Cultiva, vota, sueña

La palabra cultura viene del latín, de la unión de cultus, cultivo, con el sufijo -ura, que denota acción. Por tanto cultura es la acción de cultivar, la capacidad exclusivamente humana de ennoblecer la naturaleza. Y el viernes el Contrafantasma pasó el día en una magnífica muestra de esa cultura en la Vera (Cáceres), en casa de una pareja amiga que, tras veinte años trabajando una finca, la han convertido en un paraíso.  Un paraíso que ellos disfrutan siempre que pueden y donde han comenzado a organizar lo que llaman “Cultiver“, jornadas festivas dedicados a cultivar el interior del ser humano, con el ambicioso objetivo de resolver problemas “imposibles”. Se trata de reunir a gente amiga, afín e inquieta, invitar a un experto en el tema propuesto y dejar que fluya la conversaciòn.

El Contrafantasma contempló el fabuloso jardín nada más entrar. allí estaban los anfitriones dando la bienvenida y charlando animadamente con los invitados. Ninguno de ellos le resultó conocido, así que comenzó a presentarse, diciendo simplemente su nombre y repartiendo besos y apretones de manos con ellas y ellos. Inmediatamente se sintió bien en aquel lugar. Además de los invitados y los anfitriones, había una joven con una guitarra, tres o cuatro niños, un par de camareros, dos burros (madre e hija) y tres perros. El tema propuesta era “Votar”, algo muy simple, pero que la calidad de los políticos han convertido en misión casi imposible. Y el invitado, un ex asesor que trabajó para los dos presidentes españoles de los 90, siendo él aún muy joven y que en 2001 se exilió a USA, para trabajar como profesor universitario e investigador, “harto de aguantar gilipolleces”, según decía el flyer de la jornada.

A las 13 horas comenzó a sonar “Hymm to her“, de los Pretenders, interpretada por la joven de la guitarra, y poco a poco los participantes se sentaron. Sólo había cuatro sillas, de estas de director de cine, que habían llegado allí desde Kenia hacía 20 años. La idea era estar lo más en contacto posible con la naturaleza, para lo que se habían dispuesto mantas coloridas y almohadas gigantes sobre el pasto, además de sombreros de paja de todos los tamaños para evitar el sol. El Contrafantasma eligió uno de ala ancha, el único que le servía y en cuya etiqueta se podía leer “Mod – Indiana Jones“. Todo el mundo se descalzó y en el momento en que la música acabó, la dueña de la casa tomó la palabra para dar las gracias a los invitados por asistir y a su marido por continuar su aventura juntos veinticinco años después de haberse encontrado, por haber construido ese lugar y por sentirse tan bien de compartirlo con otros seres humanos. Mientras ella hablaba, otra mujer entornaba la puerta de entrada para cerrarla, tratando de pasar desapercibida. Su andar era delicado, llevaba las sandalias ya en la mano y traía su propia pamela, que ocultaba el rostro casi por completo. El pelo castaño caía por los hombros y en conjunto era una representación muy atractiva de lo femenino, pensó el Contrafantasma.

El invitado ex asesor de presidentes tomó la palabra  y comenzó a disertar sobre lo lejos de la verdad que están los actuales líderes políticos, sobre lo difícil que es gestionar un mundo con tantísimo estímulo exterior, basado exclusivamente en lo material, y sobre la escasa honestidad de los seres humanos a la hora de comunicarse con las nuevas maneras no presenciales. Abogó por hacer una elección de representantes al estilo Tinder, este si, este no, basado solamente en las fotos y la descripción que cada uno quisiera poner en su perfil, – nos ahorraríamos mucho tiempo y dinero -, concluyó.

Mientras, el Contrafantasma seguía de cerca los movimientos de la mujer que había llegado tarde y se había sentado cerca del gurú, dándole la espalda. Había algo en ella que le resultaba muy familiar. La conversación seguía fluyendo, ya con muchos de los invitados participando, pero él no podía desviar su atención de aquella mujer, sentada con las piernas cruzadas y la espalda bien recta. Habría jurado que era Irma… Estaba deseando que acabara la charla para descubrir si estaba en lo cierto, lo que sucedió a las 14,30. Un gran aplauso sonó en el jardín, todo el mundo se levantó y comenzó a tocar de nuevo la mujer con la guitarra, esta vez cantando “Sweet child of mine .

