Los 24 años de Paola

Hasta los 12 años los niños dependen de las opiniones y de la guía de sus mayores. En esta etapa desarrollan su alma, que es lo animal en nosotros y que se caracteriza, entre otras cosas, por la conciencia del yo y por el movimiento. No es la primera etapa del desarrollo, antes de nacer y durante nueve meses se han desarrollado el cuerpo (lo mineral) y el organismo (lo vegetal), aún dentro del útero de la madre. Y tampoco es la última, ya que entre los 12 y los 24 se desarrolla el espíritu, o lo que es lo mismo, la cabeza, la mente, la capacidad de discernir entre el bien y el mal, algo que es específicamente humano. Y a partir de los 24 vienen otras cuatro fases, donde debemos seguir desarrollando nuestro individuo en armonía con nuestro arquetipo (sello de origen, lo que somos cada uno en esencia), objetivo que pocos consiguen, ya sea por falta de reconocimiento (no saber para qué uno ha venido al mundo), o por incapacidad (saber que uno es esto, pero alegar que la vida no le deja desarrollarlo).

La consecuencia es que muchos se desvían y llegan a desarrollos no coincidentes con sus arquetipos, que acaban en malestares diversos, o directamente en enfermedad. Pero como la ciencia de la medicina paliativa ha generado desarrollos muy notables para el dolor físico y ha mejorado mucho la vida exterior, el ser humano se conforma con que no le duela nada por fuera, aunque por dentro esté intensamente dañado. Un equilibrio poco virtuoso entre la indolencia y la pérdida del sentido de la vida de cada uno (que existe).

Y estar en armonía con tu arquetipo no garantiza ausencia de sufrimiento. Siguen sucediendo cosas terribles en la vida, fuera del alcance de nuestra capacidad de actuación. Pero si que otorga cierto sosiego, ya que uno reconoce que ha hecho todo lo que está en su mano, desde la capacidad que posee.

Y el caso es que el Contrafantasma estaba en el 24 cumpleaños de Paola, su ahijada, escuchando su relato del momento por el que estaba pasando. Paola es la hija mayor de unos buenos amigos de toda la vida y se encuentra en pleno cambio de fase, desde la segunda a la tercera. Tras soplar las velas y recibir los regalos, Paola y su padrino se sentaron en el murete de hormigón que soporta la valla metálica del jardín del chalet de sus padres y le confesó que ella y los que le rodean, coinciden en que hasta la fecha había hecho “todo bien” y que no entendía entonces por qué se sentía “tan mal”. Y lo explicaba diciendo que nada de lo que vive le hace disfrutar. Vive sola en Madrid, ha sido una estudiante ejemplar, ha encontrado trabajo en una consultora de prestigio, donde ya cobra un salario digno y suficiente para pagarse sus cosas. Habla tres idiomas con fluidez y ha vivido en cuatro países diferentes. Tiene amigos y amigas interesantes, hace planes que serían atractivos para cualquiera y tiene a su alcance todo lo material que una joven de su edad podría anhelar. Ha tenido novios, y ahora no, pero no por falta de oportunidades. Se desenvuelve con soltura en el exterior y todo el mundo dice de ella que es una joven de éxito.

Y después de decir todo esto, confiesa que le cuesta mucho levantarse cada mañana y ponerse en movimiento. Y lo expresa además con culpa por estar así, porque sabe que es una privilegiada y que no todos los jóvenes de su edad disfrutan de las mismas oportunidades. En ese momento una lágrima empezó a caer por su mejilla hasta aterrizar en el trozo de “La mejor tarta de chocolate del mundo” (según rezaba la caja de la misma).

Al Contrafantasma no le resultó raro escuchar este relato, era muy similar a lo que él mismo había experimentado muchos años atrás. Y como él, muchos de su propia generación.

