Enriqueta tiene 85 años, esto ya lo he dicho antes. También he escrito sobre que a los 19 marchó a los Estados Unidos con Juan, con el que poco después se casaría, debido a que él era profesor de universidad e investigador. Y que éste murió hace 25 años, dice ella que porque sentía tanta paz, que dejó de estar en la densidad. He contado que ahora vive en el 2ºA de nuestro edificio y que un día le pusimos el techo del baño perdido de agua y que ese incidente provocó que iniciáramos una relación más cercana. A veces tomamos un té, a veces nos saludamos en el portal, un día me regaló un libro de poesía de Bécquer, otro me trajo unos manuscritos de metafísica de su marido, en otra ocasión fuimos a tomar un café al lado de la nueva consulta de Iris y así hasta hoy, desde hace casi dos años.
En lo consciente es obvio que es un personaje singular, con una biografía magnífica que, como ella siempre remarca, ha desembocado en nada, en la «nada». En esa nada que es haber sentido que tu historia no es lo que te define y por tanto no haberla hecho pública, en una cultura marcada precisamente por lo público, Y Enriqueta insiste y pelea por seguir siendo nada, una nada intima, de lo propio, de lo cercano, la nada más acotada posible. Reivindicando la necesidad de serlo para promover un desarrollo sano de su persona, aunque los hechos exteriores, una vez te los cuenta, le contradigan.
Las historias que tiene dentro son maravillosas, delicadas, sorprendentes y te las regala en formato novela, como cuando cuando me contó que Juan y ella iban a conciertos del primer Dylan, «ese al que aún se le entendía al cantar», – aclara Enriqueta – y de Joan Báez, en el Gaslight Café de la calle Mcdougal, en el Festival Folk del Greenwich Village neoyorkino, en esa época donde ninguno de los dos artistas había dado el salto a los teatros grandes. O como cuando una noche cenaron invitados en casa del arquitecto y urbanista Edmundo Bacon en Philadelphia, mentor de Juan de la época en la que éste estudió en Cornell, donde Bacon era profesor. En aquella cena conoció a los seis hijos del arquitecto y a la mujer de éste, Ruth, que le pareció una señora mayor muy agradable y con la que mantuvo contacto y una buena relación durante todos sus años en Nueva York. Hasta el punto que a mediados de los 70 los Bacon les mandaron a su hijo Kevin unos días a su casa, porque el chaval con 17 años había sido admitido en el prestigioso Circle in the Square Theater para estudiar interpretación y se alojó en casa de Enriqueta y Juan hasta que encontró residencia. Y sí, ese Kevin Bacon era el mismo que diez años más tarde saltaría a la fama por protagonizar la película Footloose.
¿Quién me iba a decir que iba a estar a un solo grado de Kevin Bacon, por el simple hecho de mudarnos a un pueblo de la periferia de Madrid, a un tercer piso encima de un segundo donde vive una señora que, en su juventud, hizo de casera del joven actor durante una semana?
Ayer bajamos Iris y yo a tomar algo después su última consulta. Hacía frío y pegaba el aire y aunque no era tarde, no había gente por la calle. Caminamos hasta El Gobernador de la Ínsula, que así se llama el bar y nos sentamos en la barra. A nuestro lado había una señora escuchando música country en su teléfono sin auriculares. A buen volumen, sin importarle nada nadie y se notaba que estaba disfrutando del momento, con una mano sujetando la música y con la otra agarrando la botella de cerveza. Nos cansamos rápido del involuntario concierto y nos volvimos a casa. Al subir le tocamos el timbre a nuestra vecina para ver cómo estaba y esta nos hizo pasar. Vestía chándal y nos dijo que recién terminaba su sesión vespertina de yoga porque, según dijo, «es lo que hago con mi cuerpo desde hace 60 años, me ayuda a ser cada día más nada».
El yoga desinflama el cuerpo y el ego, aseguró, y nos contó que no come ni piensa nada que inflame y que, con o sin gente a su alrededor, repite en voz alta un mínimo de seis veces al día que ella es feliz, que tiene salud y agradece a la vida que así sea. Dice que la repetición de esas frases, aunque muchas veces no las sienta, a la larga generan bienestar y que la ausencia de alimentos y pensamientos inflamatorios, unido al yoga durante 65 años, están a punto de borrar la programación de origen que traía, esa que se genera entre el día de tu nacimiento y el día que cumples los siete años, y que luego tú reproduces el resto de tus días como un autómata, con la convicción de que eres dicha programación.
Asegura Enriqueta que eso que crees que eres es solo el resultado de las aplicaciones que bajaste a tu unidad de conciencia cuando aún no tenías conciencia y que lo hiciste porque eran las que estaban disponibles en tu casa, producto del desarrollo más o menos armónico de tus padres o quienes fuera que te rodearan en aquellos años. Y que si ese desarrollo de tu entorno no era armónico, que era y es lo habitual, pues el tuyo ha sido o está siendo un proceso de lucha sin un enemigo claro, sin conocer las reglas de la batalla ni donde mierda se libra ésta. Y que eso cansa mucho, inflama mucho, incluso habiendo consiguiendo los logros que figuraban en tus programas heredados instalados.
Salimos de su casa a las 23 horas, desinflamados y colmados al mismo tiempo. Al despedirse, Enriqueta nos recomendó seguir a la mujer de Kevin Bacon en Instagram, que dice le ayuda a seguir siendo nada, disfrutando de todo… lo bonito.
Así que sigan a Kyra Sedwick y desinflámense.
Pasen una buena semana.





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