Hábitos

Mi último emprendimiento profesional ha sido un software llamado “40Persona” (www.40persona.com). La herramienta mide los 5 principales rasgos de la personalidad (BIG 5) y ofrece como output dos tipos de métricas. La primera es un resumen de tu perfil de personalidad, resultado del análisis de sus 30 principales facetas, que te indica cuál de los 40 tipos del modelo es el tuyo y te da una descripción de fortalezas y debilidades del mismo. El otro output, más vinculado a los profesionales de los recursos humanos, traduce dichas facetas a lo que conocemos como competencias (blandas), situando a cada individuo en un percentil en cada una de ellas. El objetivo es que el evaluador conozca mejor a su gente, para tomar decisiones correctas vinculadas al mejor aprovechamiento de las capacidades de sus equipos en el mundo profesional.

Y los resultados son precisos y suelen acertar. La desarrollamos en conjunto con tres universidades españolas y posee una baremación y un testeo muy cuidados. El marco teórico se fundamenta en las llamadas ciencias del comportamiento, además de en la psicología de las diferencias individuales (Personalidad). Por tanto y con humildad, lo que “40Persona” dice de ti, puede resonarte y ojalá ayudarte a conocerte un poco mejor. Pero con mucha más humildad, reconozco que esa resonancia también puede surgir de otro tipo de fuentes de autoconocimiento, como una buena carta astral, una meditación diaria de 15 minutos, o la opinión espontánea de tu hija de once años. Y que sin duda, la suma de todos estos análisis y ejercicios de consciencia, alumbran aún mejor lo que cada uno somos.

Porque los humanos somos algo maravillosamente complejo, con millones de procesos funcionando al tiempo, conectados a todos y al todo a través de fenómenos que la ciencia mainstream aún no ha sido capaz de definir, con dependencias del entorno, de la época cultural, de la fase de la vida, de ser mujer u hombre, de la tradición heredada y de la opinión pública que nos rodea. Así que lo primero, no seamos demasiado exigentes con la precisión de los análisis de ninguna herramienta o persona, respecto de cualquier otro ser humano y mucho menos si de un análisis estático y aislado se trata. Y luego, seamos aún más benevolentes con nuestros propios autoanálisis, que normalmente son los más dañinos.

Y no era mi intención hablar de mi trabajo en este blog, es la primera vez que lo hago. Pero llevo días leyendo sobre hábitos y la dificultad que tenemos para corregir los malos y potenciar los buenos y me ha parecido oportuno escribir sobre ello. La herramienta ayuda a la primera premisa para ponerse a trabajar en los hábitos, el reconocimiento. Reconocer es una de las tres funciones del ser humano (las otras son la aspiración y la actuación), y significa hacer las conexiones correctas para entender un fenómeno. Y si hablamos de los hábitos, lo primero es poseer una concepción clara de uno mismo y lo segundo saber a qué nos estamos enfrentando, es decir, qué son los hábitos y cómo se construyen.

Y conocerse a uno mismo debería ser una tarea conseguida (al menos en un primer draft), en la frontera de los 24 años, allá cuando acaba la segunda fase de la vida y donde ya reconoces tu concepción del mundo. Y no nos pongamos profundos, que eso se define por elecciones muy básicas, como tu equipo de basket, qué sexo te tira más a la hora de intimar, o si eres de salir a bailar o de apoyar el codo en la barra. Al final de ese ciclo, habrás pensado innumerables veces acerca de tus ideales: tu amor ideal, tu profesión ideal, tu forma de vida ideal, tu tipo de familia ideal y si preguntáramos, muchos responderían de forma precisa a cuáles son esos ideales. Lo que pasa es que al tiempo, estamos muy despistados, producto de la influencia de los mayores que taponamos y sobreprotegemos la salida de los jóvenes y de la sociedad en su conjunto, que en esta época cultural nos trata sólo como consumidores y no como personas.

Y es que a esos 24 ya tenemos unos hábitos construidos. Y digo construidos porque los hábitos tienen que ver con los minerales. Los seres humanos somos un cosmos en pequeñito y en nosotros están los cuatro niveles del macrocosmos (mineral, vegetal, animal y humano). En el cosmos grande, los minerales dan formato y estructura a los planetas, y en el nuestro los utilizamos para construir edificios y hacer cosas sólidas. Como analogía en nosotros, al ser un microcosmos, la capa mineral es la que tiene que ver con los hábitos y por tanto son nuestra estructura básica, esa que nos da formato, solidez y sostiene nuestra persona. Y por eso es tan difícil de cambiar un hábito, porque como los edificios construidos con minerales, requieren de mucho esfuerzo para modificarlos. Y si a esta solidez le añadimos que los hábitos pertenecen al inconsciente, al tratarse de comportamientos automatizados producto de la repetición, pues es muy normal que sea harto complicado corregir uno mal construido. Primero porque cuesta reconocerlos al no ser conscientes de ellos y segundo porque una vez reconocidos, son duros de cambiar, como lo son los minerales de moldear.

Y regreso a los 24, ese momento en que ya conocemos nuestra concepción del mundo, donde ya somos indiscutiblemente antimadrididstas (algunos), pero sabiendo ahora lo que son los hábitos. Desde ahí hasta los 36 hay que tratar de corregir los negativos y potenciar los positivos. Y estos últimos son fáciles de reconocer, ya que son los que se acercan a ti, los que resuenan con tus ideales, los que son sanos, sencillos, honestos e íntegros.

Soy consciente del mundo que nos ha tocado vivir, de que viene empujando desde hace mucho hacia el tipo de hábitos que provocan desconexión, confusión, individualismo, ansiedad, y en definitiva insatisfacción, cuando no patologías severas que no nos permiten funcionar. Pero lo bueno es que sabemos que los hábitos correctos también forman estructuras así de sólidas, casi irrompibles, que nos dan formato como persona y esperanza como sociedad. Y si somos capaces de moldear cada día un 1% de nuestros malos hábitos, la suma de todos posibilitará revertir la tendencia.

Así que comamos bien, salgamos a pasear, miremos a los ojos, apaguemos el móvil y seamos felices un domingo más, que cada día es un regalo que no hay que dejar escapar.

P.S. De los 36 en adelante también se pueden (y se deben) seguir corrigiendo los malos hábitos, que esto es un proceso que no acaba.

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