Héroes y Magos

El Contrafantasma llegó con antelación y a las 9am estaba en pantalón de deporte y sin camiseta, listo para comenzar las innumerables pruebas que determinan el estado de su salud física. Se trata de un día rodeado por profesionales de distintas disciplinas y pruebas que incluyen electrodos, guantes de látex, cintas para caminar, pinchazos, tubitos con cámara en búsqueda de bultos internos, análiticas de un montón de siglas, radiación en varias partes el cuerpo y como fin de fiesta, un librito con todos los resultados, que es muy parecido a una sentencia. A las 2pm estás en la calle, tomando una cerveza y un pincho de tortilla (porque todo lo anterior es en ayunas, claro), en el bar frente al hospital, leyendo que tu hígado no filtra tan bien como antes, que el riñón es el típico de una persona con más de 40 años y que hay que controlar la evolución de ese bulto del pulmón derecho, que en principio no es nada, pero que en seis meses lo quieren volver a ver. Y en ocasiones te dicen que eres zurdo de corazón, que tu sangre entra por el conducto por donde sale en el general de los corazones y viceversa. Todo muy normal.

Pero el viernes pasó algo diferente. El doctor asignado se apellidaba Ortet, según decía su chapita y era un hombre delgado con pinta de antihéroe, de pelo inusualmente largo y castaño, y una cara surcada por el tiempo y sus avatares.  Le había acompañado toda la mañana con más silencios que palabras, coordinando las diferentes pruebas y había sido el encargado de confeccionar el informe final. Tras asegurarle que los resultados eran aceptables y que no había que preocuparse, le propuso que le esperara a la salida. Era su último caso del día y en diez minutos se podía tomar esa cerveza con él.  El Contrafantasma accedió de manera automática y acertada, como tantas de las cosas que se hacen así (cuando uno pasa sus decisiones por la conciencia, suele errar más). Se habían caído bien y eliminada la posibilidad de malas noticias acerca de su salud, le daba curiosidad saber más de su pasajero terapeuta.

Se sentó en la barra a esperar y agarró una revista del montón que había en la mesa supletoria. Era un dominical de hacía varias semanas y un dominical es donde pueden coincidir la hija de una princesa europea y Vinicius Jr., hablando los dos de filosofía. A veces, incluso entre ellos, lo que es francamente raro. Abrió de manera aleatoria la revista al tiempo que pedía un doble. Al bajar la vista a la página en la que había caído, leyó uno de los titulares en negrita:

“¿Qué es ser hombre? Crecimos con una idea de la masculinidad centrada en ser fuerte, no mostrar ni debilidades ni vulnerabilidades. Eso nos lleva a reprimir una parte de nosotros, y con ella, nuestros dolores, arrepentimientos, heridas. Te construyes una barrera que te obstaculiza en la relación con los demás, y también contigo mismo”.

¡Guau!, la frase le pegó en la cara. Retrocedió una página para ver quién era el entrevistado, en búsqueda de algún pensador francés posmoderno, o del filósofo ese coreano que escribe en alemán y que tanto gusta a los antropólogos digitales. Pero no, el autor de la frase era Brad Pitt y el motivo, el lanzamiento de su nueva película. Leyó el otro párrafo resaltado un poco más abajo:

 “Allí (en USA), si te rompes el brazo, no te quejas. Sigues adelante. Y lo mismo con los  sufrimientos interiores. Es algo indeleble, probablemente ya desde la guardería.”

