario se le ve despreocupado y alegre en exceso, es que está disfrutando de esa sensación, antes de igualmente perder la conciencia. Por tanto en ambos casos hay que darle de beber.

El hambre y el destemple quedan dentro durante un tiempo, pero lo peor ha pasado. Me quedo pensando en el significado de todo esto, si es que lo tiene. El más allá me está despertando las tres últimas noches y tiene que ser por algo. En el mundo exclusivamente materialista, la explicación sería la del principio, he ingerido pocas calorías o me he pinchado demasiada insulina. Pero ese análisis es estrecho, sólo contempla lo que se puede medir.

Lo que me viene, y por eso me he sentado en el ordenador en lugar de volver a la cama, es el impulso de escribir, de seguir escribiendo sobre lo invisible. Cuando te viene un mandato así es mejor no analizarlo, porque al hacerlo suele perder sentido. Tenemos mucha confianza en el neocórtex, en la parte analítica del cerebro. Y el neocórtex me dice ahora que me vaya a la cama, que mire la hora que es, que veré mañana lo cansado que voy a estar. Pero yo me suelo equivocar màs cuando le hago caso a mi análisis, que cuando hago (just do it) de manera directa. Cuando analizo las cosas, se juntan por un lado la opinión que tengo de mí mismo (qué aunque medito bastante últimamente, sigue siendo demasiado pesada), mi tradición y el efecto de la opinión pública. Y es una mezcla que raramente funciona.

Me vuelvo a medir, la glucosa ha subido a 127. Son las 6,20 y ya se escuchan autobuses de la EMT circular por la desierta calle. Recuerdo entonces mi conversación con Ernesto, buen amigo y directivo de una empresa farmacéutica. Ayer, tras una reunión por Zoom por uno de los proyectos en los que trabajamos juntos, me quedé charlando con él y salió un tema que me había contado en persona hace unos meses. Aquel día me dijo que desde niño escucha una voz que le pregunta qué hace él aquí, por qué está aquí. Dice que de pequeño se asustaba mucho y que sólo su madre sabía cómo calmarle. Y que ya de adulto ha aprendido una técnica que le funciona para que “desaparezca”, que bàsicamente se trata de realizar cualquier otra actividad, al tiempo que habla de manera compulsiva. Si hace esto, la voz acaba. Y él además puede anticipar cuando viene, porque lo primero que nota es como lo material parece diluirse, como si desapareciera del espacio tiempo de ese momento. Estoy aquí, pero sé que no estoy, narra. Y me dijo también que le sigue dando mucho miedo, que no quiere mirar porque piensa que si mira va a ver algo, o a alguien, conocido y que eso le acojona mucho. De hecho dice que lo relaciona con su abuelo, una persona que él siempre admiró enormemente.

Aquel día le dije que probara a mirar y ver qué pasaba, que normalmente cuando algo viene del más allá de una manera tan recurrente. suele ser bueno y necesario, pero que como todo lo desconocido, da miedo. Me dijo que lo haría y me pidió que tuviera el teléfono conectado, por si necesitaba llamarme durante el proceso. En plan Bill Murray en Los Cazafantasmas.

Aún no ha llamado con esa emergencia y ayer me contó que desde que lo hablamos, no le ha vuelto a venir la voz, pero que está preparado para encararla cuando aparezca.

Y es que la pregunta de qué hemos venido a hacer, es una pregunta que asusta, que nos asusta a todos, no vaya a ser que el circo que nos hemos montado, no sea lo que responde de manera correcta y tengamos que empezar de cero.

Bueno, si estás en Madrid sería de cero coma cinco

A ver qué pasa. Feliz sábado.

Un recado para los de Marketing

Esta es una historia de antes de que el COVID-19 (con “d” de diciembre, como dice la genia de Isabel) llegara a nuestras células. Osea, remota.

Venía yo sentado en un avión de regreso a Madrid, tras asistir a unas jornadas de Marketing en Lucerna. Lo sé, suena prescindible ir a Suiza para escuchar a otro humano hablar sobre la última campaña “sostenible” de un fabricante de coches, o sobre la presencia de una empresa de pizzas en el mundo de los deportes electrónicos. Se reconoce al instante que era una actividad perfectamente idiota. Y más hoy, cuando suena a ciencia ficción quedar con tu hermano a tomar una caña en el bar de la esquina.

Pero aún era febrero, pretérita época en la que Fernando Simón tenía el pelo corto y decía que el virus no iba a llegar a nuestro país, al mismo tiempo que comparecía en rueda de prensa diaria. Era raro, ¿no?, pero es que vivíamos (vivimos) muy despistados. Yo creo que el gobierno de Iván Redondo. uy perdón, de Iván Sánchez, joder no, de Pedro Sánchez, qué lío tengo… Que el gobierno pensaba que esta crisis (cualquier crisis), se arreglaría con una buena comunicación. Y en concreto con una buena comunicación política, que se trata de generar confusión, de que miremos a otro lado, de que estemos entretenidos comprando en Amazon, de que cambiemos el foco cada 12 segundos, de que vayamos de una pantalla a la otra, de un tuit al siguiente, de la indignación más profunda a la carcajada sincera y todo a golpe de meme o de 140 (o 280) caracteres. Pero eso era antes, antes de que la realidad cambiara de verdad.

Antes del arresto domiciliario global, antes de que nos ordenaran la manera de salir a la calle, antes de que miráramos al vecino con sospecha por no llevar mascarilla, antes de que el teletrabajo se convirtiera en norma, antes de que Decathlon sustituyera a H&M, antes de que las cañas fueran sólo botellas de cerveza y antes de que la harina fuera producto mainstream.

Antes, en ese mes de febrero, iba ya sentado y con el cinturón de seguridad abrochado en la fila 34, contemplando un avión repleto de gente hasta la bandera. Bueno, salvo las filas 8 y 24 que iban vacías. La aerolínea no vendía esos asientos porque, en otro alarde de un genio del marketing pre pandemia, se habían tematizado con los colores de los Lakers en homenaje a Kobe Bryant, que había sido su imagen en USA y que acababa de fallecer en accidente aéreo. Parece que hace décadas de aquello, me pregunto si la próxima vez que suba a un avión, me obligarán a llevar un chip en la piel con mi pasaporte biológico, que certifique que soy un ciudadano obediente y temeroso del señor… del señor Bill Gates (estoy a full con la conspiración).

Y por si esto de los asientos vacíos no fuera suficiente disparate, a los organizadores se les había ocurrido colocar una última ponencia en el mismo vuelo de regreso, como si fuera peligroso no estar “consumiendo” algo durante el tiempo en el que tu teléfono no está conectado, y lo aprovecharas para dormir, o para la loca actividad de charlar con el que se sienta a tu lado.

