Carretera y mantra

Educar no es llevar a sus hijos al colegio, repetir que estudien cuando tienen exámenes, hacerse el loco cuando han superado el tiempo de uso de dispositivos conectados, o decirles que ordenen sus cosas en casa. El Contrafantasma lo sabe y el lunes por la mañana, tras dejar a los suyos en la escuela, se paró a tomar un café y tratar de reconocer sus hábitos de comportamiento al respecto de la educación. Y no de la Educación en mayúsculas, esa de la que hablan y escriben los gurúes, sino de la educación en pequeño, de la de todos los días, de la que queda en el niño, en el adolescente, esa que él y todos los padres deberían ofrecer a los suyos, a los más cercanos.

Y bueno, el resultado no era demasiado optimista. Le hubiera gustado culpar al sistema escolar, como hace Sir Ken Robinson en su archi visitada charla TED, o al gobierno en funciones de Pedro Sánchez, muy responsable de casi todo por su incomparecencia. O a su ex, un blanco fácil cuando se trata de los hijos en común. O a los propios niños, que son ya personas con cierta autonomía. Pero no, en lugar de eso, miró hacia adentro, tratando de encontrar cómo se sentía con su actuación como padre. Y más allá de los argumentos clásicos de que la vida es muy complicada, que la tecnología e internet lo han cambiado todo y que estamos muy estresados, la realidad es que se sentía mal por su propia actuación. Que no era, digamos, del todo correcta.

No ayudaba el hecho de que su hija mayor le haya sugerido, en este inicio del nuevo curso, que por favor se abstenga de acompañarles hasta la puerta del colegio y se despida de ellos en el coche, porque “papá, tengo doce años y estoy en la ESO”. Hace dos años ya le había obligado a que no le diera la mano en el camino hasta la puerta de entrada, con lo cual esta evolución no debería haber sido una sorpresa.

El hecho es que su hija está en el comienzo de la segunda fase, esa en la que los adolescentes y jóvenes forman su espíritu. Y el espíritu no es más (ni menos) que el juicio, la capacidad de distinguir entre el bien del mal, entre lo correcto y lo incorrecto. Palabras mayores… Y también en esa etapa construyen sus propias opiniones, diferentes a las de los adultos que les han rodeado hasta la fecha. Y no solo eso, también descubren sus potenciales, esa dotación con la que han venido al mundo y que les ayudará a orientarse hacia su futura profesión cuando sean adultos (si les dejamos que sean). Y last but not least, conforman su concepción del mundo y descubren el amor, el Amor. Por tanto, cuando su hija de doce años le sugiera que haga algo, no dude en hacerle caso. Ella es, en ese momento, mucha más esencia que usted, mucho más humana, mucho más divina.

Y mientras apuraba el café, se acordaba de la frase que todo padre repite cuando se ve en apuros educando, esa que dice que los niños vienen sin manual de instrucciones. Después salió sin prisa de la cafetería y subió al coche, que estaba aparcado en doble fila. En lugar de ir hacia su oficina agarró la M-40 hacia el oeste, con ganas de disfrutar de un rato a solas y del silencio de la carretera después de la hora punta. Apretó el botón de play del CD y comenzó a escuchar un audiolibro de sus clases de filosofía, en el que se habla de la forma en la que aprenden las cuatro capas del hombre.

Esas cuatro capas son el cuerpo, el organismo, el alma y el espíritu. El cuerpo es lo que le viene a la mente cuando alguien lo nombra, no es un concepto abstracto. Y tiene que ver con lo mineral, con la tierra, la materia, con lo firme, con lo que da forma, formato, estructura. Por tanto con los complejos, los hábitos. Y es precisamente a través de esos hábitos como aprende la capa del cuerpo, con la repetición. Hay que repetir y repetir aquellos hábitos correctos para que sellen en la estructura de los niños. si se consigue se tendrá mucho ganado. Y pueden ser cosas muy prosaicas, como lavarse las manos antes de comer, o los dientes después.

Luego está el organismo, que tiene que ver con la vida, con lo orgánico, con lo vegetal en los seres humanos, con esos órganos vegetativos que viven en nuestro ser, sin que tengamos que hacer nada voluntariamente para que así sea. Respirar, digerir, bombear sangre, filtrar líquidos… Todo eso es la capa del organismo y este aprende sobre todo a través de la disciplina. Si, la disciplina, padres y madres hipsters, ácratas, modernos, hippies y progres. El organismo necesita de la disciplina, del orden, de la armonía para funcionar bien, porque es un sistema muy complejo e interconectado. Dormir ocho horas, beber mucha agua, hacer ejercicio, comer sano. De nuevo, cosas muy sencillas para enseñar a un niño.

Y llegamos al alma, tercera capa del hombre, que por resumir tiene que ver con el movimiento, con lo que nos mueve como seres humanos hacia un objetivo. Y el alma, sobre todo, aprende con el ejemplo. Predicar con el ejemplo, que nos decían de pequeños. Así que, por favor, no digan a sus hijos que dejen la tablet o el móvil, háganlo. Hablen bien a sus parejas, no crucen en rojo, no se cuelen en el supermercado, no maltraten al camarero. Y seguro que sus hijos aprenden del ejemplo.

