Primera persona del plural

Tropiezo últimamente con amigos que, como yo, tienen hijos transitando los primeros años de la segunda fase de la vida y coincidimos en que la expresión facial más habitual de los chicos, transmite la idea de que “papá, no tienes ni puta idea de lo que va la movida”. Se materializa levantando las cejas para mirarte desde su pantalla del móvil, seguido de una mueca de asco, un contoneo lateral de la cabeza como negando, para por último emitir un resoplido de infinita paciencia y volver de nuevo al teléfono.

Y el viernes, que era final de semana, principios del final de este extraordinario 2020 y final de la época sin vacuna para el/la/lo Covid-19, hablé con mi amigo Josh para chequear como van las cosas en USA. Y en lugar de hablar sobre geopolítica, crisis sanitarias y la transición gubernamental de Trump, acabamos hablando apasionadamente durante una hora sobre su hija de catorce años. Escuchaba su narración y notaba la impotencia por no saber cómo encarar el tema y la culpa por sentir que está fallando de forma notable, él que siempre ha sido un padre entregado a la educación de sus hijas. Y el patrón de su relación actual con Noah, así se llama la hija, es igual al mío con las mías, o al tuyo con las tuyas. No alcanzar nunca a tener una conversación larga con ellas, no generar un interés aparente en sus cabecitas, tus opiniones no parecen llegarles y las actitudes que consideramos adecuadas para su correcta educación, directamente son obviadas cuando no despreciadas, a menudo retándonos y buscando la confrontación. Sus vidas se construyen hoy a través de las relaciones con sus amigos y todo lo que orbita alrededor de ello, no son más que satélites irrelevantes.

Esa misma noche, sobre las 3 de la madrugada me despertó la alarma de glucosa baja del sensor que llevo colocado desde hace mes y medio, y tras beber un zumo y volver a la cama, me quedé enganchado en la conversación y en dos palabras que no se iban de mi cabeza; paciencia y esperanza.

Como siempre, recurrí a mis enseñanzas de psicología profunda, a mis podcasts sobre budismo y a mi propia experiencia en el terreno del trato con hijos adolescentes. Y con toda la humildad que requiere hablar sobre el ser humano, ayer le envié el escrito que sigue abajo a Josh, como continuación de nuestra conversación.

Querido Josh,

Me quedé pensando en nuestra charla y lo primero que tengo que decirte es que me alegro de que habláramos de eso, de la vida, de lo que nos acontece en primera persona del plural, en lugar de hablar del virus y de las inminentes vacunas de ADN o de mARN que están aprobándose contra reloj y del coste unitario y dosis necesarias de cada una de ellas. Estas son mis reflexiones.

Entre los 12 y los 24 se desarrolla el espíritu. El espíritu es eso que tiene que ver con hacer las conexiones adecuadas, con tener amueblada la azotea. Y desarrollarse bien no es seguir lo que los adultos dictan, por el simple motivo de serlo, sino llegar a ser uno en armonía con su arquetipo. Es además la época en la que uno construye sus opiniones, sus ideales, sus principios, su papel en la vida en definitiva. Y todos estos conceptos son invisibles y probablemente diferentes de los que hasta ese momento les hemos impuesto. Por eso es normal que todo lo que le digas a Noah, “se la sude” (expresión literal de la mayor mía). Lo que tú (o yo) digas y lo que le digan los profesores ya no les vale, pero aún no han construido sus propias estructuras, cosa que llega en la segunda mitad de esta fase, por lo que es fácil que no se animen a una conversación larga y tendida contigo. Ellas se saben en inferioridad argumental, aún para defender sus posiciones y rebatir las nuestras. Pero lo que sí tienen claro es una imparable fuerza interior que les hace rebelarse y que les da poder.