El disertante era un creativo publicitario, de la época en que la publicidad era algo casi divino. Así que al poco de despegar, allí había un señor mayor con gafas de pasta, contando su milonga sobre qué es el talento. Y no puedo decir si fue interesante o no, porque no escuché nada. Me lié a hablar con mi compañero de la derecha de algo mucho más molón: la ética y el marketing. Ya, sí, lo sé, parece un oximorón, puro postureo pseudo intelectual. Parece marketing… pero no. Abro hilo, como dicen ahora los filósofos modernos.

Ignacio (nombre en clave para mantener su privacidad, hasta que nos pongan el chip biológico ese) me contó que él antes era ejecutivo de marketing de multinacional y que ahora se dedica a hacer recados para sus clientes.

Hacer recados me sonó como algo maravilloso, como algo esencial, como a ayudar a mi madre cuando era pequeño, me sonó a ocuparme de hacer sin comunicar a nadie que lo había hecho, a no darme importancia y a reconocer la importancia del otro. Un recado además se hace porque sí, porque quieres a tu madre y no porque vayas a recibir nada a cambio, aunque luego lo recibas.

Y los recados de Ignacio tienen que ver con la comunicación y el marketing. lo que nos llevó a la importancia del entendimiento del ser humano, como premisa necesaria para una comunicación correcta. Y fue ahí cuando yo metí mi cuña de la imagen completa del mundo, esa que incluye lo invisible, porque sin ella no hay manera de entender al ser humano. Y acabamos hablando de ética… No de ética, sino de la Ética.

La Ética tiene que ver con Dios, o pon tú el nombre con el que te sientas más cómodo cuando piensas en ese concepto. Pero por simplificar, tiene que ver con la conciencia del bien y del mal. Y todos sabemos cuando algo está bien o mal, lo que pasa es que nos hacemos los locos, o vamos demasiado deprisa para analizarlo, o nos ponen una charla sobre el talento en mitad de un vuelo. Y cuando la Ética está en el fondo, lo exterior podrá resultarnos incómodo e incluso terrible (como terrible es que un león se come a una cebra), pero podemos estar seguros de que es lo correcto.

El marketing y la comunicación post pandemia deberá ser algo parecido a los recados de Ignacio, hechos desde la Ética. Anunciar como lo hace la naturaleza, que no saca las flores las 52 semanas del año, sino por estaciones y poniéndose más bonita en primavera. Una campaña constante es un gasto innecesario, y si bien puede ser beneficioso para una empresa en el corto plazo, a medio nos hace peores y destruye el equilibrio por la necesidad de crecer.

Y lo peor de todo, por el camino se lleva la capacidad de atención de los humanos que crean las campañas, con sus enormes capacidades artísticas, creativas y analíticas, y también de los humanos que las recibimos, porque nos dejan sin tiempo y espacio para escuchar nuestro interior, que al ser invisible, se pierde en el ruido.

Estamos ante la oportunidad de cambiar las reglas y me temo que ante la necesidad de hacerlo. Siento que muchos colegas están experimentando esto mismo, o parecido y sobre todo que muchos humanos estamos agradeciendo la ausencia de velocidad, de prisa, de ruido. Ahora es el momento de ponerse a ello, de aprovechar este impulso que nos ha dado el parón (otro oximorón), para ser más conscientes de cada acción ejercida como emisor de comunicación y de cada estímulo encajado como receptor..

Y de la comunicación política sólo espero que le pase como a la cebra con el león, aunque sea terrible.

Feliz martes.

Fe a los 11 años

El cosmos es inabarcable, mayúsculo, abrumador y misterioso. Y al tiempo es cotidiano, cercano, transitable y experimentable de forma sencilla. Lo ves si miras al sol, lo pisas si vas al campo, lo bebes si abres el grifo, lo hueles si descarga tormenta.

El Contrafantasma hablaba del cosmos con sus hijos y dos amigos de estos, vecinos de del ático, que compartían con ellos la tarde del viernes. Les decía que el cosmos posee cuatro niveles: los minerales, las plantas, los animales y los humanos. Que cada uno de los niveles tiene unas propiedades concretas y que éstas están al alcance de todos por simple observación. Y les decía que conocer cómo funciona el cosmos es muy importante si se quiere conocer bien al ser humano. Y bueno, también les dijo que el origen del cosmos es un misterio, pero que no era necesario saberlo para describir su esencia y su funcionamiento.

Les contó que un profesor de EGB les decía que el cosmos era lo grande, los planetas, los astros, las galaxias, todo eso que ahora vemos en documentales y que desde siempre hemos leído en libros científicos. Y les decía también que la respuesta completa acerca de él no la tendríamos, si no es a través de la fe. Sobre todo si nos acercamos a la explicación de su origen. Decía que el origen del cosmos es cosa de Fe en Dios para unos, de fe en dios para otros y de fe en el Big Bang para los terceros. Y que tras el Bing Bang, parece que también está Dios.

El Contrafantasma no tenía demasiado interés por la Fe cuando era niño. De esa Fe no le hablaban en casa y solo sabía de ella por lo que se decía en las clases de religión, que eran en realidad clases sobre la confesión cristiana, no sobre la religión, que es la experiencia con lo espiritual, con lo invisible.

Uno de los vecinos amigos era Jaime, un muchacho de 11 años habitualmente muy callado, con unos ojos azules muy abiertos y el pelo del color del de la actriz Jessica Chastain. Parecía que el tema del cosmos le entusiasmaba y se arrancó a contarles lo que en el colegio había aprendido sobre él y que junto a sus compañeros, acababa de presentar a los padres el día anterior.  Sin dudar les propuso que si querían les haría la presentaciòn allí mismo, que solo necesitaba una conexiòn a internet y una pantalla para visionar la pieza que habían creado en el grupo y que él mismo había editado.

Porque el cosmos se sigue estudiando en la asignatura de ciencias naturales, las ciencias que dominan en librerías y escuelas. En ellas se describe hasta donde los astrofísicos alcanzan con sus fórmulas y los instrumentos que poseen. Pero al final (o al principio, para ser correcto), éstos siempre se encuentran con cosas que no entran en sus fórmulas y que no se pueden medir ni pesar. Esos aspectos “inexplicados”, dicen que son resultado de la escasez de recursos, que hace que no se tenga aún tecnología para describirlos “científicamente” . Así que se confía en que el progreso, equivalente en nuestra sociedad a tiempo más dinero, traerá como consecuencia esa nueva tecnología para explicar lo inexplicable hasta la fecha. Y todos nos quedamos aparentemente contentos con esa nueva fe en la ciencia y la tecnología, que ha ganado mucho terreno a otras fes en la conciencia colectiva de nuestros días.

