El número de Irma

Al fin había conseguido el teléfono de Irma. Habían pasado semanas desde aquella última vez que se vieron en casa de Petra y aún notaba un cosquilleo cuando pensaba en ella. El mes de agosto estaba acabando y el Contrafantasma se disponía a llamarla. No quería utilizar un mensaje corto, quería llamar y escuchar de nuevo su voz. Buscó el contacto, introduciendo “Irma” en su teléfono, donde la tenía guardada como “Irma novia de Fran”. Ese título lo había escrito un poco por despecho y un poco como barrera de entrada. Estando Fran, un señor con barba mayor, ahí en el contacto, se le hacía más cuesta arriba darle al icono verde de llamar,porque la realidad era que si llamaba, lo iba a hacer para tratar de que ella no cumpliera su compromiso con él. Abrió el contacto y se quedó mirando la pantalla unos instantes. Había colocado en el perfil de Irma la foto de ella y él juntos, captada año y medio antes, en la boda en que se conocieron. Hacía tiempo que esa foto estaba en su móvil y cada tanto había recurrido a ella para revivir aquel encuentro y recuperar las sensaciones.

Abrió un paréntesis el Contrafantasma para alabar las leyes específicas de la conciencia, que entre otras cosas nos permiten viajar en el tiempo y disfrutar de momentos pasados o futuros, que en el mundo exterior son imposibles, ya que solo se puede vivir el presente, pero que en la conciencia son tan reales como los que suceden en él.

Volvió a la foto de su teléfono en la que Irma aparece sonriendo y sacando la lengua y las caras de ambos están muy pegadas. Se notaba en sus sonrisas que ya se habían tomado varias Flensburguer, traídas del norte de Alemania por un invitado amigo de los novios, cuyo regalo había sido un container lleno de cajas de esa marca de cerveza, y recordó que, tras tomar la instantánea, había tenido unas irresistibles ganas de besarla.  Aquello no ocurrió y acto seguido fue cuando se repartieron los artículos de fiesta, se descontroló todo y perdieron su conexión de aquella noche.  Y ahora estaba allí, en su casa, a las ocho y media de la tarde de un jueves de finales de agosto, decidiendo si la llamaba o no.

Al fin tocó el icono verde y el texto “conectando” apareció en la pantalla. En seguida saltó ese mensaje impersonal que dice que el teléfono al que llamas está apagado o fuera de cobertura en este momento y que lo intentes más tarde. Colgó y abrió su whataspp, buscó “irma novia de Fran” y vió que su última conexión era de dos minutos antes. Volvió a apretar el botón verde de llamada y esta vez si estaba disponible. Esperó tres tonos y como no contestaba, colgó. Le dio miedo y dudó sobre qué decir cuando descolgara Irma. Se quedó mirando la pantalla y de nuevo el contacto de Irma con la foto de ambos. Apretó el botón lateral de apagado y fue al frigorífico a coger una cerveza. Ya con ella en la mano se sentó en la mesa de la cocina y abrió su computadora. Al hacerlo comenzó a vibrar su móvil, en la pantalla las caras de Irma y él sonrientes y tibios de Flensburger. El sonido estaba desactivado y su corazón empezó a latir al ritmo del retumbe de la vibración sobre la mesa de madera. Lo dejó vibrar cuatro veces porque seguía con miedo y al fin descolgó. Forzó una sonrisa como si su interlocutora no estuviera el otro lado de la línea, sino frente a él y contestó con un hola a medio camino entre el temor y la excitación. -Si, hola, ¿quién eres?- le dijeron desde el otro lado, -acabas de llamar a este número-. La cara del Contrafantasma se puso del color de su cerveza. Se sacó el móvil de la oreja para mirar la pantalla y comprobar que la foto que había visto al saltar la llamada era la de Irma y él sonriendo. Resonó de nuevo al otro lado de la línea una voz diciendo, -hola, ¿hay alguien ahí?-. Era Fran, novio de Irma. Mierda, dijo para si mismo el Contrafantasma. Pero, qué mierda hace Fran llamando a un número desconocido desde el aparato de su novia. Qué mierda es esa en la que uno agarra el móvil de su pareja y se atreve a marcar una llamada perdida. Qué mierda es esto en general. Eran todos pensamientos pertinentes, que se agolpaban arrebatados, en la parte del cerebro que luego desemboca en el habla. Pero no era ese el momento adecuado para emitirlos, primero tenia que dar respuesta a su interlocutor acerca de quien era. Optó por lo más honesto, decir que no era con él con quien quería hablar, que se había equivocado. Y colgó.

Se quedó sentado en la cocina de casa, cerveza en mano, laptop abierto y con cierta indignación y tristeza por el hecho acontecido. Para qué negarlo, se sentía mal de verdad. Al vibrar al teléfono había visto en la pantalla la foto de Irma y él, sonrientes cabezas pegadas y había sentido que esa era la imagen del mundo que anhelaba al respecto del amor de pareja. Y al escuchar la voz de hombre con barba de Fran, algo le había hecho quebrarse.

Recordó la conversación que cada tanto sale en su terapia y que habla de lo importante que es tener una imagen correcta del mundo, para luego entenderlo y ser capaz de manejarse. Pero que la imagen de uno no siempre coincide con la realidad y que es peligroso asumir la propia imagen del mundo como la realidad misma, porque nos puede conducir a problemas serios. Que uno siempre debe contrastar que su imagen es correcta y luego validarla en su día a día. Y lo que acababa suceder era que su imagen del amor de pareja perfecto, no coincidía en nada con los hechos.

Abrió la segunda cerveza y se dispuso a escribir a Irma. El contacto que le habían pasado incluía una dirección de email. La mejor manera de expresar lo que sentía era por escrito y también de que el mensaje le llegara a la receptora. Solo esperaba que ella y Fran no compartieran también cuentas de correo. Sería too much.

 

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