Joder con Brad, y parecía rubio. En ese momento, el Dr. Ortet, vestido con cazadora vaquera de borrego y unas deportivas de montaña, se sentó a su lado en la barra y se presentó por su nombre de pila, Alfredo. El Contrafantasma pensó que el nombre no le hacía justicia. Al doctor le pegaban más nombres como Kawhi, o Jrue, o incluso Luka (la NBA está de moda). El caso es que le mostró lo que estaba leyendo sobre Brad Pitt y al hilo de eso comenzaron a charlar sin rumbo. El doctor le contó que él se formó hace más de 30 años como psiquiatra, pero que lo dejó muy pronto al comprobar que era imposible curar pacientes con química y que tras aquella decepción, se orientó hacia la medicina general y empezó los estudios de Psicología, profesión que también ejerce desde hace 20. Le dijo que tiene una consulta privada donde recibe pacientes por las tardes de martes a viernes y le confesó que lo que le hubiera gustado de verdad, es ser un superhéroe. Que es la única forma posible para curar personas. porque necesitamos, dice, creer en algo superior a nosotros (porque es obvio y experimentable por cualquiera, el hecho de que existe algo superior), y que la idea de Dios se ha manejado tan mal, que ya nadie se la come. Pero que los superhéroes si que pueden hacernos creer. Imagina que vas al médico y te recibe Batman, ¿no le harías caso?. La verdad es que sí, pensó el Contrafanasma.

Durante una hora hablaron de lo que no sale esos informes exhaustivos que les entregan a los pacientes del hospital, de eso que en sus consultas ve mucho y que nombra Pitt en la entrevista, lo de los hombres (y mujeres) fuertes y lo de que lo interior, a no ser que se manifieste por si sólo, normalmente de manera abrupta y contundente, tampoco se tiene en cuenta. Y que incluso teniéndolo en cuenta, nadie sabe muy bien cómo encararlo  y mucho menos como curarlo.

Alfredo, claramente convertido en Lebron en ese momento de la charla, concluyó diciendo que él anima mucho a sus pacientes “físicos” a ir a ver a un terapetuta de lo interior. Pero que sobre todo, trata de hacerles comprender que lo interior no es lo que está dentro del cuerpo, que en realidad eso es también exterior. Y que ni siquiera es lo que está dentro de la mente (del cerebro), sino que lo interior es lo  que no se percibe con los cinco sentidos, pero que nos rodea, nos envuelve, nos acuna, nos rescata, nos inquieta, es lo que soñamos, lo que pensamos y con lo que vibramos. Y que hay que confiar en todo eso, que es la única manera de no desviarnos mucho y quizá, de curarnos.

Y esta mañana han llegado los Reyes Magos, en los que el Contrafantasma cree, como buenos superhéroes que son. Magia y Héroes para todos nosotros, disfrutemos.

 

 

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Los 24 años de Paola

Hasta los 12 años los niños dependen de las opiniones y de la guía de sus mayores. En esta etapa desarrollan su alma, que es lo animal en nosotros y que se caracteriza, entre otras cosas, por la conciencia del yo y por el movimiento. No es la primera etapa del desarrollo, antes de nacer y durante nueve meses se han desarrollado el cuerpo (lo mineral) y el organismo (lo vegetal), aún dentro del útero de la madre. Y tampoco es la última, ya que entre los 12 y los 24 se desarrolla el espíritu, o lo que es lo mismo, la cabeza, la mente, la capacidad de discernir entre el bien y el mal, algo que es específicamente humano. Y a partir de los 24 vienen otras cuatro fases, donde debemos seguir desarrollando nuestro individuo en armonía con nuestro arquetipo (sello de origen, lo que somos cada uno en esencia), objetivo que pocos consiguen, ya sea por falta de reconocimiento (no saber para qué uno ha venido al mundo), o por incapacidad (saber que uno es esto, pero alegar que la vida no le deja desarrollarlo).

La consecuencia es que muchos se desvían y llegan a desarrollos no coincidentes con sus arquetipos, que acaban en malestares diversos, o directamente en enfermedad. Pero como la ciencia de la medicina paliativa ha generado desarrollos muy notables para el dolor físico y ha mejorado mucho la vida exterior, el ser humano se conforma con que no le duela nada por fuera, aunque por dentro esté intensamente dañado. Un equilibrio poco virtuoso entre la indolencia y la pérdida del sentido de la vida de cada uno (que existe).

Y estar en armonía con tu arquetipo no garantiza ausencia de sufrimiento. Siguen sucediendo cosas terribles en la vida, fuera del alcance de nuestra capacidad de actuación. Pero si que otorga cierto sosiego, ya que uno reconoce que ha hecho todo lo que está en su mano, desde la capacidad que posee.

