También esto pasará

Hoy acaba el estado de alarma y esa distopía que empezó el 14 de marzo. Tres meses y 7 días después, tenemos libertad para movernos exteriormente. Hoy podremos cruzar el túnel de Guadarrama y quedará atrás una época de sorpresa, de dolor, de incertidumbre, de silencio, pero también de reconocimiento, de reflexión, de calma, de cercanía, de conversaciones, de nuevos enfoques para viejos problemas, de libros leídos y de series compartidas. Y si yo pudiera pedir algo al cosmos, sería que sigamos moviéndonos interiormente como lo hemos hecho durante este encierro obligado. Si perseveramos, encontraremos el sentido sin asumir muchos disparates.

Esta es la historia de un disparate que tardé demasiado en resolver.

A finales de 2014 una amiga me regaló la novela de Milena Busquets “También esto pasará”. Fue muy oportuna, acababa de morir mi madre y el libro narra, en primera persona, la relación de una mujer con su madre, partiendo del entierro de ésta última y recordándola a partir de las memorias compartidas, en su casa familiar de Cadaqués. El libro es entretenido y disfruté su lectura, aunque a ratos me enfadaba con la protagonista por un exceso de postureo (siempre resuena más aquello que nos hace cojear). En aquel momento y en aquel estado, la palabra importante del título del libro para mi fué “pasará”, que simbolizaba lo que estaba por venir, lo que me iba a deparar el futuro. Entendí ese título como el de un libro para alguien que ha perdido a su madre y que espera encontrar una “guía” para encarar mejor el duelo. Porque coincidiremos que madre no hay más que una y que sólo muere una vez, por lo que es imposible tener experiencia en el tema y si alguien ya lo había pasado, pues mejor porque así nos lo cuenta. Así era yo, entregado a que una extraña con éxito editorial, me ayudara a cómo vivir mejor la muerte de mi madre.

Por aquel entonces no sabía que “también esto pasará” es además una expresión que el budismo utiliza como una de sus máximas, esa que dice que nada es permanente, que las grandes alegrías de nuestra biografía, al igual que los más oscuros momentos, terminan, pasan. Y que ambos son parte irrenunciable de la vida. Entendida la frase de esta manera y viniendo del budismo, la palabra importante del título pasaba a ser “esto”. Porque de esto, de lo que es y de lo que está pasando, en presente, es de lo que el budismo nos habla.

En 2014 aún ansiaba saber qué es lo que me depararía el futuro mirando afuera, en oposición frontal y deliberada a estar en el presente, en mi presente. Y bueno, alguno pensará que era razonable querer salir de un presente que por entonces arrastraba un mal cuidado de mi diabetes, mi divorcio, la muerte de mi madre, un dudoso momento profesional y lo más importante, la ruptura no consciente y casi definitiva conmigo mismo. O “tu esquizofrenia”, como lo llama mi terapeuta. Que no es otra cosa que tirar de ti hacia el lado que no es, hasta que se rompe la cuerda y te separas del mundo de los sanos. Y no sucede de un día para otro, nada de eso, yo me gané a conciencia aquella situación, a fuerza de tirar y tirar hacia el lugar equivocado, durante tres lustros.

Y así estaba yo en aquel momento, como si el joven Werther estuviera dentro de Resacón en las Vegas, o como si Dennis Rodman tratara de ser admitido en el seminario, Una mente colapsada dentro del cuerpo de un pollo sin cabeza. que sólo encontraba consuelo, discurso y aparente capacidad de convicción, en el muy manido lugar común de la crisis de los 40. Y salvo para los muy cercanos, contados con los dedos de una mano, para el resto del mundo, yo incluido, aquello no tenía demasiada importancia porque “ya sabes como es Gonzalo”.

Y no era precisamente un recién licenciado, había cumplido los 40, tenía dos hijas y varios tiros pegados. Pero aún funcionaba en ese modo absurdo, entre inocente e infantil, de pensar que “lo bueno” estaba aún por llegar y que sólo tenía que seguir aquellas informaciones relevantes, a los gurús adecuados, y a los (supuestos) éxitos de terceros, para conseguir los míos. Que lo bueno (esto) pasará (sucederá), eventualmente y por arte de magia.

En las postrimerías de ése 2014, la muerte y el reconocimiento de lo invisible, me sacaron de esa deriva disparatada y me mostraron que gran parte de aquello que yo encarnaba, no correspondía conmigo. Pero reconocer que no es el camino adecuado, no conduce de manera automática hacia el que sí lo es. Pasaron tres años más de búsqueda, de palos de ciego, de cabreos, de tropiezos, de caídas y de vuelta a levantarme, Tres años en los que el mundo exterior seguía en marcha y del que yo seguía siendo parte activa. Hasta que en 2017 sucedió algo, lo invisible tomó formato a través de una amiga que le dio mi número a su amigo y terapeuta, que hoy es el mío y que también es mi amigo, y que en aquel momento tardó aún meses en usar el número para llamarme. Al final lo hizo y un día quedamos a comer.

En 2020 la historia, mi historia, ha cambiado y durante este encierro he contado en el blog lo que soy. He tenido tiempo y ganas de escribir y la necesidad de hacerlo en un lugar que no fuera mi propia individualidad. He pasado de escribir las aventuras del Contrafantasma, a contar las mías en primera persona y he encontrado amor, conexión, comprensión y acompañamiento en aquellos que leen esto. Algunos muy cercanos y otros que no he visto nunca. He sentido que escribía para que mi madre supiera que aquel que vió por última vez en este lado, no era mi mejor versión, para compartir con mis hijas cosas sobre mi cuando sean algo mayores y sobre todo, para que mi padre me siga diciendo que le gusta lo que escribo y me anime a seguir haciéndolo. Él cumple 76 el próximo día 30 y éste va a ser su regalo de cumpleaños. No le he chafado la sorpresa porque es lo que me ha pedido. Me ha dicho que le imprima todos estos Artículos del Confinamiento y se los lleve, que le va a resultar mucho más sencillo leerlos en papel, que no a través del teléfono, que es como lo hace ahora.

Tras tres años de búsqueda interior, tres más de terapia y aprendizaje sobre lo invisible y tres meses de encierro, he entendido que también esto pasará es una enseñanza tan sencilla de captar como difícil de ejecutar y que se requiere de mucha práctica para dominarla. También esto pasará se refiere a que hay que estar en el presente y al mismo tiempo, tan despegado de ti, como unido a todos los demás y ambas acciones con tanta intencionalidad como te sea posible. También esto pasará es un mensaje para que que no nos acomodemos en el éxito exterior, ya sea personal, familiar, profesional, o social, ni en la prestancia que eso da a nuestros personajes, porque llega un momento en que también eso pasa. Más pronto que tarde llega el día en que nos confinan por un virus, o aquel en el que la sociedad te aparca en una residencia, te concede una pensión y te esquina para que no molestes a los productivos. Y ahora sabemos que, si hay pocas camas en la UCI, además no te admitirán en el hospital por ser mayor.