Así que Jaime les contó lo que había aprendido en su colegio y que tenía que ver también con los cuatro niveles. Expuso que el primer nivel es el mineral, el mundo de la materia, cuya imagen primordial es el átomo. Que los minerales no poseen vida, que se modifican desde el exterior, que tienen estructura y en función de la unión de sus moléculas conforman los cuatro elementos: la unión estable forma la tierra, la unión débil forma el agua, la unión dinámica forma el fuego y la unión libre forma el aire.

El Contrafantasma, fascinado por la claridad de las explicaciones de Jaime, apuntó en ese instante que cada uno de los cuatro elementos posee también propiedades específicas y que conocerlas, permite conocer también el temperamento de los seres humanos, siendo más flemáticos (esos en quien se puede confiar y que no van a cambiar fácilmente de opinión) si somos de tierra, más melancólicos (esos que se adaptan muy bien, que fluyen), si somos de agua, más coléricos (que se activan con facilidad si les das motivos, si los enciendes), si somos de fuego y más sanguíneos (invisibles, despreocupados, creativos), si somos de aire.

Siguió Jaime con el el nivel vegetal, que se caracteriza por la vida y cuya unidad básica es la célula. Expuso que las plantas crecen sobre el eje vertical y que no se desplazan. Dijo que son capaces de reconocer, porque buscan el sol hacia arriba con las hojas y el agua hacia abajo con las raíces.

– ¡Eso se llama conciencia! -, gritó el Contrafantasma con la consecuente cara de susto de los demás. – Las plantas tienen conciencia, lo que pasa es que el centro de su conciencia es el subconsciente -, apuntilló. Los chicos no parecieron entender demasiado lo que decía, los conceptos abstractos aún se les atragantan.

Seguían escuchando a Jaime con atenciòn, asimilando las palabras certeras y claras que salían de su boca y que caían como piezas que encajan en un puzzle a la primera, sin pensar sobre su posición. Luego están los animales, continuó, que se caracterizan por el movimiento. Tienen materia como los minerales y vida como las plantas, pero además se mueven y a diferencia de las plantas lo hacen sobre el eje horizontal.

El Contrafantasma dudó si parar de nuevo a Jaime, pero no lo hizo. Le dieron ganas de introducir el concepto de alma, que es lo que distingue a los animales de las plantas y los minerales. Los animales tienen alma y actúan con la conciencia del yo, que orienta su movimiento. Y que la depresión es una enfermedad  del alma, que afecta al movimiento porque deja al ser humano sin objetivos hacia los que dirigirse. Y bueno, que tiene cura.

Y justo cuando Jaime iba a hablar del nivel de los humanos, puso el video que habían trabajado en su grupo. Se trataba de una sucesión de imágenes de la película Interstellar de Christopher Nolan, acompañadas por clips que se habían grabado ellos, vestidos de astronautas, durante el desarrollo del proyecto y envuelto todo en una canción llamada Glenfinnan . Todos miraron la pantalla con atención, como si lo que allí aparecía les hubiera agarrado por las solapas. Al acabar había lágrimas por varias de las mejillas de los presentes.

El video relataba que el nivel humano es lo más elevado del cosmos y que es inherente a nosotros la capacidad de mejorar la Naturaleza a través del espíritu (la cabeza) y de la conciencia del bien y del mal, que es lo que los humanos tenemos y el resto de niveles no. Pero el video también hablaba de que no lo estamos haciendo bien, que el planeta está empeorando y la desigualdad creciendo. Y así fue como Jaime acabó su exposición, reclamando más conciencia a los humanos.

– ¿Y Dios, dónde está Dios según vosotros?-, preguntó el Contrafantasma. Los chicos se miraron y sonrieron, Jaime se volvió a arrancar y llevando su mano derecha a la tripa dijo, – yo creo que aquí. Y también allí y allí -, señalando las tripas de sus amigos. – ¿Y cómo lo sabes? -, preguntó el Contrafantasma. – No lo se, pero me suena que anda por ahí porque noto cosas-, contestó.

Han vuelto a invitar a los amigos para este próximo viernes, toca hablar de Dios durante más rato.

 

Sebas de Siberia

Sebas hablaba de que los algoritmos no son malos, ni siquiera los que utilizan los de The Gang of Four (Amazon, Google, Facebook y Netflix), para tratar de mejorar sus cuentas de resultados y las experiencias de sus usuarios. Tampoco le doy demasiada importancia a que diferentes fuerzas, geopolíticas o corporativas, utilicen los nuevos canales para espiarnos y tratar de manipularnos, modificar resultados electorales, hacer pruebas sociológicas o vendernos champús. Al menos no lo siento más peligroso que el uso de los medios de épocas anteriores, cuando solo había un canal de televisión o de radio que escuchaba todo el país, sin posibilidad alguna para la mayoría de individuos de comprobar si los hechos coincidían con la afirmaciones que allí se emitían, ni más fuentes a las que consultar. Yo sigo pensando que el hombre nunca fue a la luna, pero esto es cosa mía, de Stephen Curry y de Iker Casillas, que ambos lo han cuestionado en fechas recientes.

El Contrafantasma escuchaba a su amigo Sebas, sentados ambos en Casa Mingo, un 3 de enero, mientras bebían sidra y comían pollo en una soleada mañana de navidad. Sebas es de Vallecas y nació en Buenos Aires, vive en el ártico siberiano y dedica su tiempo a la excavación del hielo en busca de restos de mamuts. Trabaja para el canal de TV National Geographic y es uno de sus exploradores residentes, un trabajo de esos que todos admiramos por exóticos y divertidos.

Mira, continuó Sebas, ya con un café solo y sin azúcar delante de él, desde que vivo en Siberia, y ya van ocho años, he encontrado el tesoro más valioso que tengo, que es conocerme. Se que puede sonar mentiroso, esotérico, pedante, naive e inútil, dependiendo de quien lo escuche, pero te juro que es lo mejor que me ha pasado en la vida.  Cuando sabes quien eres, solo percibes aquello que tiene que ver con tu función en el mundo. Es como un escudo protector que te libera de lo inservible, de lo innecesario, es un superpoder si me apuras. Y el resto, en ocasiones, lo recibe como antipatía, pasotismo o mala educación. Y no, te prometo que trato de hacer el bien, de ser correcto, de ayudar a los que lo necesitan, de ser humano en definitiva. Pero la realidad es que hay infinidad de cosas que no me interesan nada y de manera no consciente, pasan delante mio sin generar ninguna atracción, sea cual sea el algoritmo que utilicen. Y claro, la gente se mosquea, porque estamos todos muy necesitados de atención. Lo que puntúa en esta sociedad es la capacidad de atraer la atención del resto, por eso todo el coñazo de los followers, los likes, las fake news y su puta madre. No se trata de que todos llamemos la atenciòn todo el tiempo, sino  de que cumplamos con nuestra misión en la vida, con lo que somos. Y en ocasiones, si eso tiene una función para el colectivo, pues será conocida, reconocida, seguida, gustada y generará un beneficio en el tiempo para todos y no solo para unos pocos.

