A mis dieciocho

A mis dieciocho de entonces acababa de empezar a estudiar Sociología, porque (pensé que) era el término medio virtuoso entre el periodismo y la psicología, las dos disciplinas que más resonaban en mi interior. A mis 18 de ayer seguían resonando y yo sigo tratando de aplicarlas a mi desarrollo personal, a mi profesión, a mi tiempo de ocio, a la educación de mis hijas y a las relaciones personales con los demás sapiens.

A mis dieciocho de entonces adoraba el baloncesto, al tiempo que sentía un empuje enorme por hacer cosas diferentes, ya que había dedicado muchas horas de mi vida a practicarlo. A mis 18 de ayer, recién llegado a casa después de hacer mil cosas diferentes y gracias al algoritmo de Google (cosas buenas de la tecnología), vi el documental One Giant Leap, sobre la vida de Luc Longley, aquel center australiano del segundo threepeat de los Bulls de Jordan, y al que olvidaron nombrar en The Last Dance.

A mis dieciocho de entonces, sentía que tenía toda la vida por delante, que todo estaba en potencia, que todo era posible. A mis 18 de ayer, sentí más o menos lo mismo, cosa que no se si es para saltar de alegría, o para preocuparse hondamente, ya que en el presente mes cumpliré cuarenta y ocho.

Y preocuparse por algo no mejora nunca ese algo y además hace que perdamos nuestro centro, que nos descentremos. Como descentrarse es molesto, incómodo, solemos agarrarnos a los apoyos que encontramos a mano. Esos apoyos, a mis dieciocho de entonces y a mis 18 de ayer, en España tienen mucho que ver con el entretenimiento social, la vida fuera de casa, salir, quedar, comer, beber, hablar muy alto en los lugares públicos, llegar a deshora a las citas y mucho más tarde a tu casa de vuelta, levantarse con resaca y estar poco operativo a la mañana siguiente. Sí, lo sé, no es todo el mundo, esta generalización, como todas, es injusta, pero es a lo que normalmente llamamos «divertirse». No en vano, la presidenta de la región más próspera (hay que revisar los criterios de prosperidad) de España, define la libertad en función de lo mucho que se puede salir, las cañas que te puedes tomar, el horario interminable de los bares y que Nacho Cano tenga un espacio público cedido a buen precio y sin concurso público, para montar un musical sobre Hernán Cortés y así poder entretener las veladas de los madrileños y de todos aquellos visitantes del resto de España, que para eso Madrid es España. Y los madrileños la seguimos votando…

Pero como yo no hablo de política, me voy a centrar en lo del equilibrio personal, en lo de tratar de no descentrarme, o de descentrarme lo justo y además ser capaz de reconocerlo. Reconocerlo y luego aspirar a corregirlo, para así generar el hábito sano de volver al centro (el mío, no el de IDA), que aunque no sea siempre agradable, es mucho más sano que andar por ahí como pollo sin cabeza. Porque si no, el día es así: me levanto, me ducho, llevo a las niñas al cole, vuelvo a casa a trabajar (un oxímoron hace sólo dos años), comemos aquí o en el bar de abajo, más curro por la tarde, personas en dos dimensiones, reuniones donde apagas la cámara, webinars eternos de personas muy poco interesantes, hablando de lugares comunes. Luego a caminar para escuchar mi podcast diario y hacer algo de ejercicio, de ahí a la cena, que hay que hacerla y para lo que antes has tenido que ir a la compra, luego a ver una serie y a quedarte dormido en el sofá. Todo acompañado de forma inoportuna y constante por alertas de mi teléfono, visitas voluntarias a Twitter que me llenen de indignación y odio hacia mis iguales, repaso de las estadísticas de la NBA para saber si Ricky Rubio ha dado muchas asistencias, para por último, caer rendido de nuevo en la cama, nunca más tarde de las 11. Y bueno, todo eso con el mindset correcto (como decimos la gente cool), de hacer ayunos periódicos (fasting), no comer cereales, ni lácteos, ni legumbres, ni beber alcohol, de respetar mis ritmos circadianos, de beber mucha agua y de meditar diez o quince minutos al día. Sucesión que si la leo despacio otra vez y me paro unos segundos, me lleva directamente a ansiar esa libertad promovida por Díaz-Ayuso, ya que vivir como vivimos es insoportable, a no ser ser que lleves siete cervezas en el cuerpo.