Seguimos viviendo en una sociedad que no favorece la práctica de nada que tenga que ver con el desarrollo del individuo, de una manera profunda. Todo hay que construirlo de forma y en plazos establecidos por no se sabe quién y basados siempre en una validación exterior, que han decidido, dicho o escrito otros. Como sociedad vivimos en un pedo líquido, abrumados por un exceso de información y atrapados en la promesa de que lo siguiente será mejor, que también esto (bueno) pasará (sucederá). Pero esa es la acepción menos adecuada de la frase.

Me quedo con la idea de que todo, también esto, bueno y malo, según cada cual en el momento que esté, pasará. La idea feliz de que sólo merecemos lo bueno es ficción. Lo terrible existe. Pero confiemos, porque también esto pasará y construiremos una sociedad mejor que al menos, convierta a los mayores en viejos sabios y no en chatarra vieja.

Hoy acaba el estado de alarma. Aprovechemos para salir al sol, que para eso está. Para calentar y para iluminar nuestro camino interior, ese que de verdad nos mueve.

Feliz domingo, feliz verano y feliz cumpleaños Padre, con unos días de adelanto.

Héroes y Magos

El Contrafantasma llegó con antelación y a las 9am estaba en pantalón de deporte y sin camiseta, listo para comenzar las innumerables pruebas que determinan el estado de su salud física. Se trata de un día rodeado por profesionales de distintas disciplinas y pruebas que incluyen electrodos, guantes de látex, cintas para caminar, pinchazos, tubitos con cámara en búsqueda de bultos internos, análiticas de un montón de siglas, radiación en varias partes el cuerpo y como fin de fiesta, un librito con todos los resultados, que es muy parecido a una sentencia. A las 2pm estás en la calle, tomando una cerveza y un pincho de tortilla (porque todo lo anterior es en ayunas, claro), en el bar frente al hospital, leyendo que tu hígado no filtra tan bien como antes, que el riñón es el típico de una persona con más de 40 años y que hay que controlar la evolución de ese bulto del pulmón derecho, que en principio no es nada, pero que en seis meses lo quieren volver a ver. Y en ocasiones te dicen que eres zurdo de corazón, que tu sangre entra por el conducto por donde sale en el general de los corazones y viceversa. Todo muy normal.

Pero el viernes pasó algo diferente. El doctor asignado se apellidaba Ortet, según decía su chapita y era un hombre delgado con pinta de antihéroe, de pelo inusualmente largo y castaño, y una cara surcada por el tiempo y sus avatares.  Le había acompañado toda la mañana con más silencios que palabras, coordinando las diferentes pruebas y había sido el encargado de confeccionar el informe final. Tras asegurarle que los resultados eran aceptables y que no había que preocuparse, le propuso que le esperara a la salida. Era su último caso del día y en diez minutos se podía tomar esa cerveza con él.  El Contrafantasma accedió de manera automática y acertada, como tantas de las cosas que se hacen así (cuando uno pasa sus decisiones por la conciencia, suele errar más). Se habían caído bien y eliminada la posibilidad de malas noticias acerca de su salud, le daba curiosidad saber más de su pasajero terapeuta.

Se sentó en la barra a esperar y agarró una revista del montón que había en la mesa supletoria. Era un dominical de hacía varias semanas y un dominical es donde pueden coincidir la hija de una princesa europea y Vinicius Jr., hablando los dos de filosofía. A veces, incluso entre ellos, lo que es francamente raro. Abrió de manera aleatoria la revista al tiempo que pedía un doble. Al bajar la vista a la página en la que había caído, leyó uno de los titulares en negrita:

“¿Qué es ser hombre? Crecimos con una idea de la masculinidad centrada en ser fuerte, no mostrar ni debilidades ni vulnerabilidades. Eso nos lleva a reprimir una parte de nosotros, y con ella, nuestros dolores, arrepentimientos, heridas. Te construyes una barrera que te obstaculiza en la relación con los demás, y también contigo mismo”.

¡Guau!, la frase le pegó en la cara. Retrocedió una página para ver quién era el entrevistado, en búsqueda de algún pensador francés posmoderno, o del filósofo ese coreano que escribe en alemán y que tanto gusta a los antropólogos digitales. Pero no, el autor de la frase era Brad Pitt y el motivo, el lanzamiento de su nueva película. Leyó el otro párrafo resaltado un poco más abajo:

 “Allí (en USA), si te rompes el brazo, no te quejas. Sigues adelante. Y lo mismo con los  sufrimientos interiores. Es algo indeleble, probablemente ya desde la guardería.”

Joder con Brad, y parecía rubio. En ese momento, el Dr. Ortet, vestido con cazadora vaquera de borrego y unas deportivas de montaña, se sentó a su lado en la barra y se presentó por su nombre de pila, Alfredo. El Contrafantasma pensó que el nombre no le hacía justicia. Al doctor le pegaban más nombres como Kawhi, o Jrue, o incluso Luka (la NBA está de moda). El caso es que le mostró lo que estaba leyendo sobre Brad Pitt y al hilo de eso comenzaron a charlar sin rumbo. El doctor le contó que él se formó hace más de 30 años como psiquiatra, pero que lo dejó muy pronto al comprobar que era imposible curar pacientes con química y que tras aquella decepción, se orientó hacia la medicina general y empezó los estudios de Psicología, profesión que también ejerce desde hace 20. Le dijo que tiene una consulta privada donde recibe pacientes por las tardes de martes a viernes y le confesó que lo que le hubiera gustado de verdad, es ser un superhéroe. Que es la única forma posible para curar personas. porque necesitamos, dice, creer en algo superior a nosotros (porque es obvio y experimentable por cualquiera, el hecho de que existe algo superior), y que la idea de Dios se ha manejado tan mal, que ya nadie se la come. Pero que los superhéroes si que pueden hacernos creer. Imagina que vas al médico y te recibe Batman, ¿no le harías caso?. La verdad es que sí, pensó el Contrafanasma.

Durante una hora hablaron de lo que no sale esos informes exhaustivos que les entregan a los pacientes del hospital, de eso que en sus consultas ve mucho y que nombra Pitt en la entrevista, lo de los hombres (y mujeres) fuertes y lo de que lo interior, a no ser que se manifieste por si sólo, normalmente de manera abrupta y contundente, tampoco se tiene en cuenta. Y que incluso teniéndolo en cuenta, nadie sabe muy bien cómo encararlo  y mucho menos como curarlo.