Se organizaron corrillos de invitados hablando animadamente sobre el tema del día. El Contrafantasma se encontró de frente con el ponente invitado y no pudo sino darle la enhorabuena por lo expuesto y disimular que había estado muy atento a sus palabras. En seguida se pudo zafar de él y dirigirse hacia la zona donde estaba la mujer. Le costó llegar, se habían formado cuatro o cinco corrillos y quedaba feo salir disparado sin compartir algún comentario con ellos. A medida que se dirigía hacia allí, hablaba y oteaba, sin resultado. Empezó a sentirse angustiado y ridículo. Lo primero por no verla y lo segundo, por tener tantas ganas de ver a una completa desconocida y no poder controlarlo. Recordó en ese momento la última vez que había estado con Irma, hacía ya más de seis meses. Aquel día caminaron por Madrid hasta la madrugada, durmieron juntos y se despertaron cerca de las tres de la tarde en el apartamento de ella.

Llegó hasta la entrada de la finca y abrió la puerta por si se había marchado y aún la podía encontrar camino del coche, pero tampoco. Regresó hacía el tumulto de invitados sin entender porqué ella no estaba y sobre todo, porqué le importaba tanto. Se preguntó si no sería una aparición, si aquella figura de mujer estaría solo en su mente.

De pronto sonó un fuerte aplauso, – ¿otro fuerte aplauso? -, pensó él, al tiempo que abría  los ojos y veía como señora de unos setenta años le sonreía como diciendo, menuda siestita te has echado. El Contrafantasma se avergonzó y los colores le subieron a las mejillas. Se puso a aplaudir como el resto y miró hacia el lugar donde se había sentado la mujer de pelo castaño. No había nadie.

 

 

 

 

Conectar con las manos, no con el móvil

El presidente de Telefónica hablaba en el “South Summit” de Madrid, inaugurando un side event acerca de innovación en la educación, y decía que hacen falta filósofos digitales para gestionar lo que se nos viene. La filosofía es el estudio de la sabiduría y contiene dentro de si a todas las disciplinas de la realidad. Así que ser filósofo y digital parece muy oportuno, en un mundo donde las cosas que suceden a través de interfaces virtuales, ocupan cada día más en nuestras vidas.

Ser presidente de Telefónica tiene que ser muy difícil, pensaba el Contrafantasma mientras le escuchaba, requiere inteligencia y equilibrismo, porque cada vez que hablas estás defraudando a alguien. Y pensaba que, sobre todo, se debe de defraudar a si mismo y a su conciencia, porque quien ocupa ese puesto debe de parecer muy sanguíneo y creativo, para “vender” su discurso a los de la Generación Z y al tiempo muy flemático y sólido, para que los grandes accionistas no se asusten, sin dejar de ofrecer buenos resultados cada trimestre. Y todo no se puede en la vida. A medio plazo ese funcionamiento acaba en enfermedad, a fuerza de ir en contra de lo que uno es en esencia. Ese “si quieres, puedes” que nos llevan contando toda la vida, está muy bien como actitud, pero es muy falso. Mucho.

Casualmente Irma había acudido a ese mismo evento y compartía la conferencia que escuchaba el Contrafantasma. Además de ellos, había otras 9.000 personas en el recinto, de las que la mitad aún estaban en la cola de la acreditación, que daba la vuelta a la manzana por dos lados diferentes. Se ve que la innovación no ha llegado a la gestión de la entrada a los eventos y las colas solo dependen de que haya mucha o poca gente queriendo hacer una misma cosa al tiempo.

Un poco más tarde en el mismo foro, un tipo que había trabajado en Disney toda su vida, empezando desde muy abajo y llegando muy arriba (el sueño americano se basa en subir, no en profundizar), dijo que para innovar y ser creativo hay que tener tiempo y ser capaz de relajar la conciencia. Lo primero es el bien más escaso en nuestras sociedades y a lo segundo solo llegamos por agotamiento, como consecuencia de lo primero. Este hombre aseguraba que el 13% de nuestra actividad cerebral sucede mientras estamos conscientes, y que el restante 87% es subconsciente o inconsciente. Y que en esos momentos de no pensar es cuando llegan las grandes ideas, la creatividad. Y los grandes malos rollos, pensó el Contrafantasma. El más allá aprovecha esa relajación también para invadirnos, sobre todo cuando actuamos en contra de nuestro arquetipo, de lo que somos. Por eso las noches son tan horribles si uno tiene insomnio. La conciencia relajada y la noche, la mezcla mágica para el éxito del negocio de la química psiquiátrica a lo largo de la historia.

