La Nochevieja

Algunas certezas de la noche de hoy.

Las Nocheviejas son las madres.

Los propósitos de año nuevo no tienen que coincidir con el día 1 de enero, ni con el año que empieza. En marzo pasado retomé el ejercicio físico de manera regular, cosa que llevaba proponiéndome desde el verano de 1996.

El consomé de Nochevieja de mi madre era el mejor consomé de la historia. Ella no documentaba casi nada y nadie tiene la receta. Una gran pérdida para la humanidad.

La merluza al horno con mayonesa, que cocinaba mi madre en Nochevieja, es el mejor plato que jamás he probado y aunque la receta existe, no hay manera de que el resultado sea el de mi madre. Les explicaría los porqués si pudiera y si les interesaran lo más mínimo, pero me temo que ninguna de las dos cosas sucede.

El foie, el jamón y el champán de hoy, son iguales a los que ponía mi madre en Nochevieja. Mi padre podía hacer esa parte de la cena sin problemas. Cualquier padre puede.

Los padres somos buenos para los recados, sobre todo si llevamos una lista bien ordenada escrita por las madres.

Mi madre tardaba tres días en hacer aquel consomé. Cuece, reposa, cuela, cuece, reposa, cuela, cuece, reposa, cuela. Hoy nada dura tres días. Si no cabe en un tuit, o en una story, o en un Tiktok, no existe. Pero los tres días de cuece, reposa, cuela, cuece, reposa, cuela, cuece, reposa, cuela, son la felicidad de los hijos y con eso una madre no juega.

La persona que más disfrutaba la Nochevieja era mi madre. Planificaba, iba al mercado de Diego de León, hablaba con Domingo el frutero para las uvas, con Joaquín el pescadero para la merluza, con Joaquín su marido, mi padre, para los recados. Y luego compraba, cocinaba, se ponía guapa, siempre guapa, servía el consomé muy caliente, «está que jode, mamá», reía, pedía que pusiera el CD con los villancicos clásicos o ese otro moderno, con Mariah Carey y WHAM, me hacía cortar los turrones que luego nadie comía y ponerlos en la bandeja, sacaba la cristalería fina, ponía la cubitera con hielo y sal, reía más, fumaba, abría las ventanas antes de las uvas, tras las campanadas brindaba con la alianza metida en la copa y luego nos besaba a todos, «feliz año nuevo, mi vida», decía.

El beso y ese «feliz año nuevo, mi vida» de mi madre, son la Nochevieja, al menos la mía. Y como el consomé, ya no se pueden dar.

Si están esta noche con sus madres disfruten su beso, porque sus madres seguro que también los saben dar y les dicen «mi vida», sintiendo cada letra de la expresión, aunque el consomé no les salga, ni de lejos, parecido al de la mía.

Si son ustedes madres que besan a hijos y les dicen «mi vida», simplemente gracias de parte de todos nosotros.

Un beso de feliz año nuevo de una madre es mucho más importante que un consomé.

Pasen una bonita noche, besen a sus madres, padres, hijos, parejas, e incluso a sus cuñados. Hagan sus propósitos de año nuevo, que sean propósitos que puedan cumplir y que tengan que ver o con el amor, o con dejar el mundo mejor de lo que lo encontramos. Pero no tengan prisa por comenzar el lunes, porque todo es circular y de pronto uno vuelve a 1996, o a 2013, cuando en Piedralaves pasamos la última Nochevieja contigo.

Feliz año nuevo mamá.

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