Y el caso es que el Contrafantasma estaba en el 24 cumpleaños de Paola, su ahijada, escuchando su relato del momento por el que estaba pasando. Paola es la hija mayor de unos buenos amigos de toda la vida y se encuentra en pleno cambio de fase, desde la segunda a la tercera. Tras soplar las velas y recibir los regalos, Paola y su padrino se sentaron en el murete de hormigón que soporta la valla metálica del jardín del chalet de sus padres y le confesó que ella y los que le rodean, coinciden en que hasta la fecha había hecho “todo bien” y que no entendía entonces por qué se sentía “tan mal”. Y lo explicaba diciendo que nada de lo que vive le hace disfrutar. Vive sola en Madrid, ha sido una estudiante ejemplar, ha encontrado trabajo en una consultora de prestigio, donde ya cobra un salario digno y suficiente para pagarse sus cosas. Habla tres idiomas con fluidez y ha vivido en cuatro países diferentes. Tiene amigos y amigas interesantes, hace planes que serían atractivos para cualquiera y tiene a su alcance todo lo material que una joven de su edad podría anhelar. Ha tenido novios, y ahora no, pero no por falta de oportunidades. Se desenvuelve con soltura en el exterior y todo el mundo dice de ella que es una joven de éxito.

Y después de decir todo esto, confiesa que le cuesta mucho levantarse cada mañana y ponerse en movimiento. Y lo expresa además con culpa por estar así, porque sabe que es una privilegiada y que no todos los jóvenes de su edad disfrutan de las mismas oportunidades. En ese momento una lágrima empezó a caer por su mejilla hasta aterrizar en el trozo de “La mejor tarta de chocolate del mundo” (según rezaba la caja de la misma).

Al Contrafantasma no le resultó raro escuchar este relato, era muy similar a lo que él mismo había experimentado muchos años atrás. Y como él, muchos de su propia generación.

Agarró la mano de Paola y le dijo que la entiende, pero que su comprensión no le va a ayudar en nada. Le dijo que estaba en cambio de fase y que estos son momentos delicados. Le dijo también que hiciera un ejercicio práctico, que se tomara unas semanas para revisitar la fase de la que sale y que escribiera sus conclusiones en un cuaderno. Le dijo que la fase que está dejando es crítica y supone una tarea hercúlea. En ella, primero como adolescente y luego como joven, ha tenido que crear su concepción del mundo, para lo es necesario tener una imagen del mismo correcta (que permita reconocer lo invisible). Ha construido sus propias sus opiniones, diferentes de las de sus mayores. Ha tenido que reconocer sus potenciales (futura profesión), reconocer el cómo y dónde ponerlos en práctica, y actuar para conseguirlo. Ha experimentado el amor por primera vez y por si eso fuera poco, debería de haber desarrollado la heroína que lleva dentro.

Le dijo que pensara sobre esas cosas y le propuso que se vieran dentro de un mes con sus conclusiones. Y cuando Paola se levantó y dándole un beso le dió las gracias y se fue con sus amigas, se quedó pensando en lo complejo que es ser joven y lo poco que ayudamos los adultos, aún siendo (algunos) conscientes de ello.

Compasión

El Contrafantasma asistía en el parque del Retiro a una conferencia titulada “Reconocer para poder aspirar”, ofrecida por un filósofo, antropólogo y teólogo muy conocido, dentro de un ciclo de charlas inspiradoras, coincidentes con la Feria del Libro de Madrid.

