Antimadridista

Camino al colegio, ayer mi hija Mariana me preguntó si tenía alguna camiseta del Madrid. Mirándola por el retrovisor con perplejidad, le pregunté el motivo. Me dijo que va a casa de no que quién a ver la final y que todas sus amigas van con el uniforme blanco. Acto seguido le pregunté si era del Madrid y me dijo que no, que le da lo mismo el fútbol, pero que es por estar en sintonía con el resto.

Mariana tiene catorce años y a esa edad, la opinión de los iguales es lo más importante. Sentirse del grupo nos ayuda a desarrollarnos y nos da seguridad, en ese momento donde el despelote de cambios es de tal magnitud, que convierte la existencia en una experiencia difícil de surfear. Luego, cuando uno crece y es adulto, la opinión pública sigue presionando y condicionando nuestro comportamiento y opiniones, muchas veces en contra de nuestro arquetipo, generando un malestar muy difícil de identificar y sobre todo de corregir. Bajo la lógica de que, «si la opinión pública mayoritaria lo dicta, será que es así», esta influencia es cada vez más intensa e indetectable, porque vivimos en una sociedad amplia y muy superficial, volcada sobre la pantalla de un smartphone y los algoritmos que rigen sus aplicaciones. Pero esa es otra guerra, que yo quería escribir hoy sobre mi esencial y arquetípico antimadridismo.

Porque por compleja que sea la adolescencia, no puedo integrar tan deportivamente y sin torcer el morro ni un poco, que mi hija se haga del Madrid, sólo porque sus compañeritos lo son. No al menos, sin explicarle los motivos por los que yo soy antimadridista.

Así de saque, aviso a todos esos madridistas que dicen que no se puede ser «anti» nada, que eso es una gilipollez. Se puede y además se debe ser anti cosas. Anti no es más que el prefijo griego para «contra» y esa palabra, además de estar en el nombre de este blog, por lo que yo la tengo en alta estima, es perfectamente legítima y muy clara en su significado. Lo único que hay que hacer es, como con todas, utilizarla correctamente.

Volviendo a Mariana y a su momento, como dicen los budistas y Milena Busquets, también esto (su adolescencia) pasará. Y cuando pase y ya no piense eso que transmite su gesto ahora, que no es otra cosa que «papá, no tienes ni puta idea de lo que va la movida», igual lee este blog y le hace gracia saber mis motivos.

Soy antimadridista porque sí, porque lo soy antes de hacerlo consciente, de racionalizarlo, de ponerlo en la balanza de pros y contras.

Soy antimadridista porque siempre me ha parecido muy divertido. Seguramente si viviera en Barcelona no sería del Barça. Ir a la contra en el fútbol, «el tema más importante, entre los no importantes de la vida», como dice Jorge Valdano, es tremendamente reconfortante.

Soy antimadridista porque mi abuelo materno lo era, porque un hermano suyo (Emilio Sagi Barba) jugó en el Barça, porque el hijo de este (Víctor Sagi), era el dueño de la agencia de publicidad que acuñó aquello de «más que un club» para los culés y porque ese abuelo mío y su mujer, luego tuvieron muchos hijos, de los cuales la mitad, jugaron en el Estudiantes de baloncesto.

Soy antimadridista porque mi padre, que no era hijo de ese abuelo culé, ni hermano de esos jugadores del Estudiantes, también es muy antimadridista. Y lo soy también porque la mujer con la que se casó y tuvo hijos, es decir mi madre, siendo ella muy poco fanática exteriormente, también llevaba una antimadridista en el cuerpo. A ellos creo que lo del «equipo del régimen» les caló bastante. Esas historias del NO-DO donde el Madrid era vehiculizado por la dictadura de Franco, acabó por convencerles de cuál no era su equipo.

Soy antimadridista porque estudié toda mi vida en el Ramiro de Maeztu, en una época donde la gente que jugaba, o a la que le gustaba el fútbol, no hacía demasiado ruido. No había desarrollo de marketing y no era sencillo hacerse con la camiseta de tu equipo para llevarla al colegio. Y mucho menos si eras aficionado al Real Madrid C.F., porque en el Ramiro, uno era mucho más del baloncesto y por tanto del Estudiantes, que del fútbol. Y amigo, si eras del Estudiantes, ahí si que no había demasiada opción para ser del Madrid. Eso es religión en la calle Serrano, 127, y la religión es la unión de lo material y lo espiritual, es el mundo de lo divino, de lo inexplicable. Y con Dios, como todos sabemos, no se juega.

Durante uno cuantos años llevé mi carpeta de clase forrada con la portada del As, del día de 1989 que el Madrid perdió 5-0 contra el Milan de Van Basten, y que titulaba a cuatro columnas «5-0, el Madrid humillado en Milán». Reconozco que igual se me fue un poco la mano, pero qué le voy a hacer, yo también fui adolescente.

Soy antimadridista porque jugué doce años en las categorías inferiores del Estudiantes. Las del Madrid siempre tenían a los mejores jugadores de toda España (ahora los traen de todo el mundo, se nos ha ido de las manos el tema), y a los más altos. No había manera de meterles mano. Nosotros éramos bajitos, peleones y la mayoría de nuestro mismo Instituto, con algún fichaje de otros, que el Madrid había descartado. Era una lucha desigual que generaba una mística especial, un sentimiento de pertenencia y una intensidad competitiva que se desplegaba en cada partido entre el Madrid y el Estudiantes los fines de semana, en cualquiera de las categorías. En mi caso perdí todos los partidos que jugué contra ellos, salvo uno, que casualmente fue la final de un campeonato de España, en ese mismo año 1989.

Y precisamente jugar contra el Madrid tantas veces, me legitimó más para ser un antimadridista de manual. Porque jugar a algo contra otro, es compartir un mismo terreno de juego con tus iguales, bajo una reglas que todos deben seguir. Jugar genera unión entre los que compiten, incluso cuando lo que más quieres es romper el culo del otro. Jugar es un lenguaje de confianza, de conocimiento del otro, mucho más intenso que la mejor de las explicaciones teóricas. Jugando a lo mismo reconoces muy bien las diferencias, pero sobre todo las semejanzas.

Animemos a jugar a nuestros hijos contra sus peores enemigos, que ya verán que desaparece el odio. Juguemos nosotros, odiemos al rival durante lo que dure el partido y luego tomemos una cerveza con él.

Tengo muchos amigos madridistas, socios madridistas y estoy dispuesto incluso a tener una hija madridista. Pero no sin antes hacer lo posible para que recapacite y no se deje llevar por la opinión pública, ni por la tradición, ni siquiera la que viene de mi lado.

Que sea un buen partido y que gane el Liverpool. Si gana el Madrid, sobre todo me pondré contento por Rober y por su padre, que se merecen la decimocuarta.

Pasen una gran fin de semana.

Un comentario en “Antimadridista

  1. ¡Qué grande, Gonzalo! Me he reído durante toda la lectura. Creo que con 14 años los pilares de la educación de Mariana ya están puestos y puedes estar tranquilo. Lo de la camiseta del innombrable es solo un devaneo adolescente y, aunque haya llegado a ponérsela, ella sola se dará cuenta de que no encaja con «eso» aunque sus amigas sí. Al fin y al cabo, estar contra el RM no supone más que renunciar a Satán y todas sus pompas, algo compatible con tener amigos rollingstonianos con simpatía por el diablo

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