El cuerpo

En el año 2019 Rutger Bregman fue invitado al «Foro Económico Mundial» de Davos para hablar del ingreso mínimo vital, concepto que promueve en su libro «Utopía para realistas«, publicado en 2017 y traducido hoy a treinta y tantos idiomas. Rutger, al que llamo por su nombre de pila porque ya le considero «mi colega», en aquel momento tenía 31 años y era un joven y ya popular historiador holandés. Hoy sigue siendo joven y es mucho más popular, porque aquel día ignoró la primera pregunta que le hizo el moderador de la mesa en la que participaba en Davos. El motivo, estaba caliente. Llevaba un par de días escuchando a gente pudiente hablar «sobre cómo apagar fuegos, sin mencionar el agua». Osea, tía, literalmente, como dicen las de la foto de arriba, que hablaban de pobreza, justicia social, transparencia, cambio climático, etc.. sin mencionar el término impuestos, y más concretamente «exención de impuestos«.

El conductor le preguntó por lo del ingreso mínimo vital y él arremetió directamente contra los ricos y bienintencionados ciudadanos allí sentados, que habían acudido a la monísima localidad suiza en sus jets privados, diciéndoles que el problema que tenemos es que ellos y las corporaciones a las que representan, no pagan suficientes impuestos. Y que no seamos hipócritas, dijo, que la pobreza se erradica con dinero, no sólo con filantropía, responsabilidad social corporativa, o donaciones asociadas a exenciones impositivas, para quedar como condes ante la opinión pública y además ahorrar un pedacito. Dijo que menos planes grandilocuentes, menos agendas 2030, 2050, 2100 y más cash directo en las manos de los que lo necesitan. Y gestionado por los gobiernos, ya sean locales, regionales, nacionales, o por otras entidades que seamos capaces de crear entre todos, que para eso somos tan listos (esto último lo digo yo, no él). Y que ese dinero sólo puede venir de los que amasan fortunas. Y que la manera en la que se tiene que recaudar es a través de los impuestos, de sus impuestos. A los allí sentados, con millones en el banco, no les gusto demasiado que les interpelaran de aquella manera, pero a millones de otros ciudadanos, con poco o nada en sus cuentas, sí. Y Rutger hoy es mainstream, va a los medios y sigue hablando de que otro sistema es posible y escribe más libros con ideas que no se escuchan demasiado en otros lugares, pero que suenan francamente bien y que sobre todo, animan al personal a tener una de las cosas que más nos cuesta tener en la modernidad, esperanza, propósito, un significado para nuestras pequeñitas narrativas vitales, cortadas casi todas por el mismo patrón. Un patrón que, seamos honestos, no nos encanta.

Y en el verano de 2022, la vida te da sorpresas sorpresas te da la vida, Rutger Bregman estaba de cuerpo presente, invitado también en la casa de González en Muxía. Sí, González nuestro vecino de bloque de nuestro barrio sosaina de Madrid, ese que tiene 42 años, barba, la camiseta de Larry Bird y aspira a mucho. Ese que es creativo, inteligente, interesante, que ha tenido una vida muy singular y que nos propuso visitarle en Galicia, porque tiene allí una casa/estudio donde desarrolla lo que de verdad es su pasión, la escultura. Pues resulta que González y Rutger son amigos y allí estaban el holandés y su mujer Maartje, que es fotógrafa, tomando un vino cuando aparecimos nosotros. González y Rutger se conocieron en Utrech en 2012, cuando ambos estudiaban un Master en Historia. González no siguió su vida profesional por la academia, pero su amistad se ha mantenido con el paso de los años y llevaban tiempo sin coincidir. El caso es que a Maartje le apetecía hacer el camino de Santiago y conocer la Costa da Morte, atraída por la historia de Manfred Gnädinger, el conocido como «Man de Camelle», que también dejó interesantes esculturas en la zona. Y se pasaron unos días de agosto alternando con su amigo.

Tengo muchas cosas que contar sobre el día de marras y sobre los otros dos que estuvimos allí con González y los Bregman, pero como esto es un post y no una novela, voy a ser escueto. Una de las tardes visitamos el taller de González con todas sus esculturas. En realidad es un galpón con un jardín enorme que baja hacia el mar entre rocas y las obras son grandes y están colocadas a lo largo de la ladera. Están hechas con materiales reciclados, cosas que va encontrando en la calle, en el puerto, en los polígonos de la zona y el patrón general es el cuerpo humano, aunque también hay figuras animales, e incluso alguna híbrida. González dice que el cuerpo siempre le ha parecido «el tema» y si la miras desde arriba, tienes la sensación de que su finca está llena de gente, algunos solos, otros en grupo y que todos quieren contarte alguna historia. De hecho la escena completa parece una gran historia, a medio camino entre el Belén viviente de El Escorial y aquella exposición «Body Worlds«, que exhibían en NYC la última vez que estuve. Inquietante de verdad la obra de González.