Decía el ponente que aunque el título de su conferencia no era comercial, de lo que quería hablar era “de internet y de que no es para tanto”. Decía que las confesiones religiosas también tuvieron su Uber con la aparición del pensamiento racionalista y que eso no había hecho que Dios dejara de estar en boca de la gente. Es más, decía que existe un tremendo auge de lo espiritual, de la necesidad de reconocer lo trascendente, y que eso se traduce en ese movimiento planetario de personas haciendo yoga, meditación, coaching, constelaciones, etc… y también en un movimiento igual de fuerte, “y más fundamentado”, de gente volviendo a sentarse a hablar con sus hijos, a escuchar a sus padres como viejos sabios, a mejorar el entorno, a despojarse de lo material no necesario, a renunciar a la inmediatez de todo, a saber vivir con lo terrible y reconocerlo como parte de la vida y, en definitiva, a reconocerse como humanos  De ese reconocimiento hablaba el ponente.

Y decía que sabe de sobra que las confesiones no llenan los templos y que los millennials y los Z no les siguen, pero también que seguimos necesitando respuestas a las preguntas últimas, a las que no contesta la ciencia empiricista, “esa nueva fe”, ni tampoco las charlas TED, por bien concebidas que estén.

Acabó diciendo no saber aún si lo que viene con internet, es más o menos de lo que vino con la electricidad, o más o menos de lo que vino con el fuego. Lo que es seguro, dijo, es que es lo que nos ha tocado a nosotros. Y también lo es, que ha provocado que recuperemos el gusto por la filosofía como disciplina necesaria para la vida. La filosofía, concluyó “es el estudio de la sabiduría y engloba todas las demás ciencias”, y dijo que de un tiempo a esta parte, se reunía mucho con altos directivos y políticos (no españoles, desgraciadamente), que sienten necesitar la filosofía para ordenar su pensamiento.

Y justo cuando la gente aplaudía, el teléfono del Contrafantasma comenzó a vibrar. Miró la pantalla y vió la cara de su amigo Nacho el de Londres, al que su mujer decidió abandonar y llevarse a su hija y con el que no hablaba desde hacía unos días. Se apartó un poco del evento y se acomodó en un banco para contestar. Tras los saludos de rigor, Nacho le actualizó sobre la que todo el mundo coincide en que es la no ficción más increíble que jamás han escuchado. Le contó que su ex mujer vive en Marbella, aparentemente feliz de la vida, en una casa que paga el nuevo y biológico padre de su ex hija, que conduce un descapotable que también proveé el biológico y que se ha comprado una moto eléctrica. Le contó que por fin ha recibido la demanda para hacer el traspaso de paternidad (así, como en el fútbol), demanda que está llena de mentiras (que por otro lado no le sorprende, porque eso ha sido la realidad de su matrimonio), y que ella ha cerrado quince años de convivencia con un SMS de ciento diez palabras, que acaba con la frase “siento mucho todo este jodido follón”.

Parece además que el biológico padre es un señor mayor, casado con una señora y supuesto experto en algo que tiene que ver con las personas en las empresas, temática sobre la que publica libros y da charlas. Nacho le comentaba que había comenzado a seguir al biológico en redes sociales y que había enviado a su amigo Ali a un par de esas ponencias, con ganas de hacer preguntas al final. Pero que por ahora Ali solo ha estado escuchando, sin preguntar.

El Contrafantasma escuchaba a su amigo con perplejidad y no podía más que asentir. Cuando acabó su relato, le contestó que no merecía la pena orientar sus energías contra el biológico padre de su ex hija, supuesto experto en cosas de personas dentro de las empresas, ni tampoco contra su ex mujer, porque lo que de verdad necesitan ambos es compasión. Que el primero es un individuo cuyo mono objetivo en la vida es tratar de meter la polla allí donde le dejan y que alguien con un desarrollo tan torcido, no merece ni un minuto de su energía. Y con respecto a su ex, todavía menos, ya que el hecho de que alguien capaz de mantener esa mentira durante tanto tiempo haya salido de su vida, es lo mejor que le ha pasado en estos últimos quince años.

Pero claro, tema muy diferente es su hija, a la que ha querido y cuidado como tal desde que nació, y por la que ahora llora cada poco desde que se la arrancaron, sin darle opción alguna para retenerla. Ahí el Contrafantasma sólo pudo decirle que pensara en qué era lo correcto para la niña y en función de eso actuara. Que seguro que no se equivocaría, aunque fuera duro. Y que la vida da muchas vueltas.

