Inevitablemente uno hace balance en una noche como la de hoy.
Inevitablemente uno pelea con sus hijas para que no salgan hasta tarde, igual que lo hacía con sus padres 35 años atrás para lo contrario.
Inevitablemente hace valoraciones de lo pasado con ayuda de la IA del teléfono, porque lo de detrás empieza a ser más largo que lo que queda por delante.
Inevitablemente hoy uno ejecuta algún ritual, como tomar las uvas y ponerse hasta las trancas de foie, rituales mucho más importantes que ceder el paso al que te cruzas en el portal cada día, o que meditar cualquier mañana del año. Por poco que uno crea en nada que no sea visible, medible y contable, la nochevieja es la nochevieja y el cambio del numerito en el calendario es una certeza que hay que celebrar convenientemente.
Inevitablemente uno se plantea nuevos propósitos y al toque se da cuenta que son viejos y que, probablemente, ni siquiera sean suyos sino de un Tiktoker, o de Tamara Falcó, o de Elon Musk, o de ese jefe al que no aguanta pero al que va a dar otra oportunidad porque este año ya sí que sí, le va a proponer para el aumento que viene con la posición de junior manager, o de senior VP.
Inevitablemente uno se alegra de haber llegado hasta aquí un año más, porque no haberlo hecho sería inevitablemente peor.
Inevitablemente uno echa de menos a Josema y Millán y a la empanadilla, incluso a Móstoles.
Inevitablemente uno extraña a los que no están y si lo hacían como mi madre, inevitablemente también echarán de menos el consomé.
Pues todo eso puede ser cierto, pero lo que de verdad importa en una noche como la de hoy es que no somos nada. No lo digo en plan woowoo budista, hablo muy en serio, muy científicamente, que es lo único que se toma en serio ya que los científicos son muy listos y además gente de bien que nunca protesta por sus condiciones laborales. No somos nada y el día de hoy tampoco es nada, una mera convención de los Sapiens de nuestra era para representar algo que tampoco existe: el tiempo. Nosotros que somos tan espabilados para los recados, necesitamos enmarcar nuestras acciones en un contenedor lleno de símbolos inventados que representan las vueltas que da el planeta sobre sí mismo y alrededor del sol. Después sumamos todo y lo dividimos de manera arbitraria entre doce unidades, ya sean doce símbolos del zodiaco o doce meses del año, dependiendo del momento histórico y, cada docena, nos añadimos una nueva unidad al DNI. Con la dramática consecuencia que ese documentito con una foto tuya en la que siempre sale mal mi hija Berta y que en España es de color naranja, o azul, o como mierda quiera quien decida su diseño, porque cambia más que la célebre y certera canción de Mercedes Sosa, determina más cosas de tu propia vida que tú mismo, que eres divino aunque no lo creas.
El DNI es una convención aún más perniciosa que el tiempo, porque con el tiempo al menos llegó Einstein y dijo que era relativo y que no seamos gilipollas y vivamos acorde a lo que nos sale de dentro y no de lo que dice el calendario (no se si dijo esto, pero ese es el mensaje de la Teoria General de la Relatividad). Pero el DNI no, el puto DNI es absoluto, no contingente, inevitable.
Y como eso es así y yo soy un ciudadano sumiso, hoy a las doce de la noche celebraré convencionalmente con las doce uvas, que el señor de la foto entra en la vuelta número 80 de su DNI y que lo hace a pesar de sus pocas ganas de seguir, después de que la que hacía el consomé se marchara a la carrera hace nueve años. La frase actual favorita de ese señor, mi padre, en estos últimos tiempos es «me da pereza», pero ahí lo tienen un año más y éste que acaba ha sido especialmente crítico, celebrando el ritual de que todos somos nada y que además, somos idiotas por hacer más caso al DNI que a nosotros o a Dios, que en realidad es lo mismo.
Así que mientras estemos aquí hay que sacar el champagne, el foie y celebrar que mañana el numerito será otro y se volverá a repetir lo de siempre. Y ya veremos qué hacemos cuando no estemos.
Pasen una feliz noche, un feliz año, o si no feliz, sí de verdad, sencillo, sano y bonito, y dejen pasar al que se crucen en el portal y no renueven su DNI, al menos no en su conciencia, que lo que pasa en ella no es inevitable. Maravillas de lo invisible, de lo incontable.
Y amor, mucho amor.





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