Agarró la mano de Paola y le dijo que la entiende, pero que su comprensión no le va a ayudar en nada. Le dijo que estaba en cambio de fase y que estos son momentos delicados. Le dijo también que hiciera un ejercicio práctico, que se tomara unas semanas para revisitar la fase de la que sale y que escribiera sus conclusiones en un cuaderno. Le dijo que la fase que está dejando es crítica y supone una tarea hercúlea. En ella, primero como adolescente y luego como joven, ha tenido que crear su concepción del mundo, para lo es necesario tener una imagen del mismo correcta (que permita reconocer lo invisible). Ha construido sus propias sus opiniones, diferentes de las de sus mayores. Ha tenido que reconocer sus potenciales (futura profesión), reconocer el cómo y dónde ponerlos en práctica, y actuar para conseguirlo. Ha experimentado el amor por primera vez y por si eso fuera poco, debería de haber desarrollado la heroína que lleva dentro.

Le dijo que pensara sobre esas cosas y le propuso que se vieran dentro de un mes con sus conclusiones. Y cuando Paola se levantó y dándole un beso le dió las gracias y se fue con sus amigas, se quedó pensando en lo complejo que es ser joven y lo poco que ayudamos los adultos, aún siendo (algunos) conscientes de ello.

Felicidad con mapa y brújula

La vida tiene seis fases que duran aproximadamente 12 años cada una. Durante estos periodos se desarrolla el proceso de individuación. Este proceso es sencillo de definir y se resume en encontrar la felicidad, que es equivalente a encontrar el lugar de cada uno en el mundo.

Sencillo de definir pero difícil de transitar. Así que primero mejor consensuar el concepto de felicidad y una vez hecho esto, confiar en él. O sería más correcto decir confiar en ella, porque lleva el artículo “la” delante y esto no es casual. Mujeres y hombres deberíamos prestar atención a que la felicidad es femenina y pensar porqué, más en este momento histórico de la vuelta de lo femenino al lugar que le corresponde. Ese regreso de lo femenino es la vuelta de la felicidad para todos, hombres y mujeres.

La felicidad la conoce mucha gente, quizá toda la gente. La felicidad no se define, se experimenta. Experiencia es distinto a conocimiento, es algo que te cala en todas las capas. La experiencia de la felicidad sucede cuando recibes lo inesperado. Lo demás es simplemente satisfacción. Estar satisfecho está fenomenal, no me malinterpreten. Pero estar feliz es otra cosa.

Hoy en nuestras sociedades experimentamos muy pocas cosas que no esperamos y por eso casi nada nos hace felices (aunque seguro que hay mucha gente satisfecha). Y casi todo lo que nos hace felices, además, no tiene que ver con lo material.

Por el mismo motivo los niños experimentan más felicidad que los adultos. Todo es nuevo y como no poseen expectativas sobre ello, muchas cosas les sorprenden y les proporcionan experiencias felices. También los adolescentes las experimentan cuando descubren cosas como el amor (que por cierto no se puede medir, ni pesar).

Esto sucede en las dos primeras fases de la vida (de esas seis de las que hablaba al principio), y coincide con el final de la formación de cada individuo en sus capas exteriores (otro día explico esto). A partir de la tercera fase (24 -36) y en adelante, es el hombre interior el que toma el mando del desarrollo. Pero a medida que crecemos, conocemos (y tenemos) más cosas materiales, se complican estas experiencias de felicidad y se entorpece el proceso de individuación y el encuentro del lugar de cada uno en este mundo. A no ser que cultivemos lo interior, lo invisible, lo no material.

Y es que encontrar ese lugar de cada uno no es sencillo. Nos enseñan más a encajar en el lugar que “el mundo” nos propone, que a explorar en pos del nuestro propio. A los cinco meses de nacer nos dicen que nos adaptemos a que tu madre se largue a trabajar, con lo que eso supone para el bebé, para la madre y para el cosmos en general. Luego te dejan en una escuela donde la estandarización es la clave para el funcionamiento. Y esa estandarización de lo humano es el principio del fin del correcto proceso de individuación. Porque el circo se ha construido, en gran parte, sin las dos herramientas necesarias para ser felices y para encontrar nuestro lugar en el mundo: 1) el mapa completo donde nos movemos y 2) una brújula para guiarnos.

El mapa es poseer una imagen del mundo correcta. La imagen del mundo correcta es la imagen antropocéntrica, la que sitúa al ser humano en el centro.

Colocar al ser humano en el centro significa reconocer que somos lo más elevado del cosmos, más que los animales, que las plantas y que los minerales. Y también quiere decir situarlo entre la realidad que experimentamos con los sentidos y la realidad de nuestro mundo interior. Siendo ambas realidades fundamentales.