Alfredo, claramente convertido en Lebron en ese momento de la charla, concluyó diciendo que él anima mucho a sus pacientes “físicos” a ir a ver a un terapetuta de lo interior. Pero que sobre todo, trata de hacerles comprender que lo interior no es lo que está dentro del cuerpo, que en realidad eso es también exterior. Y que ni siquiera es lo que está dentro de la mente (del cerebro), sino que lo interior es lo  que no se percibe con los cinco sentidos, pero que nos rodea, nos envuelve, nos acuna, nos rescata, nos inquieta, es lo que soñamos, lo que pensamos y con lo que vibramos. Y que hay que confiar en todo eso, que es la única manera de no desviarnos mucho y quizá, de curarnos.

Y esta mañana han llegado los Reyes Magos, en los que el Contrafantasma cree, como buenos superhéroes que son. Magia y Héroes para todos nosotros, disfrutemos.

 

 

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Experiencias

La experiencia es algo diferente del conocimiento, algo más que la representación de una idea, e incluso que la vivencia de la misma. Una experiencia va más profundo.

El saber de algo, acumular conocimiento, corre el riesgo de quedarse arriba, de ser solamente un conjunto de palabras bonitas ensambladas con ritmo. Leer mucho sobre el amor, no genera una experiencia sobre ello. Tampoco una bonita imagen de dos enamorados en Instagram, o ver El Paciente inglés en loop, durante un fin de semana de noviembre, lo consiguen. Ni siquiera una vivencia de esa idea la proporciona. Vivir la celebración de un matrimonio, asistir a la ceremonia, bailar en la fiesta y compartir el after a las 11am en la playa, tampoco proporcionan experimentar el amor.

Una experiencia es algo que no se había pensado antes, que no se había previsto, que no se suele percibir en lo cotidiano. Es algo que desengaña, desconcierta, o sorprende positivamente. Y que te hace cambiar tus vivencias, tus representaciones y tus pensamientos sobre algo o alguien. O que confirma una opinión que ya se tenía previamente.

El salón estaba completo, no cabían más personas en la casona gallega convertida en hotel rural, donde el Contrafantasma decidió pasar el fin de semana pasado. Antes, al llegar allí, la dueña del establecimiento les había pedido amablemente que dejarán el móvil en consigna, que fueran descalzos por la casa y que por favor, asistieran a la charla del filosofo residente, que en ese momento escuchaban atentamente hablar sobre las experiencias.

Le hubiera encantado que estuvieran allí todos esos que hablan de “crear experiencias” a través de la tecnología, de los algoritmos, de la innovación, de la personalización, del marketing digital…

El domingo recorrió los 600 km de vuelta a casa con una sensación inusual de ligereza, de bienestar y de descanso que ha permanecido, que ha calado.

Y ha recomendado la experiencia a todo el que se le ha cruzado en el camino.

Compasión

El Contrafantasma asistía en el parque del Retiro a una conferencia titulada “Reconocer para poder aspirar”, ofrecida por un filósofo, antropólogo y teólogo muy conocido, dentro de un ciclo de charlas inspiradoras, coincidentes con la Feria del Libro de Madrid.

Decía el ponente que aunque el título de su conferencia no era comercial, de lo que quería hablar era “de internet y de que no es para tanto”. Decía que las confesiones religiosas también tuvieron su Uber con la aparición del pensamiento racionalista y que eso no había hecho que Dios dejara de estar en boca de la gente. Es más, decía que existe un tremendo auge de lo espiritual, de la necesidad de reconocer lo trascendente, y que eso se traduce en ese movimiento planetario de personas haciendo yoga, meditación, coaching, constelaciones, etc… y también en un movimiento igual de fuerte, “y más fundamentado”, de gente volviendo a sentarse a hablar con sus hijos, a escuchar a sus padres como viejos sabios, a mejorar el entorno, a despojarse de lo material no necesario, a renunciar a la inmediatez de todo, a saber vivir con lo terrible y reconocerlo como parte de la vida y, en definitiva, a reconocerse como humanos  De ese reconocimiento hablaba el ponente.

Y decía que sabe de sobra que las confesiones no llenan los templos y que los millennials y los Z no les siguen, pero también que seguimos necesitando respuestas a las preguntas últimas, a las que no contesta la ciencia empiricista, “esa nueva fe”, ni tampoco las charlas TED, por bien concebidas que estén.

Acabó diciendo no saber aún si lo que viene con internet, es más o menos de lo que vino con la electricidad, o más o menos de lo que vino con el fuego. Lo que es seguro, dijo, es que es lo que nos ha tocado a nosotros. Y también lo es, que ha provocado que recuperemos el gusto por la filosofía como disciplina necesaria para la vida. La filosofía, concluyó “es el estudio de la sabiduría y engloba todas las demás ciencias”, y dijo que de un tiempo a esta parte, se reunía mucho con altos directivos y políticos (no españoles, desgraciadamente), que sienten necesitar la filosofía para ordenar su pensamiento.

Y justo cuando la gente aplaudía, el teléfono del Contrafantasma comenzó a vibrar. Miró la pantalla y vió la cara de su amigo Nacho el de Londres, al que su mujer decidió abandonar y llevarse a su hija y con el que no hablaba desde hacía unos días. Se apartó un poco del evento y se acomodó en un banco para contestar. Tras los saludos de rigor, Nacho le actualizó sobre la que todo el mundo coincide en que es la no ficción más increíble que jamás han escuchado. Le contó que su ex mujer vive en Marbella, aparentemente feliz de la vida, en una casa que paga el nuevo y biológico padre de su ex hija, que conduce un descapotable que también proveé el biológico y que se ha comprado una moto eléctrica. Le contó que por fin ha recibido la demanda para hacer el traspaso de paternidad (así, como en el fútbol), demanda que está llena de mentiras (que por otro lado no le sorprende, porque eso ha sido la realidad de su matrimonio), y que ella ha cerrado quince años de convivencia con un SMS de ciento diez palabras, que acaba con la frase “siento mucho todo este jodido follón”.

Parece además que el biológico padre es un señor mayor, casado con una señora y supuesto experto en algo que tiene que ver con las personas en las empresas, temática sobre la que publica libros y da charlas. Nacho le comentaba que había comenzado a seguir al biológico en redes sociales y que había enviado a su amigo Ali a un par de esas ponencias, con ganas de hacer preguntas al final. Pero que por ahora Ali solo ha estado escuchando, sin preguntar.

