El recuerdo

Admiro la memoria que tienen esos que recuerdan la fecha exacta y lo que llevaban puesto, por ejemplo el día que dieron su primer beso. Yo no me acuerdo de nada y mucho menos de cuando fue esa nada y qué llevaba puesto. Ni siquiera recuerdo mi primer beso. No lo recuerdo, aunque si a quién se lo di. Pero no creo que mi recuerdo sea del primero. Mi memoria es más por asociación con aquella época y aquella chica, que con el momento exacto de ese beso, ni con que pasara nada especial al hacerlo. Lo más seguro es que fuera vestido de azul, o de gris, porque siempre voy de azul o de gris. Si era verano, que lo era, puede que fuera de blanco, porque las mayoría de mis camisetas son blancas. Pero el blanco no estoy seguro de que sea un color, la ausencia del mismo, o la combinación de todos, como convenientemente me apuntaría mi sobrino Jorge si leyera esto. El caso es que si lo que pasó fue en otoño o invierno, iría de azul o gris y si fue en verano, es casi seguro que fuera de blanco. Quizá es precisamente por eso por lo que no me acuerdo, quizá debería vestir de manera dispar y diferente, para poder recordar cuando pasó aquello que he olvidado.

Si tengo claro y no es menor, que ese primer beso fue en el verano de 1986, o en el de 1987, o en el de 1988. Es decir, que mi memoria es mala, pero no tanto, manejo una horquilla de tres años y un rango de dos meses, ya que lo que es seguro es que fue en verano. Podría enviar un mensaje a aquella chica y preguntarle, pero eso siempre me hace pensar que ella va a pensar que no me importaba lo que sucedió, que no le di importancia a nuestro primer beso. Y bueno, es seguro que a día de hoy a ella se la suda que no me importara y dudo que ni siquiera entonces le importara. Pero yo siempre he sido temeroso de quedar mal con el resto, así que no voy a escribirle ese mensaje.

Si que recuerdo como iba ella vestida, como para no recordarlo. En el verano de 1986, o en el de 1987, o en el de 1988, surgió la moda más singular de la historia de la sierra madrileña, donde pasamos las vacaciones aquellos años. Se trataba de llevar un polo al revés. Sí, aquella chica a la que besé por primera vez, ese beso que no recuerdo, llevaba puesto un polo con los botones en la espalda y además con hombreras. Y si tuviera que apostar diría que era amarillo. Era como besar a un jugador de la NFL. Zara no era aún tan popular y la variedad en el atuendo no era fácil de conseguir, lo que provocaba innovaciones de este calibre. El polo hacia atrás triunfó esos veranos, o alguno de esos veranos y eso sí lo recuerdo.

También recuerdo el olor de la pulsera que me regaló y que con orgullo porté todo el curso siguiente, salvo durante los entrenamientos, que me la quitaba. Jugar al baloncesto con pulseras de cuero era incomodísimo. No recuerdo a qué olía la pulsera, pero sí que olía a ella, a su colonia, o a su champú, o a la crema que se ponía. Olía a ella y al verano, una combinación inigualable siendo adolescente. El olor del verano era el olor de la libertad, de la ausencia de obligaciones, de montar en bicicleta, de salir por la noche con los mayores, de subir a sus coches para ir a Los Molinos. El olor del verano era el de las jaras entrando por la ventanilla del Lancia Y-10 de Marta, en las carreteras de la sierra por la noche, escuchando en bucle y por vez primera, el directo de Hotel California.

Y es que el olor queda mucho más en la memoria que la fecha, o que la vestimenta. Lo que sucede es que el olor no se transforma fácil en una imagen y por tanto, no te puedes hacer una representación clara de ello, salvo por asociación. Y mucho menos compartirlo, una vez pasa el tiempo. Y lo que no se puede compartir, muere. De hecho yo he perdido ese olor en mi memoria, el de la pulsera que me regaló aquella chica. Si lo volviera a oler, no lo asociaría con ella, o quizá sí, quién sabe. Pero lo que es seguro es que aquella pulsera de cuero, sobre todo cuando se mojaba, me llevaba de vuelta a aquel polo del revés, a aquellas hombreras y al Hotel California de los Eagles, en su versión en directo. Casi nada.

Pasen un buen día de la Constitución, aprovechen que es festivo y recuerden besar, que aunque no sea la primera vez, nunca se sabe cuando será la última

Y pongan a los Eagles en bucle.

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