Vayamos por partes. Ser lo más elevado del cosmos nos otorga una responsabilidad enorme con el resto de niveles y con el planeta en su conjunto. No quiere esto decir que seamos más importantes que los demás animales, ni que las plantas y los minerales. Cada uno tiene sus funciones en la naturaleza y no podríamos existir los unos sin los otros. Pero sí significa que somos más responsables de cuidar todo, al haber sido dotados de una capacidad de hacer conexiones (inteligencia) complejas muy superior a la del resto de niveles y una conciencia del bien y del mal única. Es ahí donde cobran sentido las palabras de la Biblia donde se dice estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Y precisamente por ser nosotros divinos, tenemos mayor responsabilidad.

Y poner al humano en el centro de las realidades visibles y las invisibles, es el otro componente de esta visión antropocéntrica. La realidad que experimentamos con los sentidos es la que conocemos mejor y la que nos enseñan desde pequeños. Es la que viene con el programa por defecto, la dominante, la del paradigma de las ciencias naturales, la que considera que lo que Es, es aquello que podemos medir y pesar. Eso que la mayoría llama “La Realidad” a secas, y que otros llamamos “Mundo Exterior”. En esa realidad domina la materia, el materialismo. Por eso comunismo y capitalismo no solucionan ninguno el orden mundial, ya que los dos parten del mismo paradigma incompleto, en el que sólo se contempla lo material. Pero de eso ya hablaremos en otro momento.

El mapa correcto y completo incluye el territorio interior. Lo interior también es muy conocido, tratamos con ello todo el tiempo. Hablamos de lo que pensamos (Conciencia), de lo que soñamos (Más Allá) y de Dios (Mundo Interior). Pero al tratar de encajarlo en el paradigma dominante materialista, o bien lo negamos (Dios no existe), o bien lo traducimos al lenguaje y los conceptos de “la ciencia” (los sueños no son más que actividad cerebral necesaria, pero sin un significado). Esa negación y esa traducción generan la mayoría de los conflictos personales (y enfermedades como consecuencia última), sociales  (desigualdad), científicos (crisis del método), políticos (democracia en sus estertores) y económicos (incapacidad para abastecer al planeta y destrucción del mismo).

No poseer este mapa completo es el primer obstáculo para alcanzar la felicidad, tanto individual como colectiva.

Y la otra herramienta es la brújula que tenemos todos, pero que a fuerza de no usarla, se atrofia y deja de orientarnos. La brújula es nuestro mundo interior, nuestro arquetipo, lo que de divino hay en cada uno y que tenemos la obligación de desarrollar. Debemos comprometernos a reconocer ese arquetipo, aspirar en función de él y actuar en beneficio nuestro y del colectivo. El arquetipo es el que nos inclina hacia unas cosas más que hacia otras, el que nos provee de dones, de talentos a desarrollar y de inteligencia para hacer las conexiones correctas. Esta brújula está siempre presente y se manifiesta en nuestras vidas de forma insistente, pero muchas veces no somos capaces de seguir sus indicaciones, en parte por la ausencia de una parte del mapa (como veíamos antes), en parte por el mal aprendizaje y la programación incorrecta que arrastramos de siempre.

Pero nuestra brújula es agradecida, en cuanto la usamos un poco se calibra sola y nos empuja a usarla más. Y nos coloca a nosotros en el lugar correcto, lo que provoca que lo que nos rodea también lo haga. Es mágico.

El mundo interior es  también fácil de reconocer, sólo hay que pararse un momento y comprobar. Y esto pasa tanto en lo grande como en lo pequeño, tanto dentro como fuera, tanto arriba como abajo. No necesita de estadísticas que nos lo confirmen, ni que coincida con las tendencias dominantes, ni que esté de moda, ni que tenga likes. Uno lo puede comprobar solito si tiene el mapa completo.

Así que completemos el mapa, activemos la brújula y ordenemos el mundo como Dios (que eres tu, y ella, y yo, y todos) manda. Y como consecuencia, experimentemos felicidad y encontremos nuestro lugar en el mundo.

El Contrafantasma.

