Héroes y Magos

El Contrafantasma llegó con antelación y a las 9am estaba en pantalón de deporte y sin camiseta, listo para comenzar las innumerables pruebas que determinan el estado de su salud física. Se trata de un día rodeado por profesionales de distintas disciplinas y pruebas que incluyen electrodos, guantes de látex, cintas para caminar, pinchazos, tubitos con cámara en búsqueda de bultos internos, análiticas de un montón de siglas, radiación en varias partes el cuerpo y como fin de fiesta, un librito con todos los resultados, que es muy parecido a una sentencia. A las 2pm estás en la calle, tomando una cerveza y un pincho de tortilla (porque todo lo anterior es en ayunas, claro), en el bar frente al hospital, leyendo que tu hígado no filtra tan bien como antes, que el riñón es el típico de una persona con más de 40 años y que hay que controlar la evolución de ese bulto del pulmón derecho, que en principio no es nada, pero que en seis meses lo quieren volver a ver. Y en ocasiones te dicen que eres zurdo de corazón, que tu sangre entra por el conducto por donde sale en el general de los corazones y viceversa. Todo muy normal.

Pero el viernes pasó algo diferente. El doctor asignado se apellidaba Ortet, según decía su chapita y era un hombre delgado con pinta de antihéroe, de pelo inusualmente largo y castaño, y una cara surcada por el tiempo y sus avatares.  Le había acompañado toda la mañana con más silencios que palabras, coordinando las diferentes pruebas y había sido el encargado de confeccionar el informe final. Tras asegurarle que los resultados eran aceptables y que no había que preocuparse, le propuso que le esperara a la salida. Era su último caso del día y en diez minutos se podía tomar esa cerveza con él.  El Contrafantasma accedió de manera automática y acertada, como tantas de las cosas que se hacen así (cuando uno pasa sus decisiones por la conciencia, suele errar más). Se habían caído bien y eliminada la posibilidad de malas noticias acerca de su salud, le daba curiosidad saber más de su pasajero terapeuta.

Se sentó en la barra a esperar y agarró una revista del montón que había en la mesa supletoria. Era un dominical de hacía varias semanas y un dominical es donde pueden coincidir la hija de una princesa europea y Vinicius Jr., hablando los dos de filosofía. A veces, incluso entre ellos, lo que es francamente raro. Abrió de manera aleatoria la revista al tiempo que pedía un doble. Al bajar la vista a la página en la que había caído, leyó uno de los titulares en negrita:

“¿Qué es ser hombre? Crecimos con una idea de la masculinidad centrada en ser fuerte, no mostrar ni debilidades ni vulnerabilidades. Eso nos lleva a reprimir una parte de nosotros, y con ella, nuestros dolores, arrepentimientos, heridas. Te construyes una barrera que te obstaculiza en la relación con los demás, y también contigo mismo”.

¡Guau!, la frase le pegó en la cara. Retrocedió una página para ver quién era el entrevistado, en búsqueda de algún pensador francés posmoderno, o del filósofo ese coreano que escribe en alemán y que tanto gusta a los antropólogos digitales. Pero no, el autor de la frase era Brad Pitt y el motivo, el lanzamiento de su nueva película. Leyó el otro párrafo resaltado un poco más abajo:

 “Allí (en USA), si te rompes el brazo, no te quejas. Sigues adelante. Y lo mismo con los  sufrimientos interiores. Es algo indeleble, probablemente ya desde la guardería.”

Joder con Brad, y parecía rubio. En ese momento, el Dr. Ortet, vestido con cazadora vaquera de borrego y unas deportivas de montaña, se sentó a su lado en la barra y se presentó por su nombre de pila, Alfredo. El Contrafantasma pensó que el nombre no le hacía justicia. Al doctor le pegaban más nombres como Kawhi, o Jrue, o incluso Luka (la NBA está de moda). El caso es que le mostró lo que estaba leyendo sobre Brad Pitt y al hilo de eso comenzaron a charlar sin rumbo. El doctor le contó que él se formó hace más de 30 años como psiquiatra, pero que lo dejó muy pronto al comprobar que era imposible curar pacientes con química y que tras aquella decepción, se orientó hacia la medicina general y empezó los estudios de Psicología, profesión que también ejerce desde hace 20. Le dijo que tiene una consulta privada donde recibe pacientes por las tardes de martes a viernes y le confesó que lo que le hubiera gustado de verdad, es ser un superhéroe. Que es la única forma posible para curar personas. porque necesitamos, dice, creer en algo superior a nosotros (porque es obvio y experimentable por cualquiera, el hecho de que existe algo superior), y que la idea de Dios se ha manejado tan mal, que ya nadie se la come. Pero que los superhéroes si que pueden hacernos creer. Imagina que vas al médico y te recibe Batman, ¿no le harías caso?. La verdad es que sí, pensó el Contrafanasma.

Durante una hora hablaron de lo que no sale esos informes exhaustivos que les entregan a los pacientes del hospital, de eso que en sus consultas ve mucho y que nombra Pitt en la entrevista, lo de los hombres (y mujeres) fuertes y lo de que lo interior, a no ser que se manifieste por si sólo, normalmente de manera abrupta y contundente, tampoco se tiene en cuenta. Y que incluso teniéndolo en cuenta, nadie sabe muy bien cómo encararlo  y mucho menos como curarlo.

