La terapia

González está yendo a terapia, hasta ahí todo muy normal, todos necesitamos terapia. La terapeuta se llama Sonsoles, me cuenta, y es filóloga, enfatiza. Se la recomendó la madre de una compañera de colegio de su hijo Kevin. ¿Filóloga?, le pregunto con curiosidad, pero sobre todo porque es lo que espera que haga. Pienso en toda esa gente que estudia años de algo, sólo porque el momento para decidir qué ser en la vida (total nada, sin importancia la cuestión), coincide con el de mayor despelote interno del joven humano. Elucubro con que Sonsoles, que no tiene nombre de terapeuta, estudiaría filología porque su madre era profesora y su padre abogado y que, tras doce años trabajando en una editorial, tener sus dos hijos y separarse de su marido, que seguramente se llame Agustín y sea ingeniero, identificó que lo que de verdad quería en la vida, a lo que había venido al mundo, porque todos venimos al mundo para algo concreto y si no lo descubres, date por jodido, era para ser terapeuta. Que luego pasó por su propia terapia, que fue dura y larga, pero que le abrió los ojos a la vida, por lo que decidió hacer teatro de improvisación con su sobrina, se formó en Coaching, o en Reiki, o en Kinesiología, o en Yoga. o en Pilates, o en todo al mismo tiempo. Que hizo un par de retiros espirituales, leyó mucho la «Biografía del silencio» de Pablo D´ors, libro que desde entonces reposa sobre su mesita de noche, y que experimentó con la ayahuasca.

¿No os pasa que cuando os dan un dato de alguien, uno sólo, que puede no ser más que un nombre, o una profesión, escribís mentalmente toda su biografía?. Quizá no os pasa, pero a mi si. Desde que era pequeño juego a adivinar las vidas de la familia que estaba sentada en la mesa de al lado comiendo tortitas, en el VIPS de López de Hoyos esquina Velázquez, donde hoy hay un Kiwoko.

Juego a adivinar el perfil de Sonsoles, pero González no me lo permite, está entusiasmado con lo que me está contando y no me deja distraerme. El es un talibán del no uso del móvil cuando hablas con alguien. Hace conmigo lo que yo con mi hija Mariana. Y yo a ratos, hago con él como mi hija hace conmigo, paso. Pero hoy no, hoy no me deja dejar de mirarle a los ojos. Hoy su narración parece salir de algún sitio que no es su cuerpo, como de más adentro, o de muy afuera. Mi mente lucha para imaginarme a Sonsoles físicamente, pero González se adelanta y me explica que es una mujer de su edad, que va vestida con unos vaqueros y una blusa blanca y que tiene el pelo recogido en una coleta, Y que su local no es lo que te esperas de un sitio de terapias alternativas. No hay símbolos indios, no hay atrapasueños colgados de la pared, no hay incienso, no hay lámparas de esas naranjas que son de sal, no hay humidificador, ni libro de respiración holotrópica en la mesa de la entrada. Me cuenta que el local es la planta baja de una finca del Viso, en la calle Guadiana. Que la casa tiene dos telefonillos, en uno está escrita la letra «A», y en el otro la palabra «Ve», del verbo ir. Dice que apretó el botón de «Ve» por intuición, que le abrieron, y que fue. A la propia consulta se accede por una puerta al costado de la casa, al final de un senderito de tierra. Al llegar a ella, que estaba entreabierta, leyó el letrero de la misma, que decía: «Recétame un poema. Terapia». Que cuando lo leyó sintió algo potente, numinoso, a medio camino entre un interés máximo por saber más y las ganas de salir corriendo, por si detrás de la puerta había una Madof del desarrollo personal y de la autoayuda. Estuvo a punto de darse la vuelta, pero sin poder terminar de elaborarlo, allí estaba Sonsoles ronriendo e invitándole a entrar. Sonriendo, le corrijo. No, «ronriendo», responde, que es como sonríen los gatos, una mezcla de ronroneo y sonrisa. En ese momento el que está a punto de salir corriendo soy yo, porque este no es mi González, que me lo han cambiado. Me dice que lo de crear términos nuevos es parte de la terapia de Sonsoles y que a él le vino esa palabra cuando la vió por primera vez.

Dice González que ha flipado con la mujer, que lleva tres sesiones y que nunca se había sentido tan ligero al salir de terapia. Como caminando un metro por encima del suelo, me dice con un brillo inusual en sus ojos. Me insiste en que tengo que ir a verla, que no me cuenta de qué va, que no me hace spoiler, que la mecánica es sencilla, que vas y hablas, que ella escucha y también habla. Y que al salir te remite a un texto. Ese texto puede ser un poema, una canción, un párrafo de algo, incluso el claim de una campaña publicitaria. Y que regreses en dos semanas. Y como ejemplo me lee el poema que le ha recetado hasta la siguiente sesión. Se llama «Amor», es de Karmelo Iribarren y dice así; «Apenas cuatro letras, y cabe tanto dentro. Y duele tanto cuando te dejan fuera». ¡Guau!, pienso para mis adentros. González lo lleva impreso y doblado en el bolsillo del pantalón y cada tanto lo saca y lo lee.

Igual regreso a terapia y voy a ver a Sonsoles para que me recete un poema. Pasen un gran domingo, lean y sanen.

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