Colgaron y, al volver al lugar del evento, el ponente hablaba animadamente con con dos jóvenes que no tendrían más de 20 años. Le preguntaban si se le podía encontrar en Youtube, si tenía canal allí. Él sonrío y les dijo que no, pero no porque no le pareciera útil, sino porque el mensaje no llega igual si las personas no comparten un espacio físico.

 

Complejo de madre

Para mi madre y todas las madres en este día y todos los demás días.

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El Contrafantasma disfrutó ayer un artículo de Nuria Labari en El País, donde la autora habla de su experiencia como madre en los 2000 y la diferencia con respecto a madres y abuelas de generaciones atrás. Reía porque lo escribe con gracia y asentía interiormente, porque tiene mucha razón en las cosas que relata.

La lectura le trajo un recuerdo, cuatro reflexiones, un complejo y una conclusión.

El recuerdo es el de su madre y sus históricas demandas. La madre del Contrafantasma trabajó toda la vida fuera y dentro de casa, tuvo hijos, fue compañera, amiga y amante de su pareja, se ocupó de sus padres cuando estos lo necesitaron, ejerció el mando en aquella unidad familiar y, en su contexto, las cosas que reclamaba eran las mismas que demanda Nuria en 2019,  Su sociedad también había cambiado mucho respecto a la de sus padres. Podía votar, jugar al baloncesto, divorciarse, ver una película erótica en un reproductor Betamax, tomar la píldora, hacer yoga, tenía libertad de culto, podía viajar, hacer top less y mandar a tomar por culo a un conductor de la EMT en el caso de que éste golpeara su Renault 5, y que, no contento con eso, le recomendara además irse “a casa a fregar”, porque conducir no era para mujeres.

Y podía hacer eso y también quedarse con el filete más pequeño, llevar a los niños al entrenamiento y hablar con los profesores del colegio cuando había tutoría. Ah, y aún tenía tiempo para ver Falcon Crest, aunque no fuera en Netflix y a tomar un botellín de Mahou cada mediodía antes de comer.

Cuatro reflexiones respecto al único punto de desacuerdo con el artículo, que llega al final de la lectura, cuando dice, “...Sin embargo, el mito (o timo) que cae sobre la idea de maternidad se ha mantenido intacto y medieval. Nosotras, las madres, tenemos desde el momento en que parimos una capacidad de abnegación y sacrificio individual nunca vistas“.

Primera, la maternidad en los 2000 es mucho más un timo que un mito, y es así debido a la concepción del mundo incorrecta que manejamos. Los mitos son narraciones que nos cuentan el origen del mundo, la creación y el desarrollo de la historia de la humanidad y se suelen interpretar de manera simbólica. En este caso no podemos hablar de un mito, ya que esta capacidad de las madres de la que habla la autora es real, cotidiana, experimentable de forma directa por todos, por el simple hecho de que todos hemos tenido madre. La madre da vida, provee vida y eso es pura esencia humana y pura esencia de lo femenino, de la mujer. Esta vida está pegada al día a día, sin necesidad de ser interpretada para experimentarla. Lo que sucede es que esa cualidad maravillosa no está de moda. El colectivo (la sociedad) está mucho más pendiente de la obra exterior de ellas y ellos.

Segunda, situar la época medieval como benchmark originario de la maternidad actual se queda corto. Se puede llevar mucho más atrás en el tiempo, porque lo esencial de ser madre, lleva siendo así desde el nacimiento de la especie.

Tercera, esas capacidades de abnegación y sacrificio (de madre), cuya experiencia se acentúa exponencialmente si se tienen hijos, se deben desarrollar igual si no se tienen éstos. Así que por favor, desarrollemos las, que son fundamentales para la vida en armonía.

Y cuarta y última, en diferentes fases de la vida y de maneras distintas, tanto mujeres como hombres debemos desarrollar correctamente esas capacidades de madre, que el Contrafantasma ha aprendido que se llaman complejo de madre.

