Que corta la independencia

El Contrafantasma volvía después de dos meses de viaje por Marruecos donde había celebrado, con un antiguo compañero de facultad,  que pasaban 20 años de su licenciatura y que seguían vivos. Era octubre de 2017 y estaba a punto de salir de casa. Sonó el teléfono, observó el nombre que aparecía en la pantalla y escuchó unos segundos antes de pronunciar en voz muy alta – ¡estás de coña!-. Te prometo que no, le dijo su amigo banquero desde el otro lado de la línea, siguiendo con el relato. El día 12 empezó una retirada de depósitos en La Caixa por valor de dos mil millones de euros diarios. Eso era lo que se retiraba en el Popular los dos o tres días previos a su caída. La siguiente semana fueron cuatro mil millones de media por jornada. Y no solo eso, seis mil clientes cambiaban sus hipotecas a bancos no catalanes cada día y pagaban las comisiones de cancelación convencidos de que era la mejor manera de actuar. Era dramático, nunca vi nada igual, sobre todo porque el 30% de las nóminas de este país están, o estaban, domiciliadas en Caixa, además de que es, o era, dueña de la primera aseguradora y el número uno en hipotecas. Realmente no era creíble que estuvieran tan mal. El Contrafantasma escuchaba atento, mientras por su mente circulaban escenas de la película The Big Short, para tratar de entender a través de imágenes conocidas. Fue todo muy loco y muy rápido. Un contacto en Teléfonica me aseguró que estaban tratando de colocar su 6% de La Caixa y que Slim, que había entrado hace bien poco, estaba por vender a unos socios chinos. Me dicen que Fainé agarró un avión el domingo 17 para hacer una ronda de visitas con todos los accionistas significativos de cara a tranquilizarlos. Aún no había llegado nada a la prensa, o eso parecía porque nada se había publicado. Los grupos de medios más significativos hablaban mucho de lo que decían los políticos, de  lo que se hacía en la calle, de los estudios demoscópicos, pero aguantaron demasiado hasta publicar sobre lo que sacudía a la entidad número uno de Cataluña y la más grande de España si hablamos de cliente no extranjero. Está claro que ellos mismos no tenían interés en que se conociera lo que pasaba, o no querían que se generara una profecía que se cumpliera a si misma. La realidad es que todos los directores de los grandes, medianos y pequeños medios sabían lo que estaba ocurriendo, porque todos tenemos un amigo, un conocido, que trabaja en Caixa y sobre todo porque si entrabas en Twitter, el rumor corría como la pólvora. Clientes orgullosos empezaron a mostrar en sus redes sociales el resguardo de su cuenta recién cerrada, su hipoteca cancelada, su póliza de seguro no renovada. Algo parecido a aquello que pasó con el cava durante el tema del estatut. Los directores de sucursal estaban tremendamente asustados, no podían parar la sangría fuera de Cataluña, y dentro el agujero empezaba a afectar, porque al menos la mitad de los clientes no eran independentistas y algunos de ellos se animaban a retirar depósitos también. Se sucedieron mensajes de calma por parte de los responsables, pero el miedo ya había calado. Los mercados financieros no entienden de sentimientos patrios y los que manejan la pasta empezaron a dar la espalda a La Caixa. No se colocaba deuda, la acción bajaba de manera lenta, pero sostenida y la liquidez empezaba a flojear. Mientras, en la calle, unos y otros seguían a lo suyo, sin escucharse, midiendo las victorias en hashtags, número de banderas en la cabecera de una manifestación, o directamente en insultos. Era una competición por el control del discurso, de la opinión publicada, de la imagen viral más potente. El mundo exterior era el campo de batalla de una pelea que nadie iba a ganar y el interior de muchos ciudadanos, una madeja de sensaciones muy complejas de gestionar. Los políticos, mal como siempre. Y qué pasó, preguntó ansioso el Contrafantasma. Pues que Fainé llamó a responsables de ambos lados y les comunicó que no aguantaba más, que o vendía, o intervendría Europa (que parece que esa si que somos todos).

Se reunieron, no se sabe qué hablaron dentro, sólo que el menú fue de tortilla y ensalada de pimientos. Esa misma noche salieron ambas partes para decir que habían llegado a un principio de acuerdo. Al menos un acuerdo para sentarse a hablar, renunciando unos a la unilateralidad victimista y los otros al poder judicial como herramienta política. Y ambos a la caspa, que tienen mucha.

y La Caixa? Nada, ahora es roja.

 

 

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