Anoche me lo explicaron. Cenamos fuera y estaba todo muy rico. Ángel y Eli nos trataron fenomenal, como siempre, y en plena cena pasó algo, al menos yo sentí que pasó algo. Algo que interpretamos como normal, como una conversación más de las muchas que suceden en una cena entre seis adultos.

Puertas afuera fue una reunión cotidiana de un viernes noche con personas que se quieren. Hablamos de la familia, de los que murieron, de los mejillones en el jardín, de platos verdes Duralex, de constelaciones familiares, de reformas, de autónomos, del vértigo, del estrés, de los archivos de Epstein, de los 50, de los 47 y de que la vida es material y no material, pero que de esto segundo nadie nunca se ha preocupado por formarnos.

Y al meterme en la cama ahí estaban ellos. Bueno, decir estaban es demasiado decir y, cuando digo ellos, tampoco es exacto el pronombre. Lo cierto es que no hay un lenguaje para definirlos, así que podemos dejarlo en que había unos “ellos” que me dieron estas instrucciones.

¿Instrucciones?, ¿para qué?, traté de decir sin emitir sonido alguno.

Para vivir en uno, en unidad, en unión, me respondieron. Pero vivir no tiene que ver con entender, me aclararon. Vivir es vivir y tiene más que ver con el corazón de nuestro avatar físico, que con el cerebro del mismo. El corazón es, además, el centro de tu unidad individual de conciencia, el fractal divino que eres, el pedacito del origen que encarnas. El trozo de conciencia que maneja tu avatar en este plano físico, se aloja en el corazón.

Las instrucciones que me dieron fueron claras.

Es tiempo de volcarse en el interior, afuera no se gana esta partida. No te indignes, no protestes, no te manifiestes, no ejerzas tu derecho de expresión, aunque te sobren los motivos. Emite hacia dentro y hazlo desde tu corazón, no desde tu intelecto. Confía en que estás conectado a todo lo demás, como los teléfonos a la nube y que tu mensaje tiene el poder de modificar la realidad, el todo, la unidad que compartimos, sin necesidad de palabras ni reels ni substacks.

Siente, porque este saber no es intelectual, no es de pensar. Siente que eres uno con el todo, que todos somos uno y que la vivencia de esa unión, de esa unidad universal, pertenece al mundo de los sujetos, de lo subjetivo de cada perro Pichichi.

En pleno encuentro sonó mi alarma del teléfono por glucosa baja y me levanté a por un zumo Granini de melocotón. Me lo bebí y cuando quise volver a ellos, ya no había nadie.

La hipoglucemia provoca cierta desconexión del yo, eso es cierto. Pero esta mañana me he despertado muy pronto para ir a la gasolinera a hinchar la rueda trasera izquierda, que sistemáticamente pierde presión. Cuando he encendido el coche, ésta de la foto del post era la numeración del kilometraje.

La verdad que no sé, pero no se trata de saber, sino de sentir.

Pasen un buen sábado.

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