Un complejo es un hábito de comportamiento. Ese hábito de comportamiento es inconsciente, lo repetimos de manera automático sin darnos cuenta. Los complejos pueden estar bien desarrollados, si han sido elaborados correctamente y se reproducen en su justa medida, o mal desarrollados y suponer un incordio para el individuo y para los que le rodean, si han sido mal elaborados y/o se reproducen incorrectamente, ya sea por exceso o por defecto.

El complejo (recuerden, hábito de comportamiento automático e inconsciente) de madre, aplica tanto a mujeres como a hombres y tiene que ver con el cuidado de las necesidades básicas para la vida. Tiene que ver con cuidar a los demás (como lo hacen sobre todo las madres, desde el principio de los tiempos), pero de igual manera tiene que ver con cuidar de uno mismo y esto no lo hacen ni mujeres (menos aún cuando son madres), ni hombres, demasiado enfocados todos en la obra exterior de sus vidas. El complejo de madre bien desarrollado es el que posibilita que uno se cuide y que cuide a los demás. De nada sirve una madre abnegada con el resto, que no cuida de sí misma.

Volviendo al recuerdo de antes, la madre del Contrafantasma murió de cáncer en poco menos de un mes después del diagnóstico. Tenía 67 años de aparente salud. Hasta ese día no se había quejado de nada más que de un catarro muy cojido al pecho, que le impedía respirar bien en determinados momentos de aquel verano. El catarro resultó ser un adenocarcinoma de 5 cm en el pulmón derecho y metástasis en huesos, riñón e hígado. Su complejo de madre introvertido (con ella y sus necesidades) negativo (menos cuidado del necesario), hizo que, por no dar el coñazo, por no alarmar, por no ser un problema, ese día ya fuera demasiado tarde para corregir nada.

Y por último una conclusión. Nuria tiene razón en levantar la voz y en señalar que la sociedad ha cambiado mucho, respecto a la España en la vivieron nuestras madres y abuelas y que nadie nos ha dado el manual de instrucciones. Es cierto que ha cambiado mucho en lo exterior, y con ello en la manera exterior de ser madre (y padre) y donde los días siguen durando 24 horas. Como siempre, el mundo exterior domina el paradigma, imponiendo sus reglas. Pero conviene parar y recordar que en lo interior, en lo esencial, ser madre hoy es igual que en la época medieval, en la del imperio romano o en la del neolítico. Y conviene no descuidar eso interior, conviene comprobar si nuestros hábitos de comportamiento son los correctos, antes de que sea demasiado tarde, individual y colectivamente.

 

 

Felicidad con mapa y brújula

La vida tiene seis fases que duran aproximadamente 12 años cada una. Durante estos periodos se desarrolla el proceso de individuación. Este proceso es sencillo de definir y se resume en encontrar la felicidad, que es equivalente a encontrar el lugar de cada uno en el mundo.

Sencillo de definir pero difícil de transitar. Así que primero mejor consensuar el concepto de felicidad y una vez hecho esto, confiar en él. O sería más correcto decir confiar en ella, porque lleva el artículo “la” delante y esto no es casual. Mujeres y hombres deberíamos prestar atención a que la felicidad es femenina y pensar porqué, más en este momento histórico de la vuelta de lo femenino al lugar que le corresponde. Ese regreso de lo femenino es la vuelta de la felicidad para todos, hombres y mujeres.

La felicidad la conoce mucha gente, quizá toda la gente. La felicidad no se define, se experimenta. Experiencia es distinto a conocimiento, es algo que te cala en todas las capas. La experiencia de la felicidad sucede cuando recibes lo inesperado. Lo demás es simplemente satisfacción. Estar satisfecho está fenomenal, no me malinterpreten. Pero estar feliz es otra cosa.

Hoy en nuestras sociedades experimentamos muy pocas cosas que no esperamos y por eso casi nada nos hace felices (aunque seguro que hay mucha gente satisfecha). Y casi todo lo que nos hace felices, además, no tiene que ver con lo material.