Alfredo, claramente convertido en Lebron en ese momento de la charla, concluyó diciendo que él anima mucho a sus pacientes “físicos” a ir a ver a un terapetuta de lo interior. Pero que sobre todo, trata de hacerles comprender que lo interior no es lo que está dentro del cuerpo, que en realidad eso es también exterior. Y que ni siquiera es lo que está dentro de la mente (del cerebro), sino que lo interior es lo  que no se percibe con los cinco sentidos, pero que nos rodea, nos envuelve, nos acuna, nos rescata, nos inquieta, es lo que soñamos, lo que pensamos y con lo que vibramos. Y que hay que confiar en todo eso, que es la única manera de no desviarnos mucho y quizá, de curarnos.

Y esta mañana han llegado los Reyes Magos, en los que el Contrafantasma cree, como buenos superhéroes que son. Magia y Héroes para todos nosotros, disfrutemos.

 

 

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Experiencias

La experiencia es algo diferente del conocimiento, algo más que la representación de una idea, e incluso que la vivencia de la misma. Una experiencia va más profundo.

El saber de algo, acumular conocimiento, corre el riesgo de quedarse arriba, de ser solamente un conjunto de palabras bonitas ensambladas con ritmo. Leer mucho sobre el amor, no genera una experiencia sobre ello. Tampoco una bonita imagen de dos enamorados en Instagram, o ver El Paciente inglés en loop, durante un fin de semana de noviembre, lo consiguen. Ni siquiera una vivencia de esa idea la proporciona. Vivir la celebración de un matrimonio, asistir a la ceremonia, bailar en la fiesta y compartir el after a las 11am en la playa, tampoco proporcionan experimentar el amor.

Una experiencia es algo que no se había pensado antes, que no se había previsto, que no se suele percibir en lo cotidiano. Es algo que desengaña, desconcierta, o sorprende positivamente. Y que te hace cambiar tus vivencias, tus representaciones y tus pensamientos sobre algo o alguien. O que confirma una opinión que ya se tenía previamente.

El salón estaba completo, no cabían más personas en la casona gallega convertida en hotel rural, donde el Contrafantasma decidió pasar el fin de semana pasado. Antes, al llegar allí, la dueña del establecimiento les había pedido amablemente que dejarán el móvil en consigna, que fueran descalzos por la casa y que por favor, asistieran a la charla del filosofo residente, que en ese momento escuchaban atentamente hablar sobre las experiencias.

Le hubiera encantado que estuvieran allí todos esos que hablan de “crear experiencias” a través de la tecnología, de los algoritmos, de la innovación, de la personalización, del marketing digital…

El domingo recorrió los 600 km de vuelta a casa con una sensación inusual de ligereza, de bienestar y de descanso que ha permanecido, que ha calado.

Y ha recomendado la experiencia a todo el que se le ha cruzado en el camino.

Cultiva, vota, sueña

La palabra cultura viene del latín, de la unión de cultus, cultivo, con el sufijo -ura, que denota acción. Por tanto cultura es la acción de cultivar, la capacidad exclusivamente humana de ennoblecer la naturaleza. Y el viernes el Contrafantasma pasó el día en una magnífica muestra de esa cultura en la Vera (Cáceres), en casa de una pareja amiga que, tras veinte años trabajando una finca, la han convertido en un paraíso.  Un paraíso que ellos disfrutan siempre que pueden y donde han comenzado a organizar lo que llaman “Cultiver“, jornadas festivas dedicados a cultivar el interior del ser humano, con el ambicioso objetivo de resolver problemas “imposibles”. Se trata de reunir a gente amiga, afín e inquieta, invitar a un experto en el tema propuesto y dejar que fluya la conversaciòn.

El Contrafantasma contempló el fabuloso jardín nada más entrar. allí estaban los anfitriones dando la bienvenida y charlando animadamente con los invitados. Ninguno de ellos le resultó conocido, así que comenzó a presentarse, diciendo simplemente su nombre y repartiendo besos y apretones de manos con ellas y ellos. Inmediatamente se sintió bien en aquel lugar. Además de los invitados y los anfitriones, había una joven con una guitarra, tres o cuatro niños, un par de camareros, dos burros (madre e hija) y tres perros. El tema propuesta era “Votar”, algo muy simple, pero que la calidad de los políticos han convertido en misión casi imposible. Y el invitado, un ex asesor que trabajó para los dos presidentes españoles de los 90, siendo él aún muy joven y que en 2001 se exilió a USA, para trabajar como profesor universitario e investigador, “harto de aguantar gilipolleces”, según decía el flyer de la jornada.

A las 13 horas comenzó a sonar “Hymm to her“, de los Pretenders, interpretada por la joven de la guitarra, y poco a poco los participantes se sentaron. Sólo había cuatro sillas, de estas de director de cine, que habían llegado allí desde Kenia hacía 20 años. La idea era estar lo más en contacto posible con la naturaleza, para lo que se habían dispuesto mantas coloridas y almohadas gigantes sobre el pasto, además de sombreros de paja de todos los tamaños para evitar el sol. El Contrafantasma eligió uno de ala ancha, el único que le servía y en cuya etiqueta se podía leer “Mod – Indiana Jones“. Todo el mundo se descalzó y en el momento en que la música acabó, la dueña de la casa tomó la palabra para dar las gracias a los invitados por asistir y a su marido por continuar su aventura juntos veinticinco años después de haberse encontrado, por haber construido ese lugar y por sentirse tan bien de compartirlo con otros seres humanos. Mientras ella hablaba, otra mujer entornaba la puerta de entrada para cerrarla, tratando de pasar desapercibida. Su andar era delicado, llevaba las sandalias ya en la mano y traía su propia pamela, que ocultaba el rostro casi por completo. El pelo castaño caía por los hombros y en conjunto era una representación muy atractiva de lo femenino, pensó el Contrafantasma.

