Optimista

Se me está haciendo largo el confinamiento.

Es difícil no sonar repetitivo, vacío, o sospechoso. Es sencillo opinar desde casa, con la fibra óptica a todo trapo y el dedo en el gatillo del teclado un buen número de horas al dia. A riesgo de todo eso, digo.

Yo soy optimista.

El ser humano tiene cuatro anhelos; la belleza (las cosas bonitas), la salud (la nuestra y la del entorno), la verdad (que tiene que ver con la honestidad y la integridad) y la sencillez (aquello que es no es retorcido). Ayer hice un listado de cosas de mi vida relacionadas con estos cuatro conceptos, con la idea de reconocer en qué se hacen tangibles. Este es el resultado.

Belleza.

Los ojos de Berta, la puesta de sol en Madrid, la espuma de una cerveza bien servida, la poesía de Rafael Soler, el entusiasmo de mi padre cuando cuenta una de sus historias a un nuevo interlocutor, la cara del interlocutor flipando con la propia historia, las sonrisas de mi perra cuando salgo al salón cada mañana, como si llevara meses fuera de casa, mi prima haciendo comida para el abuelo, los mensajes de Luis el de la Raqueta, la generosidad y calidad de Turquesa Pezón, que regresa para hacer el aguante, las reuniones de trabajo ahora siempre puntuales, el conversar de manera ordenada y no interrumpir al otro cuando habla (porque en Zoom se hace muy complicado), lo bonitas que están las plantas de casa ahora que tienen cuidado diario.

Salud.

Los números dicen que a nivel colectivo estamos en el peor momento en décadas, sensación que crece si además ponemos la televisión. Con todo, me quedo con lo bien que estoy comiendo, con el ejercicio obligado, con medir mis niveles de glucosa y corregir cuando es necesario, con no anticipar futuros catastróficos, porque el mundo es hoy, con las sesiones online con Paco, con el interés sincero de los afines por saber tu estado, con el humor (que viene del latín humoris y significa fluido, líquido), que llega por Whatsapp y que demuestra que nuestro interior está muy vivo y fluye, indicador que me dice que no está todo perdido, ni mucho menos.

Verdad.

La verdad es la de cada uno, porque cada uno de nosotros somos divinos y si quitas la mugre y limpias, lo que aflora de cada individuo es lo que Es, y en eso hay que confiar. Y esto solo se puede comprobar hacia dentro y de manera individual. Tiene mucho que ver con la integridad. Y ser íntegro no es más (ni menos), que encarnar lo que eres y no engañarte a ti, ni al colectivo. Mis verdades más frecuentes estos días son que lo que más añoro, no se paga con dinero, que lo que más agradezco, lo tenía delante cada día, que lo que más me costaba hacer, era porque no iba conmigo, que el chándal me sigue encantando, que no ducharse un día no es pecado, que caminar es una bendición, que hablar por teléfono es agotador, que este sistema de vida que nos hemos montado es una reverenda mierda, que tenía que explotarnos en la cara porque ya había explotado, que esto es el primer evento de una serie de ellos que van a llegar, que la única manera de remontar es siendo más humano y que ser más humano es tener más contacto con la naturaleza, no abusar de lo material, reconocer lo invisible como parte fundamental de la realidad, no dejarte llevar demasiado por la opinión pública y hacer más caso a tus sensaciones y tus intuiciones, no condenar, pero no dejar de juzgar, dar la mano sin guantes, dejar de correr hacia todos los lados, meditar un ratito, o escribir un ratito, o callar un ratito, o escuchar al abuelo un ratito.

Sencillez.

Lo sencillo es lo que no tiene dobleces, lo que no es retorcido, lo que carece de intermediarios que consiguen que se pierda la esencia. Lo sencillo es beber cuando tienes sed y comer cuando tienes hambre, preguntar cuando quieres saber y marchar cuando tienes sueño. Lo sencillo es querer que te entiendan y no hablar en círculos. Y hoy, en casa, con los más cercanos, es un momento maravilloso para quitarse todo lo artificial de encima y ser, sencillamente, lo que cada uno es.

Así que pasen un sábado bonito, sano, verdadero y sencillo.

 

 

 

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