Por el mismo motivo los niños experimentan más felicidad que los adultos. Todo es nuevo y como no poseen expectativas sobre ello, muchas cosas les sorprenden y les proporcionan experiencias felices. También los adolescentes las experimentan cuando descubren cosas como el amor (que por cierto no se puede medir, ni pesar).

Esto sucede en las dos primeras fases de la vida (de esas seis de las que hablaba al principio), y coincide con el final de la formación de cada individuo en sus capas exteriores (otro día explico esto). A partir de la tercera fase (24 -36) y en adelante, es el hombre interior el que toma el mando del desarrollo. Pero a medida que crecemos, conocemos (y tenemos) más cosas materiales, se complican estas experiencias de felicidad y se entorpece el proceso de individuación y el encuentro del lugar de cada uno en este mundo. A no ser que cultivemos lo interior, lo invisible, lo no material.

Y es que encontrar ese lugar de cada uno no es sencillo. Nos enseñan más a encajar en el lugar que “el mundo” nos propone, que a explorar en pos del nuestro propio. A los cinco meses de nacer nos dicen que nos adaptemos a que tu madre se largue a trabajar, con lo que eso supone para el bebé, para la madre y para el cosmos en general. Luego te dejan en una escuela donde la estandarización es la clave para el funcionamiento. Y esa estandarización de lo humano es el principio del fin del correcto proceso de individuación. Porque el circo se ha construido, en gran parte, sin las dos herramientas necesarias para ser felices y para encontrar nuestro lugar en el mundo: 1) el mapa completo donde nos movemos y 2) una brújula para guiarnos.

El mapa es poseer una imagen del mundo correcta. La imagen del mundo correcta es la imagen antropocéntrica, la que sitúa al ser humano en el centro.

Colocar al ser humano en el centro significa reconocer que somos lo más elevado del cosmos, más que los animales, que las plantas y que los minerales. Y también quiere decir situarlo entre la realidad que experimentamos con los sentidos y la realidad de nuestro mundo interior. Siendo ambas realidades fundamentales.

Vayamos por partes. Ser lo más elevado del cosmos nos otorga una responsabilidad enorme con el resto de niveles y con el planeta en su conjunto. No quiere esto decir que seamos más importantes que los demás animales, ni que las plantas y los minerales. Cada uno tiene sus funciones en la naturaleza y no podríamos existir los unos sin los otros. Pero sí significa que somos más responsables de cuidar todo, al haber sido dotados de una capacidad de hacer conexiones (inteligencia) complejas muy superior a la del resto de niveles y una conciencia del bien y del mal única. Es ahí donde cobran sentido las palabras de la Biblia donde se dice estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Y precisamente por ser nosotros divinos, tenemos mayor responsabilidad.

Y poner al humano en el centro de las realidades visibles y las invisibles, es el otro componente de esta visión antropocéntrica. La realidad que experimentamos con los sentidos es la que conocemos mejor y la que nos enseñan desde pequeños. Es la que viene con el programa por defecto, la dominante, la del paradigma de las ciencias naturales, la que considera que lo que Es, es aquello que podemos medir y pesar. Eso que la mayoría llama “La Realidad” a secas, y que otros llamamos “Mundo Exterior”. En esa realidad domina la materia, el materialismo. Por eso comunismo y capitalismo no solucionan ninguno el orden mundial, ya que los dos parten del mismo paradigma incompleto, en el que sólo se contempla lo material. Pero de eso ya hablaremos en otro momento.

El mapa correcto y completo incluye el territorio interior. Lo interior también es muy conocido, tratamos con ello todo el tiempo. Hablamos de lo que pensamos (Conciencia), de lo que soñamos (Más Allá) y de Dios (Mundo Interior). Pero al tratar de encajarlo en el paradigma dominante materialista, o bien lo negamos (Dios no existe), o bien lo traducimos al lenguaje y los conceptos de “la ciencia” (los sueños no son más que actividad cerebral necesaria, pero sin un significado). Esa negación y esa traducción generan la mayoría de los conflictos personales (y enfermedades como consecuencia última), sociales  (desigualdad), científicos (crisis del método), políticos (democracia en sus estertores) y económicos (incapacidad para abastecer al planeta y destrucción del mismo).