El invitado ex asesor de presidentes tomó la palabra  y comenzó a disertar sobre lo lejos de la verdad que están los actuales líderes políticos, sobre lo difícil que es gestionar un mundo con tantísimo estímulo exterior, basado exclusivamente en lo material, y sobre la escasa honestidad de los seres humanos a la hora de comunicarse con las nuevas maneras no presenciales. Abogó por hacer una elección de representantes al estilo Tinder, este si, este no, basado solamente en las fotos y la descripción que cada uno quisiera poner en su perfil, – nos ahorraríamos mucho tiempo y dinero -, concluyó.

Mientras, el Contrafantasma seguía de cerca los movimientos de la mujer que había llegado tarde y se había sentado cerca del gurú, dándole la espalda. Había algo en ella que le resultaba muy familiar. La conversación seguía fluyendo, ya con muchos de los invitados participando, pero él no podía desviar su atención de aquella mujer, sentada con las piernas cruzadas y la espalda bien recta. Habría jurado que era Irma… Estaba deseando que acabara la charla para descubrir si estaba en lo cierto, lo que sucedió a las 14,30. Un gran aplauso sonó en el jardín, todo el mundo se levantó y comenzó a tocar de nuevo la mujer con la guitarra, esta vez cantando “Sweet child of mine .

Se organizaron corrillos de invitados hablando animadamente sobre el tema del día. El Contrafantasma se encontró de frente con el ponente invitado y no pudo sino darle la enhorabuena por lo expuesto y disimular que había estado muy atento a sus palabras. En seguida se pudo zafar de él y dirigirse hacia la zona donde estaba la mujer. Le costó llegar, se habían formado cuatro o cinco corrillos y quedaba feo salir disparado sin compartir algún comentario con ellos. A medida que se dirigía hacia allí, hablaba y oteaba, sin resultado. Empezó a sentirse angustiado y ridículo. Lo primero por no verla y lo segundo, por tener tantas ganas de ver a una completa desconocida y no poder controlarlo. Recordó en ese momento la última vez que había estado con Irma, hacía ya más de seis meses. Aquel día caminaron por Madrid hasta la madrugada, durmieron juntos y se despertaron cerca de las tres de la tarde en el apartamento de ella.

Llegó hasta la entrada de la finca y abrió la puerta por si se había marchado y aún la podía encontrar camino del coche, pero tampoco. Regresó hacía el tumulto de invitados sin entender porqué ella no estaba y sobre todo, porqué le importaba tanto. Se preguntó si no sería una aparición, si aquella figura de mujer estaría solo en su mente.

De pronto sonó un fuerte aplauso, – ¿otro fuerte aplauso? -, pensó él, al tiempo que abría  los ojos y veía como señora de unos setenta años le sonreía como diciendo, menuda siestita te has echado. El Contrafantasma se avergonzó y los colores le subieron a las mejillas. Se puso a aplaudir como el resto y miró hacia el lugar donde se había sentado la mujer de pelo castaño. No había nadie.

 

 

 

 

Felicidad con mapa y brújula

La vida tiene seis fases que duran aproximadamente 12 años cada una. Durante estos periodos se desarrolla el proceso de individuación. Este proceso es sencillo de definir y se resume en encontrar la felicidad, que es equivalente a encontrar el lugar de cada uno en el mundo.

Sencillo de definir pero difícil de transitar. Así que primero mejor consensuar el concepto de felicidad y una vez hecho esto, confiar en él. O sería más correcto decir confiar en ella, porque lleva el artículo “la” delante y esto no es casual. Mujeres y hombres deberíamos prestar atención a que la felicidad es femenina y pensar porqué, más en este momento histórico de la vuelta de lo femenino al lugar que le corresponde. Ese regreso de lo femenino es la vuelta de la felicidad para todos, hombres y mujeres.

La felicidad la conoce mucha gente, quizá toda la gente. La felicidad no se define, se experimenta. Experiencia es distinto a conocimiento, es algo que te cala en todas las capas. La experiencia de la felicidad sucede cuando recibes lo inesperado. Lo demás es simplemente satisfacción. Estar satisfecho está fenomenal, no me malinterpreten. Pero estar feliz es otra cosa.

Hoy en nuestras sociedades experimentamos muy pocas cosas que no esperamos y por eso casi nada nos hace felices (aunque seguro que hay mucha gente satisfecha). Y casi todo lo que nos hace felices, además, no tiene que ver con lo material.

Por el mismo motivo los niños experimentan más felicidad que los adultos. Todo es nuevo y como no poseen expectativas sobre ello, muchas cosas les sorprenden y les proporcionan experiencias felices. También los adolescentes las experimentan cuando descubren cosas como el amor (que por cierto no se puede medir, ni pesar).

Esto sucede en las dos primeras fases de la vida (de esas seis de las que hablaba al principio), y coincide con el final de la formación de cada individuo en sus capas exteriores (otro día explico esto). A partir de la tercera fase (24 -36) y en adelante, es el hombre interior el que toma el mando del desarrollo. Pero a medida que crecemos, conocemos (y tenemos) más cosas materiales, se complican estas experiencias de felicidad y se entorpece el proceso de individuación y el encuentro del lugar de cada uno en este mundo. A no ser que cultivemos lo interior, lo invisible, lo no material.

Y es que encontrar ese lugar de cada uno no es sencillo. Nos enseñan más a encajar en el lugar que “el mundo” nos propone, que a explorar en pos del nuestro propio. A los cinco meses de nacer nos dicen que nos adaptemos a que tu madre se largue a trabajar, con lo que eso supone para el bebé, para la madre y para el cosmos en general. Luego te dejan en una escuela donde la estandarización es la clave para el funcionamiento. Y esa estandarización de lo humano es el principio del fin del correcto proceso de individuación. Porque el circo se ha construido, en gran parte, sin las dos herramientas necesarias para ser felices y para encontrar nuestro lugar en el mundo: 1) el mapa completo donde nos movemos y 2) una brújula para guiarnos.

