La ciencia de un sábado por la mañana

El Contrafantasma se sentó en una silla de madera sin pretensión alguna (la silla, digo, porque él siempre tiene pretensiones). A su alrededor había personas de mente inquieta, de las que no se conforman con las respuestas que ofrece el paradigma dominante. Una mujer planteó su dificultad para hacer entender al resto las enseñanzas que allí se practican y que ella experimenta como verdaderas y sobre todo, que le funcionan en su vida y en su profesión. Expresó muy bien ese momento donde, tras un inicio alentador, donde tu narrativa tiene forma de historia que toca la fibra de tus interlocutores, donde quien más quien menos, encuentra trazos de ello en su propia historia personal, aparece una opinión que tumba tu vivencia y conocimiento, porque no se lo cree y  porque no está apoyado por la “ciencia”. Ese amigo, cuñado o compañero de trabajo que tira por tierra tu narración. Sin más. Y la “ciencia”, la madre ciencia, que está de su lado. Y el resto de la audiencia, se divide entre la decepción porque le estaba gustando la historia y la tranquilidad porque les empezaba a ser incómoda, por reconocible en ellos mismos y porque muchas veces hay cosas que es mejor no saber.

Y comenzaron a llegar conceptos a la mente del Contrafantasma, que tampoco pueden definirse bajo el paraguas científico. La nación, la Champions, la democracia, el amor, los bonos del estado, el derecho, las grandes corporaciones, el lenguaje, las pequeñas empresas, la infidelidad, la usabilidad, las migrañas, el magnetismo de un karaoke en una noche de jueves, las ilusiones perdidas, las banderas, la propiedad privada, la pública, la educación, la música, la amistad, el dinero, la moda, el león de la Metro, el de la Peugeot, el arte, la política. Ninguna de estas tiene base científica y se viven como incuestionables, lo que demuestra que no hace falta la ciencia para vivir invenciones del hombre, aceptadas por muchos con tranquilidad. La ciencia queda sólo para aquellos conceptos que están aún en transición hacia la aceptación popular. Aquello que el poder establecido no ha comprado aún y sobre lo que, por demasiado reciente o por incómodo, no hay consenso.

Y la conversación de la mesa giró hacia el poder de la semántica. Aquella que utiliza la ciencia para definirse de una manera muy ordenada y sencilla. Y a la lógica empírica que encarna, donde si, dadas unas condiciones, se produce un fenómeno, y es replicable N numero de veces, podemos declararlo como científicamente demostrado. Causa que genera efecto. Es posible que esto tranquilice a los colectivos, porque da seguridad y un marco en el que convivir. Pero lo que es seguro es que no convence ya a muchos individuos, que van experimentando cada vez con más fuerza, que el paradigma es rácano y que se sienten mejor con nuevas realidades, que son mucho más intensas que el león de Peugeot, el dinero, la nación, la democracia, y tantas otras cosas que se dan por buenas. Llámalos locos, pero da la sensación de que algo está cambiando.

 

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