En ese momento el coche estaba saliendo ya por el desvío de la A6, disfrutando una magnífica vista de la sierra de Madrid. El sol resaltaba la forma de las montañas, siete picos se distinguía con nitidez y a la izquierda la cruz del Valle de los Caídos, lucía imponente su dudosa energía. El audiolibro comenzaba a hablar del espíritu y de la manera en la que éste aprende, que es a través de la instrucción. El espíritu es una maravillosa herramienta de procesamiento de lo interno y lo externo, de lo concreto y lo abstracto, de lo visible y lo invisible. Y si lo instruimos bien, provocará que el mundo evolucione, mejore, sea cada vez más humano.

En ese momento sonó el teléfono, el número reflejado en el salpicadero era el de su oficina. Un compañero le preguntó que dónde estaba, que llevaban un cuarto de hora esperándole para la reunión con el departamento financiero. Contestó que no iba a ir, que le disculparan, pero que estaba con un tema mucho más importante, crítico para el futuro de la humanidad, concluyó. El colega no preguntó más y colgó, algo desconcertado con la respuesta del Contrafantasma.

Apagó el CD y continúo la carretera, repitiendo un mismo mantra: “hábitos para educar al cuerpo. disciplina para educar al organismo, ejemplo para educar al alma, instrucción para educar al espíritu“.

 

Los 24 años de Paola

Hasta los 12 años los niños dependen de las opiniones y de la guía de sus mayores. En esta etapa desarrollan su alma, que es lo animal en nosotros y que se caracteriza, entre otras cosas, por la conciencia del yo y por el movimiento. No es la primera etapa del desarrollo, antes de nacer y durante nueve meses se han desarrollado el cuerpo (lo mineral) y el organismo (lo vegetal), aún dentro del útero de la madre. Y tampoco es la última, ya que entre los 12 y los 24 se desarrolla el espíritu, o lo que es lo mismo, la cabeza, la mente, la capacidad de discernir entre el bien y el mal, algo que es específicamente humano. Y a partir de los 24 vienen otras cuatro fases, donde debemos seguir desarrollando nuestro individuo en armonía con nuestro arquetipo (sello de origen, lo que somos cada uno en esencia), objetivo que pocos consiguen, ya sea por falta de reconocimiento (no saber para qué uno ha venido al mundo), o por incapacidad (saber que uno es esto, pero alegar que la vida no le deja desarrollarlo).

La consecuencia es que muchos se desvían y llegan a desarrollos no coincidentes con sus arquetipos, que acaban en malestares diversos, o directamente en enfermedad. Pero como la ciencia de la medicina paliativa ha generado desarrollos muy notables para el dolor físico y ha mejorado mucho la vida exterior, el ser humano se conforma con que no le duela nada por fuera, aunque por dentro esté intensamente dañado. Un equilibrio poco virtuoso entre la indolencia y la pérdida del sentido de la vida de cada uno (que existe).

Y estar en armonía con tu arquetipo no garantiza ausencia de sufrimiento. Siguen sucediendo cosas terribles en la vida, fuera del alcance de nuestra capacidad de actuación. Pero si que otorga cierto sosiego, ya que uno reconoce que ha hecho todo lo que está en su mano, desde la capacidad que posee.

Y el caso es que el Contrafantasma estaba en el 24 cumpleaños de Paola, su ahijada, escuchando su relato del momento por el que estaba pasando. Paola es la hija mayor de unos buenos amigos de toda la vida y se encuentra en pleno cambio de fase, desde la segunda a la tercera. Tras soplar las velas y recibir los regalos, Paola y su padrino se sentaron en el murete de hormigón que soporta la valla metálica del jardín del chalet de sus padres y le confesó que ella y los que le rodean, coinciden en que hasta la fecha había hecho “todo bien” y que no entendía entonces por qué se sentía “tan mal”. Y lo explicaba diciendo que nada de lo que vive le hace disfrutar. Vive sola en Madrid, ha sido una estudiante ejemplar, ha encontrado trabajo en una consultora de prestigio, donde ya cobra un salario digno y suficiente para pagarse sus cosas. Habla tres idiomas con fluidez y ha vivido en cuatro países diferentes. Tiene amigos y amigas interesantes, hace planes que serían atractivos para cualquiera y tiene a su alcance todo lo material que una joven de su edad podría anhelar. Ha tenido novios, y ahora no, pero no por falta de oportunidades. Se desenvuelve con soltura en el exterior y todo el mundo dice de ella que es una joven de éxito.

Y después de decir todo esto, confiesa que le cuesta mucho levantarse cada mañana y ponerse en movimiento. Y lo expresa además con culpa por estar así, porque sabe que es una privilegiada y que no todos los jóvenes de su edad disfrutan de las mismas oportunidades. En ese momento una lágrima empezó a caer por su mejilla hasta aterrizar en el trozo de “La mejor tarta de chocolate del mundo” (según rezaba la caja de la misma).