El Contrafantasma escuchaba a su amigo con perplejidad y no podía más que asentir. Cuando acabó su relato, le contestó que no merecía la pena orientar sus energías contra el biológico padre de su ex hija, supuesto experto en cosas de personas dentro de las empresas, ni tampoco contra su ex mujer, porque lo que de verdad necesitan ambos es compasión. Que el primero es un individuo cuyo mono objetivo en la vida es tratar de meter la polla allí donde le dejan y que alguien con un desarrollo tan torcido, no merece ni un minuto de su energía. Y con respecto a su ex, todavía menos, ya que el hecho de que alguien capaz de mantener esa mentira durante tanto tiempo haya salido de su vida, es lo mejor que le ha pasado en estos últimos quince años.

Pero claro, tema muy diferente es su hija, a la que ha querido y cuidado como tal desde que nació, y por la que ahora llora cada poco desde que se la arrancaron, sin darle opción alguna para retenerla. Ahí el Contrafantasma sólo pudo decirle que pensara en qué era lo correcto para la niña y en función de eso actuara. Que seguro que no se equivocaría, aunque fuera duro. Y que la vida da muchas vueltas.

Colgaron y, al volver al lugar del evento, el ponente hablaba animadamente con con dos jóvenes que no tendrían más de 20 años. Le preguntaban si se le podía encontrar en Youtube, si tenía canal allí. Él sonrío y les dijo que no, pero no porque no le pareciera útil, sino porque el mensaje no llega igual si las personas no comparten un espacio físico.

 

Cultiva, vota, sueña

La palabra cultura viene del latín, de la unión de cultus, cultivo, con el sufijo -ura, que denota acción. Por tanto cultura es la acción de cultivar, la capacidad exclusivamente humana de ennoblecer la naturaleza. Y el viernes el Contrafantasma pasó el día en una magnífica muestra de esa cultura en la Vera (Cáceres), en casa de una pareja amiga que, tras veinte años trabajando una finca, la han convertido en un paraíso.  Un paraíso que ellos disfrutan siempre que pueden y donde han comenzado a organizar lo que llaman “Cultiver“, jornadas festivas dedicados a cultivar el interior del ser humano, con el ambicioso objetivo de resolver problemas “imposibles”. Se trata de reunir a gente amiga, afín e inquieta, invitar a un experto en el tema propuesto y dejar que fluya la conversaciòn.

El Contrafantasma contempló el fabuloso jardín nada más entrar. allí estaban los anfitriones dando la bienvenida y charlando animadamente con los invitados. Ninguno de ellos le resultó conocido, así que comenzó a presentarse, diciendo simplemente su nombre y repartiendo besos y apretones de manos con ellas y ellos. Inmediatamente se sintió bien en aquel lugar. Además de los invitados y los anfitriones, había una joven con una guitarra, tres o cuatro niños, un par de camareros, dos burros (madre e hija) y tres perros. El tema propuesta era “Votar”, algo muy simple, pero que la calidad de los políticos han convertido en misión casi imposible. Y el invitado, un ex asesor que trabajó para los dos presidentes españoles de los 90, siendo él aún muy joven y que en 2001 se exilió a USA, para trabajar como profesor universitario e investigador, “harto de aguantar gilipolleces”, según decía el flyer de la jornada.

A las 13 horas comenzó a sonar “Hymm to her“, de los Pretenders, interpretada por la joven de la guitarra, y poco a poco los participantes se sentaron. Sólo había cuatro sillas, de estas de director de cine, que habían llegado allí desde Kenia hacía 20 años. La idea era estar lo más en contacto posible con la naturaleza, para lo que se habían dispuesto mantas coloridas y almohadas gigantes sobre el pasto, además de sombreros de paja de todos los tamaños para evitar el sol. El Contrafantasma eligió uno de ala ancha, el único que le servía y en cuya etiqueta se podía leer “Mod – Indiana Jones“. Todo el mundo se descalzó y en el momento en que la música acabó, la dueña de la casa tomó la palabra para dar las gracias a los invitados por asistir y a su marido por continuar su aventura juntos veinticinco años después de haberse encontrado, por haber construido ese lugar y por sentirse tan bien de compartirlo con otros seres humanos. Mientras ella hablaba, otra mujer entornaba la puerta de entrada para cerrarla, tratando de pasar desapercibida. Su andar era delicado, llevaba las sandalias ya en la mano y traía su propia pamela, que ocultaba el rostro casi por completo. El pelo castaño caía por los hombros y en conjunto era una representación muy atractiva de lo femenino, pensó el Contrafantasma.

El invitado ex asesor de presidentes tomó la palabra  y comenzó a disertar sobre lo lejos de la verdad que están los actuales líderes políticos, sobre lo difícil que es gestionar un mundo con tantísimo estímulo exterior, basado exclusivamente en lo material, y sobre la escasa honestidad de los seres humanos a la hora de comunicarse con las nuevas maneras no presenciales. Abogó por hacer una elección de representantes al estilo Tinder, este si, este no, basado solamente en las fotos y la descripción que cada uno quisiera poner en su perfil, – nos ahorraríamos mucho tiempo y dinero -, concluyó.

Mientras, el Contrafantasma seguía de cerca los movimientos de la mujer que había llegado tarde y se había sentado cerca del gurú, dándole la espalda. Había algo en ella que le resultaba muy familiar. La conversación seguía fluyendo, ya con muchos de los invitados participando, pero él no podía desviar su atención de aquella mujer, sentada con las piernas cruzadas y la espalda bien recta. Habría jurado que era Irma… Estaba deseando que acabara la charla para descubrir si estaba en lo cierto, lo que sucedió a las 14,30. Un gran aplauso sonó en el jardín, todo el mundo se levantó y comenzó a tocar de nuevo la mujer con la guitarra, esta vez cantando “Sweet child of mine .

Se organizaron corrillos de invitados hablando animadamente sobre el tema del día. El Contrafantasma se encontró de frente con el ponente invitado y no pudo sino darle la enhorabuena por lo expuesto y disimular que había estado muy atento a sus palabras. En seguida se pudo zafar de él y dirigirse hacia la zona donde estaba la mujer. Le costó llegar, se habían formado cuatro o cinco corrillos y quedaba feo salir disparado sin compartir algún comentario con ellos. A medida que se dirigía hacia allí, hablaba y oteaba, sin resultado. Empezó a sentirse angustiado y ridículo. Lo primero por no verla y lo segundo, por tener tantas ganas de ver a una completa desconocida y no poder controlarlo. Recordó en ese momento la última vez que había estado con Irma, hacía ya más de seis meses. Aquel día caminaron por Madrid hasta la madrugada, durmieron juntos y se despertaron cerca de las tres de la tarde en el apartamento de ella.

