La ciencia, la verdad y el amor

El Contrafantasma acababa de llegar al Bar de la Esquina. No es una frase hecha, el bar se llama así y hace esquina. En los dos lados exteriores se abren grandes ventanales a la calle y aunque no es bonito, es cómodo, tiran bien la cerveza y el personal es amable. Eran poco más de las 8 de la tarde, hacía frío fuera y sus amigos estaban animadamente hablando sobre las pasadas navidades. Uno de ellos cambió de tema y preguntó que les sugería la siguiente definición de la palabra “Ciencia”:

-“La ciencia se dedica a crear saber en la investigación y a transmitirlo en la enseñanza. Saber significa conocer la verdad. La verdad es cuando las afirmaciones coinciden con los hechos en cuestión”-.

Por algún motivo el grupo giró brusca, pero naturalmente, hacia el concepto con el que acababa la definición, el concepto de “Verdad”. Reunidos alrededor de la segunda ronda comprobaron que lo que era verdad para uno, no lo era tanto para otro, e incluso falso para un tercero. Hablaron de verdades incontestables hoy, pero revolucionarias hace no tanto, como que la tierra es redonda. Coincidieron en que el fuego quema y en que los objetos caen si no los sujetas. Fueron acercándose a hechos menos medibles, como lo es el que los seres humanos soñamos al dormir. Y la gran duda llegó al hablar del amor. ¿Se pueden hacer coincidir los hechos con la afirmaciones de que amas a otro ser humano? Esos hechos no los puede valorar nadie más que uno mismo y el ser amado, y además la definición no está en los libros. El amor sucede en el interior, en lo no material, pero el exterior está inundado de representaciones del mismo que tratan de darle forma, ponerlo en una escala, decirte si el tuyo es o no es adecuado, si es o no suficiente. Incluso, si simplemente es, o no, amor.

Todos afirmaron que han amado y sido amados en alguna ocasión, pero nadie aseguraba que fuera capaz de replicar la fórmula para que las afirmaciones coincidieran con los hechos de nuevo, ni que pudieran ofrecerle a otro la manera verdadera de hacerlo.

La noche siguió, hablaron de los zapatos perdidos del barrio de la Guindalera, o la Guindirella, como lo llaman ahora en homenaje a Cenicienta. Allí hay días donde, por las mañanas, aparece un zapato solitario en una esquina de la acera, como si alguien lo hubiera perdido corriendo detrás (o delante) de su amor.

Y es que hay veces que el amor es un zapato perdido, sin posibilidad de encontrar su pareja. Y existen otras en las que el amor se distingue por una mirada directa, sin nada más. Y lo sabe el que mira y lo reconoce el mirado.

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