El Contrafantasma

Lo que escribo los domingos

El tipo

El 4 se septiembre de 2001, sobre la hora de comer española (entre las 14,00 y las 15,00), aterrizó en Barajas el vuelo AR1132 de Aerolíneas Argentinas, procedente de Buenos Aires. En ese avión debía haber venido un tipo al que yo había conocido brevemente año y medio antes, en una cena de trabajo en un restaurante de moda de Puerto Madero, en la capital argentina. Mi misión aquella tarde de septiembre era sencilla: recibirlo y llevarlo al hotel Emperatriz, en la calle López de Hoyos 4, casi esquina con Castellana.

Mi expectativa de la operación a realizar no era demasiado festiva, tenía el recuerdo de aquella pretérita cena de enero de 2000, y el tipo no me había caído demasiado bien, como tampoco lo había hecho la propia Buenos Aires.

Enero de 2000 fue mi primera vez en Buenos Aires y la única en mi vida donde he sentido inferioridad en una ciudad extranjera. Todo el mundo tan guapo, alegre, tan de moda, todos tan viajados (mayormente a Florianópolis, en Brasil y a Miami), tan en forma, tan deportistas, tan cancheros, tan simpáticos, tan agrandados. Y si escarbabas un poco, también encontrabas al taxista que sabe sobre psicoanálisis, al artista cool que vende sus cosas en Plaza Serrano, al creativo publicitario con pelo alborotado de Palermo Hollywood, al sobrio camarero «gallego» del bar de la esquina de Recoleta. Buenos Aires era todo en aquel verano austral de 2000. Una mezcla de Madrid con Nueva York, habitado por gentes que creen ser parisinos, que hablan castellano con acento maravilloso y que se manejaban en dólares. Y además con el Diego ingresado en un hospital de Punta del Este y todo el país sufriendo por ello.

Y es que el país recién estrenaba un gobierno presidido por Fernando de la Rúa (suegro de hecho de Shakira en aquella época), después de diez años de Menem(ismo). un Menem al que el peronismo le duró diez minutos ya que, como el propio Perón, al que apodaban Garrincha porque amagaba siempre con irse por la izquierda, para finalmente avanzar por la derecha, se convirtió en neoliberal a las carreras, privatizando todo lo que tenía valor y era privatizable y lanzando el famoso Plan de Convertibilidad del ministro de economía Cavallo, que sí, que acabó con la hiperinflación por un tiempo atando el valor del peso al del Dólar americano, pero que, desgraciadamente, desembocó diez años después en el famoso corralito de 2001 que, en los cinco años siguientes, trajo a España a más de 180.000 (según Claude) argentinos, todos con un abuelo en Palermo, en Bergondo o en Llanes.

El tipo al que yo debía llevar al hotel nunca llegó. Por lo que sea y sin avisar, había decidido retrasar su venida a España una semana más. En aquel entonces el teléfono móvil no tenía internet y el propio internet era simplemente un añadido a la vida para temas de comunicación y no la vida misma, así que esperé hasta que entendí que ya no podían salir más pasajeros de ese vuelo por la puerta 1 de la Terminal 1 y llamé a la oficina donde, efectivamente, me confirmaron que el tipo no había tomado el vuelo previsto.

A las 14,00 del 11 de septiembre de 2001 aparqué de nuevo mi Opel Astra en el parking de Barajas y, sin entusiasmo, avancé hacia las puertas de salida de la terminal para esperar al tipo argentino que, esta vez sí, aterrizaba en Madrid. Y lo hacía para quedarse, dada la situación de su país tras el corralito, el fin de la paridad con el dólar y la inestabilidad gubernamental, económica y social que atravesaban. El tipo y sus socios habían decidido abrir su empresa en Europa, instalando su central en Madrid.

Pero el vuelo no aterrizaba y temiendo que me la hubiera jugado de nuevo, llamé a la oficina para que confirmaran con Buenos Aires que el tipo había cogido (perdón) el avión. De la oficina me dijeron que sí, que estaba confirmado y que esperara.

