Perdimos

Hoy es jueves, los jueves no escribo y mucho menos publico. Pero este jueves es diferente, o quizá no. Y por eso estoy publicando ahora y por eso he estado escribiendo antes. Porque es un día especial, una noche especial, la noche de jueves siempre lo es. Es noche de salir con los amigos, de divertirnos, de vernos, de Euroliga (aunque los del Estudiantes somos muy de la LEB), de llegar tarde porque mañana se curra media jornada, de tomar unos vinos, de echar un polvo. O dos si eres un Avenger, saliste en Juego de Tronos. o tu profesión es actor porno.

Pero lamento decir que la de hoy es como la noche en la que perdimos el campeonato, la noche de la desilusión, del análisis de la derrota, la del cabreo por los sacrificios realizados sin fruto, la de pensar en dejarlo, la de hincar la rodilla, entregar la cuchara, tirar la toalla. Es la noche en la que Michel se fue del campo dos minutos antes del descanso, sin haber sido sustituido, porque el público del Bernabéu le pitaba. Es la noche de decir basta y de cerrar el chiringo.

Y lo que perdimos no es exactamente un partido, ni el campeonato, es mucho más, hemos perdido todo. Hoy caigo en la cuenta de que hemos perdido el tren, de que lo perdimos hace mucho, tanto como 2.500 años. Y yo me doy cuenta hoy porque soy lento, lo se. Lento, negligente, manso, cuerdo, obediente. Porque he entregado toda mi vida a ser un correcto ciudadano, a criticar a los políticos por su imbecilidad, a posicionarme siempre más a la izquierda que a al derecha, a ser buen hijo, hermano, padre, ex marido, amante, socio y compañero de trabajo. Todo al revés de como debería haber sido. O al menos, si no al revés, cumpliendo sólo con una mitad de la vida que nos toca como Sapiens. La mitad fácil.

Platón, que nos suena por ser parte del título del bestseller «Más Platón y menos Prozac» (guiño, guiño), es el motivo que ha hecho que me ponga a escribir en jueves, rompiendo todos mis protocolos de marketing. Y aunque estaremos de acuerdo en que el Prozac tampoco es buena solución, es Platón el mayor culpable de estar como estamos. Porque fue él quien mató al padre Parménides en una de sus obras y con ello, mató el regalo que éste y algunos otros presocráticos habían recibido y nos habían entregado en bandeja de plata para desarrollar: la semilla que nuestra civilización occidental sólo tenía que cultivar para convertirla en su cultura, en nuestra cultura, en la cultura que marcaría una era divina, nunca mejor dicho.

Y en lugar de hacerlo, matamos y enterramos aquella semilla. Además, desde entonces tratamos de esconder su cadáver debajo de la alfombra, como los asesinos cutres de las películas, como si tal cosa fuera posible. Y todo porque aquella semilla nos resultaba (y sigue resultado) incómoda.

¿Incómoda para qué?. Para vivir la vida que hemos querido creer que nos corresponde. Para vivir la vida de los placeres de los sentidos exteriores, la de los humanos, esos seres superiores que caminamos a dos patas con la cabeza bien arriba. Esos que creemos dominar la Naturaleza y que por tanto la moldeamos a nuestro antojo, sin cuestionarnos si la Naturaleza está de acuerdo. Cerrando además los ojos, los oídos, tapándonos la nariz, metiéndonos las manos en los bolsillos y la cabeza debajo del ala, en el momento en el que Ella se queja, o muestra signos de fatiga, de asfixia, de muerte.

Somos esos que hablamos del amor como el motor de todo, de la materia como el principio de todo y esos que tenemos fe ciega, en eso que hemos decidido etiquetar como progreso.

Cuando aniquilamos aquella semilla nos entregamos completamente a la razón, al pensamiento y posteriormente a la ciencia (con c minúscula) y a la ilusión de que el avance de ésta, unida a la tecnología (la ilusión de los tiempos modernos). traerían a nuestras vidas sosiego y felicidad.

Y la cosa caló, vaya si caló, pero, ¿cuál es el precio que pagamos por aquel éxito de marketing cosmético de Platón, de su discípulo Aristóteles y del resto de nosotros después, académicos y gente corriente, como firmes believers y encandilados followers?, ¿qué hemos conseguido en estos 2.500 años aferrados al ideal supremo del mundo de las ideas?.

Hemos matado lo sagrado, a los dioses, a la Naturaleza y con ello a todo lo que Es, pero no se ve. Nos hemos destruido, desnortado y lo peor es que no entendemos porqué y no creemos merecerlo. Porque quien más quien menos, hemos sido razonables, científicos y creyentes en el progreso durante todo este tiempo. Hemos mantenido esa confianza idiota en que el futuro sería el que traería lo que nos corresponde. Y no ha pasado.

La esperanza es que la vida, como todo lo sagrado, es circular, cíclico. Como lo son los días, las estaciones y los años. Y las civilizaciones también lo son, y después de esta empezará (ha empezado ya) otra. Lo que pasa es que no está claro que el planeta aguante y que la estupidez humana desaparezca.

Mientras tanto, dejemos de pensar un rato, no busquemos la mejor opción, no dividamos la realidad en partes para analizarla y mucho menos para vivirla, no nombremos si no estamos seguros de que es el nombre adecuado, no digamos que sí mansamente. Perdamos la compostura, dejémonos llevar, enfrentemos el dolor y el desasosiego en silencio, sin irnos a la siguiente reunión, ni a la siguiente serie de moda. Y encaremos este ejercicio sin ser ese yo, o ese tú, o esa ella, que siempre ponemos delante de todo. Seamos la cultura, el colectivo, seamos Uno con todos y con todo.

Y esperemos, a ver qué pasa.

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