El mapa es poseer una imagen del mundo correcta. La imagen del mundo correcta es la imagen antropocéntrica, la que sitúa al ser humano en el centro.

Colocar al ser humano en el centro significa reconocer que somos lo más elevado del cosmos, más que los animales, que las plantas y que los minerales. Y también quiere decir situarlo entre la realidad que experimentamos con los sentidos y la realidad de nuestro mundo interior. Siendo ambas realidades fundamentales.

Vayamos por partes. Ser lo más elevado del cosmos nos otorga una responsabilidad enorme con el resto de niveles y con el planeta en su conjunto. No quiere esto decir que seamos más importantes que los demás animales, ni que las plantas y los minerales. Cada uno tiene sus funciones en la naturaleza y no podríamos existir los unos sin los otros. Pero sí significa que somos más responsables de cuidar todo, al haber sido dotados de una capacidad de hacer conexiones (inteligencia) complejas muy superior a la del resto de niveles y una conciencia del bien y del mal única. Es ahí donde cobran sentido las palabras de la Biblia donde se dice estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Y precisamente por ser nosotros divinos, tenemos mayor responsabilidad.

Y poner al humano en el centro de las realidades visibles y las invisibles, es el otro componente de esta visión antropocéntrica. La realidad que experimentamos con los sentidos es la que conocemos mejor y la que nos enseñan desde pequeños. Es la que viene con el programa por defecto, la dominante, la del paradigma de las ciencias naturales, la que considera que lo que Es, es aquello que podemos medir y pesar. Eso que la mayoría llama “La Realidad” a secas, y que otros llamamos “Mundo Exterior”. En esa realidad domina la materia, el materialismo. Por eso comunismo y capitalismo no solucionan ninguno el orden mundial, ya que los dos parten del mismo paradigma incompleto, en el que sólo se contempla lo material. Pero de eso ya hablaremos en otro momento.

El mapa correcto y completo incluye el territorio interior. Lo interior también es muy conocido, tratamos con ello todo el tiempo. Hablamos de lo que pensamos (Conciencia), de lo que soñamos (Más Allá) y de Dios (Mundo Interior). Pero al tratar de encajarlo en el paradigma dominante materialista, o bien lo negamos (Dios no existe), o bien lo traducimos al lenguaje y los conceptos de “la ciencia” (los sueños no son más que actividad cerebral necesaria, pero sin un significado). Esa negación y esa traducción generan la mayoría de los conflictos personales (y enfermedades como consecuencia última), sociales  (desigualdad), científicos (crisis del método), políticos (democracia en sus estertores) y económicos (incapacidad para abastecer al planeta y destrucción del mismo).

No poseer este mapa completo es el primer obstáculo para alcanzar la felicidad, tanto individual como colectiva.

Y la otra herramienta es la brújula que tenemos todos, pero que a fuerza de no usarla, se atrofia y deja de orientarnos. La brújula es nuestro mundo interior, nuestro arquetipo, lo que de divino hay en cada uno y que tenemos la obligación de desarrollar. Debemos comprometernos a reconocer ese arquetipo, aspirar en función de él y actuar en beneficio nuestro y del colectivo. El arquetipo es el que nos inclina hacia unas cosas más que hacia otras, el que nos provee de dones, de talentos a desarrollar y de inteligencia para hacer las conexiones correctas. Esta brújula está siempre presente y se manifiesta en nuestras vidas de forma insistente, pero muchas veces no somos capaces de seguir sus indicaciones, en parte por la ausencia de una parte del mapa (como veíamos antes), en parte por el mal aprendizaje y la programación incorrecta que arrastramos de siempre.

Pero nuestra brújula es agradecida, en cuanto la usamos un poco se calibra sola y nos empuja a usarla más. Y nos coloca a nosotros en el lugar correcto, lo que provoca que lo que nos rodea también lo haga. Es mágico.

El mundo interior es  también fácil de reconocer, sólo hay que pararse un momento y comprobar. Y esto pasa tanto en lo grande como en lo pequeño, tanto dentro como fuera, tanto arriba como abajo. No necesita de estadísticas que nos lo confirmen, ni que coincida con las tendencias dominantes, ni que esté de moda, ni que tenga likes. Uno lo puede comprobar solito si tiene el mapa completo.

Así que completemos el mapa, activemos la brújula y ordenemos el mundo como Dios (que eres tu, y ella, y yo, y todos) manda. Y como consecuencia, experimentemos felicidad y encontremos nuestro lugar en el mundo.

El Contrafantasma.

El radiocassete y la adversaria

Nacho había presionado el botón de play en un aparato que parece un antiguo radiocassette, pero que en realidad es un moderno altavoz y la música de Sting les acompañaba mientras conversaban. Nacho vive en Londres y el martes invitó a cenar al Contrafantasma, aprovechando un viaje de este a la ciudad. Había insistido en verle porque quería contarle algo importante y que esa noche estaba sólo. Nacho es un gran conversador y si hubiera que ponerle una etiqueta, se diría que es un filósofo. Es matemático y tiene una visión que conecta las matemáticas con lo divino y no tanto con las complicadas hojas de excel que constantemente manipula. Nacho trabaja en banca, como tantos otros que hacen cosas no coincidentes con sus potenciales. Una lástima, sobre todo para el cosmos, que se pierde lo que de verdad puede aportar.

(Sonaba “Seven Days“, como dando ambiente cinematográfico a lo que Nacho estaba a punto de contar).