Al Contrafantasma no le resultó raro escuchar este relato, era muy similar a lo que él mismo había experimentado muchos años atrás. Y como él, muchos de su propia generación.

Agarró la mano de Paola y le dijo que la entiende, pero que su comprensión no le va a ayudar en nada. Le dijo que estaba en cambio de fase y que estos son momentos delicados. Le dijo también que hiciera un ejercicio práctico, que se tomara unas semanas para revisitar la fase de la que sale y que escribiera sus conclusiones en un cuaderno. Le dijo que la fase que está dejando es crítica y supone una tarea hercúlea. En ella, primero como adolescente y luego como joven, ha tenido que crear su concepción del mundo, para lo es necesario tener una imagen del mismo correcta (que permita reconocer lo invisible). Ha construido sus propias sus opiniones, diferentes de las de sus mayores. Ha tenido que reconocer sus potenciales (futura profesión), reconocer el cómo y dónde ponerlos en práctica, y actuar para conseguirlo. Ha experimentado el amor por primera vez y por si eso fuera poco, debería de haber desarrollado la heroína que lleva dentro.

Le dijo que pensara sobre esas cosas y le propuso que se vieran dentro de un mes con sus conclusiones. Y cuando Paola se levantó y dándole un beso le dió las gracias y se fue con sus amigas, se quedó pensando en lo complejo que es ser joven y lo poco que ayudamos los adultos, aún siendo (algunos) conscientes de ello.

No soy yo, es la edad

El Contrafantasma estaba escuchando a su amigo Lluc, al tiempo que vertía el café en el vaso con hielo y ojeaba el diario. No estaba esa mañana para mucha conversación profunda, pero viniendo de él, merecía la pena prestar atención. Además le notaba inquieto, cosa extraña en este catalán viajero que eligió vivir en el bajo Aragón, esa tierra que huele a sierra y a la que baña el sol del Mediterráneo sin llegar a mojarla, y donde la gente es amable, directa y orgullosa. Sin necesidad de banderas y sintiéndose también olvidados por muchos.

Vas a pensar que esto es una estupidez de cuarentón, yo al contarlo también me lo parece, pero no consigo dejar de pensar en ello, le dijo Lluc. Tengo una hija de 10 años que ha decidido no darme la mano en el camino desde el coche a la puerta del colegio. El primer día me dijo, muy seria, no soy yo Papá, es la edad. O debería decir la Edad, como nombre propio, con la entidad suficiente para tomar decisiones autónomas y doblegar la voluntad de una niña. Al día siguiente estuvo menos literaria, más científica, neurofisióloga casi y me dijo que era responsabilidad de su cerebro. Si has visto “InsideOut”, la peli de Pixar, es lógico pensar que tu cerebro tiene la firmeza e independencia suficientes para cualquier cosa decidida desde su magnífico panel de control central. Pero no creo que sea eso, continuó Lluc, porque ella es inteligente y además me mira con pesar por no darme su mano, porque sabe que me pone triste. Yo en cambio sonrío con condescendencia y me hago el machito, aparentando como que no me importa. Y así se ha repetido esta situación todos los días desde el comienzo de curso. Yo alargando mi brazo para que me de la mano y ella rechazándola y en su lugar, rodeando mi cintura con su brazo, que eso si le parece bien. No rechaza el contacto, pero si la manera de hacerlo. Y llevo pensando en eso toda la semana. Tratando de entender porqué.

El Contrafantasma se había enganchado a la trama. Apuró el café y mordió un hielo dentro de su boca antes de emitir palabra alguna. Yo creo que es por internet. Bueno, por lo que internet está cambiando nuestras vidas, apuntó. Y en concreto con la adolescencia en la era de internet. Esa etapa de la vida que comienza después de los 12 años, es una fase decisiva del proceso de individuación, en la que los padres dejamos de ser el espejo donde se miran los hijos y comienzan a estructurar sus propias opiniones, a intuir su ideal, a definir qué cosas van con ellos y donde se sienten más realizados. Y también un momento donde son influenciados (para bien y para menos bien)  por las opiniones, acciones y actitudes de sus iguales. Pues bien, si a esa etapa le añades el acceso libre a contenidos, la exuberante diversidad de estos, el escaso control sobre ello, la inmediatez en la comunicación, la sustitución del lenguaje escrito y sobre todo oral, por el de la imagen, lo accesorio del doble sentido en la comunicación, el menguante contacto físico con otras personas y cosas, y el desorden que el despelote hormonal ejerce en esos momentos, nos encontramos con un nuevo cocktail desconocido hasta la fecha y por tanto muy difícil de manejar. Te entiendo muy bien, finalizó.

Ya pero mi hija tiene aún 10 años, recién cumplidos.

Es cierto, internet todo lo ha cambiado. Y sobre todo, lo ha acelerado. Sin la red no habría ganado Obama, ni Trump, el mundo sería más contenido, y los contenidos publicados seîan muchos menos, habría más tiempo para reconocer y menos conocimiento para compartir. Tu insiste, sigue alargando tu mano. Llegará un día en que la eche de menos y vaya a por ella. Y querrá ir a cazar gamusinos contigo, aunque ya los vendan por internet.