Llegó hasta la entrada de la finca y abrió la puerta por si se había marchado y aún la podía encontrar camino del coche, pero tampoco. Regresó hacía el tumulto de invitados sin entender porqué ella no estaba y sobre todo, porqué le importaba tanto. Se preguntó si no sería una aparición, si aquella figura de mujer estaría solo en su mente.

De pronto sonó un fuerte aplauso, – ¿otro fuerte aplauso? -, pensó él, al tiempo que abría  los ojos y veía como señora de unos setenta años le sonreía como diciendo, menuda siestita te has echado. El Contrafantasma se avergonzó y los colores le subieron a las mejillas. Se puso a aplaudir como el resto y miró hacia el lugar donde se había sentado la mujer de pelo castaño. No había nadie.

 

 

 

 

El radiocassete y la adversaria

Nacho había presionado el botón de play en un aparato que parece un antiguo radiocassette, pero que en realidad es un moderno altavoz y la música de Sting les acompañaba mientras conversaban. Nacho vive en Londres y el martes invitó a cenar al Contrafantasma, aprovechando un viaje de este a la ciudad. Había insistido en verle porque quería contarle algo importante y que esa noche estaba sólo. Nacho es un gran conversador y si hubiera que ponerle una etiqueta, se diría que es un filósofo. Es matemático y tiene una visión que conecta las matemáticas con lo divino y no tanto con las complicadas hojas de excel que constantemente manipula. Nacho trabaja en banca, como tantos otros que hacen cosas no coincidentes con sus potenciales. Una lástima, sobre todo para el cosmos, que se pierde lo que de verdad puede aportar.

(Sonaba “Seven Days“, como dando ambiente cinematográfico a lo que Nacho estaba a punto de contar).

El apartamento de Nacho es la planta baja y el sótano de una vieja vivienda unifamiliar del barrio de Chelsea. Minutos antes el Contrafantasma había llegado con una botella de vino español y un surtido de quesos franceses, sobre todo Compté, el favorito de su amigo. Al abrir la puerta la figura de Nacho evidenciaba una notable pérdida de peso y su barba mostraba infinitas más canas que antes. – Si, no me lo digas, lo se, estoy mucho más viejo -, fueron sus primeras palabras. El Contrafantasma no dijo nada, pero lo pensó y se preocupó por el aspecto de su amigo. Fueron a sentarse al bonito y pequeño patio de techo acristalado que tenía en la planta baja y abrieron el vino. Sin mediar más que un brindis “POR-LA-PU-TA-VI-DA”, enfatizó Nacho, le soltó la bomba. Le contó que tras quince años de relación, doce de matrimonio y una niña de cinco, la noche de un martes de hace tres meses, su mujer le dijo que no le quería y que se volvía a España. Y lo que era peor, que Claudia su hija, no era de él. – ¡NO-ME-JO-DAS! -, fue lo único que el Contrafantasma pudo expresar, con un énfasis similar al del brindis previo.

(“Love changes“, de Sting y Shaggy, que es una canción de esperanza, se colaba en la conversación en el momento más dramático).

Aquel día de hace tres meses había sido como tantos otros, continuó Nacho. Habían hablado varias veces por teléfono desde el trabajo, cenado juntos y acostado a la niña en su habitación de la planta sótano. Nada hacía pensar que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Contaba que el día anterior habían hecho el amor, que dos semanas antes había sentido que las cosas volvían a ser como corresponde, después de unos años difíciles debido a la crisis, al nacimiento de Claudia y sobre todo, a la mudanza desde Bilbao hasta Londres.

(Se oía “Just one lifetime“, también de Sting con Shaggy. A veces el algoritmo de Spotify se adapta al momento de manera sorprendente).

Los tres meses siguientes habían sido los peores de su vida. Ella interpretando el personaje de la incrédula que tuvo un desliz un día (“te lo juro, solo fue aquel día y me dio asco”) y que por el bien del equipo tiró para adelante con la mentira,  ya que creía que lo podría manejar. Pero que llegó un momento en que no pudo más y petó.

Y Nacho por su lado, en esos tres meses, tratando de salvar su matrimonio, de perdonar a su mujer y de encontrar la fórmula de encajar la nueva situación. Pero sobre todo desubicado con qué hacer con lo que siente por su hija, que ya no es su hija biológica, pero a la que quiere como a nada en el mundo. Por eso y por haber vivido en una ilusión durante no sabía cuánto tiempo.

Una ilusión es una representación errónea de la realidad, que uno encaja como verdadera y que cuando se desvela, te deja desnudo. Había recibido uno de esos golpes del destino, de los que además no hay “jurisprudencia”, No hay casos de amigos a los que les haya pasado lo mismo. Una separación vale, una o varias infidelidades también están en la cabeza de todos. Pero que tu hija no sea tu hija y que hayas vivido esa mentira durante cinco años, eso no lo hemos vivido.

(“Don´t make me wait” en el aparato. Ese disco de Sting con Shaggy es realmente bueno).

Los ojos del Contrafantasma no parpadeaban, sentía indignación y perplejidad. Y se le vino a la mente “El Adversario”, el libro de Emmanuel Carrere en el que narra la historia real de un hombre que engañó a su entorno durante veinte años, haciendo creer a todo el mundo que era médico y que trabajaba en la central de la OMS en Ginebra. Entre los engañados su propia mujer, su mejor amigo de la facultad de medicina, sus hijos adolescentes, todos los conocidos de la pareja, familiares, etc… Nadie suponía que no era lo que decía ser y nadie se había preocupado de comprobarlo. El dinero lo conseguìa simulando que invertía en Suiza los ahorros que le confiaban sus allegados y que en realidad empleaba para vivir. La cosa se empezó a complicar cuando no le quedaron familiares que engañar. La ausencia de dinero provocó que asesinara a toda su familia a sangre fría, antes que blanquear la mentira que había estado representando durante tanto tiempo. Luego intentó suicidarse sin éxito, y Jean-Claude Romand, que así se llama el sujeto, lleva en prisión desde 1996.

En lugar de hablar del terrible caso del supuesto médico francés, el Contrafantasma agarró la copa de vino y la levantó para brindar “POR-LO-QUE-HAS-DE-JA-DO-A-TRAS”. Coincidía con Nacho en que era una situación muy jodida, pero que era mucho más terrible la situación previa, la de la mentira. Le dijo que será difícil, pero que sobre la base de la verdad, de lo correcto y de lo que uno es, se puede volver a construir.

