Una historia de amor en moto

A las manos del Contrafantasma había llegado el libro “The Natural History of Love“, de Morton M. Hunt. Por las referencias que tenía es una obra de ineludible lectura para entender cómo se ha vivido el amor a lo largo de la historia de occidente. Cubre aspectos vinculados al amor, al sexo, o al matrimonio, comenzando en la antigua Grecia y acabando en los años 50, cuando se publicó. Ojeó sus páginas y leyó algunos pasajes antes de salir a una reunión de antiguos alumnos del colegio.

Agarró una moto de alquiler en Mateo Inurria y enfiló dirección oeste hacia Castellana. Era la segunda tarde noche agradable del año y un paseo en moto prometía sensaciones placenteras. Montar en moto provoca un efecto liberador. El casco no solo protege, sino que aísla el pensamiento, sobre todo de aquello que entra de fuera sin quererlo nosotros. Esos pensamientos negativos del más allá no llegan a posarse si vas en moto, hagan la prueba. Casco, aire y el zumbido de las calles conducen a un estado casi meditativo. Rodeó Plaza de Castilla con sus horribles torres y ese falo central que alerta al viajero del norte de que Madrid la rigen horteras de mente patriarcal desde hace más de veinte años. Pudiendo haber planteado un monumento que acoja al extraño, que en parte ya estaba allí con en ese depósito del Canal de Isabel II, que almacena agua (símbolo de la conciencia), eligieron poner una lanza de oro que amenaza al que se acerca. Otro día que se dirija el Contrafantasma hacia el norte podremos hablar de las cuatro torres…

Comenzó a bajar Castellana tratando de fijar en su conciencia el concepto de amor, buscando concretar una representación, una imagen que le hiciera justicia. Se le apareció la escena de “Las amistades peligrosas” en la que el Vizconde de Valmont (John Malcovich) deja a Madame de Tourvel (Michelle Pfeiffer), repitiendo mil veces la expresión “no puedo evitarlo”. En la plaza de Cuzco una imagen de su infancia apareció nítida, debía tener 7 años e iba sentado en un autocar con otros 50 niños de un campamento de verano. Había conseguido un lugar delante de una niña bellísima que debía de tener 12 años y que le generaba una atracción increíble. Recordó que ese instante fue la primera vez que sintió amor, al menos al nivel del cuerpo, el de la atracción de la materia. A la altura de Nuevos Ministerios observó la fachada de El Corte Inglés con una gran foto de Gisele Bündchen en bikini y un pensamiento de fuera entró por el casco diciéndole que se dejara de tonterías, que esa era la representación del amor que andaba buscando. Por suerte, la bocina del coche de detrás le devolvió al proceso de búsqueda interior.

Subió por Ríos Rosas y al pasar por la esquina con Agustín de Betancourt se fijó en el banco delante del Liceo Italiano, donde besó por primera vez a su primer gran amor. Realmente fue por segunda vez, la primera había sido en un autobús volviendo de otro viaje escolar. Recordó el olor, el calor, el sabor, la profundidad y el temor de aquel momento. Ese beso fue una sensación plena de amor. Además un amor proyectado en otra persona, que a través del beso formaban un todo. Dos adolescentes enamorados besándose es una imagen donde no hay principio ni fin, es de nuevo una circunferencia, es lo masculino y lo femenino unidos a través de la comunicación más íntima y en ausencia de palabras. Esencia pura.

De pronto le pareció que la noche era demasiado cálida para ser abril y le dieron ganas de quitarse la chaqueta y el casco. No lo hizo y siguió subiendo la calle hasta el cruce con Bravo Murillo, donde giró a la izquierda. Dejó la moto aparcada en una esquina y comenzó a caminar. Ya sin el casco alcanzó a retener imágenes que tenían que ver con otros ámbitos de su vida, lo profesional, la familia adquirida, la creada por él, sus amigos y también encontró amor en algunas de esas imágenes.

Entró a la cervecería El Gran Sol, se sentó a esperar a sus colegas del colegio y fue reduciendo la actividad de su conciencia hasta encontrar un hueco íntimo dentro de ella donde recuperar esa sensación de amor sin necesidad de moverse del sitio, ni de estar con nadie. Su templo.

Ahora toca practicar esa visita al templo interior cada vez que se desvíe, que se despiste, cada vez que note que no es el amor el que guía su viaje en moto.

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