Nada personal

Si te has levantado con pesadez, algo plúmbeo, igual agradeces posponer la lectura de este post para otro momento, porque me voy a poner profundo. Como casi siempre, lo que sigue está basado en hechos reales, cosas que seguramente le suceden a la realeza.

El lenguaje es maravilloso, en eso estaremos muchos de acuerdo. La capacidad de asignar sonidos a las cosas que experimentamos es magnífica, además de tremendamente útil. Haber creado una representación gráfica para dichos sonidos, es decir la escritura, es seguramente la creación de la que más orgullosos deberíamos estar como especie. Más aún que de la invención de internet. Pero con todo, hay partes de la realidad que no se pueden explicar con palabras, ni mandar por whatsapp, ni postear en redes sociales. Afortunadamente hay que vivirlas.

Bonnie Duran, profesora de la Universidad de Washington, explicaba en el episodio de “10% Happier” de esta semana, ese axioma del budismo que dice que “nada es perfecto, nada es permanente y nada es personal”. Las dos primeras P´s eran cosas ya comprobadas por mi. La tercera, la de que nada es personal, es algo que me cuesta mucho aceptar, asimilar y llevar a la práctica.

La noche del 29 de enero de 2004 tomé el vuelo de Buenos Aires a Madrid, tras pasar unos días con amigos en el verano austral. En aquella época cuidaba muy poco mi diabetes. Muy poco significa que me inyectaba la insulina y no comía cosas con azúcar, pero nunca medía mis niveles de glucosa, ni los carbohidratos que ingería y mi vida era similar a ir navegando a los mandos de una zodiak a gran velocidad cerca de la costa con los ojos vendados, con la certeza de que aunque el mar es amplio, eventualmente me iba a chocar con algo o alguien. Pero esta enfermedad mía (y de la perra) no duele, no tiene una sintomatología visible para el resto y las consecuencias no deseables normalmente no están vinculadas al corto plazo, sino al desgaste por el paso del tiempo. Y salvo mi conciencia, nadie más tenía acceso a las informaciones que provenían de mi organismo. Así que me mantenía distante con un “todo bien, gracias”, frente a todo ser humano que se interesaba por mi salud. Llegó a ser recurrente mi pensamiento de desear tener un episodio que acabara conmigo en el hospital, para así poner el contador a cero y empezar a cuidarme. Yo, sólo con mi voluntad, no era capaz de hacerlo.

Y llegando a Ezeiza, en el remis me di cuenta de que me había olvidado la insulina en la nevera de casa de mis amigos. No me daba tiempo a volver, así que decidí no comer nada en el aeropuerto ni durante el vuelo y que al llegar a Madrid regularizaría la situación. Y llegué a Madrid, pero directo al hospital de la Milagrosa con cetoacidosis (envenenamiento de la sangre por el exceso de acetona). Durante el vuelo me encontré a morir, vomitando hasta la última bilis, durante las ocho últimas horas del mismo, Cuando aterrizamos y vi que no había finger, sino que estábamos en pista y había que tomar el autobús hasta la terminal, pensé que no llegaba. Cuando puse un pie en la sala de recogida de equipajes de Barajas, llamé a quien me venía a buscar, para que entrara a por mi, porque no podía dar un paso.

A partir de ahí tengo el recuerdo de todo lo que pasó, el coche color verde, la carretera de Barcelona, la avenida de América, María de Molina, Castellana, Rios Rosas, Modesto Lafuente y la silla de ruedas en la entrada de urgencias. Recuerdo tumbarme en la camilla del box y recuerdo que se me fué pasando el malestar, hasta sentirme sorprendentemente bien. Recuerdo verme y ver toda la escena desde una de las esquinas superiores de la habitación, con perspectiva de tercera persona. Recuerdo ver gente entrar y salir, médicos, enfermeras vestidas de monja, o al revés, monjas vestidas de enfermeras. Recuerdo a mis padres y hermano llegar, a mi compañero de piso aparecer también, todos me hablaban y luego comentaban entre ellos. Yo lo observaba y les escuchaba desde fuera, desde arriba, como un espectador, sin poder participar y con una placidez extraordinaria. No entendiendo demasiado su preocupación.