(“To Love And Be Loved” sonaba al despedirse con un abrazo en el mismo lugar donde Nacho le había abierto la puerta tres horas y botella y media de vino antes).

Y es que al final de eso se trata, de amar y ser amado. Pero de verdad.

 

 

Lentejas

Era tarde y el Contrafantasma estaba sentado en el stand del país invitado en una feria muy aburrida. A lo lejos una mujer castaña se acercaba desde uno de los pasillos centrales. Estaba tan cansado que no enfocó la mirada hasta que tuvo delante de su nariz el cartel identificativo de Julia Cámara, colgando del cuello de la mujer y haciendo una bonita curva en la zona del pecho. El nombre le resultó familiar y el pecho quería que también. Alzó la mirada a través de la cinta que lo sostenía hasta llegar a la cara, momento en el que asoció el nombre, la fisonomía y un momento de su vida.

El Contrafantasma no veía a Julia desde la universidad. Fueron muy amigos durante los cuatro primeros años de facultad. Se conocieron en el autobús que les llevaba a Moncloa, donde había que tomar otro para llegar al campus. Ella se había quedado a vivir en Niza tras hacer el último año de carrera y después se había casado con un francés. Recordaba nítidamente la última vez que habían coincidido y no había sido en este siglo. La cara era la misma de entonces, el aspecto muy jovial y su sonrisa seguía formando hoyuelos en las mejillas. En la facultad era más rubia, pero sus ojos seguían igual de verdes ahora. Durante unos segundos se entretuvo viéndola manejarse por el espacio, hablando con unos y otros. Ella en cambio no reparó en su presencia y se movía con soltura y gracia entre la gente.

En mayo de 1999 Julia había invitado al Contrafantasma a comer lentejas. Los dos tenían novio en aquella época y aunque la atracción entre ellos era más que evidente, se tomaron la cita como una reunión de amigos, consecuencia de la insistencia de Julia en presumir de lo bien que le salían las lentejas. La madre de Julia, que era psicoanalista y había nacido en la parte zamorana de Tierra de Campos, decía que el secreto de unas buenas lentejas era la materia prima y que la lenteja pardina que se cultivaba en su pueblo era la mejor del mundo. Julia estuvo cuatro años diciendo que ella cocinaba las lentejas mejor que su madre y ese jueves de primavera era el momento de descubrirlo.

El Contrafantasma había fijado su mirada en Julia y la seguía sin disimulo con la vista. Ella había sacado su teléfono y se había sentado a mirar sus mensajes y hablar con alguien. Al estar separados por dos o tres mesas, no había contacto visual. Ella sonreía y gesticulaba mucho en su conversación, que ahora era una videollamada, o eso parecía. En seguida colgó y alzó la mirada oteando la estancia como con un periscopio, primero hacia su derecha, donde se encontraba la salida y luego hacia su izquierda. Y ya donde el cuello no giraba más, encontró al Contrafantasma sentado a 5 metros de distancia, mirándola de forma directa.

Aquel día de mayo de hace veinte años, Julia y el Contrafantasma se comieron las lentejas, conversaron horas mientras caminaban por Argüelles y acabaron en Malasaña de copas, sin mayor preocupación que pasarlo bien. Era jueves, finales de los 90 y los garitos no cerraban, uno no tenía que vivir experiencias, sino simplemente vivir, había móviles pero no tenían cámara, los SMS costaban pasta y compartir no era subir una foto a las redes sociales, o hacer un grupo de WhatsApp, sino quedar al día siguiente para comentar lo sucedido, o tener una conversación al teléfono fijo durante dos horas. Esa noche Julia y el Contrafantasma bebieron bastante, probaron otras sustancias que encontraron por el camino y vieron juntos el amanecer en el parque del Oeste, tumbados, descalzos y felices. La despedida en el portal de ella fue un intenso abrazo con un solo beso de mejilla que duró varios segundos. Lo último que se dijeron fue que tratarían de repetir antes de las vacaciones de verano. El olor de aquella noche y de ese abrazo quedó grabado en la memoria de ambos para siempre. Pero no solo no volvieron a quedar para comer lentejas antes del verano, sino que ella marchó a Francia antes de lo previsto y ya no se volvieron a ver más. Hasta hoy.

Julia también reconoció una cara familiar cuando vio al Contrafantasma ahí sentado. Se quedó parada, el calor le subió hasta las mejillas, se le aceleró el corazón y durante unos segundos sintió mucha emoción, aún sin encajar de quién era la cara que le producía todo eso. Sonrió tratando de ganar tiempo para recordar y de pronto, ¡zas!, se acordó de aquellas lentejas, el autobús, la facultad, aquella conversación, esa noche y el abrazo. Al tiempo que sonreía exclamaba, -no te puedo creer, ¿eres tu?-. Se levantaron y sorteando las mesas, se saludaron con dos atropellados besos y un intenso abrazo. Ella olía igual que veinte años atrás. Se preguntaron por sus vidas y por el motivo que le había traído a ella a la feria. El venía desde hace 12 años y nunca la había visto. Julia le dijo que es psicóloga, que después de varios años tratando de ser otra cosa, encontró su profesión y que desde hacía una década se dedicaba a cuidar personas. Que eso le llevó a escribir y que ahora uno de sus libros se había convertido en un pequeño éxito de ventas en Francia y había vendido los derechos para llevarlo al cine. Y que estaba allí por ese motivo.

El Contrafantasma se despidió de Julia aquella mañana de 1999, con una sensación de plenitud difícil de describir, pero que cualquiera que haya estado enamorado puede reconocer. Hay pocas señales de amor más evidentes que evocar el olor del otro y sentirlo como si aún estuviera allí. Y caminando desde Argüelles hasta la casa de sus padres, en Chamartín, él solamente tenía sentidos para recuperar esa sensación que había estado experimentando toda la noche. Eran las 9,45 de la mañana de un viernes soleado.

-Venga, vamos a tomar algo, tenemos muchas cosas que contarnos-, propuso Julia. Salieron hacia el paseo, caminaron hasta encontrar un lugar con una mesa libre y se sentaron en una esquina. Era pronto para cenar, así que pidieron dos cervezas y una tabla de quesos. Ella le contó que nunca se había casado, pero que le pareció gracioso que la gente en Madrid pensara que si y que por eso no lo desmintió. Que con aquel chico francés fue muy bien hasta que, tras seis años de relación, se lo encontró con su jefa (la de ella) en la cama. Que desde aquel momento dejó de confiar en la fraternité, abrazó la egalité acostándose con el hermano de su ex y sobre todo se enfocó en la liberté, para ser concretos, en la suya propia. Que se fue a Alemania a pensar en su vida y aprender el idioma y acabó estudiando filosofía y psicología, para después marchar a Suiza para completar su formación como psicoanalista jungiana. Le confesó que nunca había tenido un perfil en redes sociales, que no sabía quien era Elon Musk y que no tenía ni idea de que era la transformación digital, de la que todo el mundo le había estado hablado últimamente.