El apartamento de Nacho es la planta baja y el sótano de una vieja vivienda unifamiliar del barrio de Chelsea. Minutos antes el Contrafantasma había llegado con una botella de vino español y un surtido de quesos franceses, sobre todo Compté, el favorito de su amigo. Al abrir la puerta la figura de Nacho evidenciaba una notable pérdida de peso y su barba mostraba infinitas más canas que antes. – Si, no me lo digas, lo se, estoy mucho más viejo -, fueron sus primeras palabras. El Contrafantasma no dijo nada, pero lo pensó y se preocupó por el aspecto de su amigo. Fueron a sentarse al bonito y pequeño patio de techo acristalado que tenía en la planta baja y abrieron el vino. Sin mediar más que un brindis “POR-LA-PU-TA-VI-DA”, enfatizó Nacho, le soltó la bomba. Le contó que tras quince años de relación, doce de matrimonio y una niña de cinco, la noche de un martes de hace tres meses, su mujer le dijo que no le quería y que se volvía a España. Y lo que era peor, que Claudia su hija, no era de él. – ¡NO-ME-JO-DAS! -, fue lo único que el Contrafantasma pudo expresar, con un énfasis similar al del brindis previo.

(“Love changes“, de Sting y Shaggy, que es una canción de esperanza, se colaba en la conversación en el momento más dramático).

Aquel día de hace tres meses había sido como tantos otros, continuó Nacho. Habían hablado varias veces por teléfono desde el trabajo, cenado juntos y acostado a la niña en su habitación de la planta sótano. Nada hacía pensar que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Contaba que el día anterior habían hecho el amor, que dos semanas antes había sentido que las cosas volvían a ser como corresponde, después de unos años difíciles debido a la crisis, al nacimiento de Claudia y sobre todo, a la mudanza desde Bilbao hasta Londres.

(Se oía “Just one lifetime“, también de Sting con Shaggy. A veces el algoritmo de Spotify se adapta al momento de manera sorprendente).

Los tres meses siguientes habían sido los peores de su vida. Ella interpretando el personaje de la incrédula que tuvo un desliz un día (“te lo juro, solo fue aquel día y me dio asco”) y que por el bien del equipo tiró para adelante con la mentira,  ya que creía que lo podría manejar. Pero que llegó un momento en que no pudo más y petó.

Y Nacho por su lado, en esos tres meses, tratando de salvar su matrimonio, de perdonar a su mujer y de encontrar la fórmula de encajar la nueva situación. Pero sobre todo desubicado con qué hacer con lo que siente por su hija, que ya no es su hija biológica, pero a la que quiere como a nada en el mundo. Por eso y por haber vivido en una ilusión durante no sabía cuánto tiempo.

Una ilusión es una representación errónea de la realidad, que uno encaja como verdadera y que cuando se desvela, te deja desnudo. Había recibido uno de esos golpes del destino, de los que además no hay “jurisprudencia”, No hay casos de amigos a los que les haya pasado lo mismo. Una separación vale, una o varias infidelidades también están en la cabeza de todos. Pero que tu hija no sea tu hija y que hayas vivido esa mentira durante cinco años, eso no lo hemos vivido.

(“Don´t make me wait” en el aparato. Ese disco de Sting con Shaggy es realmente bueno).

Los ojos del Contrafantasma no parpadeaban, sentía indignación y perplejidad. Y se le vino a la mente “El Adversario”, el libro de Emmanuel Carrere en el que narra la historia real de un hombre que engañó a su entorno durante veinte años, haciendo creer a todo el mundo que era médico y que trabajaba en la central de la OMS en Ginebra. Entre los engañados su propia mujer, su mejor amigo de la facultad de medicina, sus hijos adolescentes, todos los conocidos de la pareja, familiares, etc… Nadie suponía que no era lo que decía ser y nadie se había preocupado de comprobarlo. El dinero lo conseguìa simulando que invertía en Suiza los ahorros que le confiaban sus allegados y que en realidad empleaba para vivir. La cosa se empezó a complicar cuando no le quedaron familiares que engañar. La ausencia de dinero provocó que asesinara a toda su familia a sangre fría, antes que blanquear la mentira que había estado representando durante tanto tiempo. Luego intentó suicidarse sin éxito, y Jean-Claude Romand, que así se llama el sujeto, lleva en prisión desde 1996.

En lugar de hablar del terrible caso del supuesto médico francés, el Contrafantasma agarró la copa de vino y la levantó para brindar “POR-LO-QUE-HAS-DE-JA-DO-A-TRAS”. Coincidía con Nacho en que era una situación muy jodida, pero que era mucho más terrible la situación previa, la de la mentira. Le dijo que será difícil, pero que sobre la base de la verdad, de lo correcto y de lo que uno es, se puede volver a construir.

(“To Love And Be Loved” sonaba al despedirse con un abrazo en el mismo lugar donde Nacho le había abierto la puerta tres horas y botella y media de vino antes).

Y es que al final de eso se trata, de amar y ser amado. Pero de verdad.

 

 

Un amor de media hora

Sebas se había marchado de vuelta al ártico para participar en los últimos preparativos del lanzamiento de su documental. Antes de irse le había dejado al Contrafantasma Filosofía Básica, el libro que ha escrito basado en su experiencia de vida y en las enseñanzas de Walter Odermatt.

Bajando las escaleras mecánicas del metro lo abrió de forma aleatoria y comenzó a leer. La página decía que los humanos somos el nivel más elevado del cosmos y que existe una conexión evidente con el resto de niveles, que son los minerales, las plantas y los animales. Seguía con que cada nivel del cosmos recoge y engloba las características de los anteriores y que los humanos, como nivel más elevado, atesoramos todas las cualidades de los tres primeros. Subrayaba además que cada individuo somos un microcosmos, un cosmos a escala y que tenemos cuatro capas análogas a los cuatro niveles del macrocosmos.

