El sentido común

Estaba convencido de no moverme de Madrid en Navidad. Había decidido aprovechar para escribir en el blog y en algo más largo que estoy barruntando. Iba a quedar con mi amigo Jorge al que hace mucho que no veo y sobre todo quería recuperar el ritmo de ejercicio y meditación diaria, que durante el mes de diciembre con las niñas en casa, lo perdí completamente. Pero el día 29, de casualidad, decidí pasar unos días en el sur de Italia. Lo hice de manera irracional, sin pensar, con la variante Omicrom y sus hermanas pisándome los talones, consternado por la grave lesión de Ricky y sufriendo por ver los tuits de quien sea que le maneja la comunicación de redes a Pau Gasol. Simplemente me fui.

Y me fui porque lo soñé. La madrugada del 28 al 29, coincidiendo con la quinta noche sagrada, la que tiene que ver con escorpio, soñé que estaba en Palermo. No en la ciudad, sino en el garito ubicado en la calle del mismo nombre, cerca de Arturo Soria, que a pesar de estar lejos de otras zonas de ocio nocturno de la capital, es (o era) de lo mejor de Madrid. El caso es que en el sueño se acercaba a mi un señor inglés de nombre Peter y me decía que tenía que ir a Italia. En concreto que volara a Nápoles y que desde allí fuera en coche hacia el sur, que parara en un pueblo llamado Velia y disfrutara de su historia y que luego me dirigiera directo a Sicilia. Comentó que la ciudad de Palermo era interesante y singular, pero me insintió en no perder tiempo allí y visitar con mucha atención otras dos localidades: Agrigento, en la costa sur occidental mirando a Túnez, y Lentini, a dos horas en coche hacia el lado oriental y en la provincia de Siracusa. Yo que soy muy de hacer caso a mis sueños, me planté el día 30 en Nápoles, alquilé un coche y comencé mi viaje. Lo que sigue es lo que fue.

En Velia nació y vivió Parménides unos 600 años antes de nacer Cristo. Filósofo previo a Sócrates con nombre de personaje de Astérix, es conocido como el padre fundador de la Lógica, ergo de la razón, del pensamiento tal y como lo conocemos hoy. Pensar, esa actividad tan bien considerada, que tratamos de promover en nuestros niños por ser muy importante para su futuro como ciudadanos de éxito. Eso que en Twitter criticamos a aquellos que lo hacen de manera diferente a la nuestra. Y sobre todo, esa manera de ser que ha condicionado la cultura de occidente durante los últimos 2.500 años. Pero resulta que de Parménides, hemos cogido sólo lo que nos ha dado la gana. O mejor dicho, lo que le dio la gana a Aristóteles.

Estando en Velia volví a soñar con Peter, que me contó que Parménides era de origen foceo, un pueblo errante originario de la península de Anatolia, a los que los persas habían ido empujando hacia el oeste con sus invasiones y que habían acabado asentándose en dos lugares del sur de Europa: uno era Velia, el otro Marsella. Me contó que eran un pueblo especial, muy conservador de sus costumbres, con una gran influencia del chamanismo de Asia central y sobre todo con una tradición de grandes exploradores entre sus gentes. Exploradores exteriores, dominadores del mar y la tierra y grandes conocedores del cosmos. Me contó que un foceo llamado Piteas llegó en sus viajes hasta el Ártico y navegó el Atlántico bordeando África hasta Senegal. Producto de la información y los mapas que dejó Piteas, que acabaron en la biblioteca de Alejandría, Parménides ya dejó escrito entonces que la tierra era redonda y describió que había cinco regiones bien diferenciadas en el globo, divididas por los trópicos.