A mediados de julio, la madre de Julia recogió del buzón una carta que el Contrafantasma había enviado el día después de la noche de autos de 1999 y se la había reenviado a su hija, junto con los clásicos sobres de jamón de bellota envasado al vacío y las lentejas de Tierra de Campos. Ese paquete nunca llegó a destino y por tanto Julia nunca leyó la carta. En ella él declaraba amor incondicional, comunicaba que había dejado a su novia y expresaba su anhelo de volver a verla antes de que ella se marchase a Francia. Correos perdió esa carta en el primer viaje desde Chamartín hasta Argüelles y casi tres meses después, la madre de Julia la traspapeló luego entre sobres de jamón ibérico y lentejas de Castilla León. Aquel no era el momento para ese amor.

El Contrafantasma escuchaba el relato de Julia con los ojos brillantes, ya saboreando la segunda cerveza.

Un amor de media hora

Sebas se había marchado de vuelta al ártico para participar en los últimos preparativos del lanzamiento de su documental. Antes de irse le había dejado al Contrafantasma Filosofía Básica, el libro que ha escrito basado en su experiencia de vida y en las enseñanzas de Walter Odermatt.

Bajando las escaleras mecánicas del metro lo abrió de forma aleatoria y comenzó a leer. La página decía que los humanos somos el nivel más elevado del cosmos y que existe una conexión evidente con el resto de niveles, que son los minerales, las plantas y los animales. Seguía con que cada nivel del cosmos recoge y engloba las características de los anteriores y que los humanos, como nivel más elevado, atesoramos todas las cualidades de los tres primeros. Subrayaba además que cada individuo somos un microcosmos, un cosmos a escala y que tenemos cuatro capas análogas a los cuatro niveles del macrocosmos.

Eran las 7,56 de la mañana y lo que leía le enganchó automáticamente. Acababa de sentarse en el vagón (siempre elegía el último) para ir a su oficina y por primera vez era invierno en Madrid. Posó la mochila sobre sus rodillas y acomodó el libro de Sebas para seguir leyendo.

Continuó con las cuatro capas del hombre, que son el cuerpo, que tiene su coincidencia con los minerales. el organismo, vinculado a lo vegetal, el alma, que es lo específicamente animal y por último el espíritu, aquello exclusiva y específicamente humano. Y hacía hincapié en que no hay libertad personal sin una correcta integración de estas cuatro.

El vagón empezaba a llenarse aún parado en el andén, era principio de línea y siempre hay que esperar un poco para cumplir los horarios. La gente entraba muy abrigada, casi en exceso, como aprovechando a sacar del armario el equipamiento de frío, no sea que no haya más oportunidades en todo el invierno.

Y el texto continuaba su despliegue, ahora relacionando las cuatro capas con las regiones corporales del ser humano. Sebas escribe que la capa del espíritu se encuentra en la cabeza, lugar donde están las informaciones, los pensamientos y la conciencia del bien y del mal. La capa del alma está en la zona del pecho, donde nos llevamos la mano para decir que algo es nuestro o simplemente para decir “yo”. El alma es lo animal en nosotros y si no tuviéramos espíritu, actuariamos solamente guiados por los instintos. Después localizamos la capa del organismo en la zona del vientre y hasta las piernas, donde se encuentran la mayoría de órganos que cumplen funciones vegetativas vitales. Y por último está la capa del cuerpo, lo mineral en nosotros, localizada en los brazos y las piernas y únicas partes del ser humano donde no descansa ningún órgano y que sirven para sostenernos (piernas) y para ejercer fuerza (piernas y brazos).

Joder, pensaba el Contrafantasma, toda una vida conviviendo con mi cuerpo y ahora me entero de esto. Tenía una sensación como de estar leyendo sobre un gran descubrimiento, cuando la realidad era que los conceptos eran los que se aprenden en primaria. Tanto los del cosmos, como los de las partes del cuerpo humano. Lo que nadie le había contado nunca era que están relacionados.

Habían pasado 25 minutos cuando levantó la cabeza y se cercioró de que no se había pasado de parada. Comprobó también que una mujer bien arreglada y de unos cuarenta años sentada a su izquierda, estaba tan interesaba en el libro como él. Se cruzaron sus miradas y sonrieron, pero ninguno se animó a hablar. Continúo leyendo, pero menos centrado por la cercanía de su destino y por su reciente interacción con su atractiva compañera de viaje.

Se preparó para salir en Av de América, y al mismo tiempo se levantó ella y se puso a su lado. Al parar el tren ambos lanzaron su mano al botón de apertura, donde torpemente chocaron, lo que provocó una sonrisa y una disculpa. El Contrafantasma le preguntó de manera socarrona si le había gustado lo que había leído. Ella se sonrojó levemente y pidiendo disculpas por la invasión, contestó que le había parecido muy atractiva la idea de que somos un cosmos en pequeño y que estamos muy vinculados a la naturaleza. Le preguntó si podía hacer una foto de la portada del libro para quedarse con la referencia. El Contrafantasma lo sacó de la cartera y se lo mostró.

Tras darle las gracias se despidió y se alejó por el lado opuesto al suyo. Su andar era firme y el Contrafantasma comprobó lo sólidas que parecían sus piernas, su parte mineral. Volvió a su libro mientras caminaba por el intercambiador y subía las escaleras. Al llegar a la puerta de Hontanares, la cafetería de esquina a los pies del edificio con el cartel de Iberia, ese que recibe al viajero que llega desde el aeropuerto de Barajas, en una de las entradas más feas de Madrid, paró. Acabó el capítulo y se dispuso a cruzar Francisco Silvela. Al levantar la cabeza vió que en la acera de enfrente, al otro lado de los coches que iban y venían, estaba ella. Al verle encogió los hombros y alzó las palmas de sus manos, como diciendo que se había equivocado de salida. El semáforo se puso en verde y el Contrafantasma no se movió de su sitio, esperando que ella llegara. Se acercaba sonriendo y por un momento parecían una pareja que, con muchas ganas de verse, estaban a punto de fundirse en un abrazo.

Al pasar por su lado la mujer le hizo un gesto con las cejas y pasó de largo hasta abrazarse con otro hombre, que esperaba dos metros detrás de él.