Y ese arquetipo que continúa constelándose desde que vinieron al mundo, empujando pero aún sin asentar, todavía sin ser del todo reconocible por los chicos y mucho menos por nosotros, entra en un momento crucial en esta fase de la vida. Esa fuerza para ignorarte de tu hija y a la que no estás acostumbrado, porque tu eres un tipo bien interesante, es el maravilloso arquetipo de Noah independizándose. Es como cuando sobre las ruinas de una guerra crece una flor, y te preguntas como la vida puede hacerse paso en un entorno tan hostil. La respuesta es por el arquetipo, que viene directamente de lo divino. Cuando una vida nace, ya es en potencia todo lo que luego será y eso es la mayor fuerza que existe en la naturaleza.

A tu hija de 14 hoy le coinciden la construcción de su espíritu, con un momento de maduración sexual único en su vida, un cambio hormonal con efectos notables tanto interiores como exteriores y un crecimiento físico tan desmesurado, como difícil de conciliar con ellos mismos y sus entornos. Todo en un contexto donde el smartphone y la conexión de alta velocidad están en su bolsillo y las respuestas de sus pares, sobre cualquiera de sus inquietudes, llegan de inmediato. Y por si fuera poco, ubica todo esto en el momento de la vida en el que se van a enamorar por primera vez y van a tener que elegir su profesión. Casi nada…

Y mientras estaba en vela, lo que me venía era que tienes (tenemos) que tener paciencia y esperanza. Paciencia porque nada es permanente, ni la actitud de tu hija de estos días, ni esta época en la vida de ella y la tuya. Paciencia porque se enfrenta a un momento tremendamente rico e intenso de nuevas sensaciones. Paciencia porque es probable que tenga cierta razón cuando te (nos) miran como si no pilláramos de qué va la movida. Y esperanza porque todo lo que haces y has venido haciendo estos años, aunque ahora parezca que no ha existido, ha construido la estructura de su campo de acción y proporcionado un terreno fértil para que ellas planten ahí su propio cultivo. Esperanza porque no dentro de mucho te volverá a incluir en sus conversaciones, esta vez para pedirte consejo, o compartir contigo de adulta a adulto.

He recordado estos días aquello que tú mismo me contaste acerca de la bióloga Suzanne Simard y sus hallazgos acerca de la vida de los bosques del noroeste de Canadá. Y cómo los árboles madre, son capaces de comunicarse con los árboles hijos, a través de una red invisible que va mucho más allá que las raíces de cada espécimen individual. Y si eso lo hacen los árboles, creo que podemos tener confianza en que todo lo que llevas haciendo tú desde que nacieron tus hijas, está presente en su persona a día de hoy, aunque sigan poniéndonos la cara de que no tenemos ni puta idea de lo que va la movida.

Josh me ha respondido enviándome este episodio del Daily del New York Times, titulado “La Vida social de los bosques“. Lo escuché ayer y es apasionante, como lo es la vida de nuestros hijos. Y me invitó además a participar en Kickstarter de un proyecto de nuevo podcast, en este caso de Daniel Goleman, que se va a lanzar bajo el título “First Person Plural“. Un podcast sobre lo que le hizo famoso al psicólogo judío, la Inteligencia Emocional. Porque Josh me cuenta que ha vuelto a leer ese libro veinticinco años después y parece que sigue teniendo vigencia, sobre todo hoy en el trato con sus hijas adolescentes. La traducción al español del nuevo podcast de Goleman, me ha parecido adecuado para titular mi post de hoy. Así que gracias a Josh y a Daniel Goleman.

Porque al final de eso se trata la vida, de nosotros, de todos nosotros, en primera persona y en plural.

Pasen un domingo con sus adolescentes, que lo merecen.

Un comentario en “Primera persona del plural

  1. Querido mio,

    Por alguna razón Google parece no encontrar al Contrafastasma hoy para que yo pudiera, brevemente comentar el post de hoy. Asi que te lo envío a ti. Me lo aplico. Pero dile a Josh que en cuanto a paciencia se arme bien, por que el proceso pasa pero es largo. Pero pasa. Horas de conversación, por que aunque miren al móvil, escuchan.

    Un beso enorme

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