Irma se estaba quedando dormida mientras escuchaba la conferencia. Llevaba diez días con insomnio, Ponferrada había sido el disparador de una situación que le generaba malestar. Fran estuvo muy incómodo debido al mensaje que Irma le había enviado por error y aunque los dos habían tratado de que la situación se disolviera, la tensión había crecido y ninguno se atrevía a iniciar una charla sincera. Había estado trabajando muchas horas la semana posterior al viaje y llegaba a casa agotada, tanto que se dormía en el sofá sin articular muchas palabras. Luego de madrugada se desvelaba y se levantaba para no pensar y para no recurrir al Orfidal, como le recomendaba Fran, hijo y nieto de prestigiosos psiquiatras. En lugar de a las pastillas, se había enganchado a “The Handmaid´s Tail“, la magnifica serie de la HBO y con esa distracción las noches se le hacían menos duras. Suerte que aún le quedaba la segunda temporada entera, y suerte que Fran conservaba su apartamento y estos días había preferido utilizarlo una de cada dos noches.

El aplauso final al ex directivo de Disney sobresaltó a Irma, que había relajado tanto su conciencia que casi roncaba, apoyando la cabeza en la columna de su izquierda. Al despertar se dio cuenta de que estaba soñando, y de que en ese sueño le decía a Fran que no quería casarse con él. Ya con los ojos abiertos, se quedó unos instantes sentada en su silla, rememorando como había sido su charla con Fran en el sueño. Su sensación era de alivio y sobre todo de orgullo, por haber ejecutado una tarea que coincidía con la verdad, con lo que sentía. Lástima que eso haya sucedido en el más allá y que fuera solo un sueño, pensó. Con una reconfortante sensación de calma y sin atreverse a parpadear para que no se le fuera, observaba a la gente salir de la sala por el estrecho pasillo lateral de auditorio. De pronto alguien se paró delante de ella sonriendo y con un brillo muy especial en los ojos. Irma dudó un instante de si era la continuación del sueño, o era ya la realidad exterior. Era verosímil pensar que si en el sueño le acababa de decir a Fran que no le quería, la siguiente escena fuera que apareciera el Contrafantasma para decirle que a él si estaba dispuesta a quererle, se abrazaran y fueran a tomar esa copa que tenían pendiente. Sin tiempo para llegar a una conclusión optima, la figura de hombre parada frente a ella emitió un sonido,  – ¡hola Irma, que alegría encontrarte aquí! -, dijo el Contrafantasma, que había aguardado unos segundos sin hablar delante de ella, al ver a Irma tan ensimismada. Y bueno, porque a él también le parecía un sueño encontrarla allí.

Irma se levantó medio aturdida y abrazó tan fuerte al Contrafantasma, que a este le entró el pudor. – ¡Sácame de aquí! -, dijo ella, – tenemos una copa pendiente -. Enfilaron la puerta agarrados de la cintura, como esos viejos amigos que se encuentran después de años sin verse. Justo al cruzar el umbral del recinto, los brazos de ambos resbalaron para dejar de rodearse y acabar encontrándose al final de los mismos, en las manos, que agarraron ambos con fuerza por primera vez. Agarrar la mano de la persona amada es el contacto más importante que existe. Una mano es una frontera mayúscula entre dos personas. Puedes besar, abrazar, incluso dar la mano como los caballeros, de forma cruzada, y ninguno de esos gestos comprometen. Pero dar la mano y entrelazar los dedos con los del otro, suponen un punto de inflexión a partir del cual el tránsito es mucho más fluido entre dos que se aman. Si ya tienes la mano de tu amor junto a la tuya, el resto llega solo.

Agarrados como estaban de la mano pararon la marcha, se pusieron el uno frente al otro y se miraron. Sentían una mezcla de emoción y frío que se traducía en temblor de piernas y rechinar de dientes. Las cuatro manos comenzaron a hacer un baile amoroso por los antebrazos y ya los cuerpos se dejaban llevar por la fuerza de la atracción, que llevaba meses contenida. El evento había acabado y la gente salía en masa del lugar, aunque como era habitual en ellos, cuando su conexión se activaba, el resto del mundo desaparecía. Pero vivir en un mundo digitallizado e hiperconectado tiene sus consecuencias, el móvil de Irma comenzó a sonar dentro de su bolso, lo que cortó en seco la emoción de ambos que, molestos, esbozaron una falsa sonrisa. Era el jefe de Irma que le preguntaba si aún estaba en el evento, porque quería verla y presentarle al presidente de Telefónica.

Contestó que si, que aún estaba y volvió a entrar. El Contrafantasma le dijo que la esperaba, que no se preocupara. A los cinco minutos recibió un mensaje de ella diciendo que iba a tardar en salir, que lo sentía mucho y que le llamaría más tarde. Añadió un icono emocional de cara de pena.

El Contrafantasma no contestó.

