Ayer Iris tenía el día ocupado con el ensayo general del Mago de Oz, que representan esta tarde en el auditorio de la Univ. Carlos III de Leganés, Marchó temprano y se llevó el coche. Yo elegí quedarme para avanzar con tareas domésticas, sobre todo plancha. La ropa limpia había tomado posiciones firmes en buena parte del cuarto de Mariana y amenazaba con ocupar el de Berta y, en teoría, este fin de semana estaban en casa, cosa que no ha sucedido todavía por culpa del Papa, de los exámenes y de que mi abuelita fuma.
A mi planchar me gusta, ya lo he contado. Crecí viendo a mi madre planchar los domingos por la tarde mientras escuchaba el Carrusel Deportivo. Mi madre era muy elegante y también hay algo elegante en el ejercicio de pasar la plancha caliente por la ropa limpia, de colocar la pieza sobre la tabla, hidratar las prendas con el vapor o con el chorrito, de llegar a las esquinas, de evitar los pliegues, de doblar. Hay elegancia en agrupar el resultado en formación sobre la cama, en función del tipo de prenda y del dueño de la misma, en ver cómo crece el batallón de ordenados a medida que decrece la montaña entrópica acumulada de blancos y oscuros. No sé, a mi me genera paz y me recuerda a Paz.
Como los medios y las viviendas no son los de antes, donde existía en casa un cuarto solo para esta noble actividad, denominado cuarto de la plancha, me instalé en el salón y en lugar de escuchar la radio me puse la serie RAFA de Netflix. La elegí porque había visto el primer episodio el otro día y porque ya nos sabemos la historia y el tipo de contenido que es, pero sobre todo porque por esos motivos podía prestar atención visual a las arrugas de la ropa (quién cojones inventaría el lino, by the way), mientras ponía la oreja en la vida del tenista que, por si alguno no lo sabe, es de lo que versa el panegírico de cuatro episodios que liquidé ayer.
Siento decir que por más que me guste el deporte y sabiendo que buena parte de esa actividad tiene que ver con competir, esforzarte, luchar, sobreponerse y sufrir, la carrera de Nadal, dirigida por su tío Toni, me transmite lo opuesto de lo que entiendo que tiene que ser la vida. Incluso la de un deportista profesional.
Lo podría argumentar pero hoy no tengo tiempo, que tengo que llevar a Iris al teatro. Ayer sí lo tenía y como por la tarde seguí planchando, me puse otro documental que saltó el primero tras terminar el de Rafa. Se trata de uno de la serie Untold, dedicado en este caso a Jamie Vardy, aquel delantero inglés que pasó de la 8ª división inglesa a campeón y figura de la Premier con el Leicester y a jugar una Eurocopa y un Mundial con la selección inglesa, en solo seis temporadas.
En ambos casos se habla de las vidas de deportistas que han conseguido éxitos, en ambos se describe la dureza de la competición, en ambos se describe el esfuerzo, la lucha, la resiliencia y el sufrimiento del deporte de élite. En ambos salen los propios deportistas, sus familias, compañeros y entrenadores contando la historia.
Con el caso de Vardy me emocioné y el de Nadal me pareció un coñazo.
La trayectoria de Nadal es incuestionable, pero me daban ganas de hacerle una broma todo el rato para ver si sonreía un poco más. Reconocerse a uno mismo a través del dolor no es sano y eso es lo que transmiten el realizador del documental de Nadal y entiendo que el protagonista está de acuerdo en el enfoque.
Ese chaval de Manacor habría sido campeón en cualquier deporte que hubiera requerido de lo más notable de su arquetipo: la concentración.
Lo bueno es que a Rafa le queda mucha vida por delante, muchas lavadoras por poner e infinitas pilas de ropa por planchar. Y estoy seguro que se le da bien la plancha, porque se hace de pie, con las manos y requiere de tanta concentración como el tenis. Lo malo (o bueno) es que, cuando termine, solo le va a aplaudir su Mery. Lo mejor, y esto es muy muy bueno para él, es que ningún tío Toni le va a decir que siga planchando cuando decida que ya está.
Reconozcan su arquetipo lo antes posible y no vayan contra él con demasiada fuerza ni por demasiado tiempo, aunque el objetivo exterior a conseguir sea muy reconocido y popular.
El verdadero tablero de juego está en el interior de cada uno y cuando la cosa va mal, se vuelve insoportable de sostener, sobre todo al meterse uno en la cama con todo el exterior apagado y sin opinión pública que te aplauda o te penalice.
Ubiquen a su tradición en la palmera, salvo si se trata de personas con la elegancia de mi madre.
En definitiva, reconozcan sabiamente, aspiren a su ideal y luego hagan lo que se les cante, pero siempre a favor de uno. Y verán que su semblante se parece más al de Vardy, que al de Rafa.
Y que suba el Estudiantes esta tarde y, sobre todo, que puedan planchar tranquilos, que es una actividad muy elegante.
Pasen una buena semana.

Deja un comentario