Veinticuatro horas después me desperté enchufado a un montón de cables en la UCI. Tras otros tres días ingresado me mandaron a casa y una semana después fuí a ver a un médico, de nombre Alberto, que me ayudó mucho a gestionar mi enfermedad en los años siguientes. Lo primero que me dijo, tras leer el informe del hospital, fue que había estado en coma. Nadie me lo había verbalizado así y creo que el informe tampoco lo decía en esos términos, pero él pronunció exactamente estas palabras, “has tenido en coma diabético”.

Y este viernes pasado, dentro de nuestras enseñanzas de Psicología Profunda, tuvimos reunión temática sobre el mundo del más allá. El término más allá suena un poco esotérico, lo se, como también le pasa a la propia Psicología Profunda. Pero es fácil traerlo a este lado del entendimiento. El más allá es uno de los cuatro mundos en los que convivimos diariamente, junto con el mundo exterior (el de aquí fuera, el de la materia), el mundo de la conciencia (las informaciones) y el mundo interior (lo divino). Y salvo en lo referente al mundo exterior, en el resto el lenguaje no alcanza para abarcar el significado de sus conceptos y fenómenos, porque no tratamos en ellos cosas observables de manera objetiva por todos. Hablar de lo que nos pasa por dentro es hablar de cosas invisibles y muchas veces lo invisible es inexplicable a través del lenguaje, hay que vivirlo. Pero al mismo tiempo es universal, cotidiano, mundano, habitual, humano en definitiva. ¿O es que hay alguien que pueda decir que no ama, no piensa, no sueña, o no se emociona?. Todos lo hacemos, es parte de la realidad y un lugar donde la ciencia dominante aun no ha encontrado explicaciones satisfactorias (ni creo que lo haga), como por otro lado también pasa con el SARS-CoV-2. Pero no es día de hablar de eso, volvamos al más allá.

El más allá (másallá a partir de ahora) se experimenta cuando la conciencia del yo está con la guardia baja, cosa que se puede hacer de manera voluntaria o involuntaria. Lo más habitual es hacerlo involuntariamente, por agotamiento y/o estrés, producto de nuestras propias narrativas. Nos quedamos embobados siguiendo a nuestros pensamientos constantemente. Ya quisiera Netflix tener la capacidad de nuestros argumentistas internos, los mejores narradores de dramas. Nos enganchan a nuestras propias historias y nos hacen adictos de ellas, sin pararnos casi nunca a comprobar si éstas se basan en hechos o ficciones ya las que además otorgamos un valor casi sagrado. Hemos sustituido a Dios (el amor, la naturaleza, llámalo como prefieras), por el Yo. Mal plan.

Que levante la mano quien no tenga cada día importantísimas reuniones, correos a enviar, facturas a pagar, carrera profesional a mejorar, deberes de los niños a evaluar, político a criticar, vacaciones (ahora en cuarentena) a programar, un power point a punto de presentar, la call de Zoom a conectar, el yoga online, el coaching, el crossfit, el running, la polarización provocada siempre por “los otros”, o el coñazo de tu cuñado en la comida de los domingos … Cuando no estamos inmersos en esas magníficas narrativas, que es muy difícil estando despiertos, es cuando uno puede acceder mejor a esa dimensión del másallá. La forma más reconocible es a través de los sueños. Si bien, como decía, se puede entrenar y potenciar el acceso a través de la meditación, del baile, de un paseo, de una conversación sincera con un amigo o de una experiencia creativa del tipo que sea. Y por supuesto, también a través de un estado de coma, aunque ésto último no es muy recomendable.

Pero por aquel coma diabético y por lo que experimenté en el másallá, hoy puedo intentar poner palabras a lo que quiero compartir. Y es que por fin he entendido eso que dice el budismo y Bonnie Duran sobre la tercera “P” de la lista de arriba, lo de que “nada es personal”. Y el resumen es que cuando trascendemos nuestra individualidad estamos mejor y somos mejores, mucho mejores.

