Murió en festivo para que fuera cómodo, en un día de la Almudena, como hoy. Le gustaba David Bowie, le parecía guapérrimo y aquel Under Pressure a dúo con Annie Lennox en el concierto homenaje a Freddy Mercury, vestido él con un traje de chaqueta aguamarina, hacía que levitara sobre el cuarto de estar de casa. A ver, no se elevaba mucho porque no le gustaba llamar la atención, pero uno se daba cuenta porque cuando se ponía de pie tras un rato sentada en el sofá, no había modificación alguna de los almohadones. Y no era porque estuviera delgada, que también, sino porque manejaba las leyes naturales. La gravedad, sobre su eje, era menos grave.
Con ese sonido del bajo del comienzo de Under Pressure, dun dun, dun, dududun, dun…, se levantaba un dedo más y apretaba los puños como para echar a bailar, haciendo sonar las pulseras de oro de la muñeca izquierda, que era lo único que tú notabas. Creo que, además de con los ojos de Bowie, empatizaba con el título de la canción, porque también ella sentía presión dentro de su personaje.
Y es que mi madre tenía un superpoder, era cuántica. Se manifestaba en probabilidad de onda y no en partículas de materia colapsada, sobre todo en lo relativo a las demostraciones de amor.
Durante años me resultó llamativo ir a las casas de mis amigos y que sus madres al toque rompieran en halagos y achuchones, se lanzaran a tocar, besar, ofrecerte otro plato de comida e hicieran observaciones no solicitadas sobre que estabas más flaco, más gordo, más alto, más feo. Y todo, abrazándote como solo las madres y los borrachos saben abrazar.
Pero mi madre no, ella no, su amor no encarnaba así de fácil. Sus abrazos tenías que proyectarlos, observarlos y cazarlos al vuelo según sentías las ondas pasar. Incuestionable superpoder que, once años después de su muerte, se transforma en ventaja porque como el tiempo no existe, el viernes recibí un abrazo suyo que, si no es por las lentillas que contienen muy bien las lágrimas, me hubiera tenido llorando, o riendo, durante días.
Su movimiento de onda había empezado en el verano del 2011, pero se refería a hechos terrenales que habían sucedido en 1995 y que, por lo que fuera, nunca habían materializado, se habían quedado en onda y habían regresado al todo de la matriz de la Conciencia.
Hasta el viernes que, después de treinta largos años, mi madre me abrazó, me felicitó y me hizo llorar como cuando se sentaba al borde de mi cama y me agarraba la mano. De paso y no es un tema menor, recuperé una parte esencial de mi biografía y desactivé molestos NPC´s de vibración baja que se habían hecho fuertes tras centenares de partidas a las que ni me presenté a jugar.
Gracias madre.
Pasen una buena semana, confíen en lo invisible, eviten a aquellos que vibran bajito, diga lo que diga el guion.





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