Y esa es la verdadera libertad, elegir de manera íntegra, con lo consciente y con lo que no lo es, pero que vibra de alguna manera en uno, el camino para el que hemos venido a este mundo. Y ese camino no es el gran camino, sino las decisiones de todos los días. Nadie puede escribir los diferentes puntos de su biografía antes de nacer, todo eso se hace después. Y se que me vas a decir que yo estoy haciendo lo que quiero, que mi trabajo me gusta, que es diferente, que tiene repercusión pública, que no hay muchos puestos como este en el mundo, etc..

Si, te iba a decir justo eso, sonrió el Contrafantasma.

Y si, tienes razón, todo eso es cierto y también lo es el hecho de que con todo, hasta hace poco más de dos años nunca te habría hablado de esta manera sobre mi. Y te habría secado la oreja con el último reportaje que vamos a estrenar en primavera, rodado en la Isla de Wrangel y en el que contamos que se puede recuperar el ADN de un mamut enano lanudo de hace 7.000 años y reproducir esa especie a través de células madre, como lo hacen en Jurasic Park.

El Contrafantasma le miraba con los ojos brillantes, mientras Sebas seguía su narraciòn.

Esta capacidad tiene límites, claro, y yo los he aprendido de la naturaleza. En ella está todo, incluídos los algoritmos que ahora están tan de moda. Y si no porqué crees que las raíces de las plantas crecen hacia abajo y sus hojas hacia el sol, o porqué las flores salen en primavera y no en otoño. Todo tiene un orden, detrás de todo hay un cálculo, unas matemáticas, unos algoritmos, si lo quieres llamar así. Hay un escarabajo que vive todo el tiempo debajo de la tierra y que sale a la superficie cada siete años, que casualmente es un número de esos que denominamos primo, primero, esencial. Y como el escarabajo hay cientos o miles de ejemplos, lo que pasa es que identificar eso no mejora de manera directa la cuenta de resultados de ninguna compañía, que es la única motivación de la mayor parte de la cultura occidental. Vivimos en la era del rendimiento y si una actividad, empresa o persona no genera un beneficio, la desechamos. He escuchado en la radio que casi la mitad del presupuesto de España se dedica a pagar las pensiones, lo cual es una locura en términos de sostenibilidad, más cuando el colectivo en cuestión podría ser de gran valía trabajando para que el resto aprendiéramos de su sabiduría y para que ellos no bajaran los brazos por ser considerados chatarra vieja. Cuando uno es mayor, se le jubila y se le da una cantidad de dinero para que no moleste, para que no proteste. Aquí en Siberia, a los mayores se les pregunta cómo funciona la vida. Los que más saben de las excavaciones son lo ancianos, que por otro lado tienen una vitalidad envidiable, y son delgados y sin arrugas.

No se, igual se me está pirando, tu párame cuando quieras, concluyó Sebas. Pero no, el Contrafantasma no tenía gana de parar su narración porque como él mismo decía, vibraba y hacía vibrar. Lo único que le vino fue una pregunta, -¿cuál es esa función exclusivamente tuya para la que has venido al mundo?’, – le preguntó. – ¿le has puesto nombre? -.

Si, respondió Sebas, hoy venir a Casa Mingo contigo, mañana ya veremos.

 

Apenas cuatro letras

El Contrafantasma estuvo el jueves en una conferencia a la que le invitó su amigo Martín. y que se titulaba “Amor”. No había demasiada información en la web de los organizadores, salvo un texto que decía, “Umdenken, es necesario un cambio en la forma de pensar”. Como la tarde en la oficina era espesa y Martín le había insistido un par de veces, le pareció buena idea acudir al centro y de paso ver las luces navideñas. Caminó Conde de Peñalver hasta Goya, y de allí por Alcalá hasta la bifurcación con Gran Vía. Subió por las nuevas aceras de Carmena y entró en Callao para dirigirse a la librería La Central, lugar donde era la charla. Habían habilitado la última planta y colocado unas 40 sillas en forma de circulo, rompiendo el habitual formato magistral donde uno habla y el resto escucha. Echó según entraba un vistazo a la sala para encontrar a Martín. No le vió y se sentó en la silla que tenía más cerca. Aún quedaban 15 minutos para empezar y a su lado estaba la sección de poesía. Delante de él un libro de Karmelo C. Iribarren titulado “Amor, ese viejo neón”, que le pareció muy oportuno y se preguntó si sería parte de la producción del evento. Estuvo entretenido leyendo hasta que se apagaron las luces y comenzó a sonar una música conocida y una luz enfocó a una mujer vestida de negro tocando el chelo. En una de las paredes se proyectó un texto que decía que la pieza era el preludio de la Suite nº1 para chelo, de Bach. Fueron poco más de dos minutos, suficientes para hacer olvidar a la audiencia lo que tuvieran en la mente hasta ese momento.

La sesión se dividió en cuatro actos, cada uno con un interlocutor diferente y con la proyección de la pared haciendo de narradora. Los ponentes eran personas anónimas: una periodista, un carpintero, un profesor y una filósofa. Cada una habló de uno de los cuatro niveles de desarrollo del amor; la atracción, el enamoramiento, la erótica y la amistad. Los 90 minutos que duró pasaron volando y al terminar hubo en la sala una sensación agridulce, que iba desde el alivio por entender algo tan intangible y tan real al mismo tiempo, hasta el asombro porque nadie se lo hubiera contado antes así. Ni padres, ni profesores, ni hermanos mayores, ni jefes, ni parejas, ni terapeutas explican qué es el amor, ni mucho menos cómo funciona. Especialmente emocionante fue la exposición de la filósofa que habló del cuarto nivel de desarrollo, el de la amistad.

