El Contrafantasma

Lo que escribo los domingos

Opinar

No quiero escribir sobre La Bola Negra ni sobre las elecciones del 29N ni sobre la acampada de Sol ni sobre el calzado barefoot ni tampoco sobre el regate de rabona de Lamine contra el Galatasaray. Ni siquiera me apetece escribir sobre Enriqueta y eso que el viernes coincidimos en el ascensor y me dejó una perla acerca del ruido que, desde el 30 de julio, llevan generando las obras del 4ºA: «si no les gustaba la casa, ¿por qué la han comprado?. La han tirado entera para hacer otra nueva», sentenció nuestra sabia vecina con razón.

No quiero escribir, creo que esa es mi sensación desde hace meses, motivo por el que se distancian mis posts. No queda nada que añadir, no hay más contenidos relevantes, más narrativas, más historias, más opiniones, más milongas. Lo necesario es progresar y para progresar hay que reducir entropía. El motor de la entropía es, entre otras cosas, el ruido de los contenidos, de las historias, de las noticias, de los reels, de los tiktoks, de los podcasts, de los post semanales en blogs de gentes como yo. Contenidos que nacieron con internet y luego se multiplicaron hasta el infinito con el internet móvil. Que sí, que aparentemente nos ha dado la oportunidad de proyectar nuestra voz y un alcance global. Pero la realidad es que con un par de algoritmos bien diseñados por los que manejan los hilos, todo este ejercicio voluntarista del rebaño donde cada uno se piensa único, es simplemente una máquina de generar dinero para unos pocos. Y lo que es peor, se ha convertido en un vórtice de desorden para todos.

Una opinión es la asociación entre una imagen y un pensamiento y está re-que-te-demostrado por la física cuántica que, cada una de las unidades individuales de conciencia que somos ve cosas las cosas a su manera, es decir, subjetivamente. Y no solo por sesgo cultural o por cualquier patología neurológica, que también, sino que vemos cada uno nuestra movida porque tenemos capacidad creativa. Tenemos la capacidad de crear (a imagen y semejanza del de arriba, de la Conciencia superior), pero nosotros somos mucho más aficionados a creer. Y entre crear y creer hay un abismo, aunque solo cambie una vocal. Las creencias son malas compañeras de viaje y si las convertimos en opiniones y se las arrojamos al de enfrente, el ruido crece y crece y crece, la entropía aumenta y el progreso se para.

Técnicamente somos unidades individuales de conciencia con capacidad de renderizar realidad material (salvo que seas un NPC, que entonces renderizas lo que traes en tu programación sin poder crear nada nuevo), según el pedo particular de cada uno. Si ese pedo se apoya en creencias, es probable que tus opiniones estén chocando constantemente.

Los objetos que concebimos como iguales, si te fijas bien, también cambian. Esto lo explica y demuestra fetén Jacobo Bergareche en su último libro «Tío grande», a través de la divinidad de Eos, diosa del amanecer, que se encarga de que ningún amanecer sea igual al del día anterior.

Así que si creamos nuestra realidad, si los objetos cambian cada vez que los miras y debido a cómo los miras y si los sujetos vivimos cada uno nuestro pedo, ¿Cómo mierda asociamos pensamientos a imágenes y los utilizamos como arma arrojadiza contra todo el que se ponga enfrente, abanderando encima la tan políticamente correcta libertad de opinión?

Tu libertad no te obliga a hacer públicas tus opiniones. Tu libertad te deja elegir y si lo que vas a decir o a escribir no mejora el silencio, es mucho mejor callar. Piensa que si callas vas a favorecer la reducción de entropía y, por tanto, el progreso.

Ya me callo. Pasen una buena semana.


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