 

Amor de Washington Sq a Guindalera

Estaba sentada en la silla de madera que cogió de casa de su abuela cuando ésta murió hacía 4 años. Solo conservaba ese recuerdo de ella, el resto de sus muebles, ropa y enseres, sobre todo las joyas, habían sido repartidos entre sus tías a las 12 horas horas del fallecimiento, como si fueran perecederos. Y las joyas no caducan, ni pasan de moda, sobre todo si son de oro, brillantes u otras piedras preciosas. Cuando Irma fue a casa de su abuela, a los tres días de morir ésta, con la intención de pedir un colgante de plata y ónix que adoraba desde muy pequeña, solo encontró la silla en la que estaba sentada esta noche. Hay una manía grande de eliminar las cosas personales de los muertos de las casas de los que quedan vivos. En general hay una gestión de la muerte extraña en nuestras sociedades, tan sofisticadas para otras cosas. La muerte pertenece a esa parte del mundo invisible, que no se puede tocar, ni medir, ni pesar y por eso cuando la muerte está rondando, tratamos de que pase en seguida, sobre todo si se trata de la muerte de otros. La muerte de uno mismo es otra historia, la tratamos con mucho más cariño y normalidad, lo que sucede es que no es sencillo comunicarlo luego al mundo exterior, donde sólo unos pocos tienen capacidad de percibir a los invisibles.

El Contrafantasma estaba sentado frente a ella al otro lado de la mesa de la cocina, en una silla de tijera de Ikea, de esas que tienen asiento y respaldo de plástico, y que están en todas las casas de personas nacidas después de 1970. Ella le contaba un sueño que, de manera recurrente, tenía desde hacía unos meses. En él aparecía ella maniatada a su cama, de manera tan fuerte que era imposible soltarse y con la sensación de que algo o alguien estaba de camino a su dormitorio para hacerle daño. Ella luchaba por desatarse sin ningún éxito y esa lucha era además la lucha por despertarse, para poder reconocer que aquello no iba a suceder en el mundo exterior. Decía que siempre conseguía despertarse antes de que lo malo llegara, pero que nunca conseguía desatarse dentro del sueño y que una espesa capa de desasosiego quedaba siempre al despertar.

Tres horas antes de ese momento el Contrafantasma había llegado a casa de Irma, con dos botellas de vino y unas flores. Le había citado en su casa porque si, porque quería. Las cosas que se hacen sin aportar argumento externo alguno, son las que son de verdad. Y cuando el Contrafantasma, por mensaje de texto, le había propuesto quedar en el lugar cool del momento, a ella le había parecido una horterada y le salió citarle en su casa. Su casa era un bajo en el barrio de la Guindalera y tenía entrada directa desde la calle. El barrio es feo en cuanto a la arquitectura, pero está renaciendo a base de gente joven y normal. Normal es el adjetivo más raro que se se puede decir hoy en día al describir a alguien. Nadie es normal, nadie quiere ser normal, normal es extraordinario. Tras pasar la puerta se accedía a un salón que acababa en un patio, que a su vez conectaba con la cocina y el dormitorio. La casa transitaba en círculo y estaba volcada hacia dentro, como Irma. Cuando él llegó, aún estaba recogiendo cosas para el viaje a Ponferrada del día siguiente, e Irma le invitó a sentarse en  la mesa de la cocina. Eligió la silla de Ikea porque él también las tenia en su cocina. Se puso de espaldas al patio para poder disfrutar de las idas y venidas de Irma, mientras se bebía un vino. Visto desde fuera, pensaba el Contrafantasma, la escena la podía haber pintado Edward Hopper en una sus obras sobre cotidianidad y costumbrismo. Le recordaba a “Habitación en Nueva York”, con la salvedad de que la Guindalera no es Washington Square. “Pareja preparando un viaje”, podía haberse llamado. Pero ni era su pareja, ni se iban de viaje, al menos él. Irma vestía una blusa blanca, holgada y bastante transparente, unos vaqueros y unas Converse blancas. Llevaba el pelo recogido en una coleta y la cara sin pintar, olía a recién duchada y a crema. El olor a crema era una de las debilidades del Contrafantasma, así que los primeros minutos sentado en esa cocina, viendo a Irma moverse por la casa, bebiendo vino e imaginando que Hopper les estaba pintando desde el patio, fueron un estallido de felicidad.

Sonó el telefonillo, era un Glovo con la cena. Irma se había adelantado también en eso y había pedido algo que le encantaba, sin pensar mucho en qué le parecería a su invitado. El motero sacó dos recipientes que contenían la mejor ensaladilla rusa de Madrid y unos callos con garbanzos con un pintón impresionante. Se disculpó porque quizá no era una comida muy elegante y seguro que era algo pesada para la noche, pero le aseguró que no se arrepentiría, porque su madre era una cocinera excelente y le había pedido a ella que cocinara sus platos favoritos.