A las 14,45 yo estaba poco hasta los huevos de esperar y tenía hambre. Cinco minutos más tarde suena mi teléfono y veo el número de la oficina en mi pantalla. Temo lo peor, que Mariví (así se llamaba la secretaria) me diga que finalmente no viene el tipo. Pero no era Mariví, era Suárez, mi jefe, ese que luego amablemente me despediría y que, con su vozarrón de paisano asturianu, me dice que un avión se acaba de estrellar contra una de las torres gemelas de Nueva York. Yo le respondo que ok, pero que me da lo mismo, que lo único que quiero saber es si el tipo tomó el vuelo AR1132 de Aerolíneas Argentinas y si va a salir pronto por la puerta.

Al poco aparece el vuelo como LANDED en las pantallas de Barajas, mi impaciencia se apaga unos puntos, veo el final de mi tarea más cerca.

A las 15,05 me vuelve a llamar Suárez, y esta vez me saluda con la frase: «tercera guerra mundial, un nuevo avión se ha estrellado contra la otra torre gemela». A mi, si bien me parecía llamativo que dos aviones se estrellaran contra las torres más altas de Nueva York, al no estar viéndolo en el tv y al ser el teléfono móvil solo eso; un teléfono que puedes mover de un sitio a otro, tenía el foco puesto en que el tipo saliera del avión y pudiera llevarlo a su hotel de una puta vez.

El tipo salió por la puerta 1 a las 15,40 más o menos, nos saludamos, le di la noticia de lo de las torres, se fumó un cigarro antes de entrar al coche y nos pusimos en marcha. De camino a Madrid sintonizamos la SER, Iñaki Gabilondo estaba narrando el evento en directo, como lo hacían todos los medios de comunicación del mundo. Al pasar por debajo del puente de la CEA, el comentarista contó que la Torre Sur, la última en recibir el impacto, estaba colapsando (evaporándose). El tipo y yo escuchábamos en silencio, como en silencio parecía estar toda la ciudad, todo el país, todo el planeta. Aparcamos en la puerta del hotel sobre las 16,10, el tipo hizo el checkin y le acompañé a la habitación. En condiciones normales le habría esperado abajo. No éramos amigos, apenas nos habíamos visto un par de veces en viajes de él a Madrid durante el 2001 y en aquella cena en enero de 2000 en el Buenos Aires agrandado. Lo lógico en una relación así habría sido esperar en el lobby, ir a comer algo al José Luis de Hermanos Béquer cuando deshiciera el equipaje y quizá llevarlo a la oficina para trabajar esa misma tarde. Pero aquel día no. Ese día subimos juntos a la habitación 309 y pusimos la tv según entramos. No era un momento para dejar solo a nadie.

A las 16,28 vimos como caía la Torre Norte.

El viernes pasado estuve con Iris en el concierto de Rafa Pons en la Sala Mahou del Bernabéu. Rafa tiene una canción que se llama Buenos Aires y que explica muy bien lo que es esa ciudad para un español average que la visite hoy por primera vez. Un Buenos Aires que no es el que yo viví en 2000 y que no he vuelto a experimentar en ninguna de mis visitas posteriores (y han sido muchas). Y mientras tocaba Rafa hice un vídeo y se lo envié por WhatsApp al tipo que fui a buscar a Barajas hace 25 años y que después se convirtió en mi amigo, mi hermano, en testigo de boda, mi consejero y, por simplificar, en mi Buenos Aires particular. En el texto que acompañaba el vídeo le deseé un feliz aniversario y le dije que le quiero mucho.

Aquel 11 de septiembre de 2001 mataron a mucha gente, nos colaron el miedo para siempre, nos engañaron, nos cambiaron las reglas (otra vez) y los que lo hicieron siguen por ahí dando por culo.

Yo gané un amigo, un hermano, una ciudad, un país y un acento. El tipo se retrasó una semana, pero fue para quedarse toda la vida.

El amor siempre gana, como me dijo Tao, mi ahijado pequen̈o de 4 años, el otro día.

También gana a la IA.

Pasen una buena semana.


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