Eran las 7,56 de la mañana y lo que leía le enganchó automáticamente. Acababa de sentarse en el vagón (siempre elegía el último) para ir a su oficina y por primera vez era invierno en Madrid. Posó la mochila sobre sus rodillas y acomodó el libro de Sebas para seguir leyendo.

Continuó con las cuatro capas del hombre, que son el cuerpo, que tiene su coincidencia con los minerales. el organismo, vinculado a lo vegetal, el alma, que es lo específicamente animal y por último el espíritu, aquello exclusiva y específicamente humano. Y hacía hincapié en que no hay libertad personal sin una correcta integración de estas cuatro.

El vagón empezaba a llenarse aún parado en el andén, era principio de línea y siempre hay que esperar un poco para cumplir los horarios. La gente entraba muy abrigada, casi en exceso, como aprovechando a sacar del armario el equipamiento de frío, no sea que no haya más oportunidades en todo el invierno.

Y el texto continuaba su despliegue, ahora relacionando las cuatro capas con las regiones corporales del ser humano. Sebas escribe que la capa del espíritu se encuentra en la cabeza, lugar donde están las informaciones, los pensamientos y la conciencia del bien y del mal. La capa del alma está en la zona del pecho, donde nos llevamos la mano para decir que algo es nuestro o simplemente para decir “yo”. El alma es lo animal en nosotros y si no tuviéramos espíritu, actuariamos solamente guiados por los instintos. Después localizamos la capa del organismo en la zona del vientre y hasta las piernas, donde se encuentran la mayoría de órganos que cumplen funciones vegetativas vitales. Y por último está la capa del cuerpo, lo mineral en nosotros, localizada en los brazos y las piernas y únicas partes del ser humano donde no descansa ningún órgano y que sirven para sostenernos (piernas) y para ejercer fuerza (piernas y brazos).

Joder, pensaba el Contrafantasma, toda una vida conviviendo con mi cuerpo y ahora me entero de esto. Tenía una sensación como de estar leyendo sobre un gran descubrimiento, cuando la realidad era que los conceptos eran los que se aprenden en primaria. Tanto los del cosmos, como los de las partes del cuerpo humano. Lo que nadie le había contado nunca era que están relacionados.

Habían pasado 25 minutos cuando levantó la cabeza y se cercioró de que no se había pasado de parada. Comprobó también que una mujer bien arreglada y de unos cuarenta años sentada a su izquierda, estaba tan interesaba en el libro como él. Se cruzaron sus miradas y sonrieron, pero ninguno se animó a hablar. Continúo leyendo, pero menos centrado por la cercanía de su destino y por su reciente interacción con su atractiva compañera de viaje.

Se preparó para salir en Av de América, y al mismo tiempo se levantó ella y se puso a su lado. Al parar el tren ambos lanzaron su mano al botón de apertura, donde torpemente chocaron, lo que provocó una sonrisa y una disculpa. El Contrafantasma le preguntó de manera socarrona si le había gustado lo que había leído. Ella se sonrojó levemente y pidiendo disculpas por la invasión, contestó que le había parecido muy atractiva la idea de que somos un cosmos en pequeño y que estamos muy vinculados a la naturaleza. Le preguntó si podía hacer una foto de la portada del libro para quedarse con la referencia. El Contrafantasma lo sacó de la cartera y se lo mostró.

Tras darle las gracias se despidió y se alejó por el lado opuesto al suyo. Su andar era firme y el Contrafantasma comprobó lo sólidas que parecían sus piernas, su parte mineral. Volvió a su libro mientras caminaba por el intercambiador y subía las escaleras. Al llegar a la puerta de Hontanares, la cafetería de esquina a los pies del edificio con el cartel de Iberia, ese que recibe al viajero que llega desde el aeropuerto de Barajas, en una de las entradas más feas de Madrid, paró. Acabó el capítulo y se dispuso a cruzar Francisco Silvela. Al levantar la cabeza vió que en la acera de enfrente, al otro lado de los coches que iban y venían, estaba ella. Al verle encogió los hombros y alzó las palmas de sus manos, como diciendo que se había equivocado de salida. El semáforo se puso en verde y el Contrafantasma no se movió de su sitio, esperando que ella llegara. Se acercaba sonriendo y por un momento parecían una pareja que, con muchas ganas de verse, estaban a punto de fundirse en un abrazo.

Al pasar por su lado la mujer le hizo un gesto con las cejas y pasó de largo hasta abrazarse con otro hombre, que esperaba dos metros detrás de él.

Eran las 8,31 y no le quedó otra que reírse y agradecer el romance de media hora que acababa de vivir, gracias al libro de su amigo. Comprobó también que el amor depende de la correcta predisposición de uno mismo hacia él y no del azar. Siguió caminando por las calles frías y secas de Madrid con una sonrisa en su cara, hasta llegar a la oficina. Tras sentarse delante del ordenador envió un mensaje a Sebas. Decía así; “Sebas, tu libro me encanta, ha convertido un trayecto en metro en una verdadera historia de desamor”.