Pero no sólo eran grandes exploradores de lo exterior, también lo eran del interior, de lo invisible. Parménides era un guía espiritual y un legislador, que en aquella época tenía mucho que ver. Era uno de los llamados sacerdotes de Apolo y entre los rituales que los foceos practicaban se encontraba la incubación, que consistía en retirarse a un lugar aislado y oscuro, que normalmente era una cueva, tumbarse y pasar horas, incluso días, en absoluta quietud. Primero se calmaba el cuerpo, después la mente y el estado al que se llegaba era parecido a un sueño, pero sin ser un sueño. Era un estado de consciencia diferente, de conexión con el todo. Dicen que esto curaba las enfermedades y conciliaba lo material y lo espiritual, lo interior y lo exterior, lo humano y lo divino, que entonces no eran conceptos que estaban peleados y que daba (y sigue dando) sentido a las vidas de los Sapiens. Aún hoy se pueden visitar algunos de esos lugares donde en los tiempos de Parménides se retiraban a incubar. Os recomiendo hacerlo, son muy numinosos.

Y Parménides, el padre fundador de la Lógica, consideraba que dicha lógica era la unión de lo humano con lo divino y que lo lógico era considerar a eso la realidad, todo lo que es. También apuntó la naturaleza esférica de eso que es, sea grande o pequeño, mucho antes de tener telescopios o microscopios. Observó el hecho de que lo divino es circular y que por tanto no tiene principio ni fin, como el roscón de la foto, y que todo lo que se puede ver, experimentar, pensar, soñar, es decir, todo lo que está en nuestra conciencia, estemos o no despiertos, es la realidad.

Parménides dijo que para encarar la vida había que morir, había que visitar la muerte, la quietud. Que sólo habiendo estado allí, frente a frente con esa parte de lo que es, seremos capaces de dar sentido al todo, a nuestras vidas. Es cierto que luego escribió sobre el pensamiento lógico, pero para él la Lógica incluía a Dios, a los dioses, a lo divino que hay en cada uno de nosotros. Igualito que ahora.

El paso del tiempo, el devenir de la historia y según decía Peter, la influencia de Platón y (sobre todo) de Aristóteles, que vivieron unos 100 años después de Parménides y escribieron sobre él lo que a ellos les gustó (lo de la lógica y lo del pensamiento racional), han condicionado que hoy estemos tan perdidos como estamos en lo espiritual y tan abundantes y mal repartidos como estamos en lo material. Muy lógico todo.

Tras Velia agarré el coche y crucé a Sicilia. No pasé por Palermo y fuí directamente a Agrigento, que además de ser un lugar magnífico, muy cerca del mar y con un clima estupendo, resulta que es el pueblo donde nació Empédocles. Peter, como no podía ser de otra manera, volvió a aparecer durante mi primera noche allí y me recomendó que recorriera las calles tratando de sentir a ese otro hombre, seguidor de Parménides y conocido como el filósofo presocrático que acuñó la idea de los cuatro elementos. Empédocles basó sus enseñanzas en la lucha cíclica (circular) entre el Amor y la Discordia y consideraba que el Amor, representado por Afrodita, era el responsable de que nuestras almas encarnadas en seres humanos vivieran en una ilusión, en un engaño. Decía que el Amor facilita el equilibrio de los cuatro elementos en nosotros, pero nos convierte en simples humanos, separados de los dioses, de la inmortalidad, en definitiva de lo divinos que somos. Y dice también que la Discordia es necesaria para salir de ese hechizo, para trascender ese pedo líquido en el que vivimos, pensando que todo es bonito y que la belleza, el equilibrio que consigue el Amor, es eterno. Empédocles sabía que si salimos del influjo de Afrodita, del que sólo se puede salir a través del de la Discordia, estaremos más cerca de ser inmortales, de dejar de existir como carne individual cortita de miras, y nos acercaremos más a ser inmortales, a ser completos, a ser todo.