El chelo, que seguía sonando de fondo una vez acabado el evento, atrapaba aún a algunos asistentes cuando una mano tocó el hombro del Contrafantasma. Este se dió la vuelta y vio la cara de Martín, risueño y vestido de riguroso azul marino, como siempre y a su lado a una mujer, a la que sin tiempo de reacción introdujo como Irma, – la acabo de conocer en la charla y nos hemos llevado genial. Es amiga de la filósofa que ha hablado la última -, concluyó Martín. Irma y el Contrafantasma se miraban desde que éste se había vuelto y no eran capaces de articular palabra. Al fin él masculló algo acerca de Nueva York y ella contestó que sí, pero que había vuelto hacía dos días para pasar las navidades con su madre. Martín observaba con sorpresa la escena, instante en el que llegó Ana, la filósofa, que captó la situación y directamente preguntó si eran viejos amigos. Ambos asintieron con la cabeza.

Antes de salir, el Contrafantasma compró el libro que tenía en su mano desde el principio y luego los cuatro abandonaron la librería,  bajando por Postigo de San Martín hacia la Plaza de las Descalzas. Se sentaron en “Doña Juana”, una cervecería típica que aún conserva cierta esencia del Madrid de siempre y conversaron sobre lugares comunes durante más de media hora. El Contrafantasma estaba ausente, como si la presencia de Irma le hubiera incomodado. Ella estaba ojeando el libro de poemas que había comprado él, tratando de que el momento se disolviera. Cogió una servilleta de papel y la puso como señal en una de las páginas, dejando el libro de vuelta encima de la mesa. El Contrafantasma entendió el gesto y agarró el librito abriéndolo por donde estaba la marca. El poema se titulaba “Amor” y decía así: “Apenas cuatro letras. Y cabe tanto dentro. Y duele tanto cuando te dejan fuera“.

El Contrafantasma miró a Irma y escribió en la servilleta que a qué nivel del desarrollo del amor pensaba que se referían esos versos. También por escrito y en el mismo trozo de papel, ella contestó, “creo que se refiere al mio por ti”.

Martín y Ana siguieron hablando un rato, hasta que se dieron cuenta de que sus amigos ya no estaban.

 

Uy qué cagada

EL Contrafantasma volvía a casa con la cabeza pegada al cristal de la ventanilla del coche, mirando las luces de las farolas. El conductor le había ofrecido agua, le había preguntado si la temperatura era la correcta, si la música estaba bien de volumen, si quería escuchar algo diferente, o si no quería escuchar nada. El conductor se llamaba Nestor y tras esas preguntas iniciales se calló y mostró respeto por el momento que parecía disfrutar el pasajero.

Irma se quedó sentada en la silla de su cocina, con la puerta del patio abierta de par en par y la copa de vino medio llena. Parte de su conciencia se había ido hacia el viaje del día siguiente, a pensar en aquello que se tenia que llevar, a concretar la hora de salida de la oficina y a anticipar como sería el encuentro con Fran y su familia. Otra parte de esa conciencia pensaba en lo que acababa de pasar. La dificultad para equilibrar ambos pensamientos la levantó de la silla y comenzó a recoger, tratando de que la actividad disolviera ese conflicto en su interior.

El Contrafantasma miraba su teléfono mientras Nestor y él recorrían Principe de Vergara hacia el norte. Nestor era muy educado, pero aún no conocía Madrid. En quince minutos se habían alejado apenas  cuatrocientos metros lineales del punto de partida y sin embargo, habían recorrido ya tres kilómetros y medio. No pasa nada, pensó el Contrafantasma, no hay prisa por llegar.

Al recoger la casa Irma encontró también su móvil, que lo había dejado en la encimera cuatro horas antes. Estaba sin batería y, al conectarlo, comenzaron a saltar los avisos que le recordaban lo que se había perdido del mundo exterior. Tres llamadas de Fran y cincuenta y siete mensajes cortos de nueve chats diferentes. Tampoco me he perdido tanto, pensó. Y pensó también en qué hacer con las llamadas de Fran, ya que era tarde y estaba segura de que él se habría acostado hacía un rato.

Nestor ya se había encontrado y conducía pedal firme hacia la plaza del Perú, habiendo dejado atrás la del Ecuador y la de la República Dominicana. A Nestor le resultaba divertido atravesar su continente sin cambiar de calle. Se le había pasado ya el marrón de haberse perdido al salir por la avenida de América y se sentía cómodo con su pasajero, con lo que le preguntó al Contrafantasma si ya se iba a casa, o si era un cambio de escenario en una noche con más recorrido aún. Nestor tenía acento argentino, o uruguayo, que a los españoles nos cuesta distinguir ambos tonos.

Irma envió un mensaje corto a Fran dándole las buenas noches, diciéndole que le llamaría al día siguiente y que había tenido una cena muy agradable con ese amigo que se encontraron hace unos días en casa de Petra. No le mintió, pero tampoco le dijo toda la verdad. La verdad era que a quien tenía ganas de escribir era a su invitado de esa noche, para darle las gracias por el vino y decirle que se le había hecho corto el encuentro.  Y para decirle también, que reconocía que se le hacía muy cuesta arriba ir a Ponferrada al día siguiente.

El Contrafantasma le dijo a Nestor que agarrara Pio XII hasta el final y doblara a la izquierda hacia la plaza del Duque de Pastrana. Allí le dijo que le dejara en El Capitán, donde siempre solía encontrar una cara conocida para tomar una copa. Mientras salía del coche le llegó un mensaje de Irma agradeciéndole el vino, la charla y diciendo que se le había hecho corta la velada. El había tenido la misma sensación al salir de su casa, pero le había parecido prudente marcharse.

Irma se sentó de nuevo en su cocina a esperar la respuesta y ésta tardó segundos en llegar. -¿Te vas al final a Ponferrada mañana?-, decía el mensaje, seguido de un icono de guiño, – !vente a tomar una copa!-, finalizaba. Ahora el extrovertido era el Contrafantasma, que había decidido no regresar a su casa, que para eso era jueves y hacía una noche fantástica.

Mientras esto sucedía, Nestor aparcaba el coche y entraba en el garito. El Contrafantasma sonrió al verle y le hizo un gesto con su cerveza para que se acercara. Nestor le dijo que había decidido acabar el turno con él y que si no le importaba, le acompañaba.

Un nuevo mensaje llegó al teléfono de Irma, era de Fran, que parece que no estaba aún dormido y que le enviaba un icono de corazón grande, dos de beso y le deseaba dulces sueños. Decía también que tenía muchas ganas de que llegara a Ponferrada y que su familia estaba muy contenta por conocerla al fin.

Irma contestó el mensaje del Contrafantasma diciendo que gracias, pero que tenía que madrugar al día siguiente, y le añadió dos iconos de carita con ojos de corazones, seguido de un – nos veremos pronto -. Luego dejó sin abrir los mensajes de Fran y se metió en la cama con una molesta contradicción interna.

