Rafa Cabeleira le contó a Javier Aznar en su podcast «Hotel Jorge Juan», que Valdano es una de las dos personas que más le han impresionado hablando en público. También le confesó cómo fue su primera vez en la cama con un «nórdico» y sólo por ese pasaje merece la pena escuchar el episodio. Iris y yo nos reímos un rato largo ayer en la cama, imaginando la escena.
A principios de los 2000 tuve la suerte de conocer y de trabajar con Jorge Valdano. Formaba parte de una organización de la que él era uno de los principales accionistas pero, sobre todo, de la que era la esencia misma. El negocio se basaba en extraer lo aprendido en el deporte, para ponerlo en un formato atractivo y ofrecerlo al mundo de la empresa.
Desde entonces he visto muchos talentos de distintos orígenes deportivos hablar a colectivos empresariales y no ha habido ninguno que supere a Jorge. La forma precisa y sencilla de sus palabras, unida a la autoridad que irradia, hacen que sus ponencias se acerquen mucho a la perfección.
El deporte es una gran escuela, de eso no hay duda, pero haberlo practicado al máximo nivel no cualifica a cualquiera para extrapolar aprendizajes aptos para terceros y, mucho menos, para ser buen transmisor de los mismos. Pero Valdano lo es, hasta el punto que creo es mejor divulgador del fútbol, que futbolista (y eso que fue campeón del mundo), entrenador y directivo.
Los secretos de Valdano para hacer esto son, además de sus dones naturales, la coherencia y la humildad. Jorge habla sólo de lo que sabe y escucha mucho sobre lo que no sabe. Y hay que ser muy coherente y muy humilde para hacer esto, cuando eres alguien a quien todo el mundo quiere escuchar. Le vi sentado en mesas donde empresarios y directivos opinaban de todo (incluso algún incauto, sobre el tipo de liderazgo de Maradona) y en las que él escuchaba paciente e intervenía cuando el tema viraba hacia su espacio de autoridad; el fútbol.
En cambio yo reconozco mi falta de humildad y mis prejuicios cuando escucho a ex deportistas hablar para entornos no deportivos. Ser una persona pública no requiere demasiado esfuerzo, si destacas en un deporte profesional con gran presencia en los medios. En cambio, saber captar la atención de una audiencia en un terreno que no es el tuyo, no es tan evidente. Y muchos son los que se estrellan contra ese muro al acabar sus carreras deportivas, cuando algún cuñado consultor les propone dedicarse a comunicar sus vivencias para el público corporativo, tan necesitado de la épica del deporte.
Y el jueves me presenté en las nuevas y maravillosas oficinas de Playstation en Madrid, para asistir a una jornada denominada «Rumbo Play», en la que había un invitado sorpresa. A las 11 estaba prevista su llegada y había expectación en la oficina. La marca Playstation tiene mucho tirón, es parte de esta cultura tan basada en el entretenimiento y por sus eventos habían desfilado antes personas como Nadal, los Gasol, Fernando Alonso, comunicadores, magos, pensadores, empresarios, académicos… Es amplio y sorprendente el abanico de personas que, por uno u otro motivo, se sienten atraídos por «la Play» y quieren saber cómo será esa empresa por dentro. Si a esto le añades que los que gestionan Playstation son personas maravillosas, la experiencia de pasar un día allí, para alguien que no sea de ese mundo, se convierte en algo muy especial.
Con el escenario listo y con una audiencia compuesta por empleados de Sony y yo, apareció Pablo Laso con su representante (que había sido mi entrenador cuando éramos jóvenes) y un par de ex jugadores, que trabajan también en la empresa.
No conocía a Pablo en persona, pero eran muchos los que me habían hablado bien de él. Pablo es simpático, se aprecia nada más verle y quiera o no (que se nota que no), tiene ese «algo» que poseen aquellos con gran exposición mediática. Pero a mi siempre me surge la duda sobre si alguien así, será además capaz de contar algo «más» que sus batallitas deportivas, a una audiencia que suele estar entregada, sólo por tratarse de una figura del mundo del deporte.
La jornada se planteó como un Q&A de los allí presentes con Pablo, con uno de los ex jugadores haciendo de conductor. Esto simplifica el formato, ya que no es necesario preparar nada y simplemente la elocuencia y el volumen de contenidos del disco duro del invitado, suele ser suficiente. En sus respuestas aparecen otros personajes famosos, en aspectos desconocidos para la mayoría de la audiencia, lo que normalmente hace las delicias de los asistentes.
A medida que Pablo iba contestando preguntas, notaba que algo me atrapaba. Contra mi pronóstico, a cada respuesta de Laso, me metía más y más en su narración. Y por esa arrogancia mía, a cada tanto hacía el esfuerzo de parar y decirme en silencio: «a ver Gonzalo, que esto es lo de siempre, un entrenador contando batallitas sobre Doncic y Felipe Reyes, no te flipes». Mi ego trataba de sobreponerse y de no dar importancia al entrevistado, sólo porque es un deporte y unos personajes a los que conozco de siempre y donde no hay grandes cosas que, a priori, me pudieran sorprender. Y ahí estaba yo, cautivado por un señor en mangas de camisa, contando vivencias sin un guión establecido, ni apoyo audiovisual y con un discurso carente de sofisticadas expresiones de su nicho profesional.
Lo primero que había dicho Laso al empezar la charla, era que él era un friki del baloncesto. Yo amo el baloncesto, pero ser friki de algo para mi, no es una cualidad admirable. Al final de la charla entendí lo que había querido decir y aprendí una cosa nueva.
Pablo Laso está desarrollando su arquetipo con un equilibrio asombroso. A diferencia de Valdano, Pablo es mejor entrenador que divulgador del deporte pero, a semejanza del argentino y con una puesta en escena muy diferente, también transmite sabiduría e integridad. Pero lo hace tan natural, tan ausente de postureo, ese gran mal de nuestro tiempo, que hasta parece superficial en su discurso.
Y esto sucede porque está tan en su arquetipo (su sello de origen), que le resulta sencillísimo tanto ser entrenador, como hablar de ello. Y nosotros, amigos Sapiens, estamos tan acostumbrados a que nos cuenten cosas que no entendemos y a que el hecho de no entenderlas sea sinónimo de profundidad y por tanto de conocimiento, que nos resulta rarísimo reconocer la verdad de lo simple. Y no se engañen, que ser entrenador es una cosa muy compleja, mucho.
Pablo carece de un discurso elaborado o de un método, porque le sale de serie, porque como él bien dijo al comenzar, es un friki del basket.
Al terminar me acordé de los cuatro anhelos del ser humano y de lo cerca que Pablo está de ellos cuando habla sobre su profesión de entrenador. 1) Belleza: porque es muy bonito escucharle contar que, tras la charla, se iba a entrenar a su hijo pequeño, que aún juega al basket. 2) Salud: todos, él incluido, nos quedamos con ganas de más conversación y eso es que aquello fue una actividad saludable. 3) Sencillez: más sencillo no puede ser Pablo. Lo ha ganado todo y lo cuenta con una simplicidad asombrosa, que llega directa al alma, incluso siendo muy antimadridista. Y 4) Verdad: ni una milonga en su discurso, ni una y eso se ve a la legua y se agradece sobremanera.
Gracias Pablo Laso, gracias Jorge Valdano, por demostrame que se puede aprender de un madridista. Y, sobre todo, gracias al equipo Playstation, por ser tan buenos.
Pasen una maravillosa semana.

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