Y es que sí, a mis dieciocho de entonces la vida era más sencilla, los estímulos externos muchos menos, casi nunca autónomos y no estaban regidos por algoritmos. Uno apagaba la TV, no contestaba el teléfono fijo y podía sacar partido de un espacio y un tiempo de soledad, de un paseo introspectivo, del disfrute con una actividad no conectada a nada más que a uno, de escuchar el disco que te acababas de comprar de manera íntegra, de hacer planes de futuro basados en el atlas que tenías en tu casa, en lo que te habían contado en clase durante la semana, o en lo que los colegas habían hecho el verano anterior. Casi todo lo que se vivía, había que ir premeditadamente a por ello, buscarlo era un proceso que en sí mismo requería de pausa para encontrar la fuente de información adecuada, luego del plan de acción para ejecutarla y por último del tiempo y sobre todo del dinero, necesarios para llevarlo a cabo. Esto hacía que el camino fuera mucho más importante, al menos en dedicación, esfuerzo y foco, que la propia actividad resultante. Que los plazos entre la identificación de la necesidad y su satisfacción, fueran más favorables para el disfrute de verdad y que la ejecución de la actividad, se hiciera con todos los sentidos puestos en ella.

Pero los tiempos han cambiado y a mis 18 de ayer, tuve en mi mano, a un par de clicks y en función del dinero que tenga en la cuenta corriente, o del crédito que pueda conseguir, todos los planes del mundo, toda la música del mundo, todos los libros del mundo, todas las relaciones del mundo, todas los profesiones del mundo, todas las enseñanzas del mundo y todos los destinos del mundo. Y si no los elegí ayer, que es lo más probable para casi todos, porque el ciclo circadiano sigue teniendo 24 hrs y porque el crédito es limitado, el sistema está montado para que me los sigan ofreciendo en los próximos días, meses o años. Y que además, se lo sigan ofreciendo a otros que tengan perfiles parecidos al mío, y que la fábrica de generar estímulos mande sobre nuestra capacidad de identificar nuestro centro y por tanto nuestro equilibrio.

A mis dieciocho de entonces a ese equilibrio a veces lo llamábamos aburrimiento, del que tratábamos de salir alumbrando un plan, que nunca estaba a golpe de click y que no era uno entre un millón. Era uno y de milagro en muchas ocasiones. Pero el hecho de que fuera ese o la nada, promovía la escucha interior y exterior, fomentaba la concentración para su preparación y ponía todo nuestro ser en el disfrute. Y cuando el plan era ejecutado, nada lo perturbaba, nada lo interrumpía, no surgía otro sobre la marcha que nos hiciera desechar el primero. El plan podía ser un fracaso, pero hasta eso era un aprendizaje para la siguiente ocasión.

No echo de menos cómo era la vida a mis dieciocho de entonces. Sé que a mis 18 de ayer todo era y es, mucho mejor para muchas cosas. Sé que estamos aún en proceso de adaptación a todo esto que la tecnología nos ha traído, sé que el modelo cultural basado sólo en el crecimiento porque sí y por tanto en la producción y en el ser productivo (en lugar de humano), está ya decayendo en las conciencias de muchos individuos y también en la colectiva. Sé que esas personas y colectivos que han reconocido la situación, están trabajando para corregir el rumbo, para cooperar en que la tecnología no sea un circo, sino una herramienta que ayude al bienestar. Sé que muchos somos capaces de centrarnos, precisamente aprovechando esta tecnología y sé que tanto los de dieciocho de ayer, como los de hoy, estamos en proceso de equilibrio constante, porque así es el proceso de vivir.

Pero yo, a mis 18 de hoy, lo celebraré apagando el móvil, saliendo a pasear sin rumbo y bebiendo sólamente si tengo sed, tratando de llegar a tiempo y de no hablar demasiado alto.

Pasen una preciosa tarde de sábado.

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