Eran las 8,31 y no le quedó otra que reírse y agradecer el romance de media hora que acababa de vivir, gracias al libro de su amigo. Comprobó también que el amor depende de la correcta predisposición de uno mismo hacia él y no del azar. Siguió caminando por las calles frías y secas de Madrid con una sonrisa en su cara, hasta llegar a la oficina. Tras sentarse delante del ordenador envió un mensaje a Sebas. Decía así; “Sebas, tu libro me encanta, ha convertido un trayecto en metro en una verdadera historia de desamor”.

Sebas de Siberia

Sebas hablaba de que los algoritmos no son malos, ni siquiera los que utilizan los de The Gang of Four (Amazon, Google, Facebook y Netflix), para tratar de mejorar sus cuentas de resultados y las experiencias de sus usuarios. Tampoco le doy demasiada importancia a que diferentes fuerzas, geopolíticas o corporativas, utilicen los nuevos canales para espiarnos y tratar de manipularnos, modificar resultados electorales, hacer pruebas sociológicas o vendernos champús. Al menos no lo siento más peligroso que el uso de los medios de épocas anteriores, cuando solo había un canal de televisión o de radio que escuchaba todo el país, sin posibilidad alguna para la mayoría de individuos de comprobar si los hechos coincidían con la afirmaciones que allí se emitían, ni más fuentes a las que consultar. Yo sigo pensando que el hombre nunca fue a la luna, pero esto es cosa mía, de Stephen Curry y de Iker Casillas, que ambos lo han cuestionado en fechas recientes.

El Contrafantasma escuchaba a su amigo Sebas, sentados ambos en Casa Mingo, un 3 de enero, mientras bebían sidra y comían pollo en una soleada mañana de navidad. Sebas es de Vallecas y nació en Buenos Aires, vive en el ártico siberiano y dedica su tiempo a la excavación del hielo en busca de restos de mamuts. Trabaja para el canal de TV National Geographic y es uno de sus exploradores residentes, un trabajo de esos que todos admiramos por exóticos y divertidos.

Mira, continuó Sebas, ya con un café solo y sin azúcar delante de él, desde que vivo en Siberia, y ya van ocho años, he encontrado el tesoro más valioso que tengo, que es conocerme. Se que puede sonar mentiroso, esotérico, pedante, naive e inútil, dependiendo de quien lo escuche, pero te juro que es lo mejor que me ha pasado en la vida.  Cuando sabes quien eres, solo percibes aquello que tiene que ver con tu función en el mundo. Es como un escudo protector que te libera de lo inservible, de lo innecesario, es un superpoder si me apuras. Y el resto, en ocasiones, lo recibe como antipatía, pasotismo o mala educación. Y no, te prometo que trato de hacer el bien, de ser correcto, de ayudar a los que lo necesitan, de ser humano en definitiva. Pero la realidad es que hay infinidad de cosas que no me interesan nada y de manera no consciente, pasan delante mio sin generar ninguna atracción, sea cual sea el algoritmo que utilicen. Y claro, la gente se mosquea, porque estamos todos muy necesitados de atención. Lo que puntúa en esta sociedad es la capacidad de atraer la atención del resto, por eso todo el coñazo de los followers, los likes, las fake news y su puta madre. No se trata de que todos llamemos la atenciòn todo el tiempo, sino  de que cumplamos con nuestra misión en la vida, con lo que somos. Y en ocasiones, si eso tiene una función para el colectivo, pues será conocida, reconocida, seguida, gustada y generará un beneficio en el tiempo para todos y no solo para unos pocos.

Y esa es la verdadera libertad, elegir de manera íntegra, con lo consciente y con lo que no lo es, pero que vibra de alguna manera en uno, el camino para el que hemos venido a este mundo. Y ese camino no es el gran camino, sino las decisiones de todos los días. Nadie puede escribir los diferentes puntos de su biografía antes de nacer, todo eso se hace después. Y se que me vas a decir que yo estoy haciendo lo que quiero, que mi trabajo me gusta, que es diferente, que tiene repercusión pública, que no hay muchos puestos como este en el mundo, etc..

Si, te iba a decir justo eso, sonrió el Contrafantasma.

Y si, tienes razón, todo eso es cierto y también lo es el hecho de que con todo, hasta hace poco más de dos años nunca te habría hablado de esta manera sobre mi. Y te habría secado la oreja con el último reportaje que vamos a estrenar en primavera, rodado en la Isla de Wrangel y en el que contamos que se puede recuperar el ADN de un mamut enano lanudo de hace 7.000 años y reproducir esa especie a través de células madre, como lo hacen en Jurasic Park.

El Contrafantasma le miraba con los ojos brillantes, mientras Sebas seguía su narraciòn.

Esta capacidad tiene límites, claro, y yo los he aprendido de la naturaleza. En ella está todo, incluídos los algoritmos que ahora están tan de moda. Y si no porqué crees que las raíces de las plantas crecen hacia abajo y sus hojas hacia el sol, o porqué las flores salen en primavera y no en otoño. Todo tiene un orden, detrás de todo hay un cálculo, unas matemáticas, unos algoritmos, si lo quieres llamar así. Hay un escarabajo que vive todo el tiempo debajo de la tierra y que sale a la superficie cada siete años, que casualmente es un número de esos que denominamos primo, primero, esencial. Y como el escarabajo hay cientos o miles de ejemplos, lo que pasa es que identificar eso no mejora de manera directa la cuenta de resultados de ninguna compañía, que es la única motivación de la mayor parte de la cultura occidental. Vivimos en la era del rendimiento y si una actividad, empresa o persona no genera un beneficio, la desechamos. He escuchado en la radio que casi la mitad del presupuesto de España se dedica a pagar las pensiones, lo cual es una locura en términos de sostenibilidad, más cuando el colectivo en cuestión podría ser de gran valía trabajando para que el resto aprendiéramos de su sabiduría y para que ellos no bajaran los brazos por ser considerados chatarra vieja. Cuando uno es mayor, se le jubila y se le da una cantidad de dinero para que no moleste, para que no proteste. Aquí en Siberia, a los mayores se les pregunta cómo funciona la vida. Los que más saben de las excavaciones son lo ancianos, que por otro lado tienen una vitalidad envidiable, y son delgados y sin arrugas.

No se, igual se me está pirando, tu párame cuando quieras, concluyó Sebas. Pero no, el Contrafantasma no tenía gana de parar su narración porque como él mismo decía, vibraba y hacía vibrar. Lo único que le vino fue una pregunta, -¿cuál es esa función exclusivamente tuya para la que has venido al mundo?’, – le preguntó. – ¿le has puesto nombre? -.

Si, respondió Sebas, hoy venir a Casa Mingo contigo, mañana ya veremos.