Hola, me llamo Irma

Hola, me llamo Irma y tengo 37 años. Hace tres semanas me despedí de mi empresa y compré un billete (solo ida) de avión a New York. Del aeropuerto tomé un coche hasta la estación de Harlem 125th st. y de allí un tren a una localidad llamada Hyde Park, al norte de la ciudad, en medio del valle del Hudson. Tenía ganas de ir lejos y no hay lugar que cumpla mejor con esa premisa. Aquí la naturaleza es magnífica y el otoño se expresa rotundo con tonos granate, amarillo, marrón, verde y hasta naranja, de una manera que es ya casi imposible ver en paisajes españoles. Cada mañana me levanto delante del río Hudson, que baja con un cauce abrumador hacia Manhattan. Leí hace poco que es la fuerza del río la que hace funcionar el sistema de calefacción de la ciudad de New York y por tanto el responsable de esas chimeneas de vapor que salen de las alcantarillas de la Gran Manzana. Vivo en el apartamento de una amiga que conocí en San Francisco hace años y que se ha venido aquí a estudiar al Culinary Institute of America, una prestigiosa escuela de cocina, que como todo aquí, tiene un tamaño descomunal.

Mi amiga se pasa el día en clase o estudiando, o cocinando lo que estudia. Este semestre está centrado en cocina asiática y cada día me regala algo diferente para cenar. En veintiún días he leído seis libros y escrito cerca de noventa páginas de algo que no se aun que es, pero que se parece a la historia de mi vida. Tres semanas  no es tiempo para sacar conclusiones, pero me siento bien. No tengo teléfono, escucho la NPR (National Public Radio) por internet, eligiendo las temáticas que más se alejen de lo que he dejado atrás. Me he enganchado a una serie de reportajes sobre la utilización de drogas en las guerras modernas. En el capítulo de ayer hablaban de como en la Segunda Guerra se sustituyó el vino por las drogas químicas, para mantener animada a la tropa, sobre todo por parte del ejercito alemán. Y es muy interesante conocer el papel protagonista que tuvo la farmacéutica Bayer, a la que yo solo relacionaba con la aspirina, en el desarrollo de esas drogas. También disfruté mucho otro reportaje sobre la fabricación de sirope de arce en el estado de Nueva York. Cuando sales de la ciudad y sus ritmos obligados, te das cuenta de que hay multitud de actividades interesantes que se pueden hacer para completar una vida y fabricar sirope de arce es una que me voy a plantear seriamente. Tiene una relación directa y muy honesta con la naturaleza, no se puede forzar su producción, ya que es absolutamente estacional. Si pasa el momento de recogerlo, olvídate hasta el año siguiente. Requiere además una dedicación mayúscula y como contrapartida tiene una producción muy limitada. Se aleja mucho del patrón de comportamiento que tengo interiorizado, ese que busca la generación de beneficio en cualquier actividad de la vida.

En todos estos días no he hablado con mi familia, ni con Fran, el hombre con el que me iba a casar. De hecho él no sabe que estoy aquí, piensa que me he ido a Santander a casa de mi hermana. Cree que es una de mis locuras, que se me han amontonado los temas y que el trabajo, la relación con mi madre y el estrés de la boda, han podido conmigo. Me escribe un correo cada dos días tratando de que vuelva de donde esté y entre en razón, por ese orden. Me dan ganas de decirle que estoy aquí porque quiero hacer lo segundo y que hasta que eso no pase, de lo primero ni hablar. Pero no le voy a contestar, no me apetece. Me escribe textos largos muy bien articulados y ya la forma de escribir, de expresarse, me echa para atrás. No quiero ser injusta con él, yo fui la que dijo si a su propuesta de matrimonio. Fue aquel fin de semana en el que me llevó a un hotel bodega de la ribera del Duero, cuando sabía que yo el tinto solo lo bebo con Casera y que el blanco, de tomarlo, solo albariño, que no puedo con el dolor de cabeza que me da el verdejo. Ese fin de semana de hace cuatro meses me pareció una persona muy sensata para pasar el resto de mi vida. Y cada vez que pienso en la palabra sensatez como disparador de mi matrimonio, me quiero clavar palillos en las uñas. Y lo peor es que aquella respuesta afirmativa fue muy meditada. Le dije que si convencida de que ese era mi destino, compartir mi vida con un hombre que me quiere. Y punto.

A los 37 he llegado más o menos entera. Lo que se puede decir de mi en el mundo exterior, creo que dejaría satisfechas a muchas personas. Tengo (o tenia) un trabajo, una vida social activa, una familia que no me exigía mucho y me daba casi todo, bienes materiales más que de sobra, he viajado a lugares bonitos, soy propietaria de un piso y cocino decentemente. El único pero que yo me pongo es que no he sido madre, pero eso ahora tampoco es un drama, porque somos muchas así y no apoyamos las unas a las otras cuando surge ese momento en el que tus amigas madres se ponen a hablar de sus vidas rodeadas de niños. Además, lo de ser madre, lo he vivido siempre como una consecuencia de tener una pareja y eso primero no me había pasado aún.

Poco más de un mes después de haber dicho que si a Fran, me encontré con un hombre al que había conocido tiempo atrás en una boda. En aquella boda nos reímos mucho, pero yo estuve ejerciendo mi versión de soltera frívola y divertida, tratando de seducir y poner distancia al mismo tiempo. Y él me siguió bien la performance, hasta el punto en que entrada la noche, el resto de invitados parecieron desaparecer y nos quedamos “solos” con la música electrónica de fondo, hablando de reconciliación con uno mismo y de perdonarnos nuestros errores. Disfruté ese momento como pocos en mi vida y algo se encendió dentro de mi. La boda acabó, él no me llamó y yo tampoco hice nada por localizarle. Y cuando hace tres meses le volví a ver en aquella fiesta, ya con Fran de cuerpo presente y comprometidos, me di cuenta de que lo que me había llevado a decir si, era un amor con minúscula. Era sensatez.

Después de aquello he visto a este hombre otras dos veces, la última por casualidad en un evento de trabajo. Ese día acabamos agarrados de la cintura y con las manos entrelazadas sin poder evitarlo y sin que la opinión pública fuera un obstáculo. Estuvimos a punto de besarnos, pero una llamada del que era mi jefe rompió el momento y no sucedió. Ese día por la tarde decidí que me iba, que necesitaba distancia de todo lo conocido. Solo le lo comenté a Yoli y a mi terapeuta. Yoli es la persona que me ayuda en casa, tiene cinco años mas que yo y un hijo de 28, que a su vez le ha dado dos nietos. Le dije que me iba a Nueva York a casa de una amiga y que no hacía falta que viniera, al menos hasta el mes de enero. Le conté lo de Fran y lo de este otro hombre del que estaba enamorada, y le pedí el favor de que le escribiera para decirle que necesitaba su ayuda. Desconozco si lo hizo.

Mi terapeuta me dijo que hacía bien en marcharme, si eso era lo que me salía, pero también me dijo que informara a Fran y a mi madre, que si no, se me volvería en contra antes o después. Me dijo también que podíamos hacer las sesiones por Skype, que le llamara cuando yo quisiera. Por el momento no lo he hecho.

Hoy voy a seguir leyendo y esperaré a mi amiga a ver qué trae de cena. El amanecer sobre el río y los colores del otoño son más que suficiente para ir tirando. Y la verdad es que no tengo ninguna prisa.

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