Lentejas

Era tarde y el Contrafantasma estaba sentado en el stand del país invitado en una feria muy aburrida. A lo lejos una mujer castaña se acercaba desde uno de los pasillos centrales. Estaba tan cansado que no enfocó la mirada hasta que tuvo delante de su nariz el cartel identificativo de Julia Cámara, colgando del cuello de la mujer y haciendo una bonita curva en la zona del pecho. El nombre le resultó familiar y el pecho quería que también. Alzó la mirada a través de la cinta que lo sostenía hasta llegar a la cara, momento en el que asoció el nombre, la fisonomía y un momento de su vida.

El Contrafantasma no veía a Julia desde la universidad. Fueron muy amigos durante los cuatro primeros años de facultad. Se conocieron en el autobús que les llevaba a Moncloa, donde había que tomar otro para llegar al campus. Ella se había quedado a vivir en Niza tras hacer el último año de carrera y después se había casado con un francés. Recordaba nítidamente la última vez que habían coincidido y no había sido en este siglo. La cara era la misma de entonces, el aspecto muy jovial y su sonrisa seguía formando hoyuelos en las mejillas. En la facultad era más rubia, pero sus ojos seguían igual de verdes ahora. Durante unos segundos se entretuvo viéndola manejarse por el espacio, hablando con unos y otros. Ella en cambio no reparó en su presencia y se movía con soltura y gracia entre la gente.

En mayo de 1999 Julia había invitado al Contrafantasma a comer lentejas. Los dos tenían novio en aquella época y aunque la atracción entre ellos era más que evidente, se tomaron la cita como una reunión de amigos, consecuencia de la insistencia de Julia en presumir de lo bien que le salían las lentejas. La madre de Julia, que era psicoanalista y había nacido en la parte zamorana de Tierra de Campos, decía que el secreto de unas buenas lentejas era la materia prima y que la lenteja pardina que se cultivaba en su pueblo era la mejor del mundo. Julia estuvo cuatro años diciendo que ella cocinaba las lentejas mejor que su madre y ese jueves de primavera era el momento de descubrirlo.

El Contrafantasma había fijado su mirada en Julia y la seguía sin disimulo con la vista. Ella había sacado su teléfono y se había sentado a mirar sus mensajes y hablar con alguien. Al estar separados por dos o tres mesas, no había contacto visual. Ella sonreía y gesticulaba mucho en su conversación, que ahora era una videollamada, o eso parecía. En seguida colgó y alzó la mirada oteando la estancia como con un periscopio, primero hacia su derecha, donde se encontraba la salida y luego hacia su izquierda. Y ya donde el cuello no giraba más, encontró al Contrafantasma sentado a 5 metros de distancia, mirándola de forma directa.

Aquel día de mayo de hace veinte años, Julia y el Contrafantasma se comieron las lentejas, conversaron horas mientras caminaban por Argüelles y acabaron en Malasaña de copas, sin mayor preocupación que pasarlo bien. Era jueves, finales de los 90 y los garitos no cerraban, uno no tenía que vivir experiencias, sino simplemente vivir, había móviles pero no tenían cámara, los SMS costaban pasta y compartir no era subir una foto a las redes sociales, o hacer un grupo de WhatsApp, sino quedar al día siguiente para comentar lo sucedido, o tener una conversación al teléfono fijo durante dos horas. Esa noche Julia y el Contrafantasma bebieron bastante, probaron otras sustancias que encontraron por el camino y vieron juntos el amanecer en el parque del Oeste, tumbados, descalzos y felices. La despedida en el portal de ella fue un intenso abrazo con un solo beso de mejilla que duró varios segundos. Lo último que se dijeron fue que tratarían de repetir antes de las vacaciones de verano. El olor de aquella noche y de ese abrazo quedó grabado en la memoria de ambos para siempre. Pero no solo no volvieron a quedar para comer lentejas antes del verano, sino que ella marchó a Francia antes de lo previsto y ya no se volvieron a ver más. Hasta hoy.

