El viernes tuvimos una reunión en la c/ Santa María Magdalena. Tomé el cercanías a Chamartín, tín, tín, escuchando en el trayecto una entrevista de Javier Aznar a Pedro Mairal y después un taxi mala onda, imagino que porque la carrera era corta, que me llevó hasta mi destino final al lado del Club de Tenis del mismo nombre que la estación de tren que termina en tín. La reunión era en un local muy grande y luminoso donde ahora hay una agencia de medios y antes hubo una clínica de psiconeuroinmunología. Nosotros presentamos nuestra movida y ellos, muy simpáticos, nos escucharon, nos llamaron atrevidos (iba a escribir locos) y nos invitaron a un café americano muy largo de café. Etimológicamente, tener agencia significa poseer la capacidad de acometer un proyecto y así no tener que pagar a un tercero para que, normalmente sin saber, lo hagan por ti. Mi sensación es que nuestro equipo tiene suficiente agencia para acometer este proyecto pero, aun así, es bueno que contemos con compañeros de viaje que sumen sus agencias.

Terminamos, nos saludamos, nos dijimos que nos vemos cuando la abuelita fume y salimos a lo siguiente. Diego había aparcado el coche en el parking del edificio, pero no lo sabía porque había salido por la rampa de los coches. Si hubiéramos entrado al garaje por la puerta correcta y no por esa rampa, nos habríamos percatado de que el parking era el del edificio de la agencia y que nuestro interlocutor nos podría haber validado el ticket para salir sin pagar. Pero no, como viejos zorros de este juego que es la vida en Madrid, en el nivel dedicado a las «Oficinas», optamos por la vía más rápida; la rampa al costado contrario de la puerta oficial. Pero los diseñadores son unos hijos de puta y al toque nos salió el cartelito de «Solo pagos en metálico», en la puerta hacia la caja de cobros.

La opción para completar el minijuego del «Parking» era encontrar un cajero dentro del escenario donde estábamos, volver al edificio y salir con nuestro coche para no llegar tarde a la siguiente pantalla, una mecánica donde había que mantener una reunión con tus jefes, al tiempo que manejabas tu coche por el absurdo tráfico de Madrid. Rollo GTA 6, según dicen los que lo han visto.

Yo tenía un recuerdo de que en la zona había un Caja Madrid, si bien el propio recuerdo ya indicaba que éste no era reciente. Obviamente ya no existe la sucursal de Caja Madrid y tampoco hay en su lugar una de Bankia ni una de Caixa. El cajero más cercano está en el Jumbo de Pío XII y sí, también soy consciente de que hace décadas que ese Jumbo es un Alcampo. Lo llamo así porque, en su momento, jugué en ese mismo escenario en el nivel «Deportes adolescentes» y en aquella versión los prepas del Estudiantes nos mandaban ir corriendo hasta el Jumbo desde el Ramiro y, como prueba de que habíamos llegado, teníamos que traer de vuelta una bolsa del supermercado. El reskin del propio supermercado no está demasiado consolidado para muchos de nosotros y por eso sigue siendo el Jumbo de Pío XII.

Paramos y pensamos unos segundos, a ver si existía alternativa antes de caminar media hora, que este mundo es un RPG con dosis de estrategia y preñado de minijuegos retadores y cuanta mayor sea tu energía restante, más capacidad tienes de pasar las pantallas.

Hoy sentir y pensar los hemos sustituido por buscar en Google y éste nos decía que había un ATM en la misma calle en la que estábamos, en un número que coincidía visualmente en nuestra pantalla con un estanco. El dependiente, muy amable y con mucha agencia, nos explicó cómo se sacaba dinero en su establecimiento, siempre que le compráramos algo y tuviéramos bien una cuenta de ING o bien de algún otro banco asociado a una tecnología de la que no recuerdo el nombre. Salimos de allí con dos paquetes de caramelos Halls sabor cítricos mix + vitamina C y un billete de 20€. Felices de haber completado la misión del minijuego de manera mucho más rápida que yendo al Jumbo y satisfechos por considerarnos avezados jugadores de este juego que es la vida, asumimos que el minijuego del «Parking» había terminado.

Caminamos con sensación de qué capos que somos hacia el garaje, dispuestos a recolectar nuestros puntos para pasar de pantalla en un nivel que, según todos los foros, era de los más complicados, precisamente por su aspecto de rutinario. En ellos se dice que, si no encontrabas la salida a la primera, se podía complicar mucho completarlo. Pero no, henchidos de orgullo y satisfacción, como el emérito, los muchachones caminábamos deprisa, comentando con alegría y despreocupación lo bien que lo habíamos resuelto de manera cooperativa y que no había sido tan complicado como decían.

Hasta que después de cruzar una calle nada transitada y cuando nos topamos con el NPC de una señora mayor con bolsa de la compra (mira que recordábamos haber leído algo de esa señora en los foros), me tropecé en uno de los infinitos agujeros de la calle y me pegué un leñazo de morros contra la acera que, como resultado, me partió el labio, uno de los paletos y me ha puesto la cara como un mapa.

Como resultado perdimos los puntos, llegamos tarde a la reunión en el coche y llevo dos sin poder hablar, comer ni besar.

La vida es un juego, pero el tablero no es lo de fuera, sino lo de dentro. Hay que parar, escucharse y moverse en función de lo que captes. Lo de fuera está para despistarnos, para hacernos creer que somos muy buenos jugando a las oficinas o a los deportes adolescentes o a ser padres o madres. Pero no, el juego es interior y es ahí donde se pasan los niveles.

Tengan cuidado y no hagan como yo que les pueden partir la cara.

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