Habían comido, bebido, charlado, reído. Se habían contado aspectos relevantes de sus biografías y habían coincidido, al hilo de un articulo publicado en Medium, que 2004 fue el año bisagra y gatillo para que el mundo se volviera definitivamente idiota. Ese fue el año de la última temporada de la serie Friends, máximo exponente de que la estupidez es lo que mola en las sociedades occidentales. Fue el año en que se eligió a George W. Bush por segunda vez y a Rodriguez Zapatero por primera, fue el año en el que el disco de Green Day, American idiot, fue galardonado con el Grammy a mejor álbum de rock y fue el año en el que Paris Hilton lanzó su autobiografía. En lo particular, fue el año en el que se casó el Contrafantasma, y en el que Irma decidió trabajar en banca en París y enamorarse de un hombre 12 años mayor que ella.

Tres horas y botella y media de vino después, allí estaban el uno frente al otro, con el sueño de Irma atada a su cama sobrevolando y a punto de besarse. Si Hopper volviera a mirar en ese momento, pintaría también el halo que cada vez que se veían les rodeaba, les conectaba y les aislaba del exterior. Y el cuadro se habría llamado “El beso de Irma”, pensó el Contrafantasma. O mejor, “El amor de Irma”, o aún mejor, “La entrega de Irma”. Pero Hopper no estaba allí, y no hubo beso. Eligieron no moverse, a ambos les parecía insuperable el momento. El Contrafantasma se había quedado pensando en qué sería lo que ataba a Irma a su cama, lugar en el que se descansa, se disfruta del amor y sobre todo, se duerme. Y que cuando uno duerme, es cuando más cerca está de la muerte en vida. Dormir es morir por un rato, al menos en cuanto a la desconexión con la conciencia. Y se preguntaba si había algo que tenia que ver con la muerte, con lo invisible, con el más allá, que tenia a Irma maniatada y sin poder soltarse.

No se lo preguntó. Pidió un coche y se despidió de Irma dándole las gracias y deseándole buen viaje. Ella no dijo nada, sonrió y abrazó fuerte al Contrafantasma.

En el coche, de regreso, el Contrafantasma se encontró en otro cuadro de Hopper. “El Cabify del anhelo”, se titulaba. Y suspiró.

La fiesta de la prima Vera

El Contrafantasma se había despertado empapado en sudor, la temperatura nocturna no había bajado de los 26º durante toda la semana y los sueños tampoco habían ayudado en la última noche. En su másallá estaba sentado en un aeropuerto con dos mujeres, una de ellas conocida en el mundo exterior. De pronto la que no era conocida se transformaba en la que si lo era y era como si estuviera sentado con dos gemelas, o con la misma persona por duplicado. Una mujer en el sueño de un hombre representa opiniones de ese hombre. Si la mujer es conocida, uno tiene que pensar en las asociaciones que tiene con ella, para saber sobre qué opiniones le está hablando su sueño. No tenía ganas de analizarlo en profundidad, así que lo escribió en su cuaderno mientras tomaba café y se metió en la ducha. Había vuelto a quedar con Curra, esta vez a desayunar. La conversación con los Bloody Mary´s de la noche del jueves había sido tremendamente reveladora, pero aún había cosas que necesitaba asentar, tanto en los hechos que le contó Curra, como en su repercusión interna.

Curra le contó que desde el día que se cruzaron en el portal de su casa algo pasó, algo que no era capaz de explicar y que a la vez no podía evitar. Así que ese día dio media vuelta al doblar la esquina y le siguió hasta su oficina, sintiendo mucho alivio cuando comprobó que trabajaba muy cerca de su casa. Que al día siguiente se presentó allí preguntando por él y que la persona que estaba en la recepción le entregó una tarjeta de visita suya. Que al llegar a casa googleo su nombre y encontró tres conexiones comunes y que una de ellas era Vera, amiga suya y prima de Petra. Vera y Curra estudiaron juntas en la universidad y muchas veces, durante aquella época de veinteañeras, habían ido a casa de Petra a las fiestas de los primos mayores. A Petra le encantaba presentar a su prima pequeña como la prima Vera y esto les concedía cierto protagonismo en aquella veladas, ya que todos los tíos acababan haciéndole el chistecito a Vera. De hecho, durante años, por hacer la gracia  y añorando aquellas famosas fiestas de la Autónoma de Madrid de fines de los 80, a las fiestas en casa de Petra se las llamó las “Fiestas de la prima Vera”.

