Enriqueta volvió el primero de agosto. El lunes me la encontré entrando por la rampa del garaje mientras yo salía con el coche. Me cuenta que accede por ahí porque tiene menos escalones que la entrada de peatones. Al pasar a su lado bajo la ventanilla para saludar y preguntar qué tal estaba yendo el verano. Me sorprende verla en casa a 10 de agosto.
Volví el día 1, he encontrado la solución, me dijo.
Me agarró con la guardia baja, yo esperaba una conversación de ascensor sobre el mejor clima de Santander en verano o sobre el Mundial y el gol de Ferrán o, a lo sumo, algo del eclipse de esta semana, que al final no vi porque fui a Decathlon a por una esterilla para mis estiramientos de cadera. Y reconozco que ese «volví el día 1, he encontrado la solución» me acojonó un poco y no supe devolver algo a la altura de su declaración. Además eran las 8,30 de la mañana, ella iba caminando hacia dentro y yo conduciendo hacia fuera. Así que solté un: «¡qué bien, me alegro mucho!», que automáticamente me hizo sentir idiota. ¿Y si había solucionado el hambre en el mundo?, ¿y si tenía el plan para terminar con la IA y las conversaciones de cuñados que provoca?, ¿y si conocía lo que pasó en el asesinato de Kennedy? ¿y si sabe por qué Argentina se dejó ganar en la final del Mundial? Durante décimas de segundo mi conversación interna se disparó en múltiples direcciones, hesitando, hasta que se me caló el coche. Al final mi respuesta fue ofrecer la mejor de mis sonrisas y emplazarla a comer unos churros donde Agustín, una mañana de esta semana, que mi padre está pasando unos días con nosotros y quería que se conocieran porque, desde que sabe de su existencia a través de este blog, me insiste en que no es posible que haya una personaje como ella.
Y lo de los churros pasó ayer por la mañana. Mi padre es una persona de hábitos y aunque lleve solo cinco días aquí, no cambia por nada del mundo ir a por el periódico al único puesto que hay en la avenida, que justo está en la puerta del bar de Agustín y de la consulta de Iris. Así que los tres fuimos al encuentro de Enriqueta y nos sentamos en la terraza, que la temperatura era agradable. Al poco, justo cuando Iris se marchaba a trabajar, apareció Enriqueta.
Ahorro contar lo que fue el educado intercambio de dos octogenarios en dispar forma y voy directamente a lo de la solución.
No es lo que dices, tampoco lo que haces. No sirve de nada manifestar ni tener actitud positiva. Da igual lo que te esfuerces, lo obediente que seas. Da lo mismo que te hagas el humilde, aparentes ser buen ciudadano, que creas ser buen amigo, que creas que eres resiliente, trabajadora, comprometido o voluntarioso. No importa que te alimentes sin gluten, ingieras suplementos, leas a Marco Aurelio, hagas burpees, camines 10.000 pasos ni que te pongas gafas de cristales rojos o amarillos (esto no lo dijo ella, lo añado yo ahora). No importa que mercurio esté retrógrado ni que la abuelita fume, que lo hace, y mucho.
La solución a la movida está en tu conversación interna, aseguró Enriqueta apurando el último churro de los ocho que comieron entre ella y mi padre. No es lo que anhelas o de lo que careces. No son tus planes ni tus presupuestos. No es tu mala suerte, tampoco la buena, que crees que mereces. No es lo que perdiste, no es lo que no has alcanzado, no es lo que eres, menos lo que fuiste. No es cómo debes comportarte y no consigues que pase, no es que te castigues por ver mucho Instagram ni porque creas ser mal padre, mal hijo o mal adversario de final de Mundial. Tampoco es todo eso que crees hacer correctamente, de acuerdo al guion de no se sabe quién. No es nada de lo exterior, de lo material, de lo conocido por tus iguales.
La solución está en tu diálogo interior.
¡Boom!
Yo no había comido churros, pero de pronto sentí en mi tripa una pelota del tamaño de una de tenis, pero color pardo, densa, justo debajo del plexo solar. Porque tengo una conversación interior tope de gama, siempre en la pelea, siempre en la supuesta mejora, siempre criticando mi desempeño, mi paso por la vida, mi ejecución, mis capacidades, mis virtudes, mis michelines, mi nivel de glucosa, los carbohidratos que ingiero, si he meditado, si he claudicado, si está bien o no alegrarse porque pierda el Madrid (bueno ahí no hay diálogo, solo certezas). Mi interior es un constante de lo que me pasó en la rampa del garaje cuando me crucé con Enriqueta el lunes: si, no, ahora, ya lo haré, me lo apunto, mañana, lo sabía, era esto, ¿saldrá?, ojalá, qué cabrón, si hace diez años hubiera sabido esto, me tengo que cuidar, no he hecho los burpees, mañana será otro día…
Enriqueta lo explicó muy sencillito.
Está tu voz, tu identidad y está el sistema. El sistema responde a tu identidad, que es el continuo de lo que te dices a ti mismo, a tu frecuencia y te devuelve realidad en función de ello. Tu frecuencia es lo que sientes, no lo que haces y menos lo que dices. Si esa voz que escuchas pide suerte, el sistema recibe azar y reproduce azar. Si esa voz dice que no llegas y exige esfuerzo, el sistema recibe incompletitud y lo reproduce. Si tu diálogo interno te habla de deseo, el sistema recibe carencia y te la da.
Y no sirve de nada que a cada tanto medites, hagas crossfit, retiros de silencio, te emociones con un reel de perros que cuidan niños de TikTok o acudas a misa los domingos. El sistema mide el promedio de tu narrativa interna.
Al terminar de desayunar nos despedimos de Enriqueta. El pueblo estaba en silencio, quizá porque era 14 de agosto, quizá porque el sistema nos devolvió eso para que escucháramos el diálogo interior. Justo vi que mi padre no se había puesto sus audífonos, motivo por el que no le pregunté qué le había parecido la vecina y he preferido escribir aquí sobre el tema.
A mi me encaja la solución de Enriqueta. A mi padre le preguntaré cuando lo publique y lo lea.
Pasen una buena semana.

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