La verdad es que me fundí un poco sumergiéndome en el pensamiento de Empédocles, porque como buen mago usa el sentido del humor y el engaño para contar las cosas y además dice que sólo manejando ese engaño, siendo un maestro del mismo, seremos capaces de transitar nuestra existencia. Y tanto él como Parménides nos hablan en este sentido de la palabra griega Métis, como la condición necesaria para esa maestría de dominar el embuste en el que vivimos. Métis es conocer (atisbar, intuir, creer, vivir) lo que está detrás y no dejarse llevar por las apariencias. Métis en no tomarse nada demasiado en serio, sobre todo a uno mismo y al tiempo, encarar con mucha seriedad el hecho de que todo es mentira. Métis es saber que somos divinos y humanos y que somos almas inmortales metidas en un cuerpo bastante bien conseguido, con muchas atracciones de las que disfrutar en el mundo de los sentidos, pero por el que no merece la pena preocuparse mucho, salvo para trascenderlo. Métis es algo que por mucho que me lo contaba Peter a mi y por más que lo intente yo, no se puede describir, ni leer, sólo se puede vivir. Y esto pasa con todo lo que de verdad es.

De Agrigento me marché a mi último destino, Lentini, también en Sicilia, justo debajo de Catania. De allí era Gorgias, el primer Sofista, que Peter me dijo que era, de alguna manera, un follower aventajado del mundo mágico y completo de Parménides y Empédocles, pero que ha pasado a la historia simplemente como el primero de esos grandes oradores capaces de convencerte de cualquier cosa, pero a los que la filosofía clásica ha colocado en una categoría inferior, menos vinculada a la pesada tradición del pensamiento racional. Los consideraban charlatanes más que pensadores. Y mira tú, me he sentido muy identificado con Gorgias. Quizá por lo de charlatán y embaucador, pero sobre todo porque que no se tomaba nada en serio, ya que sabía que todo es mentira, como la película aquella de Coque Malla.

Y de todo el viaje navideño me quedo con algo que dice Peter que decía Empédocles, que el sentido común es la convergencia de todos los sentidos y una cosa muy exclusiva, muy elevada y casi inalcanzable a día de hoy, por más que todo el mundo hablemos de él. Y que si de verdad lo practicáramos, mucho mejor nos iría. Porque ese sentido común es la unión de las emociones que proporciona el mundo exterior, más todo lo que significa el pensamiento, más la certeza de que la realidad es lo humano más lo divino, que nuestro proceso de individuación es un camino de vuelta al todo, a la inmortalidad y que la única manera de hacerlo es siendo consciente del equilibrio entre el Amor y la Discordia y los vaivenes que eso nos genera en el día a día. Y que si de verdad reinara el sentido común, lo racional no habría sido una dictadura en estos últimos 2.500 años de existencia en occidente, e igual viviríamos menos, pero más cerca de los dioses y sobre todo, con mucho más sentido en nuestras vidas.

Pero lo que triunfó en su momento fue la capacidad de Aristóteles para identificar que lo que le gustaba hacer a las élites de su época, lo que les divertía, era pensar, argumentar, racionalizar. Y con aquel triunfo enterramos la magia, lo invisible, lo inexplicable, lo misterioso. y con ello enterramos la mitad de la realidad.

Todo esto no ha sido un sueño, o quizá sí. Tampoco ha sido el viaje exterior de esta Navidad. Ha sido uno interior, espiritual, mágico, como los Reyes a los que seguimos esperando cada 6 de enero y a los que celebramos con un bollo circular que dentro tiene una sorpresa. Lo escrito arriba es mi resumen del libro «Realidad», de Peter Kingsley, editado por Atalanta, a los que agradezco su existencia y el hecho de que haya llegado a mis manos durante las pasadas 12 noches sagradas. Y bueno, que recomiendo leer a ver dónde te lleva.

Pasen un gran fin de semana con mucho sentido común, identificando y usando su Métis, que la era ha cambiado y es tiempo de magia, de Amor, de Discordia, de esferas, de inmortalidad.

Descanse en paz la tía (de Iris) Carmen.

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