Curra siguió con su relato de los hechos. Le dijo que había llamado a Vera y preguntado de qué conocía al Contrafantasma, que lo tenia en su LinkedIn. Vera había dudado, pero en seguida caído en de quien se trataba. Es amigo de mi prima y alguna vez nos hemos visto en su casa. Y también le dijo que creía que ellos se seguían viendo. Además le dio el dato de que Petra iba a celebrar su cumple y que tras años sin ir, se iba a pasar por allí a saludar y tomar un vino. Le dijo a Curra que fuera con ella y llamó a su prima para asegurarse de que ésta invitaba al Contrafantasma. Y todo aquello sucedió según el plan, salvo por el hecho de que Curra dijo en el último momento que no podía ir, pero que por favor le consiguiera el teléfono de ese hombre.

A partir de ahí los datos ya conocidos. La noche de jueves de agosto, la casa de Petra, la presencia de Irma, la conversación con ella, la aparición de Fran el prometido, su pinta de señor mayor aburrido, la decepción del Contrafantasma, la prima Vera consiguiendo introducir la nota en el bolsillo del Contrafantasma, la colada del domingo, la nota, el frutero, la llamada de Curra y la cita en Harvey´s. Y lo más importante, Curra le confesó después del segundo Bloody Mary, que al verle en el portal de su casa había sentido como si inclinaran la acera 45º grados en dirección a él y que aquello era la primera vez que le pasaba en sus 36 años de vida. Que sintió una ganas terribles de que él hubiera contestado que la estaba buscando a ella, porque la había visto desde la calle caminar semidesnuda por el salón y que acto seguido hubieran cogido juntos el primer avión posible a NYC.

Todo eso había sido la noche del jueves, regada por un necesario alcohol para desinhibirse. Ahora ya era domingo, era por la mañana y las cosas se habían reposado un tanto. El desayuno empezó raro porque el Contrafantasma lo primero que hizo fue preguntar por el novio de Curra. -¿qué hay de tu novio, ese que te tiró las llaves cuando nos cruzamos en tu portal?-. Sonó inoportuna y masculino corporativa la pregunta, pero era lo que de verdad le salía. Ella cambió el gesto, se puso pálida y como que de pronto regresó a su realidad. Le contó que fue por eso por lo que no acudió a casa de Petra, que no quería ir con su novio y que tampoco quería verle a él con nadie, que le dio miedo. -¿Miedo de qué?- insistió él. Miedo de comprobar en tiempo real que siente algo de baja intensidad por la persona con la que comparte su vida y de la que una vez estuvo enamorada. Evidenciar que son más compañeros de piso, que de vida. Chequear que ella no es ella cuando están juntos y que eso hace que él tampoco sea él, y viceversa. Que la cosa se va complicando con el tiempo y que cada uno hace la guerra cada vez más por su cuenta y con su smartphone. Que el amor inicial y la asociación fue simpática hace dos años y que ella pensó que la cosa solo mejoraría con la convivencia. Y todo esto a los 36 años, con la tradición y la opinión pública presionando con la maternidad.

El Contrafantasma recogió la declaración, le parecía honesta y sin adornos. Estaba siendo ella en un momento bajito y eso demostraba valentía y capacidad de reconocimiento. Además le contó que a él también le dio miedo decirle que era a ella a quien buscaba en su portal aquel día, que pensó que se le había ido la olla y que le hubiera llamado loco o tomado por uno de haberlo hecho así. Que ahora se daba cuenta de que tenía que habérselo dicho y quizá haber tomado este café con ella hace unas semanas. Le agradeció que hubiera hecho el esfuerzo por quedar con él y contarle esto y también le dijo que ahora se daba cuenta de que a él le había pasado lo mismo con Irma y que aun no se había atrevido a intervenir. Le dijo que hablara con su novio, que le expusiera todo lo que le pasa y que si eso desembocaba en ruptura, pues que sería lo mejor para los dos. Pero que no cerrara esa relación en falso, sin haber agotado hasta la última gota de saliva preguntando las dudas que tuvieran por parte de ambos. Y que igual sucedía que haciendo eso volvían a una senda de ilusión. Le dijo que el amor es cíclico, como lo es la naturaleza y que hay momentos valle, pero que luego vuelve a florecer, siempre que por el camino se haya cuidado el jardín.

Y el Contrafantasma seguía sin tener el teléfono de Irma.