No poseer este mapa completo es el primer obstáculo para alcanzar la felicidad, tanto individual como colectiva.

Y la otra herramienta es la brújula que tenemos todos, pero que a fuerza de no usarla, se atrofia y deja de orientarnos. La brújula es nuestro mundo interior, nuestro arquetipo, lo que de divino hay en cada uno y que tenemos la obligación de desarrollar. Debemos comprometernos a reconocer ese arquetipo, aspirar en función de él y actuar en beneficio nuestro y del colectivo. El arquetipo es el que nos inclina hacia unas cosas más que hacia otras, el que nos provee de dones, de talentos a desarrollar y de inteligencia para hacer las conexiones correctas. Esta brújula está siempre presente y se manifiesta en nuestras vidas de forma insistente, pero muchas veces no somos capaces de seguir sus indicaciones, en parte por la ausencia de una parte del mapa (como veíamos antes), en parte por el mal aprendizaje y la programación incorrecta que arrastramos de siempre.

Pero nuestra brújula es agradecida, en cuanto la usamos un poco se calibra sola y nos empuja a usarla más. Y nos coloca a nosotros en el lugar correcto, lo que provoca que lo que nos rodea también lo haga. Es mágico.

El mundo interior es  también fácil de reconocer, sólo hay que pararse un momento y comprobar. Y esto pasa tanto en lo grande como en lo pequeño, tanto dentro como fuera, tanto arriba como abajo. No necesita de estadísticas que nos lo confirmen, ni que coincida con las tendencias dominantes, ni que esté de moda, ni que tenga likes. Uno lo puede comprobar solito si tiene el mapa completo.

Así que completemos el mapa, activemos la brújula y ordenemos el mundo como Dios (que eres tu, y ella, y yo, y todos) manda. Y como consecuencia, experimentemos felicidad y encontremos nuestro lugar en el mundo.

El Contrafantasma.

Estuve con él

Estuve sentado con él la tarde del martes y me hubiera quedado allí toda la noche y el día siguiente. El no lleva tatuajes, ni siquiera uno pequeño en la cara interior de la muñeca. No se corta el pelo al estilo Goebbels, ni se arregla la barba cada semana. Escucha antes de hablar, hace deporte de equipo, come de todo y viste con deportivas, vaqueros y jersey gris o azul.

El es anónimo, no ha tenido que superar situaciones de vida o muerte que merecen ser contadas en un libro, no se quedó atrapado y herido en una cueva y se tuvo que cortar el brazo para salir de allí. No se cayó por un barranco cuando iba a hacer surf, teniendo que estar luego tres días a la deriva con la cadera rota. A él te lo puedes encontrar en una reuniòn de trabajo, haciendo cola para comprar pescado, comiendo una medialuna de mantequilla del Lidl, o en el rellano de tu escalera mirando el buzón.

El tiene hijos como tanta gente, y estos tampoco son niños especiales, ni por listos, ni por rubios, ni por altos, ni por graciosos. Y si lo son, él no te lo va a contar.

El se dedica a algo que poca gente conoce y de lo que no le gusta hablar. Es una profesión que, grabada con un móvil, no da un contenido audiovisual molón y que no va a ser viral al colgarlo en tu muro. Su profesión tiene que ver con él, con su esencia, cosa muy sorprendente en nuestro tiempo y cuando la ejerce, aporta bienestar. Le gustaría que su trabajo fuera escalable, pero no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Como no es de escala, no va a hacer rondas de financiación y exitosas salidas a bolsa en el 2019.

El invita a todo el mundo a que traten de parar un ratito cada día, y que al parar respiren, y tras respirar acojan lo que les viene, y que convivan con esa imagen que llega por diez minutos. No pide más, porque sabe que eso ya es mucho.

El participa y disfruta de lo exterior como el que más, pero su acciòn tiene impacto en el interior.

El sería esfera si fuera símbolo.

El.