Al Contrafantasma le extrañó no recibir respuesta de Irma, habían pasado dos cervezas desde su mensaje y decidió volver a escribir. Le preguntó si le había molestado la propuesta de tomar una copa y le pedía disculpas por si había sido demasiado directo. No hubo respuesta.

Al despertar Irma a la mañana siguiente tenía ganas de vomitar, algo de dolor de cabeza y una sensación de haber soñado cosas feas. Chequeó su teléfono y se dio cuenta que el último mensaje dirigido al Contrafantasma, en realidad se lo había enviado a Fran.

Que cagada, pensó.

 

Amor de Washington Sq a Guindalera

Estaba sentada en la silla de madera que cogió de casa de su abuela cuando ésta murió hacía 4 años. Solo conservaba ese recuerdo de ella, el resto de sus muebles, ropa y enseres, sobre todo las joyas, habían sido repartidos entre sus tías a las 12 horas horas del fallecimiento, como si fueran perecederos. Y las joyas no caducan, ni pasan de moda, sobre todo si son de oro, brillantes u otras piedras preciosas. Cuando Irma fue a casa de su abuela, a los tres días de morir ésta, con la intención de pedir un colgante de plata y ónix que adoraba desde muy pequeña, solo encontró la silla en la que estaba sentada esta noche. Hay una manía grande de eliminar las cosas personales de los muertos de las casas de los que quedan vivos. En general hay una gestión de la muerte extraña en nuestras sociedades, tan sofisticadas para otras cosas. La muerte pertenece a esa parte del mundo invisible, que no se puede tocar, ni medir, ni pesar y por eso cuando la muerte está rondando, tratamos de que pase en seguida, sobre todo si se trata de la muerte de otros. La muerte de uno mismo es otra historia, la tratamos con mucho más cariño y normalidad, lo que sucede es que no es sencillo comunicarlo luego al mundo exterior, donde sólo unos pocos tienen capacidad de percibir a los invisibles.

El Contrafantasma estaba sentado frente a ella al otro lado de la mesa de la cocina, en una silla de tijera de Ikea, de esas que tienen asiento y respaldo de plástico, y que están en todas las casas de personas nacidas después de 1970. Ella le contaba un sueño que, de manera recurrente, tenía desde hacía unos meses. En él aparecía ella maniatada a su cama, de manera tan fuerte que era imposible soltarse y con la sensación de que algo o alguien estaba de camino a su dormitorio para hacerle daño. Ella luchaba por desatarse sin ningún éxito y esa lucha era además la lucha por despertarse, para poder reconocer que aquello no iba a suceder en el mundo exterior. Decía que siempre conseguía despertarse antes de que lo malo llegara, pero que nunca conseguía desatarse dentro del sueño y que una espesa capa de desasosiego quedaba siempre al despertar.

Tres horas antes de ese momento el Contrafantasma había llegado a casa de Irma, con dos botellas de vino y unas flores. Le había citado en su casa porque si, porque quería. Las cosas que se hacen sin aportar argumento externo alguno, son las que son de verdad. Y cuando el Contrafantasma, por mensaje de texto, le había propuesto quedar en el lugar cool del momento, a ella le había parecido una horterada y le salió citarle en su casa. Su casa era un bajo en el barrio de la Guindalera y tenía entrada directa desde la calle. El barrio es feo en cuanto a la arquitectura, pero está renaciendo a base de gente joven y normal. Normal es el adjetivo más raro que se se puede decir hoy en día al describir a alguien. Nadie es normal, nadie quiere ser normal, normal es extraordinario. Tras pasar la puerta se accedía a un salón que acababa en un patio, que a su vez conectaba con la cocina y el dormitorio. La casa transitaba en círculo y estaba volcada hacia dentro, como Irma. Cuando él llegó, aún estaba recogiendo cosas para el viaje a Ponferrada del día siguiente, e Irma le invitó a sentarse en  la mesa de la cocina. Eligió la silla de Ikea porque él también las tenia en su cocina. Se puso de espaldas al patio para poder disfrutar de las idas y venidas de Irma, mientras se bebía un vino. Visto desde fuera, pensaba el Contrafantasma, la escena la podía haber pintado Edward Hopper en una sus obras sobre cotidianidad y costumbrismo. Le recordaba a “Habitación en Nueva York”, con la salvedad de que la Guindalera no es Washington Square. “Pareja preparando un viaje”, podía haberse llamado. Pero ni era su pareja, ni se iban de viaje, al menos él. Irma vestía una blusa blanca, holgada y bastante transparente, unos vaqueros y unas Converse blancas. Llevaba el pelo recogido en una coleta y la cara sin pintar, olía a recién duchada y a crema. El olor a crema era una de las debilidades del Contrafantasma, así que los primeros minutos sentado en esa cocina, viendo a Irma moverse por la casa, bebiendo vino e imaginando que Hopper les estaba pintando desde el patio, fueron un estallido de felicidad.

Sonó el telefonillo, era un Glovo con la cena. Irma se había adelantado también en eso y había pedido algo que le encantaba, sin pensar mucho en qué le parecería a su invitado. El motero sacó dos recipientes que contenían la mejor ensaladilla rusa de Madrid y unos callos con garbanzos con un pintón impresionante. Se disculpó porque quizá no era una comida muy elegante y seguro que era algo pesada para la noche, pero le aseguró que no se arrepentiría, porque su madre era una cocinera excelente y le había pedido a ella que cocinara sus platos favoritos.

Habían comido, bebido, charlado, reído. Se habían contado aspectos relevantes de sus biografías y habían coincidido, al hilo de un articulo publicado en Medium, que 2004 fue el año bisagra y gatillo para que el mundo se volviera definitivamente idiota. Ese fue el año de la última temporada de la serie Friends, máximo exponente de que la estupidez es lo que mola en las sociedades occidentales. Fue el año en que se eligió a George W. Bush por segunda vez y a Rodriguez Zapatero por primera, fue el año en el que el disco de Green Day, American idiot, fue galardonado con el Grammy a mejor álbum de rock y fue el año en el que Paris Hilton lanzó su autobiografía. En lo particular, fue el año en el que se casó el Contrafantasma, y en el que Irma decidió trabajar en banca en París y enamorarse de un hombre 12 años mayor que ella.