Julia también reconoció una cara familiar cuando vio al Contrafantasma ahí sentado. Se quedó parada, el calor le subió hasta las mejillas, se le aceleró el corazón y durante unos segundos sintió mucha emoción, aún sin encajar de quién era la cara que le producía todo eso. Sonrió tratando de ganar tiempo para recordar y de pronto, ¡zas!, se acordó de aquellas lentejas, el autobús, la facultad, aquella conversación, esa noche y el abrazo. Al tiempo que sonreía exclamaba, -no te puedo creer, ¿eres tu?-. Se levantaron y sorteando las mesas, se saludaron con dos atropellados besos y un intenso abrazo. Ella olía igual que veinte años atrás. Se preguntaron por sus vidas y por el motivo que le había traído a ella a la feria. El venía desde hace 12 años y nunca la había visto. Julia le dijo que es psicóloga, que después de varios años tratando de ser otra cosa, encontró su profesión y que desde hacía una década se dedicaba a cuidar personas. Que eso le llevó a escribir y que ahora uno de sus libros se había convertido en un pequeño éxito de ventas en Francia y había vendido los derechos para llevarlo al cine. Y que estaba allí por ese motivo.

El Contrafantasma se despidió de Julia aquella mañana de 1999, con una sensación de plenitud difícil de describir, pero que cualquiera que haya estado enamorado puede reconocer. Hay pocas señales de amor más evidentes que evocar el olor del otro y sentirlo como si aún estuviera allí. Y caminando desde Argüelles hasta la casa de sus padres, en Chamartín, él solamente tenía sentidos para recuperar esa sensación que había estado experimentando toda la noche. Eran las 9,45 de la mañana de un viernes soleado.

-Venga, vamos a tomar algo, tenemos muchas cosas que contarnos-, propuso Julia. Salieron hacia el paseo, caminaron hasta encontrar un lugar con una mesa libre y se sentaron en una esquina. Era pronto para cenar, así que pidieron dos cervezas y una tabla de quesos. Ella le contó que nunca se había casado, pero que le pareció gracioso que la gente en Madrid pensara que si y que por eso no lo desmintió. Que con aquel chico francés fue muy bien hasta que, tras seis años de relación, se lo encontró con su jefa (la de ella) en la cama. Que desde aquel momento dejó de confiar en la fraternité, abrazó la egalité acostándose con el hermano de su ex y sobre todo se enfocó en la liberté, para ser concretos, en la suya propia. Que se fue a Alemania a pensar en su vida y aprender el idioma y acabó estudiando filosofía y psicología, para después marchar a Suiza para completar su formación como psicoanalista jungiana. Le confesó que nunca había tenido un perfil en redes sociales, que no sabía quien era Elon Musk y que no tenía ni idea de que era la transformación digital, de la que todo el mundo le había estado hablado últimamente.

A mediados de julio, la madre de Julia recogió del buzón una carta que el Contrafantasma había enviado el día después de la noche de autos de 1999 y se la había reenviado a su hija, junto con los clásicos sobres de jamón de bellota envasado al vacío y las lentejas de Tierra de Campos. Ese paquete nunca llegó a destino y por tanto Julia nunca leyó la carta. En ella él declaraba amor incondicional, comunicaba que había dejado a su novia y expresaba su anhelo de volver a verla antes de que ella se marchase a Francia. Correos perdió esa carta en el primer viaje desde Chamartín hasta Argüelles y casi tres meses después, la madre de Julia la traspapeló luego entre sobres de jamón ibérico y lentejas de Castilla León. Aquel no era el momento para ese amor.

El Contrafantasma escuchaba el relato de Julia con los ojos brillantes, ya saboreando la segunda cerveza.

Se han citado

El mundo exterior es eso a lo que la mayoría suele llamar la realidad. Es donde suceden los hechos que se pueden experimentar con los sentidos. Es todo lo que vemos, tocamos, todo lo que podemos medir y pesar, todo lo material en definitiva. A ese mundo exterior no pertenece lo que pensamos, ni lo que imaginamos, que forman parte del mundo de la conciencia. Y a ésta no pertenece lo que soñamos, ya que los sueños ocurren cuando la conciencia está relajada, o directamente dormida. Los sueños están más allá de la conciencia y poseen sus propias reglas. Y por último está el mundo interior, expresión que asociamos con esas personas introvertidas, que no interactúan socialmente como la media (sobre todo española) y que están en aparente armonía, sin necesidad de estímulos externos. “Tiene mucho mundo interior”, solemos decir de ellas… Pues nada que ver, el mundo interior nos afecta a todos, sea cual sea nuestra personalidad. Es el mundo de los arquetipos, palabra que viene del griego “arje“, que quiere decir origen y “tipo“, que significa fuente, sello. Así que arquetipo, significa sello de origen y se refiere a lo que traemos de serie cada uno de nosotros. Sin miedo podemos decir que es lo que somos, la esencia de todos los elementos del cosmos. Ese mundo interior aparece en los otros tres de diferentes maneras, pero una forma muy sencilla de reconocerlo es no pensar, simplemente ser. Y si, es difícil, pero funciona.