Ayer

Ayer el Contrafantasma desayunó con su madre. Se levantaron pronto, ella con su bata azul celeste de manga corta, portando de un lado a otro el paquete de Ducados, el mechero y el cenicero. El primer cigarro lo enciende siempre en la cocina mientras hierve el café y aprovecha para sentarse a examinar su conciencia, ordenar algunas opiniones y organizar el día que empieza en el mundo exterior. El segundo ya se lo encendió mientras ambos tomaban el café en la terraza, donde el único sonido era el de los pájaros de una soleada mañana de mayo. Tras disfrutar del silencio inicial, el Contrafantasma le contó lo que le estaba pasando. Ella escuchaba agradecida haciendo crecer el cilindro de ceniza de su cigarrillo erguido, sin que ésta cayera. El le contaba el detalle de cuando había surgido, como había evolucionado en su interior y lo que estaba provocando. Y mientras lo hacía comenzaron a asomar una lágrimas a ambos lados de su rostro, que no interrumpieron su narración y que parecían una descarga necesaria de emoción, más que un llanto desconsolado. Éstas le acompañaron ya hasta el final de la conversación.

A los dos les gustaba sentarse en esa terraza porque crecía mucho la probabilidad de que asomara la verdad, que tan escondida está entre el día a día y la tradición. Y esta fue una de esas ocasiones. Al acabar con la narración, él se quedó callado esperado la respuesta. Ella no podía dejar de sonreír y le cogió de su mano como lo hacia cuando era pequeño y se sentaba sobre su cama antes de apagar las luces para dormir. Haz tu esto mismo, le dijo. Agarra tu su mano y no la sueltes. Y cuéntale todo, cuéntale todo…

En ese momento sonó el despertador, como cada mañana a las 7.

El sueño de Irma

Irma le contó al Contrafantasma que había soñado con él. Estaba dentro de una casa que, sin ser conocida, en el sueño era la de él. Que le acompañaba su amiga Lenna y que había más gente. Que después agarraba su coche y salía de la casa por un camino que le resultaba difícil de transitar, por estrecho y escarpado. Que se daba por vencida y que ahí aparecía él para conducir hasta sacarlo a un terreno más manejable.

Para Irma tenía todo el sentido. Habían estado hablando mucho de la mudanza de él y de que la casa estaba en la montaña. Ella tiene miedo a perderse cada vez que conduce y se maneja muy mal con los mapas, así que el sueño venia a corroborar todo esto y anticipaba una dificultad en el manejo de la geografía cotidiana.

El Contrafantasma le preguntó qué asociaba con su amiga Lenna, y ella le contestó que es una mujer auténtica, sin ningún filtro, que dice lo que piensa, que a veces se pone en peligro por este motivo, ya que en sociedad está muy bien visto cumplir con los estándares. Le preguntó qué asociaba con él mismo  y la respuesta fue ambigua, no muy precisa. Siempre es difícil decir a la cara de otro lo que asocias con su persona.  Y tras intercambiar algunos detalles más del sueño, de lo que pasaba en la casa, de cómo era el camino de salida y de recoger las sensaciones que el más allá le había dejado al levantarse, se atrevió a interpretarlo.

Mira, le dijo. Estás en una casa no conocida, con lo que el sueño tiene que ver con tu interior, contigo y que no necesariamente conoces. Estás con Lenna, una sombra tuya que nos lleva a lo que en ti es auténtico, pero que en lo social no acaba de encajar demasiado y resulta, digamos, incómodo. Son aspectos tuyos auténticos que no acaban de estar en armonía con el exterior, pero que tu los sientes como positivos y verdaderos. Luego sales y te montas en el coche, donde ya no te acompaña Lenna. Eso quiere decir que cuando sales ahí fuera, al exterior, a lo social, esa autenticidad la dejas, la escondes. Y cuando eso sucede se te hace difícil el camino y te da miedo perderte, como te pasa en el sueño con el coche. Ahí aparezco yo para ayudarte a sacar el coche y ponerlo en el lugar que te facilita la marcha. Lo que asocies conmigo, prosiguió el Contrafantasma, es lo que te ayuda a manejarte en el camino.

Joder, respondió Irma.

Gracias Antonio

Hace dos noches, el 19 de noviembre, estuve en la selva, en concreto en una laguna donde los animales beben y donde, en ese momento, se juntaban jabalíes, zarigüeyas y cocodrilos. Me asusté un poco al verlos y subí por una ladera que rodeaba la charca. A medida que me alejaba veía a los cocodrilos pelear y a aquel espacio llenarse de desconocidos que, por algún motivo, habían decidido asistir al espectáculo. Al llegar a lo más alto escuché el grito de una mujer, que espantada gritaba que a su hija se la había comido uno de los bichos. Yo pensé en los cocodrilos, pero en seguida surgió la información de que había sido presa de una tortuga gigante. Y no solo eso, resulta que la niña era Carla, amiga de mis hijos y la que gritaba era Catalina, su madre. La multitud espantada empezó a abandonar el lugar y los sanitarios y la policía a llegar al mismo. Yo, sentado arriba de la ladera, observaba con tremenda tristeza. Al instante acabó todo y sólo quedaron tres policías, dos hombres y una mujer, de los que me despedí de manera afectuosa al marcharme.

