El reconocimiento

Pablo D. Álvarez y yo intercambiamos mensajes el pasado miércoles de ceniza, porque un amigo común estaba en el partido del Atleti contra el City y nos escribió a ambos para contarnos. Después nos emplazamos para hablar al día siguiente, porque tenía algo importante que anunciarme. Le dije que no me dejara así, que igual no dormía, que si era algo para celebrar me abriría un vino. Me contestó que estuviese tranquilo, que no iba a ser «tío» de nuevo, que sólo era que se iban a vivir a Los Angeles. Yo estaba con Iris y las niñas en Benidorm, recién llegados para experimentar la verdadera Semana Santa española y con una agenda totalmente libre. Además la lluvia amenazaba con no dejarnos ir a la playa de Poniente al día siguiente, por lo que quedamos en hablar cuando Pablo se despertara.

Ayer viernes hablé con Pablo, por tercera vez en las tres últimas semanas. Hablamos por whatsapp, ponemos la cámara y por una hora nos contamos. Pablo siempre ha sido un gran conversador, le tiras cualquier tema y te lo devuelve mejorado, con una opinión formada, con información valiosa del mismo, con toques de humor inteligente y siempre con una sabiduría muy actual, muy pop. Pablo es argentino y eso explica que sea buen conversador y también el que tenga una letra entre su nombre de pila y su apellido. Los argentinos son (o eran) muy de poner un segundo nombre a sus hijos y en el caso de Pablo empieza por D. La verdad no se a qué responde esa D, quizá Diego, quizá Damián, quizá Daniel, se lo tengo que preguntar. El caso es que Pablo D. vive en México con su familia, compuesta por su mujer, él y los dos hijos que crían. Y lo relevante de la frase anterior no es la geografía donde vive Pablo, sino el verbo «vivir», después de lo que ocurrió el pasado jueves Santo.

Dos viernes atrás hablamos de lo imposible que sería para nosotros escribir «El infinito en un junco» y del compromiso que Pablo había adquirido con ese libro. sólo por respeto a Irene Vallejo y a su enorme capacidad de investigación y síntesis acerca de la historia universal de las bibliotecas . También hablamos del «Stoner» de John Williams y de Chéjov, llegando a cotas inaguantables de postureo, por lo que pronto cambiamos de tema hacia cosas ligeras como Leiva, o el rock argentino de los 80. Pablo llevaba un apósito en la nariz y se le notaba ésta algo inflamada, pero aparte del tono nasal, hablaba con una libertad chocante, abrumadora, como si las palabras salieran de su mente sin procesar. Y no sólo las palabras, también la mirada, los gestos.

Y fue por esa, para mi, nueva forma de expresarse, que le pregunté si había leído un librito llamado «Los cuatro acuerdos» de la sabiduría tolteca (sí, nos pusimos un poco densos de nuevo, pero estaba justificado). Los toltecas fueron un pueblo que prosperó entre los años 800 d.C. y 1,200 d.C., en lo que hoy es México. Su ciudad más importante fue Tula, situada a unos 60km del D.F., y los toltecas fueron grandes guerreros, artistas sensibles, precisos arquitectos y buenos comerciantes. Pero sobre todo fueron reconocidos como «hombres y mujeres del conocimiento». De religión politeísta, sus dioses eran algo contrarios a los de los aztecas, por lo que fueron un pueblo nómada, motivo por el que tuvieron gran influencia en diferentes regiones de lo que hoy es el sur de México. Y yo, que sólo recuerdo haber escuchado sobre los toltecas en una visita a Chchén Itzá, no sabía gran cosa de ellos hasta que leí el libro escrito por el Dr. Miguel Ruiz. Después, he podido comprobar que estos cuatro acuerdos a los que uno debe de llegar consigo mismo para vivir en paz, son muy populares y que el libro ha viajado mucho desde que fuera publicado en 1997.

Los cuatro acuerdos son los siguientes: se impecable con la palabra, no te tomes nada personal, no hagas suposiciones y da lo mejor de ti mismo en cada ocasión.

Pablo es, como le cantaba Aute a Sabina, «tirando a zurdo en sus ideas, por donde escora Bakunin». Un anarquista tranquilo, un rockero madrugador, un porteño que escucha, un argentino que no juega a muerte la liga +40 del barrio. En definitiva, la encarnación de un montón de oxímoron, increíblemente bien balanceados y carentes de conflicto visible. Y el jueves Santo pasado, además de santo, era 14 de abril. Los aniversarios de la muerte de Jesús y del nacimiento de la II República española unidos por el calendario, ya configuraban un día especial y yo esperé hasta mediodía para ver si Pablo me escribía al despertar. Pero no pasó. Nosotros hicimos las cosas que se hacen cuando llueve en la costa, nada. Benidorm estaba como siempre, lleno de ingleses y alemanes bebiendo en los bares de la playa de Levante, así que optamos por ir a Polop de la Marina, el pueblo de mi abuelo materno. Pasó el día y no hablamos. Lo mismo al día siguiente y los otros dos. Esto nos sucede mucho a Pablo y a mi, nuestras conversaciones suelen ser sobre nada concreto, lo que las hace especiales y a menudo, equivocadamente postergables. Nunca hay agenda, no hay un «tema que te quiero comentar», no nos pedimos cosas, no hablamos de trabajo. No hay más (ni menos) interés, que el placer de hablar con un amigo que vive a diez horas de avión y al que quieres mucho. Y desgraciadamente, pensamos que uno no tiene que agendar ese tipo de conversaciones con otro Sapiens, que las agendas sólo están para temas de trabajo, o de familia. Pensamos que en la amistad y el amor hay que fluir, dejarse llevar por los impulsos, que pertenecen al mundo de las emociones y que las emociones son el extremo opuesto de la razón. Pues no, el amor pertenece al espíritu y al espíritu también hay que darle orden, frecuencia, espacio, criterio y liturgia. Y para hacer todo eso se necesita la razón, el córtex prefrontal y la agendita del Iphone.

