Núñez de Balboa, mucho pecho y poca cabeza

Quizá es sólo el síndrome del domingo por la tarde, pero no puedo más con el día de la marmota, con los paseos programados, con hacer la compra en el supermercado de El Cuento de la Criada (lleno de sospechas). No puedo más con cocinar, con recoger lo cocinado, con las videollamadas, con la lectura, con hacer deporte, con las cervezas en pantalla. No puedo más con HBO, con The Last Dance, no puedo más Sánchez, no puedo más con Twitter, ni con los medios, ni sobre todo con los miedos. No puedo más con las banderas con crespones, ni con las banderas en general, ni con la española en particular. No puedo más con las mascarillas y los guantes, con los geles hidroalcohólicos. no puedo con las caceroladas, ni con el doctor en gestión de pandemias que llevamos todos dentro. No puedo más con no poder concertar cita en el ambulatorio para ver a Maricarmen, la enfermera que me provee de material para la diabetes. No puedo más.

Pero todo va a ir bien, en serio, TO-DO-VA-A-IR-BIEN.

Porque cuando estaba a ésto (no se ve pero estoy haciendo un gesto con mi mano, como de coger una pizca de sal), de saltar por la ventana de mi bajo sin jardín, ha llegado la revolución de Núñez de Balboa para salvarnos, ¡fuck yeah!. Mi calle, la de mi cuna, es el epicentro de la España contestataria contra el poder político (que no económico, claro). O contra lo que sea que se manifiesten. Impossible is Nothing, ya lo dijo Mohamed Ali en 1974 y repitió Adidas sin descanso hasta 2013, con objetivos menos reivindicativos.

Y yo, que viví en el número 119 mis primeros 25 años de vida y donde aún vive mi padre, estoy legitimado para hablar. ¡Menudos somos en el barrio!. Aunque hay que reconocerle a Jabois que él también lo ha hecho con criterio y gracia en el periódico de hoy. Gracias Manuel.

Siempre había querido argumentar la idiotez de la coincidencia geográfica para explicar los fenómenos sociológicos o políticos, y esto me ha traído la oportunidad. Pero de milagro, que el número 119 está entre General Oráa y María de Molina, a escasos tres portales de Chamartín. Y si subes María de Molina hacia Avenida de América, enseguida estás en la Guindalera, que es distrito de Salamanca, pero menos, mucho menos. Así que seguro que los de la esquina con Don Ramón de la Cruz, donde está la zona 0 de la revolución, me consideran rojo (progre, que dicen ahora) por vivir tan arriba. Con lo cual me voy a callar lo del piso en alquiler y que mi colegio no era el Pilar, sino el Ramiro (si, si, al que Sánchez fue en BUP. y la reina Letizia, esa arribista, también, y bueno, el de Wyoming y Forges, y… todos comunistas). Es probable que si me acerco a compartir mi cacerola con ellos esta tarde, me echen a patadas por sospechoso, aunque lleve mi fachaleco.

Pero como soy de allí, repito, entiendo muy bien lo que está pasando. Que para eso nací en el hospital del Rosario y mis abuelos paternos vivieron toda su vida en Ayala 18, frente al Mercado de la Paz. Si no habré tomado yo aperitivos con mis padres en el antiguo Peláez de Lagasca, o en Jurucha (que aún existe), o en Gitanillos, que no sólo sale en la canción de Sabina, con esas cortinas de terciopelo oscuro en la entrada. Y bueno, ya de adolescente, como cómo olvidar Victory, en Lagasca esquina Juan Bravo, con Green a su espalda y con Floro a los mandos, Balbino en la barra, Baldomero lustrando zapatos y esos magníficos profesionales de sala, que durante años fueron la referencia de mi padre (y de todos nosotros, por extensión). Así que lecciones de pureza barrial, las justas. Somos pijos, viva el barrio de Salamanca (sin exclamaciones).

Y además soy muy partidario de que las personas se muevan, aunque sea por los motivos equivocados. Que uno se mueva quiere decir que hay un alma ahí dentro. Porque el alma es el principio básico del movimiento de los seres vivos y ese movimiento, que se activa con las emociones, es lo que está pasando en Nuñez de Balboa. Gente emocionada por el agotamiento, la indignación, el aburrimiento o la confusión, saliendo a la calle a gritar lo que le parece, contra quien le parece. Y gente emocionada de encontrar a otros en ese mismo lugar, gritando como ellos y también en movimiento, porque la ley del estado de alarma dice que no puedes estar parado en la calle. Y al llegar a casa, mucho más movimiento, en este caso en el smartphone, en forma de meme o de tuit. Por no hablar del movimiento interno, lleno de satisfacción por la repercusión en los medios de sus reuniones revolucionarias. Para estar orgulloso.

Pero es que además de alma, los seres humanos poseemos espíritu. Y la diferencia entre la una y el otro es fundamental. Se entiende muy bien con las regiones del cuerpo asociadas a ellos. La región que se asocia al alma es el pecho y ¿qué hace uno cuando dice yo?, se lleva la mano al pecho. La región corporal del espíritu es la cabeza, y ¿qué hace uno cuando le dice a otro que piense?, se lleva la mano a la cabeza.

Y además de la región corporal, las capas del hombre poseen cada una un centro. El del alma es el YO y el del espíritu es el SÍ MISMO. El YO sabemos lo que es, es el individuo, el egoísmo, la supervivencia a costa de cualquier cosa, como lo hacen los animales. Y el SÍ MISMO en cambio es lo colectivo, el todo, el Amor, Dios. En el barrio de Salamanca supongo que esto lo sabemos muy bien, porque tiene mucho que ver con la religión (no tanto con las confesiones, pero de esto ya hablamos otro día).

Propongo entonces que utilicemos más el centro del espíritu y menos el del alma, para continuar con nuestras vidas, porque todos somos igual de importantes para que el mundo siga rodando y para sacar adelante esta situación dramática y desconocida (y sí, mal gestionada también).

Y lo mejor de todo, hagámoslo por nosotros, colectiva y egoístamente. Porque los seres humanos encontramos la felicidad cuando dejamos de pensar tanto en el YO, en nuestro “alguien” con nombre, apellidos, barrio y bandera, y empezamos a pensar más en el SÍ MISMO, nuestro “nadie”, y en consecuencia, nuestro TODOS.

Así que menos golpes de mano en el pecho y más dedo índice a la cabeza, que ésto no ha acabado y aún hay mucha gente sufriendo. Más los que van a sufrir cuando se abra de nuevo el país y no haya salario que cobrar, ni cliente al que vender nuestros productos o servicios.

Y no dejemos de movernos, que eso es signo de estar vivos.

Feliz domingo ya casi lunes.

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