La experiencia directa de los hechos

El viernes tuve una conversación con mi hija mayor acerca de sus resultados en la escuela. Los resultados en la escuela se miden con un número del 1 al 10 en cada una de las asignaturas que cursa y con una palabra que va desde “pasiva” a “muy buena”, asociada a la actitud de ella en las clases y trabajos realizados para cada asignatura

En la conversación hubo expresión de emociones por parte de los dos.

Mi hija mayor tiene 13 años.

Hoy es domingo y acaba febrero. Me he despertado pronto y la glucosa de mi cuerpo estaba algo alta. Zeta, la perra, ha dado saltos y movido el rabo de lado a lado al verme entrar al salón, hemos ido a la cocina y le he puesto su comida. Después he meditado durante media hora y me acabo de poner un café sólo. La cafetera estaba entera de ayer, por lo que he metido el vaso en el microondas para calentar el café.

El Estudiantes femenil (así dicen los mejicanos) ganó ayer, el masculino perdió.

Hasta ahí los hechos, sin adornos.

Cuando Jesús (el que murió en la cruz) tenía 12 años, desapareció de la caravana que le llevaba a él y a su familia de vuelta a Nazaret, después de haber estado unos días en las fiestas de Jerusalén. Como cuando nosotros íbamos en caravana a las fiestas de Los Molinos de primeros de septiembre, a finales de los 80 o principios e los 90 y a veces perdíamos el tren de vuelta a Madrid, o el último coche de algún hermano mayor que ya conducía.

Los padres de Jesús se alarmaron y comenzaron a buscar al niño como posesos, como cualquiera haríamos si pasara eso. No lo encontraron en ningún carro del convoy y en aquella época no había smartphones. como tampoco los había cuando nosotros íbamos a Los Molinos..

Iniciaron la búsqueda haciendo volver la caravana sobre sus pasos hasta el propio Jerusalén, para comprobar si se había quedado por algún lado durante el camino. No lo encontraron y llegaron de vuelta a la ciudad. Jerusalén en aquella época era una urbe desarrollada, grande, llena de actividad, tanto comercial, como social y administrativa. Los romanos además estaban ya dando por saco y a su manera apoyaban a Herodes el Grande, un rey judío muy poco ortodoxo, que tenia a los judíos ortodoxos muy calentitos, porque se preocupaba más de las fiestas y las mujeres, que de la religión.

El caso es que tras tres días días de búsqueda en aquella ciudad, María y José encontraron a su hijo de 12 años en el templo, con los sacerdotes, teniendo conversaciones de igual a igual con ellos, los sabios guardianes de la religión judía. Al verle allí respiraron aliviados y sin duda extrañados, por el hecho de que su hijo estuviera discutiendo sobre temas de adultos, con los próceres de la cultura de aquel momento. Al preguntarle a Jesús qué estaba haciendo allí, este les contestó que era donde tenía que estar, “en la casa del Padre”. María y José se miraron extrañados y no entendieron nada, pero aceptaron su respuesta y contentos por haber encontrado a su hijo, le abrazaron y pidieron que viniera de vuelta con ellos a Nazaret. Jesús accedió sin rechistar y juntos tomaron de vuelta el camino a casa.

María y José no se enfadaron con su hijo por haberse escapado, tampoco trataron de entender su respuesta de “es donde tenía que estar, con el Padre”. Jesús no siguió con su rebeldía, mansamente se metió en el convoy con sus padres y hasta los 30 años no volvió a aparecer en la escena pública.

Esta historia la he leído en el nuevo libro de Pablo d´Órs, “Biografía de la luz” y me ha servido para entender a mi hija y el momento que está viviendo. No estoy comparando a las personas, obvio,, pero sí al acto de adolescente que cuenta ese pasaje del templo, donde Jesús empieza a encontrar su camino, justo a los 12 años, donde todo Sapiens comienza la segunda fase de la vida, esa en la que se construyen las opiniones propias, donde las de los adultos ya no nos sirven y donde todo es estimulante, nuevo, confuso y muy, muy potente. Un camino que no es comprendido aún por nosotros los adultos, ni seguramente tampoco por ellos mismos, pero cuya fuerza es superior a cualquier convención social o cultural y no puede ser controlada. Por tanto no se trata de que yo entienda lo que ella está viviendo en este momento,. sino que simplemente lo acepte y sobre todo confíe (y esta es la palabra básica), hasta que ella mansamente, se meta de nuevo en el convoy de vuelta, cuando esté lista para volver a “casa”. Por otro lado, como todos hicimos lo en nuestra época,

Porque mi opinión, mi visión sesgada por el paso de los años, con mis narrativas acumuladas y la importancia de mi yo pequeño, de mi posición de padre, muchas veces, casi todas las veces, no me deja ver los hechos como son y sentir la experiencia directa de los mismos.

Pasen un feliz y soleado domingo y acabemos febrero tratando de experimentar los hechos, en lugar de las narrativas que asociamos a los mismos.

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