Este runrun y la luz que hay al final del túnel

(Estas dos historias no son del Contrafantasma, o sí, qué importa. El 10 de marzo cumplía 11 años mi hija pequeña y era su último día de colegio antes del confinamiento. La primera historia la escribí el día de su 5º cumpleaños. La segunda es de hoy).
Ese runrun

10 de marzo de 2014

Mi vida no le sonará ajena a casi nadie. Trabajo en una oficina, me reúno, presento proyectos, acudo a eventos, pago mis facturas, quedo con amigos a veces, participo en algunos grupos de whatsapp, salgo a cenar de manera esporádica, almuerzo siempre fuera, llevo a mis hijas al colegio, consumo tiempo y energía en el coche, me quejo de la falta de dinero y de tiempo, compro cosas que no necesito, tiro alimentos porque me caducan en la nevera, llamo a mis padres cada dos o tres días, les veo cuando las niñas se quedan conmigo. Y siempre cada día, desde hace años y sin herramientas para pararlo, tengo un runrun aquí arriba (mano en la cabeza) y sobre todo aquí abajo (mano en el estómago), que me indica que no es la manera correcta de estar, de Ser.

Pero claro, ¿cómo bajar con la locomotora en marcha y en mitad de un túnel?

Fin

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La luz que hay al final de túnel

25 de marzo de 2020

En aquel momento me acababa de separar y estaba transitando por la crisis de los 40, que tampoco le sonará ajena a nadie. Y así, con aquel runrun interno muy presente, continué mi camino de búsqueda (de mi arquetipo) que aún hoy sigo transitando. Comencé actividades que nunca había realizado, me apunté a cualquier bombardeo, acudí a charlas sobre terapias sanadoras, empecé a cuidar mejor mi diabetes, leí sobre el ser humano, sobre la propia crisis de la mitad de la vida, me hice la carta astral, participé de algunos retiros… Pero no fue hasta que tropecé con la muerte y reconocí la realidad completa, que supe que había luz al final del túnel. Aunque aún no la viera.

A finales de ese año 2014 muriò mi madre de un tumor en el pulmón derecho. De nuevo la ausencia de aire como causa de la muerte. Lo recuerdo muy parecido a las historias que circulan hoy relativas a este virus, por la rapidez con la que sucedió y por tratarse de una persona de 67 años en aquel momento. Durante 17 días la trató una doctora maravillosa (en esto también se parece a lo que está pasando hoy), con la que me encantaría comentar lo de este virus. Y fue ella quien me puso delante lo invisible, lo que sucede fuera del mundo de los sentidos exteriores.

Y no es necesario que nadie muera para comprobar que hay realidades invisibles con notables efectos en nuestras vidas. Basta con parar y hacer caso a lo que dice tu runrun aquí abajo (mano en el estómago).

A mi me ha costado siempre mucho parar, cómo bajarme de la locomotora en marcha y encima dentro de un túnel. Esta es la excusa que más peso ha tenido en mi, la que mejor me servía de justificación y la que más me he encontrado en amigos, compañeros de viaje o familiares a lo largo de estos años. Amigos a los que les pasaba lo mismo, que en seguida empatizaban conmigo porque lo vivían en primera persona, pero que al mismo tiempo entendían perfecto que era “imposible parar” con el tren en marcha. Mal de muchos…

Pues queridos todos, yo el primero, el tren se ha parado, nos lo ha parado el virus de manera abrupta. Mal de todos, en este caso… Y si bien estamos en mitad del túnel, nos está dando la oportunidad de poner la mano aquí abajo, para después retomar el sentido de la marcha, de la vida, según lo que cada uno somos.

Estos 14 días salgo a la calle más que la media porque tengo perra, puedo trabajar desde casa sin grandes problemas y dispongo de mucho tiempo para mi. Leo más, no me apetece ver series y disfruto de al menos un podcast al día. Quizá mi hábito de ver series tenía que ver con no pensar demasiado en el día siguiente. Me levanto pronto y me acuesto igual de pronto, con ganas de dormir. Duermo muy bien y seguido, salvo cuando tengo una hipoglucemia, que alguna inteligencia superior hace que me despierte sin sueño para beber algo con azúcar. He ahorrado gasolina, he activado un virtuoso círculo de consumo en mi nevera, donde casi todo lo que entra se aprovecha, he comenzado a hacer ejercicio de manera ordenada, hablo cada día con mi padre (casi siempre porque es él quien me llama, cosa que celebro), como y ceno en casa (obvio), he reducido la ingesta de alcohol y para ser sincero lo único que echo de menos de verdad, son los besos.

Sigo haciendo terapia gracias a la tecnología, porque vienen curvas a cada tanto, que la vida es así de jodida. Y lo más importante en este momento, tengo tiempo de sobra y excusa ninguna para parar y así identificar hacia donde vibra el runrun de aquí abajo (mano en la tripa), y confiar plenamente en que ese el es sentido (mano aquí arriba), que me guía hacia el final de este túnel.

Que sí, que está negro de cojones, pero que aunque sea muy tenue, se atisba una luz allí en la lejanía. Confiemos.

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