Apenas cuatro letras

El Contrafantasma estuvo el jueves en una conferencia a la que le invitó su amigo Martín. y que se titulaba “Amor”. No había demasiada información en la web de los organizadores, salvo un texto que decía, “Umdenken, es necesario un cambio en la forma de pensar”. Como la tarde en la oficina era espesa y Martín le había insistido un par de veces, le pareció buena idea acudir al centro y de paso ver las luces navideñas. Caminó Conde de Peñalver hasta Goya, y de allí por Alcalá hasta la bifurcación con Gran Vía. Subió por las nuevas aceras de Carmena y entró en Callao para dirigirse a la librería La Central, lugar donde era la charla. Habían habilitado la última planta y colocado unas 40 sillas en forma de circulo, rompiendo el habitual formato magistral donde uno habla y el resto escucha. Echó según entraba un vistazo a la sala para encontrar a Martín. No le vió y se sentó en la silla que tenía más cerca. Aún quedaban 15 minutos para empezar y a su lado estaba la sección de poesía. Delante de él un libro de Karmelo C. Iribarren titulado “Amor, ese viejo neón”, que le pareció muy oportuno y se preguntó si sería parte de la producción del evento. Estuvo entretenido leyendo hasta que se apagaron las luces y comenzó a sonar una música conocida y una luz enfocó a una mujer vestida de negro tocando el chelo. En una de las paredes se proyectó un texto que decía que la pieza era el preludio de la Suite nº1 para chelo, de Bach. Fueron poco más de dos minutos, suficientes para hacer olvidar a la audiencia lo que tuvieran en la mente hasta ese momento.

La sesión se dividió en cuatro actos, cada uno con un interlocutor diferente y con la proyección de la pared haciendo de narradora. Los ponentes eran personas anónimas: una periodista, un carpintero, un profesor y una filósofa. Cada una habló de uno de los cuatro niveles de desarrollo del amor; la atracción, el enamoramiento, la erótica y la amistad. Los 90 minutos que duró pasaron volando y al terminar hubo en la sala una sensación agridulce, que iba desde el alivio por entender algo tan intangible y tan real al mismo tiempo, hasta el asombro porque nadie se lo hubiera contado antes así. Ni padres, ni profesores, ni hermanos mayores, ni jefes, ni parejas, ni terapeutas explican qué es el amor, ni mucho menos cómo funciona. Especialmente emocionante fue la exposición de la filósofa que habló del cuarto nivel de desarrollo, el de la amistad.

El chelo, que seguía sonando de fondo una vez acabado el evento, atrapaba aún a algunos asistentes cuando una mano tocó el hombro del Contrafantasma. Este se dió la vuelta y vio la cara de Martín, risueño y vestido de riguroso azul marino, como siempre y a su lado a una mujer, a la que sin tiempo de reacción introdujo como Irma, – la acabo de conocer en la charla y nos hemos llevado genial. Es amiga de la filósofa que ha hablado la última -, concluyó Martín. Irma y el Contrafantasma se miraban desde que éste se había vuelto y no eran capaces de articular palabra. Al fin él masculló algo acerca de Nueva York y ella contestó que sí, pero que había vuelto hacía dos días para pasar las navidades con su madre. Martín observaba con sorpresa la escena, instante en el que llegó Ana, la filósofa, que captó la situación y directamente preguntó si eran viejos amigos. Ambos asintieron con la cabeza.

Antes de salir, el Contrafantasma compró el libro que tenía en su mano desde el principio y luego los cuatro abandonaron la librería,  bajando por Postigo de San Martín hacia la Plaza de las Descalzas. Se sentaron en “Doña Juana”, una cervecería típica que aún conserva cierta esencia del Madrid de siempre y conversaron sobre lugares comunes durante más de media hora. El Contrafantasma estaba ausente, como si la presencia de Irma le hubiera incomodado. Ella estaba ojeando el libro de poemas que había comprado él, tratando de que el momento se disolviera. Cogió una servilleta de papel y la puso como señal en una de las páginas, dejando el libro de vuelta encima de la mesa. El Contrafantasma entendió el gesto y agarró el librito abriéndolo por donde estaba la marca. El poema se titulaba “Amor” y decía así: “Apenas cuatro letras. Y cabe tanto dentro. Y duele tanto cuando te dejan fuera“.

El Contrafantasma miró a Irma y escribió en la servilleta que a qué nivel del desarrollo del amor pensaba que se referían esos versos. También por escrito y en el mismo trozo de papel, ella contestó, “creo que se refiere al mio por ti”.

Martín y Ana siguieron hablando un rato, hasta que se dieron cuenta de que sus amigos ya no estaban.

 

Estuve con él

Estuve sentado con él la tarde del martes y me hubiera quedado allí toda la noche y el día siguiente. El no lleva tatuajes, ni siquiera uno pequeño en la cara interior de la muñeca. No se corta el pelo al estilo Goebbels, ni se arregla la barba cada semana. Escucha antes de hablar, hace deporte de equipo, come de todo y viste con deportivas, vaqueros y jersey gris o azul.

El es anónimo, no ha tenido que superar situaciones de vida o muerte que merecen ser contadas en un libro, no se quedó atrapado y herido en una cueva y se tuvo que cortar el brazo para salir de allí. No se cayó por un barranco cuando iba a hacer surf, teniendo que estar luego tres días a la deriva con la cadera rota. A él te lo puedes encontrar en una reuniòn de trabajo, haciendo cola para comprar pescado, comiendo una medialuna de mantequilla del Lidl, o en el rellano de tu escalera mirando el buzón.

El tiene hijos como tanta gente, y estos tampoco son niños especiales, ni por listos, ni por rubios, ni por altos, ni por graciosos. Y si lo son, él no te lo va a contar.

El se dedica a algo que poca gente conoce y de lo que no le gusta hablar. Es una profesión que, grabada con un móvil, no da un contenido audiovisual molón y que no va a ser viral al colgarlo en tu muro. Su profesión tiene que ver con él, con su esencia, cosa muy sorprendente en nuestro tiempo y cuando la ejerce, aporta bienestar. Le gustaría que su trabajo fuera escalable, pero no se puede estar en dos lugares al mismo tiempo. Como no es de escala, no va a hacer rondas de financiación y exitosas salidas a bolsa en el 2019.