Hace tres viernes habíamos tenido la primera de estas interacciones estivales. Le contacté porque nuestro amigo común me dijo que Pablo se había hecho mierda la nariz y le habían tenido que operar de nuevo. Al toque me llamó para decirme que estaba fenomenal, que no había sido nada, que así «aprovecho para un cambio de look«. Además de sobre su nariz, hablamos por primera vez de lo del jueves Santo. Ese día Pablo no me llamó porque tuvo un derrame cerebral provocado por un aneurisma. En las horas siguientes le operaron dos veces, estuvo semanas en coma y nadie sabía cuál iba a ser el desenlace, ni que tipo de Pablo saldría tras un episodio así, si es que salía alguno. ¿Podrá hablar, podrá caminar, podrá hacer vida normal, podrá volver a ser el de antes?.

Durante las semanas en coma, le escribí un par de veces mensajes contándole lo mío, dándole aliento en su viaje «masallero» y diciéndole que le esperaba en este lado cuando volviera. Su primer mensaje de vuelta fue el 8 de mayo y fue el icono de un unicornio al que le sale de la cabeza un cerebro de colores. Sin palabras.

Y el otro día le comenté a Pablo lo de los cuatro acuerdos, porque ha salido del episodio más dramático de su aún corta vida, de manera absolutamente tolteca. Le he emplazado a que me cuente en detalle su viaje por el más allá. Pasarse semanas con la conciencia del yo en modo off, siendo parte del todo invisible, de esa dimensión que encaramos cuando soñamos, de ese lugar donde el filtrado individual desaparece y hay seres mitológicos, payasos, viajes en el tiempo, superpoderes, amores prohibidos, conversaciones imposibles… Ese lugar donde a pesar de que todo es distinto, uno experimenta las mismas sensaciones que en este lado: alegría, angustia, tristeza, amor. Le he dicho a Pablo que quiero el detalle de todo eso, que igual de su experiencia sale el próximo Star Wars.

Se impecable con la palabra, dice el primer acuerdo de los toltecas y que además, según el autor es el más importante de todos. Impecable viene del latín impecabilis, (no tener posibilidad de pecado, de falta). Y el pecado todos sabemos lo que es, es hacer las cosas mal. Pero no mal para el de las barbas que está arriba. Pecar es ir contra el pequeño Dios que cada uno de nosotros es, pecar es ir contra uno mismo. Y la palabra es lo más divino que tenemos, lo esencialmente humano, lo que nos hace diferentes a animales, plantas y minerales, que también son divinos. La palabra nos ha hecho evolucionar hasta lo que somos hoy y ser impecable con la palabra es decir las palabras justas, sin sobre producción, ni carestía. Porque el mismo poder que tiene la palabra para crear, lo tiene para destruir y a menudo no nos damos cuenta del superpoder que tenemos y decimos cosas que no sentimos, que sabemos que no son, sólo por tratar de quedar por encima de alguien, o de dañar, o simplemente por quedar «bien» con la opinión pública, o con lo que se espera de nosotros.

Y si Pablo ya antes era un tipo culto, divertido y honesto, ahora además es impecable con la palabra, así como también proyecta muy bien los otros tres acuerdos. Porque podía haberse tomado este episodio como algo personal y no lo ha hecho. Lo está encarando como se encara la vida, donde las cosas son, donde hay misterios donde no llega la querida ciencia. Podría estar todo el tiempo haciendo suposiciones, «anticipando futuros catastróficos» como cantaba La Casa Azul en su «Revolución sexual». Y en lugar de eso, ayer me dijo que el martes va a ir la revisión del neurocirujano por su propio pie y que no sólo eso, que después se va con Luz a comer a un restaurante, para celebrar la vida. Acto que en si mismo, demuestra el último de los cuatro acuerdos, ese de dar lo mejor de uno en cada ocasión. En cada ocasión, repito.

Y se que para Pablo y Luz y Juan y Félix, la vida está siendo difícil desde el pasado jueves Santo, pero es tan maravilloso poder acompañarlos, así, en la distancia, cada viernes, o cada dos, que dan ganas de abrazar.

El reconocimiento es una de las tres funciones del ser humano, las otras son la aspiración y la actuación. Tiene que ver con hacer las conexiones correctas para orientarse por la vida, tiene que ver con el espíritu, con el aire, con lo invisible pero siempre presente, con la razón, con la palabra y con la capacidad de balancear todas estas cosas para vivir en armonía y ser impecable. El reconocimiento se entrena sobre todo parando, chequeando y moviéndote en función del resultado del chequeo.

Te quiero mucho Pablo D, Álvarez, te veo el viernes, o igual no. Da lo mismo.

Pasen un gran de fin de semana de agosto, sean impecables con sus palabras y abracen un poco más.

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