Pero hay que tratar de hacerlo de forma voluntaria y no simplemente por agotamiento. Porque el másallá puede ser también terrible, como lo son las pesadillas, o un mal viaje por alguna sustancia, o simplemente una mala tarde debido a esos pensamientos negativos que te torpedean la cabeza y que no sabes de dónde vienen.

Y digo más, cuando somos capaces de trascender nuestra individualidad, no desaparece el dolor, como en mi coma, pero se alcanza una perspectiva totalmente diferente respecto al mismo. Mi episodio hospitalario sin poder intervenir, ni dirigir la escena (como pasa en los sueños) y con la sensación de no sentir ningún malestar después de haber estado fatal, fue consecuencia de estar másallá de la conciencia de mi yo, másallá de mi dolor, másallá de mí como individuo de carne y hueso.

Y no animo a nadie a estar en coma para trascender su individualidad, pero aquella experiencia supone una revelación de esa clave del bienestar. Porque allí, además de no estar metido en mis narrativas cotidianas personales, conecté con el todo, con algo donde el dolor individual no existe, no es. Y es porque en ese estado, se reconoce fácil que no somos individuos aislados, que estamos todos y todo conectados, y que somos uno con la Naturaleza.

En nuestra época cultural vivimos volcados en la narrativas personales y siempre mirando todo desde punto de vista del individuo y de lo material. Ni la naturaleza en su conjunto, ni lo espiritual forman parte de las enseñanzas, ni por supuesto de lo cotidiano. Y podemos empezar a cambiar esto de a poco, apaguemos el móvil, cerremos los ojos por 15 minutos, prestemos atención y veamos qué pasa. Aquel día de enero de 2004 me dió la vida un aviso y una segunda oportunidad, que no siempre he aprovechado como dicta el manual. Pero ya no sufro más de la cuenta, porque sé que no soy perfecto. Y como tampoco soy permanente, ya que antes o después todos llegamos al másallá de manera definitiva, pues no encuentro en la finitud un problema. Y además ahora sé que nada es personal, que cuanto más colectivo sea todo, mejor vamos a estar. Togetherness, que dicen los americanos.

Y ese vino argentino de la foto es para celebrar que hoy, hace 47 años, la madre que me parió estaba en ello. Ella no está en el mundo exterior desde hace seis, pero sí en el másallá y sigue celebrando con vino que el resto sigamos aquí, en esta lucha maravillosa por un mundo mejor y menos personal.

Pasen un gran domingo.

2 comentarios sobre “Nada personal

  1. Hola Gonzalo,
    Enhorabuena por El Contrafantasma, es un placer leerte…en fondo y forma…una maravilla.
    Me ha encantado volver a leer este relato, que me contaste aquella tarde que quedamos en Juan Raro hace un par de años o tres…
    Te busqué en twitter tratando de contactarte para escribirte, porque soñé contigo una noche…bastante curioso todo, el sueño en si…y de una cosa pasé a la otra y acabé leyendo en tu blog, que había sido tu cumpleaños…justo soñé esa noche!!!! Increíble….me pareció muy loco…y tenía que contártelo!

    Me parece interesantísimo todo el contenido…aquella experiencia tuya, en la que trascendiste el yo, y te acercaste al “todo”, en un nivel de superconsciencia, …da para una larguísima conversación con un buen vino….
    El SER y el Ego…el despertar de nuestras consciencias…darnos cuenta que tod@s somos el SER…en realidad…
    Hay un video interesantísimo en el que una neuróloga cuenta la experiencia que tuvo al vivir conscientemente su propio derrame cerebral…escucharla es emocionante ♡, una experiencia muy similar a la que tuviste tú:

    Podriamos practicar y practicar como tú bien dices, o acercarnos al menos, mediante la meditación…y llegará ese “Samadhi” que sería como llegar a un océano inmenso (el SER, el “todo “desde cada río individual (nuestros egos)….

    Todo esto enlaza con la experiencia de la muerte…leyendo “La muerte un amanecer” de Elizabeth Kübler Ross, me di cuenta que es exactamente lo mismo…hablamos siempre de lo mismo…

    Espero que estés bien, gracias por este blog, me parece un placer leerte…y te envío un profundo abrazo.

    Olga

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