El invita a todo el mundo a que traten de parar un ratito cada día, y que al parar respiren, y tras respirar acojan lo que les viene, y que convivan con esa imagen que llega por diez minutos. No pide más, porque sabe que eso ya es mucho.

El participa y disfruta de lo exterior como el que más, pero su acciòn tiene impacto en el interior.

El sería esfera si fuera símbolo.

El.

No está

Dicen que Edison se sentaba a echar una cabezadita cuando estaba cansado. Y lo hacía sujetando una moneda entre sus rodillas, de tal manera que cuando se dormía la moneda caía y el ruido del impacto le despertaba. Acto seguido apuntaba en su cuaderno las ideas que tenía en la cabeza en ese instante y la leyenda asegura que los grandes inventos surgieron en esos momentos y no en aquellos en los que se ponía a pensar de manera concienzuda.

El Contrafantasma hacía lo mismo en la tarde del miércoles, dormía sentado en la silla de su oficina, con el respaldo bien reclinado hacia atrás y la nuca apoyada. Eran las 3pm, ese momento de regreso de la comida que se hace tan difícil  de conciliar con el mundo exterior, y en lugar de una moneda entre sus rodillas, su móvil reposaba sobre la zona del estómago.

No hubo ruido de moneda al caer al suelo, al Contrafantasma le despertó la vibración del móvil, que también cayó por el respingo que dio sobre su silla debido al susto. Al cogerlo y desbloquear la pantalla, leyó el mensaje que le había despertado. Era de un número desconocido y contenía un texto que decía que por favor contactara con Irma, que ella no lo iba a hacer y que necesitaba su ayuda. Terminaba diciendo que era una amiga y que prefería no desvelar su identidad. Leer esto despertó del todo al Contrafantasma y le hizo olvidar esa idea que seguro estaba teniendo mientras dormitaba. Se quedó intrigado y preocupado, habían pasado dos semanas del último encuentro y lo último que sabia de Irma era que se habían cogido de las manos y acto seguido ella había salido corriendo a una reunión con su jefe. Después él había estado de viaje en Europa del este durante una semana y no habían tenido noticias el uno del otro. Ahora este extraño mensaje que le pedía ayuda para Irma. Pero ayuda para qué, se preguntaba.

Decidió salir de la oficina hacia a su apartamento, lugar que consideraba su verdadero ámbito de trabajo. Lo que hace el Contrafantasma para pagar las facturas poco o nada tiene que ver con su arquetipo. Ser consultor es ya una profesión dudosa, pero simular ser especialista en cosas como la innovación y la transformación digital, son el mayor embuste que hoy circula por la conciencia colectiva corporativa. El desconcierto es tal en este cambio de era, que vale con que le digas a tu cliente que le vas a convertir en el nuevo Uber de algo, siempre que la reflexión esté bien presentada y argumentada en powerpoint y contenga conceptos como algoritmos, design thinking, big data, machine learning, artificial intelligence, etc… Hay escasa autoridad en el mundo de la empresa, son pocos los autores (los que han hecho) de verdad las cosas que recomiendan y muchos los que acumulan conocimientos de cosas hechas por terceros, que luego agrupan en una presentación vistosa. Eso si, lo saben hacer muy bien y dejan muy tranquilos a sus interlocutores, porque van a quedar bien con sus comités de dirección.

Lo bueno es que la conciliación también es tendencia, y el Contrafantasma podía trabajar desde casa, con tal de que su tareas estuvieran hechas a tiempo. Así que desde su sillón favorito, un viejo diseño del matrimonio Eames denominado Armchair, leía una y otra vez el mensaje que le había llegado. La preocupación empezó a ganar a la intriga y esas palabras parecían ahora más una amenaza, que el mensaje de una amiga de Irma. Decidió llamar a Irma directamente para estar seguro de que estaba bien. Después de varios tonos saltó el contestador que le sugería dejar un mensaje. No lo hizo y escribió de vuelta al remitente del que había recibido él, – ¿quién eres? -, preguntaba en su escueto texto de vuelta, No obtuvo respuesta y tampoco estaba seguro de si el mensaje había llegado, así que llamó. Con tono marcadamente latinoamericano, una voz contestó a la primera. – ¿qui hubo?,¿hola? -. Al Contrafantasma le sorprendió tanto la respuesta, que volvió la pantalla hacía si mismo para comprobar que era el numero correcto.

– Hola -, dijo – he recibido un mensaje de este número, ¿con quién hablo? -.

– Eso me lo dirás tu, hermano, que eres el que está llamando -, respondió la mujer del otro lado de la línea.

Contrariado colgó y llamó de nuevo a Irma, el contestador volvió a saltar. Al Contrafantasma empezaba a no gustarle la situación, pero aún así trató de mantener la calma. Pensó en localizar a Fran, pero un rechazo inconsciente se lo impidió. Pensó en presentarse en casa de ella directamente, pero tampoco le parecía una buena idea, sobre todo porque no sabia si llegaría en algún momento. Estaba confundido y por primera vez sintió el impulso de registrarse en alguna de las redes sociales conocidas para investigar por ese camino. Se descargó Instagram, donde sabia que Irma era activa, sobre todo haciendo fotos de casas que le llamaban la atención. Era una enamorada de la arquitectura de vanguardia. El registro fue sencillo y la búsqueda más. Al meter Irma Zender, nombre y apellido poco corrientes, el buscador la encontró rápido. Tenía el perfil abierto a todo el mundo y pudo comprobar sus últimos posts. La última foto era de dos días antes y al pie de un amanecer sobre una casa de hormigón, escribía “echo de menos el horizonte”.