Tres horas y botella y media de vino después, allí estaban el uno frente al otro, con el sueño de Irma atada a su cama sobrevolando y a punto de besarse. Si Hopper volviera a mirar en ese momento, pintaría también el halo que cada vez que se veían les rodeaba, les conectaba y les aislaba del exterior. Y el cuadro se habría llamado “El beso de Irma”, pensó el Contrafantasma. O mejor, “El amor de Irma”, o aún mejor, “La entrega de Irma”. Pero Hopper no estaba allí, y no hubo beso. Eligieron no moverse, a ambos les parecía insuperable el momento. El Contrafantasma se había quedado pensando en qué sería lo que ataba a Irma a su cama, lugar en el que se descansa, se disfruta del amor y sobre todo, se duerme. Y que cuando uno duerme, es cuando más cerca está de la muerte en vida. Dormir es morir por un rato, al menos en cuanto a la desconexión con la conciencia. Y se preguntaba si había algo que tenia que ver con la muerte, con lo invisible, con el más allá, que tenia a Irma maniatada y sin poder soltarse.

No se lo preguntó. Pidió un coche y se despidió de Irma dándole las gracias y deseándole buen viaje. Ella no dijo nada, sonrió y abrazó fuerte al Contrafantasma.

En el coche, de regreso, el Contrafantasma se encontró en otro cuadro de Hopper. “El Cabify del anhelo”, se titulaba. Y suspiró.

La fiesta de la prima Vera

El Contrafantasma se había despertado empapado en sudor, la temperatura nocturna no había bajado de los 26º durante toda la semana y los sueños tampoco habían ayudado en la última noche. En su másallá estaba sentado en un aeropuerto con dos mujeres, una de ellas conocida en el mundo exterior. De pronto la que no era conocida se transformaba en la que si lo era y era como si estuviera sentado con dos gemelas, o con la misma persona por duplicado. Una mujer en el sueño de un hombre representa opiniones de ese hombre. Si la mujer es conocida, uno tiene que pensar en las asociaciones que tiene con ella, para saber sobre qué opiniones le está hablando su sueño. No tenía ganas de analizarlo en profundidad, así que lo escribió en su cuaderno mientras tomaba café y se metió en la ducha. Había vuelto a quedar con Curra, esta vez a desayunar. La conversación con los Bloody Mary´s de la noche del jueves había sido tremendamente reveladora, pero aún había cosas que necesitaba asentar, tanto en los hechos que le contó Curra, como en su repercusión interna.

Curra le contó que desde el día que se cruzaron en el portal de su casa algo pasó, algo que no era capaz de explicar y que a la vez no podía evitar. Así que ese día dio media vuelta al doblar la esquina y le siguió hasta su oficina, sintiendo mucho alivio cuando comprobó que trabajaba muy cerca de su casa. Que al día siguiente se presentó allí preguntando por él y que la persona que estaba en la recepción le entregó una tarjeta de visita suya. Que al llegar a casa googleo su nombre y encontró tres conexiones comunes y que una de ellas era Vera, amiga suya y prima de Petra. Vera y Curra estudiaron juntas en la universidad y muchas veces, durante aquella época de veinteañeras, habían ido a casa de Petra a las fiestas de los primos mayores. A Petra le encantaba presentar a su prima pequeña como la prima Vera y esto les concedía cierto protagonismo en aquella veladas, ya que todos los tíos acababan haciéndole el chistecito a Vera. De hecho, durante años, por hacer la gracia  y añorando aquellas famosas fiestas de la Autónoma de Madrid de fines de los 80, a las fiestas en casa de Petra se las llamó las “Fiestas de la prima Vera”.

Curra siguió con su relato de los hechos. Le dijo que había llamado a Vera y preguntado de qué conocía al Contrafantasma, que lo tenia en su LinkedIn. Vera había dudado, pero en seguida caído en de quien se trataba. Es amigo de mi prima y alguna vez nos hemos visto en su casa. Y también le dijo que creía que ellos se seguían viendo. Además le dio el dato de que Petra iba a celebrar su cumple y que tras años sin ir, se iba a pasar por allí a saludar y tomar un vino. Le dijo a Curra que fuera con ella y llamó a su prima para asegurarse de que ésta invitaba al Contrafantasma. Y todo aquello sucedió según el plan, salvo por el hecho de que Curra dijo en el último momento que no podía ir, pero que por favor le consiguiera el teléfono de ese hombre.

A partir de ahí los datos ya conocidos. La noche de jueves de agosto, la casa de Petra, la presencia de Irma, la conversación con ella, la aparición de Fran el prometido, su pinta de señor mayor aburrido, la decepción del Contrafantasma, la prima Vera consiguiendo introducir la nota en el bolsillo del Contrafantasma, la colada del domingo, la nota, el frutero, la llamada de Curra y la cita en Harvey´s. Y lo más importante, Curra le confesó después del segundo Bloody Mary, que al verle en el portal de su casa había sentido como si inclinaran la acera 45º grados en dirección a él y que aquello era la primera vez que le pasaba en sus 36 años de vida. Que sintió una ganas terribles de que él hubiera contestado que la estaba buscando a ella, porque la había visto desde la calle caminar semidesnuda por el salón y que acto seguido hubieran cogido juntos el primer avión posible a NYC.

Todo eso había sido la noche del jueves, regada por un necesario alcohol para desinhibirse. Ahora ya era domingo, era por la mañana y las cosas se habían reposado un tanto. El desayuno empezó raro porque el Contrafantasma lo primero que hizo fue preguntar por el novio de Curra. -¿qué hay de tu novio, ese que te tiró las llaves cuando nos cruzamos en tu portal?-. Sonó inoportuna y masculino corporativa la pregunta, pero era lo que de verdad le salía. Ella cambió el gesto, se puso pálida y como que de pronto regresó a su realidad. Le contó que fue por eso por lo que no acudió a casa de Petra, que no quería ir con su novio y que tampoco quería verle a él con nadie, que le dio miedo. -¿Miedo de qué?- insistió él. Miedo de comprobar en tiempo real que siente algo de baja intensidad por la persona con la que comparte su vida y de la que una vez estuvo enamorada. Evidenciar que son más compañeros de piso, que de vida. Chequear que ella no es ella cuando están juntos y que eso hace que él tampoco sea él, y viceversa. Que la cosa se va complicando con el tiempo y que cada uno hace la guerra cada vez más por su cuenta y con su smartphone. Que el amor inicial y la asociación fue simpática hace dos años y que ella pensó que la cosa solo mejoraría con la convivencia. Y todo esto a los 36 años, con la tradición y la opinión pública presionando con la maternidad.

