F.E.A.R.

El miedo se nos presenta a cada uno de forma particular. Si repaso mi vida para identificar qué me da miedo y sus consecuencias, tengo serias dificultades para concretar ambos conceptos. Mi miedo histórico siempre ha sido miedo a no estar a la altura, si bien la pregunta es a la altura de qué. Si tuviera que contestar con cosas mundanas, diría que es un miedo a no saber lo que el otro sabe y a que el resto se de cuenta de ello. Un ejemplo es cuando con 7 años la profesora me preguntó si necesitaba gafas (que obviamente las necesitaba), porque pegaba el cromo número 182 en la casilla correspondiente al 37. Yo le respondí que no se preocupara, que en caso de necesitarlas, mi hermano tenía en casa y podría usar las suyas.

Luego me dió miedo no aprobar un examen, no pasar la prueba para el equipo de baloncesto cada mes de septiembre, soñar que me caía con mi cama por el hueco de la escalera, no encontrar trabajo, no ser feliz. Curiosamente nunca me dió miedo enfermar, tampoco ahora.

Y mis miedos no se quedaron en momentos de zozobra invisible, algunos se convirtieron en síntomas muy evidentes. Recuerdo sobre todo el de no poder respirar profundo de noche y como consecuencia no dormir, que padecí entre los 19 y los 22 años. Más adelante una amiga me contó que eso se llamaba ansiedad y que a ella también le había pasado. Sin decir nada a nadie y pensando que era normal, nunca compartí que no sabía o podía gestionar aquello. Y me empezaron a dar miedo las propias noches, pero no por su oscuridad o su silencio, sino por el temor a pasarlas en blanco y estar agotado a la mañana siguiente. Un miedo desaparece cuando existe otra emoción más potente. Si esta emoción es otro miedo, se convierte en un ciclo nada virtuoso.

Las noches son delicadas porque lo exterior se detiene y de pronto estamos solos con nosotros mismos, escrutando opciones, barruntando posibilidades, chequeando acciones pasadas, opciones futuras. Las noches son momentos de la verdad, balones en la mano al final de la posesión estando dos abajo en el marcador. Y es que todos y cada uno de nuestros días vienen con su noche, nos guste o no. Las noches son la mitad de uno de esos patrones invisibles que rigen el cosmos, el de la dualidad. Y si bien están concebidas para descansar, regenerar y soñar, lo cierto es que nos dan para mucho más.

Y de esto se benefician tres sectores de la economía. El primero el ahora denostado rubro de los recintos de ocio nocturno que venden alcohol, osea los garitos. El covid y los jóvenes presuntos infectados asintomáticos, convertidos en bombas biológicas por los telediarios, han conseguido que éstos estén hoy de capa caída, cuando siempre habían sido grandes beneficiados de la falta de sueño. Luego las productoras de formatos Call TV, esos en los que uno llama a un número de pago para contestar una pregunta aparentemente tonta y que tras una hora de espera y a punto de entrar en antena para participar, justo es respondida correctamente por el concursante anterior a que entraras. Y el tercer sector beneficiado es el farmacéutico, representado aquí por las multinacionales Pfizer y Cigna, fabricantes del Orfidal y el Escitalopram respectivamente, analogía química de las grandes dualidades que rigen el cosmos; noche/día, bien/mal, femenino/masculino, luna/sol y Orfidal/Escitalopram.

Prueben a ir a su médico de cabecera. Bueno, si no son de Madrid, porque aquí están cerrando esos centros por no se sabe qué motivo, y expongan al profesional que les atiende que no están durmiendo bien. Le recomendarán hacer una analítica para comprobar que lo básico está en orden. También le preguntarán sobre sus hábitos de alimentación, de trabajo, de ejercicio, etc… Si a la vuelta de unos días sus resultados son correctos según los baremos, pero usted insiste en que no duerme bien, le recetarán Orfidal. Pero “con cuidado, que es adictivo y luego cuesta desengancharse”. Si ha tenido algún trauma reciente o acaba de morir un ser querido, el Orfidal se lo recetarán sin analítica previa, porque usar la química en esos casos, está en el Manual del Duelo del imaginario colectivo occidental. Y claro, no hay día sin noche, sol sin luna, ni Orfidal sin Escitalopram, porque por las mañanas hay que funcionar y producir o consumir, según te toque.

Y lamento decir que, por bien que a uno le siente el Orfidal y duermas como un “bendito”, es un hábito regulero para el primer ejercicio del que yo hablaba, ese de afrontar el miedo al escrutinio propio, o el miedo a la noche en blanco. Porque primero no te quita el miedo, sino que te noquea y segundo porque además consigue que pases en blanco la mañana del día siguiente, para lo que será muy “recomendable” tomar el Escitalopram, que Cigna también tiene que facturar. Y de pronto te encuentras tomando dos pastillas, una que actúa sobre la otra y que hay que tomar “con cuidado, porque son adictivas”, provocando este hecho un miedo diferente, el de engancharte a una droga legal y añadiendo a eso la culpabilidad por ser un potencial yonqui. Así que ahora tienes miedo y culpa, fabuloso. Y por si esto fuera poco, elimina la actividad onírica de las noches, por lo que no sueñas, o no te acuerdas en el caso de hacerlo.

Pero no pasa nada, porque los norteamericanos también han creado un acrónimo para su palabra miedo. F.E.A.R stands for False Evidence Appearing Real. Y lo cierto es que, en este momento histórico, el invento semántico representa muy bien lo que está pasando en este agosto post (y quizá pre) confinamiento de 2020.

Estamos todos entre el acojone y el encabronamiento. Acojonados por el virus, el repunte, el rebrote, el confinamiento que venga, el no colegio de los niños, el descalabro económico, la ausencia de vacuna, la mascarilla si o no, la distancia social. Y encabronados con los otros, sean quienes sean; los políticos, Sánchez, Trump, la OMS, los chinos, los anti vacunas, Bill y Melinda Gates, los vecinos irresponsables, los jóvenes que salen, los municipios que permiten, las comunidades que no controlan, los de Madrid, los del Madrid… Los Otros es un concepto muy amplio, muy potente y muy agradecido en situaciones como esta. Y todo esto si eres de una gran ciudad o si consumes muchos medios, porque si vives en Marín (Pontevedra) y no compras la prensa, tu vida se acerca mucho a la de antes de Marzo y los otros son solamente los del Depor.

Hemos pasado una semana conviviendo 13 personas de entre 8 y 76 años, nos hemos besado, abrazado, compartido baño, cocina, toalla, vaso, cubiertos y no he conseguido identificar un síntoma de miedo en ninguno de nosotros. Miento, me refiero sólo al miedo al virus o a caer enfermo de covid. Si he identificado miedo a no aguantarnos en la convivencia, a que nos metan un rejón en el restaurante, a que no haya lugar para aparcar en la playa, a que llueva cada día de las vacaciones, a que se acabe el whisky del abuelo, a que la casa de Airbnb esté sucia… Es decir, miedos todos pre covid, de esos que tanto echamos de menos ahora que tememos a algo invisible.

Obviamente llevamos la mascarilla en lugares públicos y somos respetuosos con el resto de los seres humanos que nos cruzamos, pero creo que si no pones la tele y no lees Twitter, el miedo y el encabronamiento decrecen, descansas mejor y con un poco de suerte, te enganchas a aprovechar el momento de meterte en la cama para concentrarte en tu respiración, hasta caer dormido.

Y a la mierda Pfizer y Cigna.

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