Esa tarde noche hacía buena temperatura y asamos unos pescados en la parrilla. Todo el mundo hablaba en el pueblo del increíble verano que ha hecho en toda Galicia, incluso al norte de Padrón, que es dónde se empieza a nublar en serio. Nos pusimos a preparar el fuego, el pescado, hablar, comer y beber, mientras sucedía la puesta de sol. Sí, en Galicia las puestas de sol son…, todo el mundo lo sabe. Y cuando anocheció, el jardín se encendió y las esculturas tomaron vida. Desde la casa de González se ve el Parador de Muxía, una construcción imponente y moderna que mira también al mar y que parecía entablar conversación con nuestras inertes compañeras de velada. Estuvimos hasta el amanecer, como esta semana con Alcaraz y el US Open y recorrimos muchos temas; el cambio climático, los fichajes del Barça, la variedad en la definición de género de hoy en día, lo confuso que está el mundo de los medios, la infinita variedad de podcasts, la maravillosa tortilla de Betanzos, la escultura de Leiro, el poder de la meditación mientras haces el Camino, el veganismo, la subida al monasterio de Caaveiro en las fragas del Eume, lo insignificantes que somos, Dios, Johan Cruyff, conceptos estos dos últimos que, para un holandés, son bastante cercanos. Como Diego Maradona para los argentinos.

Fuimos abrigándonos a medida que pasaban las horas, encendimos otro fuego, este para calentarnos y acabamos hablando del cuerpo. Sí, porque el cuerpo es, como decía González, el tema. O si no «el tema», seguro que uno de los temas importantes. Ese cuerpo que da la lata cuando no funciona o cuando duele, que queremos que esté en forma y que sea bonito. que nos atrae en otras personas, que se ha representado en todas las formas de arte, desde que existe el arte. Ese concepto que en lo exterior todos coincidimos en lo que es, una estructura material maravillosa que nos sostiene y que contiene nuestro organismo, que está formado por huesos, tendones y músculos y que además representa a eso que acostumbramos a llamar el «yo», nuestra persona. Y que además, y esto es fundamental, nos permite el movimiento.

El cuerpo es lo primero que se desarrolla tras la concepción y lo último que desaparece tras la muerte. El orden del desarrollo es así; primero el cuerpo, luego el organismo, todo eso dentro del útero materno. Y luego, cuando salimos, se desarrollan el alma, que es lo que nos hace movernos hacia el objetivo y lo que le da la fuerza al yo (por eso se dice que los niños tienen que construir un yo fuerte). Y por último el espíritu, que es la conciencia del bien y del mal, que desarrollado correctamente nos permite identificar que no estamos solos en el mundo y que por tanto, no todo se rige por nuestro «yo». Sí, nos pusimos filosóficos, «psicologizamos» la conversación, cosa de la que me acusan siempre las chicas de la capucha de arriba en la foto.

González y yo vimos amanecer, el resto no aguantaron. Hacía mucho que no presenciaba en un mismo día los dos momentos en los que se cruzan la luz y la oscuridad. Después me llevó a desayunar y me contó que se quiere quedar allí y dedicarse a la escultura, que es hacia donde le «tira el cuerpo» y que es muy difícil ir contra eso. Eso son sus inclinaciones naturales, que por mucho que te eduquen o eduques en otra cosa, siempre están ahí, en el inconsciente, empujando hacia su objetivo, objetivo que seguramente coincide con lo que «has venido a hacer al mundo», es decir tu propósito, para aquellos que creemos en ese modelo de pensamiento. Las inclinaciones son los potenciales del cuerpo y reconocer adonde te tira el cuerpo es necesario para desarrollarte de manera satisfactoria, porque definen hacia donde gravitas de forma natural. Como si el plano del suelo estuviera inclinado hacia algo y cayeras en dirección a ello por la fuerza de la gravedad. Si la gravedad hace que los planetas se atraigan y que las mareas sean una locura en Galicia, sobre todo para los PUMAS (putos madrileños) como yo, ¿qué no va a hacer con nosotros?, insignificantes humanos.

Por eso es importante el cuerpo y reconocer de verdad tus inclinaciones. Las mías tienen que ver con ficcionar mis vivencias, porque muchas de las cosas de arriba no han pasado así y yo no he conocido a Rutger Bregman. Pero es hacia ahí donde me tira el cuerpo.

Y aunque no sea mi colega aún, lean su libro «Utopía para realistas», a ver si se les despierta algo. Pasen un gran fin de semana, paren 15 minutos, reconozcan hacia donde les tira el cuerpo y háganle caso, sin pasarlo por la parte frontal del cerebro y sin darle importancia al qué dirán, como hace González con la escultura. Y vean a Alcaraz, que es una maravilla.

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