El Contrafantasma recogió la declaración, le parecía honesta y sin adornos. Estaba siendo ella en un momento bajito y eso demostraba valentía y capacidad de reconocimiento. Además le contó que a él también le dio miedo decirle que era a ella a quien buscaba en su portal aquel día, que pensó que se le había ido la olla y que le hubiera llamado loco o tomado por uno de haberlo hecho así. Que ahora se daba cuenta de que tenía que habérselo dicho y quizá haber tomado este café con ella hace unas semanas. Le agradeció que hubiera hecho el esfuerzo por quedar con él y contarle esto y también le dijo que ahora se daba cuenta de que a él le había pasado lo mismo con Irma y que aun no se había atrevido a intervenir. Le dijo que hablara con su novio, que le expusiera todo lo que le pasa y que si eso desembocaba en ruptura, pues que sería lo mejor para los dos. Pero que no cerrara esa relación en falso, sin haber agotado hasta la última gota de saliva preguntando las dudas que tuvieran por parte de ambos. Y que igual sucedía que haciendo eso volvían a una senda de ilusión. Le dijo que el amor es cíclico, como lo es la naturaleza y que hay momentos valle, pero que luego vuelve a florecer, siempre que por el camino se haya cuidado el jardín.

Y el Contrafantasma seguía sin tener el teléfono de Irma.

Grandes expectativas

Desde que la semana anterior leyera aquellos afiches -como llaman en Argentina a las pintadas en espacios públicos-, en el baño de un restaurante de Puebla de Sanabria, el Contrafantasma había estado pensando mucho acerca de la felicidad. Pero no de la felicidad en general, sino de la suya propia. Y ese bucle le llevó hasta el jueves cuando de rebote, le invitaron a cenar a casa de unos amigos. Estaba sin plan cuando le llamó su amiga Petra y le dijo que había organizado algo en la terraza de su casa para celebrar su cumpleaños. Las noches en casa de Petra son siempre divertidas, con gente atractiva y al tiempo normal, cosa difícil de encontrar.

El Contrafantasma acudía sin demasiadas expectativas, que es como se debe de asistir a cualquier sitio, ya que las expectativas acotan mucho los momentos de felicidad. No hay que esperar mucho de nada, porque cuando se recibe lo que se espera uno lo asume como normal y cuanto más se normaliza lo recibido, menos capacidad de sorpresa se tiene y a lo que se llega, como máximo, es a estar satisfecho. Y satisfecho no es feliz, creanme, y si no, hagan la prueba. El mundo está lleno de infelices satisfechos de un montón de cosas.

Y esa noche de jueves, en casa de Petra, estaba Irma.

Irma recién comienza la cuarta fase de la vida (que va de los 36 a los 48), tiene la piel muy blanca, dos enormes ojos azules y había conocido al Contrafantasma hace un año y medio en la boda de un amigo común. En aquella boda ella vestía pantalón blanco, blusa verde y llevaba el pelo recogido en un moño. El jardín estaba repleto de mujeres con largos vestidos y peinados forzados, y de hombres embutidos en trajes ridículamente ajustados, incluso entre aquellos con porte de barril bodeguero. Frente a esa escondida incomodidad de la vestimenta, prevalecía una aparente felicidad colectiva y en medio Irma brillaba con una luz muy intensa. Su delgadez potenciaba el movimiento de sus brazos y manos mientras hablaba, sonreía y circulaba de un grupo a otro de invitados. Llegó el momento en el que se encontraron uno frente a la otra y además del saludo, intercambiaron rápidas bromas y desafíos verbales, como para chequear que estaban a la altura de la relación que iba a comenzar. Ella posee un fino sentido del humor y es ágil con la palabra y muy dulce con el gesto.  El adora la ironía que bordea lo incómodo y la charla trascendente vestida de cotidianidad. Al poco la conversación fue pausando, derivando desde lugares comunes hacia espacios menos transitados, dando una oportunidad a que la verdad apareciera. Conversaron durante casi una hora como si no hubiera nadie a su alrededor, mirándose a la cara, acercando las cabezas hasta casi tocarse cuando el volumen de la música no permitía escucharse, bebiendo a pequeños sorbos para no tener que interrumpir el momento con un inoportuno -¿quieres otra copa?-. Permanecieron agarrados sin tocarse hasta el momento en que empezaron a repartir artículos de fiesta de Grand China en forma de coloridas pelucas, sombreros de purpurina y gafas ahumadas de plástico, que rompieron su círculo y se incorporaron a la fiesta.

No se despidieron y no intercambiaron teléfonos. El hizo al día siguiente un intento fallido de conseguir el de ella, pero no fructificó y lo dejó pasar. Ella no registró de forma consciente lo que había pasado esa noche y también lo dejó pasar.

Hacía más de un año desde aquel encuentro y allí estaba ella de nuevo, con un vestido de tirante negro largo y el pelo suelto, mientras fumaba y charlaba animadamente con uno de los invitados. Nada más entrar se cruzaron sus miradas y esa conexión volvió a cerrar aquel círculo que se deshizo al final de primer encuentro. Durante quince minutos estuvieron lejos, mientras él saludaba a los invitados conocidos y visitaba la casa, que había sufrido recientes mejoras, algo a lo que Petra era muy aficionada. Por fin llegó el momento en el que él se acercó a la mesa de las bebidas, donde Irma estaba sirviéndose algo, -hoy si quiero una copa-, le dijo cuando estuvo justo a su lado. Se dieron un solo beso en la mejilla derecha y de pronto el escenario se tornó oscuro, solo iluminado por la blancura de Irma y la fuerte atracción entre ambos. Los invitados desaparecieron de sus mentes y se quedaron solos hablando de lo mucho que se habían echado de menos, de las ganas que habían tenido de encontrarse por la calle de manera fortuita y de lo felices que habían sido aquella noche en la que conectaron. Se cogieron de las manos en repetidas ocasiones, rieron a carcajadas recordando la torpeza de no pedirse el teléfono y se felicitaron por haber coincidido por fin, en casa de Petra, sin ser conscientes de que ambos eran de su círculo de amigos.

-Petra es amiga mía desde los tiempos de la facultad, ¿tu de que la conoces?-, preguntó el Contrafantasma. De pronto la luz volvió a llenar el escenario y el volumen de las conversaciones se elevó hasta parecer un insoportable ruido, volvieron a su entorno los invitados y ambos sintieron que el círculo se rompía de nuevo. -Petra es amiga de Fran- respondió ella, al tiempo que alargaba el brazo hacia un señor con barba que se acercaba sonriendo. El señor era el mismo que hablaba con Irma cuando el Contrafantasma había entrado en la casa. El señor fue presentado como el novio de Irma, -!novio no, prometido!-, dijo él notablemente contento. A duras penas salió de la boca del Contrafantasma una felicitación y una media sonrisa. Ella tampoco parecía cómoda, pero sonreía y agarraba al tal Fran por un hombro, aparentando normalidad.

Mierda de expectativas.