Grandes expectativas

Desde que la semana anterior leyera aquellos afiches -como llaman en Argentina a las pintadas en espacios públicos-, en el baño de un restaurante de Puebla de Sanabria, el Contrafantasma había estado pensando mucho acerca de la felicidad. Pero no de la felicidad en general, sino de la suya propia. Y ese bucle le llevó hasta el jueves cuando de rebote, le invitaron a cenar a casa de unos amigos. Estaba sin plan cuando le llamó su amiga Petra y le dijo que había organizado algo en la terraza de su casa para celebrar su cumpleaños. Las noches en casa de Petra son siempre divertidas, con gente atractiva y al tiempo normal, cosa difícil de encontrar.

El Contrafantasma acudía sin demasiadas expectativas, que es como se debe de asistir a cualquier sitio, ya que las expectativas acotan mucho los momentos de felicidad. No hay que esperar mucho de nada, porque cuando se recibe lo que se espera uno lo asume como normal y cuanto más se normaliza lo recibido, menos capacidad de sorpresa se tiene y a lo que se llega, como máximo, es a estar satisfecho. Y satisfecho no es feliz, creanme, y si no, hagan la prueba. El mundo está lleno de infelices satisfechos de un montón de cosas.

Y esa noche de jueves, en casa de Petra, estaba Irma.

Irma recién comienza la cuarta fase de la vida (que va de los 36 a los 48), tiene la piel muy blanca, dos enormes ojos azules y había conocido al Contrafantasma hace un año y medio en la boda de un amigo común. En aquella boda ella vestía pantalón blanco, blusa verde y llevaba el pelo recogido en un moño. El jardín estaba repleto de mujeres con largos vestidos y peinados forzados, y de hombres embutidos en trajes ridículamente ajustados, incluso entre aquellos con porte de barril bodeguero. Frente a esa escondida incomodidad de la vestimenta, prevalecía una aparente felicidad colectiva y en medio Irma brillaba con una luz muy intensa. Su delgadez potenciaba el movimiento de sus brazos y manos mientras hablaba, sonreía y circulaba de un grupo a otro de invitados. Llegó el momento en el que se encontraron uno frente a la otra y además del saludo, intercambiaron rápidas bromas y desafíos verbales, como para chequear que estaban a la altura de la relación que iba a comenzar. Ella posee un fino sentido del humor y es ágil con la palabra y muy dulce con el gesto.  El adora la ironía que bordea lo incómodo y la charla trascendente vestida de cotidianidad. Al poco la conversación fue pausando, derivando desde lugares comunes hacia espacios menos transitados, dando una oportunidad a que la verdad apareciera. Conversaron durante casi una hora como si no hubiera nadie a su alrededor, mirándose a la cara, acercando las cabezas hasta casi tocarse cuando el volumen de la música no permitía escucharse, bebiendo a pequeños sorbos para no tener que interrumpir el momento con un inoportuno -¿quieres otra copa?-. Permanecieron agarrados sin tocarse hasta el momento en que empezaron a repartir artículos de fiesta de Grand China en forma de coloridas pelucas, sombreros de purpurina y gafas ahumadas de plástico, que rompieron su círculo y se incorporaron a la fiesta.

No se despidieron y no intercambiaron teléfonos. El hizo al día siguiente un intento fallido de conseguir el de ella, pero no fructificó y lo dejó pasar. Ella no registró de forma consciente lo que había pasado esa noche y también lo dejó pasar.

Hacía más de un año desde aquel encuentro y allí estaba ella de nuevo, con un vestido de tirante negro largo y el pelo suelto, mientras fumaba y charlaba animadamente con uno de los invitados. Nada más entrar se cruzaron sus miradas y esa conexión volvió a cerrar aquel círculo que se deshizo al final de primer encuentro. Durante quince minutos estuvieron lejos, mientras él saludaba a los invitados conocidos y visitaba la casa, que había sufrido recientes mejoras, algo a lo que Petra era muy aficionada. Por fin llegó el momento en el que él se acercó a la mesa de las bebidas, donde Irma estaba sirviéndose algo, -hoy si quiero una copa-, le dijo cuando estuvo justo a su lado. Se dieron un solo beso en la mejilla derecha y de pronto el escenario se tornó oscuro, solo iluminado por la blancura de Irma y la fuerte atracción entre ambos. Los invitados desaparecieron de sus mentes y se quedaron solos hablando de lo mucho que se habían echado de menos, de las ganas que habían tenido de encontrarse por la calle de manera fortuita y de lo felices que habían sido aquella noche en la que conectaron. Se cogieron de las manos en repetidas ocasiones, rieron a carcajadas recordando la torpeza de no pedirse el teléfono y se felicitaron por haber coincidido por fin, en casa de Petra, sin ser conscientes de que ambos eran de su círculo de amigos.

-Petra es amiga mía desde los tiempos de la facultad, ¿tu de que la conoces?-, preguntó el Contrafantasma. De pronto la luz volvió a llenar el escenario y el volumen de las conversaciones se elevó hasta parecer un insoportable ruido, volvieron a su entorno los invitados y ambos sintieron que el círculo se rompía de nuevo. -Petra es amiga de Fran- respondió ella, al tiempo que alargaba el brazo hacia un señor con barba que se acercaba sonriendo. El señor era el mismo que hablaba con Irma cuando el Contrafantasma había entrado en la casa. El señor fue presentado como el novio de Irma, -!novio no, prometido!-, dijo él notablemente contento. A duras penas salió de la boca del Contrafantasma una felicitación y una media sonrisa. Ella tampoco parecía cómoda, pero sonreía y agarraba al tal Fran por un hombro, aparentando normalidad.

Mierda de expectativas.

 

 

 

 

 

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