Los cuatro mundos coexisten y se compenetran, si bien hay momentos donde unos tienen más presencia que otros. Es seguro que el mundo exterior es el que reconocemos mejor y ademas es el que domina el paradigma científico (física), político (democracia) y económico (materialismo). Y por qué no decirlo, el mundo exterior mola. Un ejemplo sencillo es que pensar y sentir el amor de pareja, es sin duda maravilloso, pero experimentar en el mundo exterior con el cuerpo de la persona amas, antes o después de una buena comida y un vino rico, es igualmente o más maravilloso. Pensemos en el mundo exterior como si fuera el vidrio de esa botella de vino, el contenedor de los otros elementos, el contenedor de los otros mundos, pero un contenedor que te alegra la existencia.

El arquetipo del Contrafantasma estaba volcado en el final de verano y en apurar los últimos tintos con blanca que le proponía el aún templado clima. Los días eran más cortos y mientras esperaba a que acabara la lavadora, leía la novela “Ordesa” de Manuel Vilas, de lo mejor que había llegado a sus manos en los últimos tiempos. Era jueves y los jueves siempre hay algo a lo que engancharse. El nombre jueves viene de Jupiter y la influencia de este astro tiene que ver con la expansión. Debe ser por eso que las noches de jueves en Madrid son tumultuosas, divertidas y llenas de oportunidades para ensanchar la conciencia. Dejó de leer y chequeó el móvil en busca de esa promesa jupiteriana. Al abrir el correo encontró un mail de una dirección que le resultaba familiar. Era la dirección de Irma a la que él aún no se había decidido a escribir. El asunto del correo titulaba “Hoy” y el cuerpo decía lo siguiente:

Hola,

Como veo que no te animas a contactar, he decidido hacerlo yo. Lo hago por mail porque me parece menos intrusivo y te da la opción de no contestar si no quieres, o ya tienes plan. El motivo es sencillo, quiero que nos veamos. Fran se ha marchado a Ponferrada para visitar a su familia y yo no acudo hasta mañana viernes. Si te apetece y puedes, aquí estoy.

Se que tienes mi número porque llamaste el otro día, así que dame un toque en caso afirmativo y cerramos lugar y hora.

Un beso.

Irma

No esperaba recibir ese mensaje de Irma y menos aún esperaba que Fran fuese de Ponferrada. Si algo caracterizaba al Contrafantasma, era que solía tomar la iniciativa y que no se sentía nada cómodo en entornos rurales. Lo segundo no era para pensarlo en este momento, así que se centró en lo primero, la iniciativa, que en esta ocasión no era suya, sino de Irma. Con Irma todo era diferente. Sin pensarlo (siendo) contestó que si, propuso un lugar que conocía bien, donde podrían estar tranquilos y donde se come muy bien y propuso encontrarse a las 9,30pm. Lo hizo por mensaje de texto porque no se atrevía a llamar. Rápidamente Irma contestó que si, pero que el lugar sería otro y a las 10pm, que antes tenía que acabar la maleta para Ponferrada.

Era su primera. Era la primera Primera Cita que tenía el Contrafantasma en más de tres años. Las primeras citas tienen un exceso de carga de literatura romántica y películas de Julia Roberts, pero al Contrafantasma siempre le habían entusiasmado. Esta Primera Cita era sin duda especial, porque era con una mujer única, con la que ya había estado dos veces de manera accidental y que además ahora era la pareja de otro.

Le había encantado la inesperada extroversión de irma. Jupiter estaba haciendo de las suyas. Qué maravilla el mundo exterior, pensó mientras se metía en la ducha.