Al salir ya no estaba en la selva, sino en el hall de un gran edificio, un colegio donde había movimiento de entrada y salida de personas. De pronto me crucé con Antonio, aquel viejo sabio entrenador con el que compartí horas y horas de trabajo y pasión por lo que hacíamos. Aquel hombre con la determinación más aguda que he conocido jamás, aquel que contra muchos elementos se convirtió en el referente de su actividad para todo un país durante más de 20 años, aquel que estaba totalmente alineado con sus cuatro capas, en el ideal que persiguió sin descanso hasta su muerte. Parecía recién levantado de la cama y sin hacerme mucho caso, pasó por delante de mi. Yo traté de llamar su atención para contarle lo que había pasado, pero él siguió hacia su destino, el baño. Así que me dispuse a salir del edificio y entre la gente que en ese instante entraba, me encontré con la abuela de Carla, que estaba llegando. Nos abrazamos y fue ella la que me consoló a mi, cuando era su nieta la que acababa de ser engullida por una tortuga gigante.

-¿Y?, ¿qué pasó después?-.

-Me desperté…-.

-Joder-,

Si, eso pensé yo. Los cuatro animales que salen en el sueño no dicen nada bueno. Dos son presas, introvertidos, de lo que se dejan comer por los más poderosos. Además salen en El Rey León como los amiguetes graciosos de Simba, los que le entretienen mientes él está vagando por el lugar de la selva que no le corresponde. Los otros son animales ancestrales, reptiles, de sangre fría, además de que la tortuga se caracteriza por dos cosas, una gran concha que le protege del exterior y una lentitud extrema producto del peso de dicho caparazón. Suma a eso el agua estancada, sin fluir, que es una de sus tres propiedades fundamentales y haz la analogía con la conciencia, también estancada en ese entorno de presas, sangre fría y lentitud.

Además la tortuga se come Carla, la niña, la curiosidad, la frescura, la inocencia, en presencia de su madre, que representa la tradición, el peso de ese ambiente en el que estaba, en el que estoy. Conciencia estancada, amiguetes despreocupados que alejan del ideal, lentitud, tradición pesada y presente.

– No me extraña que no te molara el sueño-.

Hay esperanza, siempre la hay. Antonio vino de la muerte para ponerme delante que la determinación y la persecución del ideal es el modo. Y que hay que purificarlo, por eso se iba al baño. Él no ponía nunca excusas, hasta el punto que a mi a veces me resultaba incómodo estar en su entorno, de tan directo que iba a por su objetivo.

-Si, pero ¿cuál es el objetivo?, ¿cuál es tu ideal?.

Pues elegir en cada momento en función de lo que si tiene que ver conmigo. Desde lo más cotidiano, lo mas pequeño. Liberándome de la tradición, evitando el entretenimiento hueco de Pumba y Timón, yendo a lo esencial y confiando en que los puntos se van a ir uniendo, integrando.

-Joder, de nuevo-.

-Ya, si…-.

 

 

En camisón

Ella estaba en camisón y era mediodía. Acechaba el ecuador de agosto, la mañana era preciosa, soleada, fresca. La casa estaba llena de gente y había ambiente festivo. El Contrafantasma estaba ensimismado mirando a su abuela moverse con gracia por la estancia organizando el día. Coordinaba a los invitados tempraneros, probaba la salsa de cebolla y nata que acompañaba al solomillo y regañaba con cariño a los niños que atravesaban corriendo el gran salón. Todo parecía listo para el magno evento. Fuera, el jardinero cuidaba las hortensias y las grandes mesas corridas ya tenían puestos los manteles. La abuela de pronto le dijo que por qué no bailaban. Era todo tan armonioso que no le pareció extraña la petición. Pusieron música y comenzaron a bailar, siendo ella quien marcaba los pasos y el Contrafantasma el que, a duras penas, seguía el ritmo. Sentía una ilusión creciente por verla así de activa, dispuesta y feliz. Disfrutaron de unos minutos de danza, con la abuela moviéndose como una veinteañera alrededor del salón y con la sensación de que cada vez eran más ligeros los movimientos y más notable la felicidad. Cuando acabaron le pidieron al Contrantasma que ayudara a colgar una cortina antigua sobre unos de los ventanales que daban al jardín. Sin quitar los ojos de su abuela, que había vuelto a las tareas de intendencia, éste se puso a la tarea. Al poco se despertó.

Hacía muchos años que su abuela había muerto y de sus últimos tiempos en este lado sólo recordaba preocupación, sufrimiento y tristeza. Ese baile le reconcilió con ella, selló la paz con lo malo. Y también con los camisones.