Un suceso de esta misma mañana

31 de diciembre de 2017, El Contrafantasma sufre un desvanecimiento en la cafetería donde estaba desayunando. Tras el lógico momento de duda y sorpresa por ver a un señor que desploma su cabeza sobre la mesa, como si tuviera narcolepsia, los que le rodean le acomodan en el banco en el que estaba sentado. Estaba sólo como tantos otros días en ese mismo lugar, se sentía débil y el cuerpo le pedía comer mucho y rápido. Había pedido un pincho de tortilla y un café con leche grande, y antes de que llegara el plato perdió el conocimiento. Comenzó a escuchar lo que pasaba a su alrededor sin ser capaz de articular palabra. Resonaba especialmente la voz de Jesús (el dueño del bar, no el de Nazaret, que no se trata de una revelación), diciendo al resto que se separen de él, que le dejen aire, Alguien coloca su plumas debajo de su cabeza, otro le toca la cara, como tratando de despertarle. El sin poder expresarlo, piensa en una Coca-Cola con mucho hielo y limón, que es lo que bebe cuando tiene la tensión baja. Respira, eso si lo comprueban los que se arremolinan sobre su cuerpo. Su piel palidece un tanto, pero no llega a ser la de alguien muy enfermo o en shock. En los altavoces del bar suena “Mr Jones” de los Counting Crows. Las propuestas de solución comienzan a emerger, llamar al 112 para que venga el SAMUR, a un médico recién retirado que vive dos bloques más allá. Alguien dice que además hay que llamar a su familia, a alguien que le conozca. El móvil estaba en su sitio, en el lado del cuchillo y lo agarra una mujer entrada en la cincuentena. La primera duda surge con la imposibilidad de desbloquear la pantalla para acceder a los contactos. ¿Quién no tiene contraseña en su smartphone? Un numero de cuatro cifras, de seis, un movimiento geométrico por la pantalla, la huella dactilar, el escaneo de la cara. Cada vez se complica más, los contenidos del móvil son secretos, no aptos para el resto, incluido el que está designado como A/a. Por suerte también participa un joven en edad universitaria, con el pelo cortado a la moda que marca Sergio Ramos y la barba perfectamente cuidada. Se fija en que el terminal reconoce la huella y utiliza el pulgar derecho del enfermo para desbloquear el aparatito. La pantalla despliega todos los iconos y pulsa en el de contactos. Mal, el primer nombre de la lista es Carlos Abajo, no hay nadie designado como A/a. Se pasa a la lista de llamadas recientes para ver si alguna es recurrente, o hay un “Mamá”. Solo hay tres nombres, “Librería Esfera”, “JL frutero” y “POTUS”, el resto vacío. Jesús trae algo de beber y se lo mete en la boca. El Contrafantasma nota las burbujas y el dulzor atravesar su garganta camino del riego sanguíneo, previo paso por el estómago. Poco a poco va recuperando la consciencia y el resto eliminando la cara de susto. Llega en ese momento el médico que aún estaba en la cama cuando le llamaron. Le pregunta el nombre, la fecha en la que estamos y que si reconoce el lugar. Tiene cara de viejo sabio y unos ojos azules muy intensos, aún lleva puesta la boina de cuadros escoceses sobre sus canas. Se sienta y pide un café solo para él y otro para el enfermo, al tiempo que el resto del público despeja la mesa.

Son las 12 del mediodía y aún sigue de charla con Jesús y el médico. El año se acaba y les ha prometido que para mañana, como resolución de año nuevo, pondrá a alguien como A/a en su lista de contactos y quitará la contraseña del móvil.

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